Neopanamericanismo y panamericanismo versus latinoamericanismo

Sergio Guerra Vilaboy

José Martí (1853,1895), llamado El Apóstol. Poeta y escritor. Filósofo y periodista. Creó el Partido Revolucionario Cubano participó en la Guerra de Emancipación contra España. Allí murió luchando por su patria. Monumento a Marti en La habana.

Los pueblos menores, que están aún en los vuelcos de la gestación, no pueden unirse sin peligro con los que buscan un remedio al exceso de productos de una población compacta y agresiva, y un desagüe a sus turbas inquietas, en la unión con los pueblos menores.

José Martí (1891)

Homenaje a José Martí. La Habana. Fotografia: Carolina Crisorio

Desde las postrimerías del siglo XX se han ido perfilando en este hemisferio dos propuestas contrarias de integración: la neopanamericana y la latinoamericana. La primera, surgida en Estados Unidos como heredera del desgastado panamericanismo, se propone lograr una parcial integración continental, subordinada a los intereses de los monopolios norteamericanos y apoyada en ciertos sectores burgueses neoliberales de los países latinoamericanos, en lo que se ha dado en llamar el “Consenso de Washington”. No se trata de un proyecto parecido al de la Unión Europea, sino del encadenamiento de las economías más atrasadas de América Latina a las nuevas necesidades del capitalismo norteamericano en la época de la globalización; cuando las grandes potencias del llamado Norte tienden a crear bloques económicos con sus vecinos menos desarrollados del Sur. En otras palabras, con esta política Estados Unidos busca articular a las débiles naciones latinoamericanas a su poderosa economía mediante acuerdos bilaterales y asimétricos, aunque limitando la “integración” al libre movimiento del capital, las mercancías y los servicios.

Para su incorporación a la propuesta área de libre comercio, que deberá abarcar desde Alaska hasta la Tierra del Fuego, los países de América Latina deben cumplir individualmente una serie de exigencias formales –entre ellas la democracia representativa y elecciones periódicas-, y estar dispuestos a sacrificar sus producciones menos competitivas, abandonar los programas sociales y la defensa de sus valores culturales más autóctonos, así como ceder incluso en vitales cuestiones de soberanía.

El neopanamericanismo, como estrategia de integración regional bajo la hegemonía de Estados Unidos, ha cobrado particular fuerza en los últimos tiempos gracias al avance del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) con México y Canadá, y de la apoyatura en otros instrumentos, entre ellas el Area de Libre Comercio para las Américas (ALCA), la Cumbre de las Américas, las cumbres de ministros americanos, así como a través de otros mecanismos y acuerdos parciales (Iniciativa para la Cuenca del Caribe, por ejemplo). En última instancia, el neopanamericanismo es una propuesta de integración continental de todos los sistemas regionales y subregionales existentes con un sistema regional hegemónico mayor, que funcionaría bajo el dominio del imperialismo norteamericano. 1

El desarrollo actual del neopanamericanismo tiene lugar a contrapelo de las tendencias latinoamericanistas que persisten en alcanzar el ideal de una región unida e independiente, expresada sobre la base de una posible convergencia de diversos intentos de regionalización y de subregionalización. Este proceso, que comenzó en los sesenta con los llamados tratados de “primera generación” -Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC), Mercado Común Centroamericano (MCCA), Pacto Andino y Comunidad del Caribe- ha pasado en los ochenta y noventa a una nueva fase o “segunda generación”, de lo que son exponentes el Mercado Unificado del Sur (MERCOSUR), la Asociación de Estados del Caribe, la Comunidad Andina, el Sistema de Integración Centroamericana (SICA), el Mercado Común Caribeño (CARICOM) y el G-3 (México, Venezuela y Colombia). Pero este nuevo auge de los procesos de integración de América Latina y el Caribe –contrapuesto a la tendencia de muchos gobiernos latinoamericanos a negociar su inmediato ingreso individual al ALCA-, pone el acento en el mercado y la libertad de comercio, menospreciando los aspectos políticos, sociales y culturales. Por estos motivos, el latinoamericanismo se expresa hoy, como tendencia más generalizada, en proyectos de integración basados en las reglas del mercado, la desregulación, la privatización y la liberalización comercial, que implícitamente propone una modalidad subordinada a escala continental. No obstante, algunas corrientes y gobiernos contemporáneos –como el de Hugo Chaves Frías en Venezuela- intentan impulsar tendencias integracionistas de matriz bolivariana que aspiran a conformar una confederación política, como manera de preservar la unidad e independencia de los países latinoamericanos y resistir la integración neopanamericana. Prueba de ello son también los esfuerzos como la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI), el Parlamento latinoamericano, el Foro de Sao Paulo y algunos otros cónclaves creados más o menos recientemente.

Sin duda la propuesta neopanamericana es heredera directa de los viejos proyectos panamericanos surgidos en Estados Unidos a fines del siglo XIX. Estos fueron ideados en un contexto continental caracterizado entonces por la preponderancia del capital y las manufacturas británicas, que generó descarnadas contradicciones entre Estados Unidos e Inglaterra por el dominio de América Latina, en correspondencia con esa etapa inicial del capitalismo monopolista. Era la época de emergencia del imperialismo norteamericano, cuando el gobierno de Washington iniciaba una violenta ofensiva expansionista contra la América Latina y el Caribe, combinando los viejos métodos colonialistas con las más modernas formas de penetración del gran capital.

Con el propósito fundamental de contrarrestar la preponderante influencia inglesa en el continente, Estados Unidos concibió el proyecto panamericano –similar al de otras potencias imperialistas que trataban también de crear sus propias zonas de influencia mediante el pangermanismo, el paneslavismo, etc.-, el cual fructificó en 1889 en la primera conferencia de las naciones americanas. Los resultados de esta reunión fundacional celebrada en Washington quedaron por debajo de las expectativas de sus promotores, que pretendían formar bajo su control una unión aduanera, construir un ferrocarril panamericano y establecer una moneda y un banco hemisféricos.

Desde 1889 las conferencias panamericanas se convirtieron en el eje de toda la política exterior de la Casa Blanca, dirigida a alejar de la influencia inglesa a las débiles repúblicas latinoamericanas y lograr su absoluta supremacía económica y política en este continente. De ahí la exhumación de la vieja doctrina Monroe para convertirla en base de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina. Aunque en las primeras reuniones panamericanas se discutieron cuestiones aparentemente de poca monta, como regulaciones comerciales, acuerdos postales, arbitraje internacional y otras por el estilo, y se evitaban los temas que tenían que ver con problemas políticos, en realidad se encubría el objetivo norteamericano de buscar un mecanismo que limitara la penetración inglesa en la región y favoreciera la suya propia. Por ello entre 1889 y 1910 Estados Unidos auspició las primeras cuatro conferencias panamericanas: Washington (1889), ciudad México (1901), Río de Janeiro (1906), y Buenos Aires (1910), lugar este último donde se fundó propiamente la unión panamericana como organismo permanente presidido por el secretario de estado de Estados Unidos. Luego se celebrarían conferencias en Santiago de Chile (1923), La Habana (1928), Montevideo (1933) y Lima (1938), dando paso después al más expedito mecanismo de las reuniones de consulta de cancilleres. Una nueva etapa panamericana surgió al término de la Segunda Guerra Mundial, cuando en 1948 se creó en Bogotá, en plena “guerra fría”, la Organización de Estados Americanos (OEA), enfilada sin tapujos contra la Unión Soviética y los países socialistas; organización que también sería utilizada por el gobierno norteamericano como verdadero “ministerio de colonias” en sus agresiones contra Guatemala (1954) y República Dominicana (1965), así como en sus planes de aislamiento y hostilidad contra la Revolución Cubana.

Desde su aparición en la década del ochenta del siglo XIX José Martí desenmascaró las intenciones de la conferencia de Washington y se opuso frontalmente al panamericanismo, contraponiéndole el viejo ideal de unidad hispanoamericana. En este sentido publicó en La Revista Ilustrada de Nueva York en mayo de 1891, a propósito de los intentos de Estados Unidos para promover entidades panamericanas, la siguiente valoración que parece escrita teniendo en mente el Tratado de Libre Comercio para las Américas:

Cuando un pueblo es invitado a unión por otro, podrá hacerlo con prisa el estadista ignorante y deslumbrado, podrá celebrarlo sin juicio la juventud prendada de las bellas ideas, podrá recibirlo como una merced el político venal o demente, y glorificarlo con palabras serviles; pero el que siente en su corazón la angustia de la patria, el que vigila y prevé, ha de inquirir y ha de decir qué elementos componen el carácter del pueblo que convida y el del convidado, y si están predispuestos a la obra común por antecedentes y hábitos comunes, y si es probable o no que los elementos temibles del pueblo invitante se desarrollen la unión que pretende, con peligro del invitado; ha de inquirir cuáles son las fuerzas políticas del país que le convida, y los intereses de sus partidos, y los intereses de sus hombres, en el momento de la invitación. Y el que resuelva sin investigar, o desee la unión sin conocer, o la recomiende por mera frase y deslumbramiento, o la defienda por la poquedad del alma aldeana, hará mal a América.

Y como conclusión de este razonamiento antipanamericano se pregunta:

¿pueden los Estados Unidos convidar a Hispano América a una unión sincera y útil para Hispano América? ¿Conviene a Hispano América la unión política y económica con los Estados Unidos?. 2

Como Martí muchas otras personalidades latinoamericanas han rechazado al panamericanismo imperialista. Uno de ellos fue el conocido pensador argentino José Ingenieros, quien en un encendido discurso en homenaje a José Vasconcelos, ofrecido en Buenos Aires el 11 de octubre de 1922, advirtió sobre la amenaza que para América Latina se derivaba de la brutal expansión norteamericana encubierta bajo el manto panamericano y para frenarla propuso la creación de una institución exclusivamente latinoamericana:

Creemos que nuestras nacionalidades están frente a un dilema de hierro. O entregarse sumisos y alabar la Unión Panamericana (América para los norteamericanos), o prepararse en común a defender su independencia, echando las bases de una Unión Latino Americana (América Latina para los latinoamericanos). Formada la opinión pública, hecha «la revolución en los espíritus» como suele decirse con frase feliz, sería posible que los pueblos presionaran a los gobiernos y los forzaran a la creación sucesiva de entidades jurídicas, económicas e intelectuales de carácter continental, que sirvieran de sólidos cimientos para una ulterior confederación. 3

En realidad la idea de la integración latinoamericana es muy anterior a los proyectos panamericanos de Washington y tiene profundas raíces en la historia de este continente. Nacida al calor de la crisis definitiva del colonialismo español y portugués, a fines del siglo XVIII y principios del XIX, la aspiración de unir a los países de América Latina se desarrolló desde aquella época bajo el signo de los diferentes intereses económicos y comerciales y las presiones externas de las grandes potencias. Surgida de un mismo pasado de explotación colonial y favorecida por la íntima vinculación de los pueblos al sur de Estados Unidos -cimentada, entre otros factores, en amplios nexos socio-culturales, así como por la vecindad geográfica- y en una larga y atribulada historia común, la identidad latinoamericana se fue forjando a lo largo de varios siglos de lucha contra la opresión extranjera.

Un hito importante en la conformación de este ideario fue el pensamiento unionista de Simón Bolívar, compartido por la mayoría de los libertadores de su generación, que surgieron al parecer de sus contactos con Francisco de Miranda en Londres (1810), probablemente el primer criollo que concibió todo un ambicioso proyecto para la liberación e integración hemisférica de las colonias españolas. Desde 1790 Miranda soñaba con una Hispanoamérica emancipada y unida –a la que llamó Colombia-, llegando a proponer en 1801 la creación de una asamblea hemisférica que «se denominará Dieta Imperial, y será la única responsable para legislar para toda la federación americana”. 4

Sin duda en los años de la lucha independentista (1808-1826) la conciencia de una identidad hispanoamericana común y de la necesaria unión de las colonias que luchaban contra España estuvo muy extendida entre los patriotas levantados en armas contra la metrópoli. Fue Bolívar quien mas lejos llegó en los planes integracionistas de lo que llamó la América Meridional, para diferenciarla de la del Norte, a los cuales ya aludió en su Manifiesto de Cartagena de 1812 y en la Carta de Jamaica de 1815, así como en diversas misivas, entre ellas las enviadas a Pueyrredón, O’Higgins y San Martín como jefes de los gobiernos del Río de la Plata, Chile y Perú respectivamente, proponiéndoles la asociación de cinco estados de la América Hispana. En particular su estrategia de unidad y del futuro Congreso de Panamá aparece bien perfilada en su Carta de Jamaica:

Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria. Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Mundo Nuevo una sola nación con un sólo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería, por consiguiente, tener un solo gobierno que confederase los diferentes estados que hayan de formarse. ¡Que bello sería que el Istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el Corinto fue para los griegos! Ojalá que algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto congreso (…). 5

El clímax de ese proceso de unidad fue el Congreso Anfictiónico de Panamá, reunido en 1826, al que asistieron delegaciones de Perú, Centroamérica, México y Colombia -territorios que actualmente comprenden doce repúblicas latinoamericanas-, así como de Gran Bretaña y Holanda en calidad de observadores. La estrategia de Bolívar para la reunión de Panamá quedó delineada en carta a Santander desde Arequipa (Perú), el 30 de mayo de 1825, donde además manifestó claramente su inconformidad con la invitación cursada a Estados Unidos para participar en la reunión de repúblicas de la América Meridional: “He visto el proyecto de federación general desde los Estados Unidos hasta Haití. Me ha parecido malo en las partes constituyentes, pero bello en las ideas y en el designio. Haití, Buenos Aires y los Estados Unidos tienen cada uno de ellos sus inconvenientes. México, Guatemala, Colombia, el Perú y Chile y el Alto Perú pueden hacer una soberbia federación; la que tiene la ventaja de ser homogénea, compacta y sólida.

Los americanos del Norte y los de Haití, por sólo ser extranjeros tienen el carácter de heterogéneos para nosotros. Por lo mismo, jamás seré de opinión que los convidemos para nuestros arreglos americanos. 6

Concluido en 1826 el ciclo independentista de principios del siglo XIX, la conciencia «nacional» hispanoamericana, que buscaba la unidad de lo que hoy denominamos América Latina, perdió vigor y consistencia, aunque nunca desapareció totalmente. Eso explica que fracasado el proyecto integrador en el Congreso de Panamá, y de su famélica prolongación en Tacubaya (México), donde los delegados se reunieron por última vez en 1828, las ideas de unidad hispanoamericana solo serían retomadas ocasionalmente a lo largo del siglo XIX, en particular cuando un grave peligro amenazaba la soberanía e independencia de las naciones latinoamericanos. Esto fue precisamente lo que ocurrió, por ejemplo, en las reuniones de Lima (1847), cuando el gobierno peruano convocó al foro alarmado ante la expedición de reconquista que entonces se organizaba con el respaldo de la monarquía española y la complicidad inglesa, y cuyos preparativos coincidieron en tiempo con el desarrollo de la guerra de Estados Unidos contra México. Las continuadas agresiones del expansionismo norteamericano, reveladas en toda su crudeza con el robo a México de más de la mitad de su territorio (Tratado Guadalupe Hidalgo de 1848), y las posteriores actividades bandidéscas de William Walker en Centroamérica a mediados de la década del cincuenta, dieron aliento a nuevos proyectos de integración continental. En esa peligrosa coyuntura para la soberanía e independencia de las naciones latinoamericanas se rubricó un tratado de unión, concretado en Santiago de Chile (1856) entre Chile, Perú y Ecuador, al que se adherirían después los gobiernos de Bolivia, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, México y Paraguay. 7Casi al mismo tiempo se firmaba en Washington otro acuerdo hispanoamericano claramente enfilado contra las pretensiones norteamericanas. El último de estos esfuerzos gubernamentales surgió frente a la oleada recolonizadora que se volcó sobre la América Latina en los años sesenta –intervención francesa en México, restauración colonial de Santo Domingo, agresión española a los países del Pacífico, intento del francés Tounens por establecer una monarquía europea en la Araucania chilena, etc.–, que puso otra vez sobre el tapete la urgencia de la unidad al sur del río Bravo. La iniciativa correspondió al gobierno peruano, que a fines de 1864 y principios de 1865 reunió en Lima a delegados plenipotenciarios de Colombia, Chile, Venezuela y Ecuador.

Pero ninguno de los intentos decimonómicos lograron perdurar y plasmarse en realizaciones concretas. El predominio de heterogéneas fuerzas centrífugas (internas y externas) y las dificultades entonces insalvables derivadas de las utópicas aspiraciones de querer imponer grandes unidades estatales sobre estructuras socio-económicas precapitalistas, incapaces de proporcionar las bases objetivas para una sólida unidad hispanoamericana, fueron factores que frustraron todos los esfuerzos en esta dirección.

No obstante, a todo lo largo del siglo XX, surgieron nuevos intentos y proyectos de unidad latinoamericana frente a la brutal acometida del imperialismo norteamericano. Uno de particular significado fue el lanzado desde las Segovias por Augusto César Sandino, en medio de la lucha contra la intervención norteamericana, titulado Plan de realización del supremo sueño de Bolívar (1929), que en uno de sus artículos declaraba:

La Conferencia de Representantes de los veintiun Estados integrantes de la NACIONALIDAD LATINOAMERICANA declara expresamente reconocido el derecho de alianza que asiste a los veintiun Estados de la América Latina Continental e Insular, y, por ende, establecida una sola NACIONALIDAD denominada NACIONALIDAD LATINOAMERICANA, haciéndose de ese modo efectiva la ciudadanía latinoamericana. 8

Desde entonces muchos otros líderes de los movimientos populares y revolucionarios del continente han hecho llamados a la necesaria unión de los países de América Latina frente a las pretensiones panamericanas y neopanamericanas, como puede apreciarse en las siguientes declaraciones del exPresidente mexicano Lázaro Cárdenas cuando intervino en la Conferencia Latinoamericana por la Soberanía, la Emancipación Económica y la Paz, celebrada en México en marzo de 1961:

Rechazamos la Doctrina Monroe y la política de pretendida seguridad y defensa hemisférica que menoscaba nuestra soberanía. Oponemos al panamericanismo opresor un latinoamericanismo que libere nuestra fuerzas productivas, amplíe nuestras posibilidades de desarrollo, fortalezca la solidaridad y la cooperación entre nuestros pueblos y contribuya eficazmente a la paz en el hemisferio y en el mundo.9

Esa misma vocación latinoamericana puede encontrarse en la Revolución Cubana, como ha quedado explícito en múltiples intervenciones y comparecencias públicas del Comandante Fidel Castro. En consecuencia, Cuba socialista ha considerado prioritaria la integración con las demás naciones de América Latina como alternativa al neopanamericanismo imperial y por ello su actual Constitución, aprobada por referendo nacional el 15 de febrero de 1976, establece en el artículo 12 inciso g que

…aspira a integrarse con los países de América Latina y del Caribe, liberados de dominaciones externas y de opresiones internas, en una gran comunidad de pueblos hermanados por la tradición histórica y la lucha común contra el colonialismo, el neocolonialismo y el imperialismo en el mismo empeño de progreso nacional y social. 10

A pesar del sin número de proyectos e intentos de unión del subcontinente que se han realizado desde los tiempos de Bolívar hasta la fecha, la realidad es que todavía la integración latinoamericana y caribeña no se ha conseguido en su verdadera dimensión, esto es, entendida como una corriente y una política dirigida a fortalecer la colaboración entre estos países hermanados del río Bravo a la Patagonia, con el propósito de resolver problemas comunes, arreglar por medios pacíficos los conflictos intestinos que puedan surgir, rechazar en forma mancomunada las amenazas y pretensiones de las grandes potencias, en particular del neopanamericanismo imperialista, promover su desarrollo económico y social y una activa participación en el escenario internacional. Pero la integración latinoamericana, en su enorme pluralidad, riqueza y matices, sigue siendo hoy, como ayer, una hermosa utopía, al mismo tiempo que una apremiante necesidad histórica ante los desafíos que impone el neopanamericanismo esgrimido por Estados Unidos. Ahora, más allá de cualquier diferencia secundaria, es la lucha común por la supervivencia, frente a un mundo unipolar cada día más injusto, lo que debe unir a todos los países de América Latina y el Caribe en busca de la total soberanía y su completa independencia. La aspiración de conformar en el subcontinente una sola comunidad económica y política, dando cima al legado que proclamaron y defendieron las más grandes personalidades latinoamericanas desde los tiempos de Miranda y Bolívar, esta en consonancia con el histórico llamado realizado por nuestro Apóstol en 1889 frente a las pretensiones panamericanas de Estados Unidos, antecesora directa del actual proyecto neopanamericano del Area de Libre Comercio de las Américas, cuyas palabras tienen plena vigencia:

Jamás hubo en América, de la independencia a acá, asunto que requiera más sensatez, ni obligue a más vigilancia, ni pida examen más claro y minucioso, que el convite que los Estados Unidos potentes, repletos de productos invendibles, y determinados a extender sus dominios en América hacen a las naciones americanas de menos poder, ligadas por el comercio libre y útil con los pueblos europeos, para ajustar una liga contra Europa, y cerrar tratos con el resto del mundo. De la tiranía de España supo salvarse la América española; y ahora, después de ver con ojos judiciales los antecedentes, causas y factores del convite, urge decir, porque es la verdad, que ha llegado para la América española la hora de declarar su segunda independencia. 11

La Habana. 2001.

Notas al pie

  1. Sobre el tema puede verse Alberto Rocha: “Neopanamericanismo y neobolivarismo a fines de siglo”, Revista América Nuestra, Asociación por la Unidad de Nuestra América (AUNA), abril-junio 1999, Nro. 2; ver también Carlos Oliva Campos: Estados Unidos-América Latina y el Caribe: del panamericanismo al neopanamericanismo, La Habana, AUNA-Cuba, (s.f.)
    2. José Martí: «La Conferencia Monetaria de las Repúblicas de América», Obras Completas, La Habana, Editorial Lex, 1946, t. II, p. 260 y 262. Después precisa «El caso geográfico de vivir juntos en América no obliga, sino en la mente de algún candidato o algún bachiller a unión política».
    3. José Ingenieros: José Vasconcelos, México, Universidad Macional Autónoma de México, 1979, pp. 14 y 16.
    4. Citado por Ricaurte Soler: Idea y cuestión nacional latinoamericana. De la independencia a la emergencia del imperialismo, México, SIGLO XXI Editores, 1980, p. 44.
    5. Simón Bolívar: Obras Completas, Caracas, Editorial Piñango, (s.f.), t. I, pp. 169-172.
    6. Ibid., t. 2, p. 148. Las cursivas son mías (SGV).
    7. Más detalles en Sergio Guerra Vilaboy y Alejo Maldonado: “Raíces históricas de la integración latinoamericana”, Historia y perspectiva de la integración latinoamericana, México, Asociación por la Unidad de Nuestra América (AUNA)-Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, 2000.
    8. Augusto César Sandino: Realización del sueño de Bolívar, presentado por Jorge Mario García Laguardia, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1979, p. 11.
    9. En A. Glinkin: El latinoamericanismo contra el panamericanismo (Desde Simón Bolívar a nuestros días), Moscú, Editorial Progreso, 1984, p. 5.
    10. Constitución de la República de Cuba. Tesis y resolución, La Habana, Instituto Cubano del Libro, 1976, p. 20. En el pensamiento de Fidel Castro el tema de la unidad continental ha sido una constante. A principios de los años setenta, durante su visita a Chile invitado por el gobierno de Salvador Allende, declaró «por la situación de balcanismo, la debilidad innata de los pueblos que tienen tantas cosas en común, como nuestros pueblos latinoamericanos, y que no tendrán otra condición de supervivencia en el futuro que la unión económica más estrecha y, consecuentemente también en un futuro, la unión política más estrecha, para formar una nueva comunidad que contaría dentro de 30 años con 600 millones de habitantes.» Fidel Castro: «Discurso pronunciado en la sede de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), en Santiago de Chile, 29 de noviembre de 1971», en Cuba-Chile, encuentro simbólico entre dos procesos históricos, La Habana, Ediciones Políticas, 1972, pp. 404-405. Más recientemente en su discurso de clausura de la VIII Cumbre Iberoamericana celebrada en Oporto, Portugal, el 18 de octubre de 1998, dijo: «Les confieso sinceramente que es difícil resignarse a la idea de la integración circunscrita al MERCOSUR. Aquí se ha hablado de globalización y regionalización, pero estoy convencido de la necesidad, en primer lugar, de nuestra unión, como se están uniendo los europeos. Y debo consignar, incluso, que bajo ningún concepto pueden ser ni deben ser olvidados los caribeños. Tenemos cincuenta elementos de unión que no los ha tenido Europa, y llevamos casi 200 años de independencia.» Granma, La Habana, 23 de octubre de 1998, p. 5.
    11. Publicado en el diario La Nación de Buenos Aires, el 2 de noviembre de 1889, en Obras Completas, loc. cit., t.II, pp. 129-130.

Ariadna Tucma Revista Latinoamericana. Vol. 1 a 4. 2006-2009

Relaciones Estados Unidos – América Latina

¿Un nuevo panorama?

Roberto González Arana

CumAmer-MardelPlata-2005-09

Protesta contra la IV Cumbre de las Américas. Mar del Plata. 2005.

 

La histórica dominación de los Estados Unidos sobre América Latina, basada en su fuerte influencia económica, política y militar son un hecho indudable, máxime durante el siglo XX. A través del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional o las inversiones directas, Washington muestra su control en las economías latinoamericanas.    Seguir leyendo «Relaciones Estados Unidos – América Latina»

Las relaciones argentino-brasileñas en el contexto de la sustitución de importaciones compleja. I

Primera parte

Eduardo Madrid*

1. INTRODUCCION


El proceso de industrialización mediante la sustitución de importaciones – que durante las décadas de 1930 y 1940 alcanzó su auge tanto en la Argentina como en Brasil – comenzó a manifestar sus limitaciones en los inicios de los años ´50. Los problemas principales estaban relacionados con la necesidad de reequipar al sector industrial y con el abastecimiento de combustibles e insumos básicos como el acero y los productos químicos. Seguir leyendo «Las relaciones argentino-brasileñas en el contexto de la sustitución de importaciones compleja. I»

Las relaciones argentino-brasileñas en el contexto de la sustitución de importaciones compleja. II

Segunda Parte

Eduardo Madrid*

3. Los avatares de la economía argentina

 

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Juan Domingo Perón

3. Los avatares de la economía argentina

 

 

En la Argentina, la situación económica, social y política transcurría por carriles un tanto diferentes. Luego del derrocamiento de Perón se abrieron diversas teorías y proyectos acerca de la dirección que debería tomar la economía argentina dada la creciente heterogeneidad e intereses de los grupos económicos, muchos de ellos contradictorios o incompatibles entre sí.

 

La inestabilidad de las alianzas políticas, al no predominar un sector sobre otro, conspiró contra un proyecto común de largo plazo y le imprimieron a la economía argentina un marcado rasgo de inestabilidad. En ese contexto de incertidumbre comenzó a afirmarse una corriente de pensamiento desarrollista que pretendía una mayor apertura de la economía con la intención de atraer capitales extranjeros y resolver el crónico estrangulamiento de la balanza de pagos mediante la sustitución de importaciones esenciales, como los combustibles, e implantando industrias de base como la siderurgia, petroquímica, metalmecánica, automotriz, máquinas herramienta y generación de energía. Pero el programa de desarrollo debía adquirir un ritmo acelerado para disminuir la brecha con los países desarrollados que, con el paso del tiempo, tendía a crecer y agravar las dificultades estructurales, frenando paulatinamente la acumulación y ampliando las diferencias regionales.

 

Al mismo tiempo que en el Brasil se preparaba el Plan de Metas, la dictadura militar argentina se abocó, inicialmente, a desmantelar el aparato estatal de intervención en la economía, poniendo en práctica una serie de medidas aconsejadas por Raúl Prebisch, tales como la devaluación de la moneda, la abolición de los controles de precios, así como la restricción del crédito, a fin de contener la inflación, estimular la producción agrícola y garantizar el ingreso de capitales extranjeros. La política económica aplicada durante esos años produjo una retracción del consumo, incluyendo parciales congelamientos de los salarios, la reducción del circulante que, junto a la disminución de la inversión pública y a un PBI relativamente  constante, no lograron reducir la inflación y menos aún el problema del balance de pagos. Los resultados de estas iniciativas condujeron a un agravamiento notable de la situación económica porque se intentaba paliar sólo las manifestaciones de la crisis y no a remover las deficiencias estructurales que bloqueaban el avance del desarrollo económico. En realidad, la inexistencia de una industria de base se transformó, de esta forma, en un punto de estrangulamiento insuperable.[19]

 

Recién en 1958, durante la presidencia de Arturo Frondizi, el gobierno argentino intentó superar ese cuello de botella y en los primeros meses de su gobierno trató de implementar un plan de desarrollo económico en donde la producción siderúrgica y petrolera se constituyó en el eje prioritario de su política económica. En la medida que la producción petrolera aumentase, las divisas así economizadas se destinarían a la importación de maquinarias y bienes de equipos, y a los servicios de la deuda externa. Mientras tanto, y debido al deterioro de las cuentas externas, Frondizi debió negociar un acuerdo con el FMI, el gobierno estadounidense y bancos privados cuyos fondos fueron destinados en gran parte a proyectos de expansión de las ramas industriales – cemento, papel, frigoríficos, petroquímica y energía eléctrica – importación de bienes de capital, la estabilización de la moneda y la liquidación del déficit comercial. Es por eso, que para superar las dificultades del sector industrial se instrumentaron un conjunto de herramientas, entre las que sobresalieron el establecimiento de altos aranceles aduaneros y la sanción de una ley de promoción industrial. Estas se complementaron con otra ley que funcionaría como marco regulatorio para las inversiones extranjeras, a las que se les concedieron condiciones altamente favorables. Las facilidades otorgadas a los capitales extranjeros implicaron el establecimiento de empresas multinacionales que marcaron el ritmo del crecimiento industrial contribuyendo a la transformación del sector.

Frondizi

 

 

 

 

Arturo Frondizi 

A partir de 1958, los sectores que habían liderado el crecimiento en el pasado – producción de bienes de consumo no durables – sufrieron un estancamiento relativo, mientras que adquirió un gran dinamismo el sector petroquímico y metal-mecánico, especialmente el sector automotor. La producción de automóviles creció considerablemente superando las expectativas oficiales más optimistas según puede apreciarse en los datos del cuadro siguiente:

 

 

 

Cuadro N°4

Producción de automotores de la Argentina (1953-1965)

(expresada en unidades)

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Tipo
1953
1957
1959
1960
1961
1962
1963
1964
1965
Particu-
lares
897
13.273
24.792
49.519
84.501
93.873
79.478
119.005
141.114
Comer-
ciales
4.407
15.617
7.665
38.743
49.917
34.695
26.342
47.382
55.640
Totales
5.304
28.890
32.457
88.262
134.418
128.568
105.820
166.387
196.754

.

Fuente: Rapoport, Mario y colaboradores, Historia económica, política y social de la Argentina (1880-2000), Buenos Aires, 2000, p. 586.

 

Aunque las nuevas empresas industriales establecidas en esa época tendieron a concentrar verticalmente las actividades asociadas a su producción principal, dieron cierto impulso al crecimiento de proveedores y contratistas, generando condiciones para un efecto multiplicador hacia atrás y delante, favoreciendo la aparición de nuevas actividades productivas vinculadas a las ramas de mayor expansión.

 

Sin embargo, las deficiencias se encontraban en el sector de maquinarias, instrumentos y material de transporte. La debilidad de este sector condicionaba toda estrategia futura de avanzar en el proceso de industrialización, tornando a la Argentina en dependiente de los bienes de capital y la tecnología elaborados en el exterior. Precisamente, un reflejo de ello residía en que los Estados Unidos elevaron su participación en las importaciones argentinas del 19% en 1959 al 26% en 1960, pero continuaron comprando escasos productos de la Argentina, acentuando el déficit comercial del país del Plata. Se hizo necesario ampliar los mercados en donde la Argentina pudiera colocar sus excedentes de producción, y el gobierno de Frondizi orientó sus esfuerzos hacia Europa y los países de América Latina, especialmente el Brasil.[20]

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4. Los años de suspicacia: 1955-1957

Con el suicidio de Vargas en 1954 y la caída de Perón en 1955, los sectores conservadores asumieron el poder en el Brasil y la Argentina, dispuestos a reajustar las economías de los dos países según los principios neoclásicos, compatibilizándolas con las políticas que los Estados Unidos intentaban difundir a favor de la libre concurrencia en los mercados, y aceptando además, la hegemonía del país del norte en la región. Ello quedó demostrado – en el caso del Brasil – cuando el gobierno de Café Filho interrumpió varios proyectos de su antecesor ante presiones de Washington, como por ejemplo, el de la instalación de usinas para producir uranio enriquecido basado en tecnologías alemana y francesa. Firmó también con los Estados Unidos el Acuerdo del Trigo que le permitió al país norteamericano aumentar su participación en las importaciones brasileñas del 8% en 1955 al 38% en 1956, mientras que la proporción de la Argentina en ese rubro cayó del 91% al 62% en el mismo período. A pesar de ello, las relaciones entre la Argentina y Brasil se tornaron cada vez más fluidas dado que con el derrumbe del peronismo se acortaron las discrepancias que sus gobiernos habían mantenido en materia de política internacional.[21] En ese nuevo contexto la dictadura argentina ratificó la Carta de la Organización de los Estados Americanos (OEA) y el Tratado de Bretton Woods, adhirió al Fondo Monetario Internacional (FMI) y al Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento (BIRF), luego Banco Mundial (BM), además de tomar iniciativas orientadas a la multilateralización del comercio y a la adopción de alineamientos estratégicos impulsados por los Estados Unidos en el marco de la Guerra Fría. Es decir que abandonó la Tercera Posición sustentada por el peronismo y suplantó la estricta política de comercio bilateral que el país había seguido hasta entonces por el régimen multilateral, lo que quedó definitivamente acordado en el Acta de París de 1956.[22] De este modo, se discontinuó la inserción argentina en el contexto latinoamericano que tan pacientemente había elaborado el peronismo durante su mandato de gobierno y el Palacio San Martín retomó las líneas tradicionales de la política exterior.

 

En esa dirección, el gobierno de facto argentino decidió integrar a su país al sistema de seguridad del hemisferio occidental y en agosto de 1956 le propuso a las autoridades brasileñas la realización de una conferencia junto a los demás países de la Cuenca del Plata, para ajustar y coordinar medidas de defensa en el Atlántico Sur dentro del marco del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) y de la Junta Interamericana de Defensa (JID).[23] El presidente provisional, Pedro Aramburu, firmó entonces una serie de acuerdos de cooperación militar con los Estados Unidos mediante los cuales la Argentina aceptó el funcionamiento permanente de una misión militar norteamericana con el objetivo de coordinar y uniformar los armamentos a ser utilizados en la defensa del continente, además, las escuadras de ambos países pasaron a realizar maniobras conjuntas en el Atlántico Sur.[24]

 

Al mismo tiempo, una de las grandes preocupaciones de los golpistas argentinos  consistió en contener una imaginaria conspiración peronista. Manejaban informes según los cuales Joao Goulart, que habría realizado negocios de maderas con Perón, había comprado armas para organizar milicias obreras en el Brasil. Ello se debía a las denuncias que el periodista Carlos Lacerda, electo diputado federal por la Unión Democrática Nacional, había publicado. El objetivo era inducir a las Fuerzas Armadas a implantar en su país un gobierno similar al de Argentina. La maniobra, como otras ideadas por la Unión Democrática Nacional, fracasó, y ocultaba, en realidad, una estrategia para eludir el resultado de las urnas.[25]

 

Aramburu continuó con su campaña contra los peronistas exiliados en los demás países del continente intensificando las actividades de inteligencia. Poco tiempo después de divulgar la noticia sobre un complot, que Perón organizaría desde Caracas, anunció la existencia de “comandos peronistas” en Brasil, al mismo tiempo que las autoridades argentinas manifestaban la intención de mantener las mejores relaciones posibles con el país vecino. En realidad, intentaba abortar cualquier tipo de actividad política que los asilados políticos pudieran realizar en contra del gobierno militar y a favor de Perón. El gobierno JK trató de evitar que ese problema, real o imaginario, dificultase las relaciones argentino-brasileñas y alterase su política interna dado que serviría de pretexto a la oposición para combatirlo.[26]

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NOTAS

* Docente e investigador de la Facultad de Ciencias Económicas. Universidad de Buenos Aires. Argentina.

 

[19] Rapoport, Mario y colaboradores, Historia económica, política y social de la Argentina (1880-2000), Buenos Aires, 2000, p. 546.

[20] Schvarzer, Jorge, La industria que supimos conseguir, Buenos Aires, 1996, p. 226.

[21] Ver Madrid, Eduardo, Argentina-Brasil: la suma del Sur, Mendoza, 2003.

[22] Sobre la temática de las negociaciones entre la Argentina y los acreedores europeos consultar el trabajo de Ricardo Vicente “ponencia presentada en I Congreso de Relaciones Internacionales, IRI, Facultad de Derecho, Universidad Nacional de La Plata, 14 y 15 de noviembre de 2002.

[23] A partir de la Revolución Cubana, el gobierno norteamericano y sus organismos de Defensa pasaron a percibir a las Fuerzas Armadas de América Latina como las organizaciones más estables y modernizantes, y las incentivaron  a participar de las políticas internas de sus respectivos países, a través de acciones cívicas y de contra-insurrección, que apuntaban a eliminar al “enemigo ideológico interno”, a fin de impulsar el desarrollo económico y social y contener el avance del comunismo. Con el objetivo de difundir estas ideas y para entrenar y capacitar a los militares latinoamericanos, vinculándose entre sí de manera sistemática y regular, la JID se transformó virtualmente en un organismo que diseñó una diplomacia militar paralela, a tal punto de crear en 1962 el Colegio Interamericano de Defensa, a pesar de la oposición de México, Venezuela y Brasil, que lo percibieron como un estímulo al militarismo y un instrumento para facilitar el predominio de estrategias estadounidenses sobre América Latina.

[24] Moniz Bandeira, Luis Alberto, Estado nacional e política internacional na América Latina, Brasilia, 1993, p. 90.

[25] Al comprobarse que la documentación aportada por Lacerda era falsa, el ministro de Guerra, gral. Enrique Teixeira Lott intervino en la crisis política fomentada por la UDN con la complicidad del presidente Café Filho, para mantener la legalidad constitucional y asegurar la asunción de Kubitschek.

[26] Moniz Bandeira, L.A. (1993), p. 92.

Ariadna Tucma Revista Latinoamericana. Nº. 1 a 4. 2006-2009

 

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