En el centenario de la “hoguera bárbara”. Sergio Guerra Vilaboy

Recordando a Eloy Alfaro, asesinado en 1912

Sergio Guerra Vilaboy*

/

En el centenario de “la hoguera bárbara”

 

Seguir las huellas del general Alfaro significa defender la autodeterminación de los pueblos y propugnar la unidad e integración de Nuestra América.

 

Discurso del Presidente Rafael Correa ante el Mausoleo del General Eloy Alfaro/

El 28 de enero de 2012 se cumplió el centenario del alevoso crimen de “la hoguera bárbara” de El Ejido, Quito,[1] que puso fin a la extraordinaria vida revolucionaria del prócer ecuatoriano Eloy Alfaro Delgado (1842-1912). Quiso la casualidad que el vil asesinato del heroico soñador, como lo calificara el bardo colombiano José María Vargas Vila, ocurriera en la misma fecha del natalicio de su entrañable amigo José Martí, con quien estuviera comprometido con la causa de la independencia de Cuba y la transformación revolucionaria de Nuestra América.

/

Se cuenta que el último cumpleaños del Apóstol de la Independencia de Cuba lo celebró junto al Viejo Luchador, como le decían a Alfaro, en el restorán Dolménico de Nueva York en 1895. Impactado por su enorme sensibilidad humana y compromiso con la emancipación cubana, José Martí lo describió en el periódico Patria, el 8 de septiembre de 1894, como “El bravo Eloy Alfaro, que es de los pocos americanos de creación.[2]

/

Ecuador y Cuba deben, sin duda, mucho a Eloy Alfaro.  Hasta la victoria de la de la revolución liberal que él dirigiera en 1895, este hermano país andino se caracterizaba por su secular atraso socioeconómico y la supervivencia de los viejos privilegios coloniales del clero y los terratenientes señoriales, en particular de la región serrana con centro en Quito. Los sectores liberales emergentes, particularmente fuertes en Guayaquil y la costa -ejes de la economía cacaotera, principal producto de exportación ecuatoriano hasta la tercera década del siglo XX- se propusieron transformar aquella sociedad injusta, precapitalista, en una moderna y democrática.

/

Vencedor en 1895 contra los defensores de ese orden conservador-clerical, gracias al amplio apoyo de las montoneras -masas de mulatos, negros costeños e indígenas-, el general Alfaro impuso su concepción liberal-progresista –extraída de sus lecturas y conversaciones con el ecuatoriano Juan Montalvo, los colombianos Juan de Dios Uribe y José María Vargas Vila, el venezolano César Zúmeta y el cubano José Martí- en las avanzadas constituciones de 1897 y 1906, que consagraron la transformación del Ecuador en un país laico al adoptar la separación iglesia-estado, la secularización de bienes eclesiásticos y un régimen de libertades públicas y garantías ciudadanas. En 1908, como parte esencial de su proyecto modernizador y en pro de la unidad nacional, el estadista inauguró el ferrocarril de Guayaquil a Quito, concebido como punto de despegue de un nuevo Ecuador, más vinculado al mundo exterior.

/

En política internacional dio pasos firmes en favor de la unidad hispanoamericana y la revitalización de la gran Colombia de Simón Bolívar, apoyando en forma decidida la emancipación de Cuba. Como escribió en su Manifiesto a la Nación el 27 de enero de 1883: “Coronar la magna obra del Libertador Bolívar y el inmaculado Sucre, debe ser la aspiración de todo hombre honrado y el fruto de nuestros patrióticos esfuerzos.”[3]

/

Por eso abogó por el internacionalismo liberal, encaminado a promover la independencia de las Antillas españolas, restablecer la Colombia bolivariana y propiciar la alianza militar y política de los revolucionarios latinoamericanos para transformar el viejo orden socio-económico y detener la voraz e insaciable penetración foránea. Al respecto señaló en su informe al Congreso Nacional en 1898:

/

La veneración que guardo por los Próceres de nuestra Independencia, quienes nos legaron una Patria, la más poderosa en las Américas del Sur y Central, me impele a fijar la atención en nuestra debilidad y pequeñez actuales, e indicaros lo que, a mi juicio, convendría realizar, para asegurarnos tranquilo porvenir, al abrigo de una hermosa confraternidad.

/

Por ahora, intereses bastardos impiden pensar en la reconstitución de la antigua y gloriosa Colombia de Bolívar; pero si sería fácil formar una Confederación que presente unidos, ante el Nuevo Mundo, a los pueblos que conquistaron su independencia en los campos de Carabobo, Boyacá y Pichincha.[4]

/

Uno de los problemas sociales a los que prestó su atención en su condición de presidente del Ecuador fue el de la inhumana explotación de los empobrecidos pueblos originarios. Cuando todavía se hallaba en plena campaña militar contra los conservadores, apenas iniciada la revolución liberal de 1895, Alfaro expidió un decreto que exoneraba a los indígenas de la contribución territorial y del trabajo subsidiario, a la vez que condenaba el concertaje, una esclavitud disimulada que databa de la época colonial.

/

Dos meses después de esta disposición, como Jefe Supremo de la República, despachó una circular a los gobernadores donde ordenaba “que el infeliz indio sea tratado como lo exigen los sentimientos humanitarios de la civilización moderna, y castigue rigurosamente a los que, abusando de su autoridad, maltraten de cualquier modo a nuestros hermanos, desheredados e injustamente vilipendiados” en espera de “leyes prácticas en favor de nuestros afligidos parias, leyes que los levanten de la abyección en que yacen a la dignidad de hombres libres, en posesión de todos los derechos propios de seres racionales.[5]

/

Alfaro también se preocupó por la situación de los trabajadores urbanos, dando apoyo financiero a todas las nacientes asociaciones proletarias y propiciando que representantes obreros estuvieran, por primera vez, en el gobierno y el congreso nacional. En esta encomiable labor contó con la colaboración del patriota cubano Miguel Albuquerque Vives, a quien Alfaro conoció en Panamá en 1873 y que desde 1889 vivía en Guayaquil, donde representó al Partido Revolucionario Cubano (PRC) fundado por Martí.[6]

/

Por sus manifiestas preocupaciones sociales y las críticas al librecambio, al que los liberales de su generación veían como una varita mágica que resolvería el atraso económico de América Latina, el Viejo Luchador desbordó el clásico liberalismo predominante en su época, pues devino en verdadero precursor del nacionalismo revolucionario que dominaría el escenario latinoamericano en la primera mitad del siglo XX.  Alfaro defendía una nueva concepción liberal, impregnada de contenido social, que se propuso conjugar con el desarrollo nacional sin injerencia foránea, superando las abstractas concepciones ortodoxas de sus correligionarios sobre el laissez faire y que, como se sabe, condujeron a la conformación de un capitalismo subdesarrollado y dependiente en Nuestra América.

 

El Viejo Luchador consideraba que Ecuador “demanda una decidida protección para levantarse al nivel industrial” de las naciones de Europa Occidental y de Estados Unidos, a la vez que se pronunciaba contra el nefasto librecambio, pues en su opinión, “la liberación de derechos sobre la importación de artículos similares a los que se producen en la república, tiene necesariamente que producir una competencia desastrosa para la agricultura e industrias nacionales; puesto que los importadores de productos extranjeros, están en condición de abaratar el precio de esos artículos, hasta el extremo de hacer ruinosa la producción ecuatoriana”.[7]

/

Pero las transformaciones revolucionarias promovidas por Eloy Alfaro, realizadas en un contexto caracterizado por la política recolonizadora del capital monopolista, no alcanzaron a destruir las ancestrales bases de dominación de la oligarquía serrana. Para enfrentar a las poderosas fuerzas conservadoras y a las del emergente imperialismo norteamericano –no olvidar que desde 1898 había comenzado la voraz expansión imperialista de Estados Unidos sobre el continente-, el Viejo Luchador firmó el 9 de noviembre de 1900, en su condición de primer mandatario ecuatoriano, un pacto secreto con los presidentes Cipriano Castro, de Venezuela, y José Santos Zelaya de Ecuador “inspirados por el deseo de precaver á los tres países de todo peligro internacional y de velar colectivamente por la conservación del orden público en cada uno de los tres Estados.”[8]

/

Sin embargo, la alianza defensiva de los tres gobiernos nacionalistas, decididos a defender sus intereses patrios frente a los Estados Unidos, no pudo impedir el derrocamiento del presidente Castro en Venezuela en diciembre de 1908, ni tampoco el de Santos Zelaya en Nicaragua justo un año exacto después, quien había negado el derecho de soberanía a Estados Unidos sobre una posible vía canalera por su territorio y rechazado un leonino empréstito norteamericano. Este fue también el principio del fin del propio Eloy Alfaro, sacado del poder a su vez por una revuelta militar financiada por la banca en agosto de 1911.

/

Estos elementos, unido a la división del liberalismo promovida por los “notables” de este partido, alarmados por la popularidad y el radicalismo del programa alfarista, crearon un clima de inestabilidad que propició, para evitar su regreso al poder, el brutal asesinato del anciano caudillo en el penal Panóptico de Quito, el 28 de enero de 1912, cuando contaba 70 años de edad.[9] Con la muerte de Alfaro y sus más cercanos colaboradores, en la horrenda masacre quiteña, se cierra el ciclo revolucionario del liberalismo ecuatoriano.

/

Los vínculos históricos, y el apoyo mutuo en favor de la independencia, tejidos entre Ecuador y Cuba, hunden sus raíces en el tiempo y alcanzaron una de sus máximas expresiones gracias a Eloy Alfaro. Los nexos del Viejo Luchador con la lucha emancipadora cubana se remontan a los años de su prolongado exilio en Panamá, cuando organizaba la revolución liberal en su país.

/

Desde 1873 Alfaro fue dirigente de la Sociedad “Amigos de Cuba” y siete años después conoció en Panamá a Miguel Albuquerque y al periodista Rafael María Merchán. Con este último trabajaba “desde las 8 de la mañana hasta las 5 de la tarde”[10] en la elaboración del periódico La Estrella de Panamá, que apoyaba la independencia de Cuba.

/

También en la tierra istmeña el Viejo Luchador conoció, después de concluida la Guerra de los Diez Años (1868-1878) a muchos otros patriotas cubanos, entre ellos los hermanos Antonio y José Maceo, Máximo Gómez, Flor Crombet, Francisco Carrillo y Eusebio Hernández. Al parecer, el gran ecuatoriano profundizó su relación con Maceo estando exiliado en Lima en 1888, cuando el Titán de Bronce realizaba un recorrido en pro de la causa cubana. Desde entonces Maceo y Alfaro identificaron el objetivo común de luchar por la independencia de Cuba y la trasformación social y económica de Ecuador.

/

Dos años después, estando el Viejo Luchador en Buenos Aires, recibió de Bartolomé Mitre Vedia, director de La Nación, una carta de presentación destinada a José Martí, colaborador de ese diario argentino desde noviembre de 1882. Parece que esa relación posibilitó el contacto en Nueva York, el 24 de octubre de 1890, entre estas dos grandes personalidades de Nuestra América.

/

Según relató el propio Alfaro a su amigo José Peralta, en carta fechada el 22 de octubre de 1902, “recuerdo que la fortuna premio mis desdichas cuando conocí a Martí en aquel frío octubre por encomienda del Sr. Bartolomé Mitre.”[11] En esas históricas reuniones, el cóndor, como Vargas Vila bautizó a Alfaro, coincidió con Martí en la necesidad de impulsar la segunda independencia de América Latina junto con la emancipación antillana.

/

A ese objetivo estratégico alude el propio Vargas Vila, al parecer testigo de esas reuniones en Nueva York, en dos cartas fechadas en diciembre de 1894 y enero de 1895 dirigidas a Martí. En ellas el poeta colombiano escribe que “llegó la hora de incendiar con la fuerza del ideal, nuestros pueblos de Hispanoamérica, que tanto han sufrido [...]. “Ud., el cóndor y yo seremos fieles a la promesa de restaurar el ideal. Sé que Ud. Entrará a sus 42 eneros con el renovado empeño de refundar naciones como un día lo juramos”.[12]

/

Del compromiso del Viejo Luchador con la emancipación cubana también se habló en Costa Rica, donde sostuvo intensos contactos con Antonio Maceo. En San José, las reuniones tuvieron lugar, al parecer, entre los días 7 y 10 de junio de 1894, aunque una de ellas se celebró en Alajuela el 11 de ese mes.

/

Alfaro propuso organizar una expedición a Cuba que debía conducir un nutrido grupo de combatientes nicaragüenses, colombianos, ecuatorianos y venezolanos, utilizando el “Tratado de los Cuatro” (Pacto de Amapala),[13] una especie de internacional revolucionaria liberal, recién firmado por los representantes de estos países para contribuir a la derrota de los conservadores y barrer el viejo orden heredado de la época colonial, proyecto que el inminente estallido revolucionario en su patria y las consideraciones de Martí impidieron llevar adelante.

/

En carta al general Máximo Gómez, fechada en Kingston (Jamaica) el 25 de junio de 1894, el Apóstol de la Independencia de Cuba señaló al respecto que se encontró en Costa Rica a Maceo “engolosinado con un plan demasiado vasto y lento”, para con la ayuda de Eloy Alfaro “desviar sobre Cuba un crecido contingente Nicaragüense y Colombiano”. Según su propio relato, Martí convenció al Titán de Bronce para desestimar la propuesta alfarista, tomando en consideración “de que ni la premura del tiempo, ni la prudencia, ni un cálculo racional de probabilidades, ni los costos y lances de la preparación” hacían viable “proyecto semejante”.[14]

/

A partir del triunfo de la revolución liberal en junio de 1895, el Viejo Luchador, convertido ya en primer mandatario de Ecuador, contribuyó a crear en su país un clima favorable a la independencia cubana. Así, por ejemplo, en las escuelas y retretas populares se cantaba el himno de Bayamo, compuesto por el insurrecto cubano Perucho Figueredo en 1868; pasodobles y canciones se dedicaban a los patriotas antillanos y los periódicos hablaban de la emancipación de Cuba como causa de América.

/

Además, el Viejo Luchador no se consideró desligado del ofrecimiento hecho a Maceo en Costa Rica, por lo que volvió a acariciar el plan de enviar una expedición a la isla. Se dice que dio instrucciones al coronel León Valles Franco, considerado por Miguel Albuquerque en carta a Tomás Estrada Palma, del 8 de noviembre de 1895, “más cubano que ecuatoriano”,[15] para movilizar los efectivos necesarios.

/

Pero las dificultades derivadas del transporte de tropas de la costa del Pacífico a las aguas del mar Caribe, sin poder utilizar el istmo de Panamá, debido a la hostilidad del gobierno conservador de Miguel Antonio Caro en Colombia –iniciado en 1892-, y los propios problemas internos provocados por las constantes insurrecciones de sus enemigos, dieron al traste con este nuevo proyecto solidario alfarista.

/

Hay que tener presente que el gobierno ecuatoriano era víctima entonces de constantes ataques procedentes de Colombia, alentados por los obispos de Portoviejo y Loja, que pretendían la “restauración católica”, llegando incluso a amenazar a la propia ciudad de Quito.[16] Además, en julio de 1896, los conservadores cuencanos se sublevaron contra Alfaro.

/

En estas circunstancias, el presidente ecuatoriano encaminó su apoyo a Cuba por los canales diplomáticos. La positiva actitud de Alfaro hacia la independencia cubana adquiere un mayor relieve si se toma en cuenta el adverso contexto continental de 1895, muy diferente al de la Guerra de los Diez Años (1868-1878), cuando la causa de Cuba levantó una ola de solidaridad entre muchos gobiernos de América Latina.[17] Ahora, en las postrimerías del siglo XIX, la situación de los países latinoamericanos había cambiado sustancialmente, lo que explica la indiferencia glacial de los gobernantes del hemisferio, ya sometidos a los dictados de las grandes potencias ante el problema de Cuba.

/

España había dejado de constituir una amenaza para las jóvenes repúblicas del continente -a las que había extendido su reconocimiento diplomático-, e inclusive iba ganando terreno el espíritu panhispanista y de apología a la supuesta “raza hispana”, en reacción a las crecientes pretensiones expansionistas de una gran potencia anglosajona: Estados Unidos. Manifestaciones de este sentimiento proespañol fueron la creación de la unión iberoamericana, la extendida conmemoración hemisférica del cuarto centenario del llamado descubrimiento de América en 1892 y la solicitud formulada por varios gobiernos latinoamericanos (Costa Rica, Colombia, Bolivia, Ecuador, Perú) a la reina María Cristina para que arbitrara en las disputas fronterizas con sus vecinos.[18]

/

Por eso durante la guerra de 1895 ningún gobierno latinoamericano reconoció la beligerancia de los patriotas antillanos. En estas adversas condicionantes políticas, Eloy Alfaro, en su condición de presidente de Ecuador, decidió avanzar gestiones diplomáticas unilaterales para favorecer la causa cubana.

/

El 19 de diciembre de 1895 el Viejo Luchador firmó un documento sin precedentes: una carta oficial a la reina María Cristina, regente de España, donde la exhortaba a reconocer la independencia de Cuba, la que tiene el mérito histórico de ser la única manifestación pública de un jefe de estado en favor de los patriotas cubanos durante la guerra de independencia iniciada en la isla el 24 de febrero de 1895. Para el cóndor era una manera de cumplir con su deber latinoamericano, aunque lamentara que la pequeña y convulsionada nación andina no pudiera hacer escuchar su voz con la fuerza que demandaba el caso de Cuba.

/

En su singular misiva, el primer mandatario ecuatoriano expresaba que su pueblo “se siente conmovido en presencia de la cruenta y aniquiladora lucha que sostiene, Cuba, por su emancipación política”.

/

Mi Gobierno -continuaba Alfaro-, ciñéndose a las leyes internacionales, guardará la neutralidad que ellas prescriben; pero no se puede hacer el sordo al clamor de este Pueblo anheloso de la terminación de la lucha; y debido a esto me hago el honor de dirigirme a V. M., como lo haría el hijo emancipado a la madre cariñosa, interponiendo los buenos oficios de la amistad para que V.M. en su sabiduría y guiada por sus humanitarios y nobles sentimientos -en cuanto de V.M. dependa- no excuse la adopción de los medios decorosos que devuelvan la paz a España y a Cuba.[19]

/

A pesar de que la epístola no fue tomada en consideración por las autoridades de Madrid, Alfaro quedó registrado en la historia como el único estadista en el mundo que reclamó, durante la guerra de 1895, la autodeterminación e independencia de Cuba. Conmovido por este extraordinario gesto solidario, el general Antonio Maceo, acampado en zonas montañosas de Pinar del Río, tras la exitosa invasión al occidente de la isla, le escribió al Viejo Luchador el 12 de junio de 1896:

/

Por la prensa española he sabido la parte que Ud., en cumplimiento de lo que un día me ofreció, ha tomado en pro de la causa cubana. Reciba, por tan señalada prueba de amistad y de consecuencia, mis más expresivas gracias y las de este ejército. Nuestros triunfos se suceden día tras día, haciéndome concebir las más halagüeñas esperanzas, dado que juzgo que hemos entrado en el periodo final de la campaña.[20]

/

Sin darse por vencido, Alfaro lanzó a continuación la convocatoria de un congreso hemisférico, que debía inaugurarse en México el 10 de agosto de 1896, el cual retomaría el legado bolivariano con una agenda en la que estaba implícito el reconocimiento de la soberanía cubana mediante la argucia de validar la vieja doctrina Monroe y con ello rechazar la presencia extracontinental de España en Cuba. La nueva y valiente iniciativa ecuatoriana se frustró, como ya le había ocurrido a Bolívar en 1827 con sus planes para liberar las Antillas hispanas, por la descarnada oposición de Estados Unidos, que aspiraba a heredar los últimos restos del imperio colonial español.

/

El cónclave continental propuesto por el Viejo Luchador, como explicara entonces el presidente mexicano Porfirio Díaz, abortó “debido a circunstancias desfavorables, entre otras, algunas complicaciones de importantes Repúblicas americanas, especialmente de una, que no podía aceptar francamente la invitación circulada.”[21]

/

También el presidente Alfaro brindó una calurosa acogida en Ecuador al representante del Partido Revolucionario Cubano (PRC), Arístides Agüero, quien a su llegada a la capital fue esperado a una legua de Quito por militares, diplomáticos y miembros del gobierno. En ese contexto, la Comisión de Relaciones Exteriores del congreso constituyente ecuatoriano, en una sesión celebrada en 1896, con el respaldo de 30 de sus 55 delegados, recomendó se reconociera la beligerancia de los cubanos, pero la votación final no obtuvo la mayoría.

/

Ante este revés, el Viejo Luchador intentó que su consejo de ministros diera una subvención secreta a los patriotas cubanos, aunque tampoco consiguió respaldo a esta iniciativa. Por ello entregó a Agüero, antes de que el agente del PRC se marchara de Ecuador, dos mil sucres de su propio peculio. Según escribió Agüero a Estrada Palma, para informarle del resultado de sus tres entrevistas privadas con Alfaro, el mandatario ecuatoriano le confesó el 29 de septiembre de 1896 que:

/

La beligerancia no la puedo reconocer ahora no por miedo a España, ni por temor a ser el primero; acostumbro hacer de cabeza y no de cola, procedo con arreglo a mis convicciones y nada me importaría que otros me siguieran o no; creo utilísimo para el Ecuador romper con España, fui el primero en tratar de ello y continuaré firme en esa creencia pues España nos dará fallo adverso; pero la situación interna no me permite dar paso alguno respecto de Cuba: hay preparada una revolución cuya bandera sería que yo comprometo con una quijotada los intereses ecuatorianos [...].[22]

/

Por todo ello, a Eloy Alfaro, este singular y consecuente revolucionario de América Latina, que su propio pueblo escogiera en una encuesta nacional como “El mejor ecuatoriano de todos los tiempos”,[23] se le erigió un busto en 1928 en un céntrico parque de La Habana, que tiene debajo la siguiente inscripción: “A quien supo levantar su voz en horas de tristeza para nuestra Patria, pidiendo justicia a las aspiraciones legítimas de este pueblo. Cuba agradecida consagra este monumento para perpetua memoria”.[24]

/

NOTAS

/

* Sergio Guerra Vilaboy es Director del Departamento de Historia de la Universidad de La Habana, Presidente de ADHILAC Cuba y Presidente de ADHILAC Internacional.

 

[1] Alfaro nació en Montecristi, entonces capital de la provincia costera de Manabí, el 25 de junio de 1842. El calificativo de “Hoguera Bárbara” es de la autoría de Alfredo Pareja Diez-Canseco. Véase su libro La hoguera bárbara, México, Compañía General Editora, 1944.

/

[2] José Martí: Obras Completas, La Habana, Editorial Lex, 1953, t. II, p. 84.

/

[3] Tomado de Jorge Núñez Sánchez: “Eloy Alfaro, un revolucionario de Talla Continental”, en Ramón Torres Galarza (compilador): Eloy Alfaro. Memoria Insurgente, Caracas, Fondo Editorial Ipasme, 2011, p. 140.

/

[4] Citado por Jorge Núñez, loc. cit., p. 142.

 

[5] Tomado de Leopoldo Benítes Vinueza: Ecuador: drama y paradoja, México, Fondo de Cultura Económica, 1950, pp. 241-242.

/

[6] Véase Malcolm Deas: “Estudio introductorio”, en Eloy Alfaro: Narraciones históricas, Quito, Corporación Editora Nacional, 1992, p. 43. El sastre cubano Miguel Albuquerque vertebró la más importante organización obrera de Guayaquil, la Confederación Obrera del Guayas (COG), el 31 de diciembre de 1905, matriz de casi todas las sociedades de auxilios mutuos y de beneficencia obrera hasta 1922, Alburquerque fue también uno de los directores del periódico Confederación Obrera e impulsor de la efímera Unión Obrera de Pichincha, creada en 1908. Alfaro subvencionó y donó locales para varios gremios, logrando que entre 1896 y 1912 se constituyeran, por iniciativa de Albuquerque, decenas de estas sociedades, sobre todo en Guayaquil. Alburquerque regresó a Cuba después de la muerte de Alfaro. Más detalles en Patricio Ycaza: Ecuador y Cuba. Solidaridad histórica, Cuenca, Universidad de Cuenca, 1992.

/

[7] En Núñez, loc. cit., p. 161.

/

[8] Tomado de Núñez, loc. cit., p. 188.

 

[9] Eloy Alfaro fue asesinado en su celda del Panóptico de Quito junto a su hermano Medardo, su sobrino Flavio y los radicales Ulpiano Páez, Manuel Serrano, Belisario Torres y Luciano Coral. El cadáver del Viejo Luchador fue arrastrado por las calles de la capital ecuatoriana y quemado en los terrenos de El Ejido. Tatiana Hidrovo: “Alfaro y su Revolución”, en Eloy Alfaro. Memoria Insurgente, loc. cit., p. 128.

/

[10] Carta de Merchán a Alfaro del 19 de febrero de 1896. En Ycaza, op. cit., p. 23. Es de observar la similar actitud asumida por Alfaro y Merchán frente a las agresiones norteamericanas. En 1885 el ecuatoriano se ofreció para combatir a las fuerzas interventoras de Estados Unidos en Panamá; mientras en 1899 el cubano protestó de la ocupación norteamericana de la isla rechazando la cátedra de Historia de América en la Universidad de La Habana que le propuso el gobierno interventor.

/

[11] Citado por Regino Sánchez Landrián: “Eloy Alfaro y la Emancipación latinoamericana”, en Eloy Alfaro, Memoria insurgente, loc. cit. p. 175.

/

[12] Tomado de Sánchez Landrián, loc. cit., 179-180.

/

[13] En 1893 Alfaro había suscrito con el presidente venezolano Joaquín Crespo –en el poder desde el 6 de octubre de ese año- y el colombiano Sergio Pérez, un pacto para impulsar la revolución liberal en Ecuador, Colombia y América Central. Luego Alfaro se trasladó a Nicaragua por invitación de su presidente José Santos Zelaya –que lo nombró general de división-, también en el gobierno desde 1893. Tras el triunfo del liberalismo en Honduras con el general Anastasio Ortiz, Alfaro firmó el Pacto de Amapala. Este acuerdo fue rubricado por Crespo a nombre de Venezuela –este mandatario fue asesinado en marzo de 1897-, Santos Zelaya por Nicaragua, Juan de Dios Uribe por Colombia y Alfaro por Ecuador, aunque solo los dos primeros ya eran gobernantes de sus países. Véase Rodolfo Pérez Pimentel: “Biografía de Eloy Alfaro” y Juan J. Paz y Miño Cepeda: “Eloy Alfaro y el Liberalismo Latinoamericano”, ambos textos en Eloy Alfaro. Memoria Insurgente, loc.cit., p. 214 y 84 respectivamente. Maceo, por su parte, entregó un aporte personal de mil pesos para apoyar la revolución alfarista en Ecuador.

/

[14] En José Martí: Obras Completas, op. cit., t. I p. 186.

/

[15] Tomado de León Primelles (editor): La Revolución del 95 según la correspondencia de la Delegación Cubana en Nueva York, La Habana, Editorial Habanera, 1932-1937, t. II, p. 163.

/

[16] Véase Enrique Ayala Mora: “La Revolución Liberal Ecuatoriana. Breve Perspectiva General (1895-1912”, en Eloy Alfaro, Memoria Insurgente, loc. cit.,  p. 76 y ss.

/

[17] Durante 1868-1878 la inmensa mayoría de las naciones latinoamericanas reconocieron, de una u otra manera, la independencia cubana o la beligerancia de los patriotas antillanos, dieron protección diplomática y asilo seguro a los luchadores de la isla, otorgaron su respaldo material y político –incluso permitiendo la salida de expediciones armadas desde sus territorios- y ofrecieron su cooperación a planes hemisféricos para mediar en el conflicto, en medio de intensas campañas de prensa favorables a Cuba. Véase Sergio Guerra Vilaboy: América Latina y la independencia de Cuba, Caracas, Editorial Koeyú, 1999.

/

[18] Por ejemplo, el presidente colombiano Caro, en el contexto del reciente restablecimiento de las relaciones diplomáticas de su país con España, de la conmemoración de los 400 años del “descubrimiento de América” y del laudo arbitral que fijó las fronteras con Venezuela, obsequió a la antigua metrópoli el tesoro de Quimbaya -integrado por 122 piezas de oro- y con la proclamación del 12 de octubre, denominado “día de la raza”, como fiesta nacional. Véase el prólogo de Mario Aguilera Peña a Cuba-Colombia, una historia común, Bogotá, Editorial Universidad Nacional, 1995, p. xi.

/

[19] Tomado de Emeterio Santovenia: Eloy Alfaro y Cuba, La Habana, Imprenta El Siglo XX, 1929, pp. 143-145.

/

[20] Ibid.

/

[21] Citado por Manuel Medina Castro: Estados Unidos y América Latina siglo XIX, La Habana, Casa de las Américas, 1968, pp. 206-207.

/

[22] En Correspondencia diplomática de la Delegación Cubana en New York, durante la Guerra de Independencia de 1895-1898, La Habana, Publicaciones del Archivo Nacional, 1943, t. II, pp. 88.

/

[23] Citado por Jorge Núñez, op. cit., p. 166.

/

[24] El busto fue construido por acuerdo del consejo municipal de la ciudad de La Habana, en el que consta “En la concepción de las inscripciones que proponemos hemos tenido en cuenta los antecedentes del general Alfaro en relación a Cuba; su conducta nobilísima y ejemplar de verdadero libertador americano, al solicitar desde la más alta magistratura de su nación, en días de heroico bregar en nuestra patria, el reconocimiento de nuestra independencia política.” Véase Homenajes a Eloy Alfaro, La Habana, Tipos Molina y Cia., 1933.

/

Ariadna Tucma Revista Latinoamericana. 7. Marzo 2012-Febrero 2013

/
Publicado por ©www.ariadnatucma.com.ar


Comments are closed.