La construcción del modelo económico social en la Argentina

INTRODUCCIÓN

Bernardo Levy y Graciela Volta

Todo intento de periodización se apoya en supuestos nacidos de la subjetividad del historiador, no siempre es posible la coincidencia. Sin embargo, para la mayoría de los autores, 1880 resulta una fecha fundacional para la historia nacional: luego de décadas plagadas de conflictos, las presidencias históricas de Mitre (1862-1868), Sarmiento (1868-1874) y Avellaneda (1874-1880) habían logrado eliminar las amenazas internas y externas a la autoridad estatal.

La coyuntura o época se selecciona en virtud de los desarrollos económicos y políticos que permiten ver el proceso de consolidación del Estado Nacional hasta la crisis actual del mismo con la aparición del modelo neoliberal.

El primer período a analizar abarca la tarea de consolidar el Estado moderno y liberal capaz de garantizar la inserción de la Argentina en la economía mundial, liderada exitosamente por Gran Bretaña, desde 1880 hasta la Primera Guerra Mundial, crisis inesperada y (aunque no fue percibido así en su momento) final para este modelo que parecía perfecto.

El segundo período comienza en 1914 donde se abre una conflictiva etapa de reacomodamiento mundial que termina, a los fines de nuestro trabajo, en la mayor crisis económica del siglo: la de 1930.

El tercer período abarca la difícil etapa que se abre con la crisis del ’30 y de la cual surgirá, con la Segunda Guerra Mundial en 1945, un mundo que fue percibido por sus habitantes como radicalmente diferente del anterior.

El cuarto período se inicia entonces en esta segunda mitad de la década de 1940 con el Estado interventor triunfante en todo el mundo y concluye, a mediados de 1970, con el grave cuestionamiento generalizado de este modelo.

El quinto y último período comienza en nuestro país en 1976 y coincide con un avance a nivel mundial de un nuevo paradigma económico: el neoliberalismo, que no ha sido desplazado hasta la actualidad por otro modelo.

Esta división en períodos nos acerca a los acontecimientos, es decir al tiempo que Braudel describe como de corta duración.

a. Desde la consolidación del capitalismo hasta la Primera Guerra Mundial

    Argentina comenzó a insertarse en el mercado mundial en una época cuyas características eran la creciente integración de los mercados y el rápido crecimiento de la producción. Los capitales circulaban libremente entre las naciones,

    permitiendo a los países endeudarse a un ritmo mayor que en cualquier momento del siglo XX (Gerchunoff y Llach, 1998). 1

    Gran Bretaña era, indudablemente, el líder mundial, pese a la riqueza creciente de los Estados Unidos. Este liderazgo indiscutido sentaba sus bases no sólo en la importancia de su industria: Londres era además el centro financiero mundial y, como tal, regulaba el sistema de patrón oro que regía en todo el mundo. Argentina, como otros países productores de materias primas y alimentos, se especializó exactamente al revés que Gran Bretaña: produciendo lo que ésta demandaba y demandando lo que ésta producía.

    Se formalizó de esta manera una relación bilateral en la cual el lugar ocupado por la Argentina en la división internacional del trabajo estaba bien definido: era el productor agropecuario e importador de productos manufacturados de la “fábrica del mundo” y por lo tanto las escasas y rudimentarias artesanías regionales fueron decayendo hasta casi desaparecer.

    El Estado nacional no fue un observador impasible de estos cambios, sino un actor firmemente involucrado en asegurar que la Nación obtuviera y conservara este papel considerado de privilegio en el concierto internacional. 2

    Desde 1880 se configuró un nuevo escenario institucional, cuyos rasgos perduraron largamente. (…) Como ha mostrado Natalio Botana, se aseguraba allí un fuerte poder presidencial, ejercido sin limitaciones en los vastos territorios nacionales y fortalecido por las facultades de intervenir las provincias y decretar el estado de sitio. Por otra parte, los controles institucionales del Congreso y sobre todo la exclusión de la posibilidad de reelección aseguraban que este poder no derivara en tiranía. (Romero, 1994).

    Avalado por sus facultades, el Estado promovió activamente la inmigración a fin de proveer la mano de obra que la extraordinaria expansión económica de la época requería. Expandió los ferrocarriles otorgando a las empresas británicas exenciones impositivas y tierras a los costados de las vías. Las inversiones extranjeras fueron gestionadas y promovidas con amplias garantías. Las tierras ganadas al indio en la llamada “Conquista del Desierto” (aptas para la explotación agropecuaria) 3 fueron transferidas en grandes extensiones y a bajo costo a particulares generalmente bien relacionados con el poder político. Los importantes edificios y obras públicas de la época muestran la determinación de identificarse con la cultura y la civilización europeas. El Estado se encargó, en definitiva, de poner en marcha los mecanismos necesarios para hacer de la Argentina una Nación moderna, según el ideario liberal de la época.

    Eso estaba lejos del liberalismo en estado puro con que a veces se identifica a la Generación del 80. En todo caso, era un liberalismo pragmático –acaso influido por los éxitos del desarrollo alemán- y dispuesto a abandonar cualquier aspecto doctrinario que se opusiera a la obsesión por el progreso. (Gerchunoff y Llach, 1998)

    El sistema institucional era perfectamente republicano, pero los mecanismos electorales de la época y sobre todo la fuerte presión del gobierno sobre los mismos, impedían en la práctica la llegada al poder de eventuales competidores. En la cima del poder, la selección de posibles candidatos pasaba por el presidente, los gobernadores y algunos otros prestigiosos funcionarios, un selecto y pequeño grupo de notables cuyo espíritu de cuerpo fue caracterizado por Natalio Botana.

    En los niveles más bajos, la competencia se daba entre caudillos electorales, que movilizaban maquinarias aguerridas, capaces –con la complicidad de la autoridad- de asaltar atrios y volcar padrones. (Romero, 1994).

    Al revés que en Europa, donde el derecho al voto fue duramente exigido y conquistado mediante procesos democratizadores, aquí la manipulación del sistema electoral descansaba sobre la apatía generalizada del electorado.

    Para 1890 comienzan a sentirse las frustraciones del proyecto inmigratorio, que había sido vivido por los nativos como “invasión”. La enorme masa de inmigrantes tampoco demostraba interés alguno en adquirir la ciudadanía ni en integrarse culturalmente a la nación que los había recibido (al menos en el discurso) con los brazos abiertos. Era necesario homogeneizar y dar forma a esa masa inculcándole los valores “nacionales” que el Estado consideraba imprescindibles. Los mayores esfuerzos se volcaron hacia la educación primaria, buscando integrar y nacionalizar a todos los niños hijos de extranjeros. La Ley 1420 de 1884 impulsó la educación laica, gratuita y obligatoria, desplazando no sólo a la Iglesia Católica sino también a las colectividades extranjeras y sobre todo a los grupos políticos contestatarios, de los cuales los anarquistas eran particularmente preocupantes por tener un proyecto de sociedad definidamente revolucionario. 4

    La Ley de Registro Civil y de Matrimonio Civil le restaron a la Iglesia Católica la presencia hasta entonces excluyente en los actos fundamentales de la vida humana (nacimiento, casamiento, muerte). La Ley de Servicio Militar Obligatorio, por último, colocaba a todos los hombres llegados a la mayoría de edad bajo la tutela del Estado para ser adiestrados en el uso de las armas, pero también disciplinados, controlados y “argentinizados”.

    De este modo el constante flujo de inmigrantes era absorbido por una estructura institucional capaz de formar con ellos (o al menos con sus hijos) ciudadanos útiles al proyecto que la elite dirigente había decidido llevar adelante. 5

    Sin embargo, no todo era perfecto en este modelo en el cual la presencia del Estado parecía llenar todos los resquicios de la vida social.

    A pesar del cuadro general de progreso permanecieron, e inclusive se acentuaron, graves desigualdades. Sobre todo, se profundizaron las diferencias entre Buenos Aires –o más ampliamente el Litoral- y provincias cuya hora de esplendor ya había pasado. Santiago del Estero, el Noroeste argentino y Corrientes perdieron rápidamente posiciones. (Gerchunoff y Llach, 1998).

    En torno a esas zonas ahora ricas se asentaron las primeras industrias, en general manufacturas de productos alimenticios que no competían con la producción importada de Gran Bretaña. Por consiguiente, allí se establecieron también las primeras concentraciones importantes de obreros. No tardaron en aparecer los primeros sindicatos, dominados por socialistas y anarquistas, en su mayoría extranjeros hasta ese momento, y con ellos los reclamos para conseguir mejoras en los salarios y condiciones de trabajo se expresaron a veces violentamente. El conflicto social aparecía con fuerza en una sociedad aparentemente próspera pero con enormes desigualdades.

    A comienzos del siglo XX, el aumento de la conflictividad social llegó a preocupar seriamente a la élite dirigente.

    Una gran huelga en noviembre de 1902 provocó una reacción inmediata en la elite local que, en pocas horas, votó la Ley de Residencia, que autorizaba a expulsar a cualquier extranjero indeseable. La imagen repetida de inmigrantes anarquistas o socialistas revolucionarios que “contagiaban” a los pacíficos trabajadores, orientó las actitudes patronales hacia el enfrentamiento social. Las huelgas continuaron in crescendo y la represión se hizo más dura. La protesta social se extendió hasta los más variados ámbitos de la vida urbana y se desató bajo la forma de una huelga de inquilinos en 1907; los habitantes de los conventillos se quejaban tanto de las condiciones de trabajo como de las condiciones de vida que les imponía la codicia de los patrones. (Schvarzer, 1996)

    Los cuestionamientos al sistema electoral fueron también cada vez más difíciles de contener. En 1890 y en 1905 sendos levantamientos de la Unión Cívica Radical, si bien fueron reprimidos con éxito, habían encontrado en la sociedad un inesperado eco. Es que

    las tensiones que recorrían la sociedad, que expresaban su creciente complejidad, y la cantidad de voces legítimas que buscaban manifestarse, resultaban más violentas y amenazantes de lo que intrínsecamente eran, por la escasa capacidad de los gobiernos para darles cabida y encontrar los espacios de negociación adecuados. (Romero, 1994)

    Con la reforma electoral de 1912 se abrió en la Argentina una dificultosa etapa en la cual la convivencia política sería más una expresión de deseos que una realidad. Para el partido gobernante, ceder su lugar de conductor de los destinos nacionales era poco menos que impensable y el avance del radicalismo como expresión de una clase media en ascenso no fue realmente tomado en serio hasta su inobjetable triunfo en las urnas, que marcó el final de una época donde primaba la estabilidad política, aunque sin consenso popular.

    En materia económica, también estaba llegando a su fin una etapa: la del crecimiento económico relativamente fácil enmarcado en un esquema internacional estable donde las reglas de juego eran claras y respetadas por todos los participantes. La brillante etapa que luego sería recordada con nostalgia como la belle époque. 6

    La guerra puso de manifiesto en forma aguda un viejo mal: la vulnerabilidad de la economía argentina, cuyos nervios motores eran las exportaciones, el ingreso de capitales, la mano de obra y la expansión de la frontera agraria. La guerra afectó tanto las cantidades como los precios de las exportaciones, e inició una tendencia a la declinación de los términos de intercambio. (Romero, 1994)

    Final de una etapa, aunque no fuera percibido de esta manera por la elite dirigente, que esperaba, según coinciden todos los testimonios, que el rumbo de la economía “volviera a la normalidad”. 7

    b. Desde la Primera Guerra Mundial a la Crisis del 30

      Hobsbawm señala al acontecimiento de la Primera Guerra Mundial como el comienzo real del siglo XX, la “era de las catástrofes”. Corolario obligado de la era imperialista, en la cual

      se había producido la fusión de la política y la economía (…) La rivalidad política internacional se establecía en función del crecimiento y la competitividad de la economía, pero el rasgo característico era precisamente que no tenía límites. (…) Para los dos beligerantes principales, Alemania y Gran Bretaña, el límite tenía que ser el cielo, pues Alemania aspiraba a alcanzar una posición política y marítima mundial como la que ostentaba Gran Bretaña, lo cual automáticamente relegaría a un plano inferior a una Gran Bretaña que ya había iniciado el declive. Era el todo o nada. (Hobsbawm, 1995)

      En medio de la convulsión de la guerra, la revolución comunista en Rusia vino a agregar un elemento de intranquilidad más para las clases propietarias en todo el mundo.

      Pasada la guerra, los vencedores (excepto EEUU que se retiró de las conversaciones) impusieron sobre la vencida Alemania y sus aliados una pesada carga de reparaciones de guerra, entre otras condiciones económicas y militares. Este durísimo castigo contribuyó a que la recuperación europea de posguerra fuese muy lenta. Alemania no pudo afrontar el costo de las reparaciones de guerra y cayó en una espiral hiperinflacionaria. El desorden monetario no fue exclusivo de los países vencidos, también en el resto de Europa las monedas tendieron a la depreciación y los precios subieron. El mundo no lograba, al parecer, encontrar el orden económico perdido.

      Gran Bretaña intentó volver a ese orden de preguerra, pero sus días de gloria ya habían pasado y una nueva potencia mundial se perfilaba en el horizonte: Estados Unidos.

      Durante los años de guerra, el conflicto social en Argentina se agudizó hasta límites insospechados. El gobierno democrático de Hipólito Irigoyen (1916-1922) tuvo al comienzo una respuesta vacilante frente a las huelgas crecientemente violentas, pero desde 1917/18 éstas fueron crudamente reprimidas y los episodios de la Semana Trágica (1919) marcaron el pico más alto del conflicto. Dos años más tarde la huelga de peones rurales en Santa Cruz recordada como “la Patagonia Rebelde” dejó también un saldo de muertos y encarcelados por la represión. Sin embargo, para esa época el conflicto social fue disminuyendo hasta diluirse en el renovado crecimiento económico de los años 20.

      De cualquier manera que se la mire, es inevitable concluir que la década de 1920 fue una época de alto crecimiento. (…) La instalación de capital norteamericano dedicado a la producción de manufacturas sirvió para asentar el incipiente desarrollo industrial argentino sobre bases más firmes. De todos modos, todavía se estaba en los comienzos (de la industrialización). La mayor parte de la riqueza argentina todavía se generaba en el campo. (…) Seguía casi intacta la confianza en esa estrategia que tanto éxito había tenido en el pasado y que tanto dependía del comercio exterior. (Gerchunoff y Llach, 1998)

      La presencia de Estados Unidos en el panorama mundial trajo para Argentina, además, otras consecuencias: nuestro país se convirtió rápidamente en un ávido comprador de las nuevas exportaciones estadounidenses (automóviles, camiones, neumáticos, fonógrafos, radios, maquinaria agrícola e industrial); pero las tradicionales exportaciones argentinas no encontraban cabida en el mercado norteamericano, que era también un importante productor agrícola, por lo cual esta nueva relación comercial sólo generaba déficit en nuestra balanza de pagos.

      A la inversa, Gran Bretaña seguía siendo nuestro principal comprador de carnes y cereales, que pagaban con carbón, textiles y las ganancias de los ferrocarriles y otras empresas de servicios.

      Sus insuficiencias eran cada vez más evidentes: los suministros eran caros, Gran Bretaña no podía satisfacer las nuevas demandas del consumo y el capital británico era incapaz de promover las transformaciones que impulsaba el norteamericano. Pero a la vez Argentina carecía de compradores alternativos. (Romero, 1994)

      La Argentina se encontraba, como señaló Arturo O’Connell, inserta en un triángulo económico mundial, sin que fuera posible equilibrar dos relaciones tan diferentes.

      Sobre el final de la década del 20, la Gran Depresión vino a dar el golpe de gracia al modelo agroexportador, que la elite dirigente intentaba por todos los medios mantener con vida pese a las dificultades que la Primera Guerra Mundial había provocado.

      Cesó el flujo de capitales que tradicionalmente la había alimentado (a nuestra economía) y muchos incluso retornaron a sus lugares de origen. Los precios internacionales de los productos agrícolas cayeron fuertemente –mucho más aún que en la crisis de 1919-1922- y aunque el volumen de las exportaciones no descendió, los ingresos del sector agrario y de la economía toda se contrajeron fuertemente. Como el gobierno optó por mantener el servicio de la deuda externa, mucho más gravosa por la disminución de los recursos corrientes, debieron reducirse drásticamente tanto las importaciones como los gastos del Estado, cuyo déficit pasó a convertirse en un problema grave. (Romero, 1994)

      La depresión iniciada en 1929 vuelve a debilitar las relaciones comerciales internacionales, apenas recompuestas luego de la Primera Guerra Mundial, con el agravante de que la profundidad y prolongación de esta crisis llevó a los países industrializados a adoptar medidas de carácter proteccionista: formación de bloques y acuerdos bilaterales, devaluación de las monedas y abandono del patrón oro, adopción de controles de cambio y alza de las tarifas aduaneras.

      Las mayores trabas a las importaciones disminuyeron aún más el comercio internacional, agudizando el impacto de la depresión mundial. (Ferrer, 1973)

      La circulación de capitales también fue afectada fuertemente por la crisis, marcando el final de una época en que los préstamos e inversiones directas habían fluido libremente por el mundo, con la sola interrupción de la Primera Guerra.

      El comportamiento posterior a 1929 del comercio internacional y del flujo de capitales afectó particularmente a los países especializados en la producción y exportación de productos primarios. En estos países la caída del volumen físico de las exportaciones fue agravada por el empeoramiento de la relación de intercambio entre los productos primarios y los industriales. En América Latina el poder de compra de las exportaciones cayó en casi un 50% entre 1928-29 y 1932, como consecuencia del efecto combinado de la caída del volumen físico de las exportaciones y del empeoramiento de las relaciones de precios. (Ferrer, 1973)

      Las dificultades económicas coincidieron, en nuestro país, con una profunda crisis política. La segunda victoria de Irigoyen en las urnas, en 1928, exacerbó el conflicto político.

      Es posible que la oposición, abrumada por los resultados electorales, ya hubiera desesperado de desalojar a Irigoyen por métodos institucionales, y no apreciara en su real significación las consecuencias inmediatas de la crisis económica mundial, estallada en octubre de 1929. (Romero, 1994).

      En efecto, la oposición encontraba en la edad avanzada del presidente y su lentitud para dar respuestas eficientes frente a las inéditas condiciones económicas, argumentos suficientes para exigir su destitución. 8

      Para ese momento, el Ejército se había constituido en un actor social de peso, alentado por una intensa corriente de pensamiento nacionalista 9y, seguramente, por las clases propietarias, que desde el comienzo desconfiaron del proceso democratizador que había llevado a los radicales al gobierno.

      El golpe militar que derrocó a Irigoyen en 1930 contó, sino con el apoyo explícito, al menos con la aquiescencia de la mayoría de la población. Casi inmediatamente fue buscada una salida política que llevara al poder a un presidente constitucional, si bien desde ese momento la clase política buscó y puso en marcha procedimientos que mediatizaran la voluntad popular e impidieran el eventual triunfo de los radicales en las urnas. El fraude patriótico, apenas disimulado, fue una constante en los procesos electorales de esta etapa, sostenido en las relaciones clientelares entre los candidatos a puestos públicos, los caudillos electorales y los votantes como último eslabón de una cadena de favores y obligaciones.

      La eficacia del nuevo gobierno debía quedar demostrada, ante la sociedad en general y particularmente ante las clases propietarias, por su capacidad para enfrentar la difícil situación económica. (Romero, 1994)

      Si bien al comienzo no se tomó ninguna medida novedosa, apelándose sólo a las reservas de oro para tratar de sostener la moneda, pronto el gobierno se vio obligado a intervenir en la marcha de la economía creando herramientas como el control de cambios, la creación de nuevos impuestos, el control del gasto público, el control de importaciones y exportaciones, etc. La creación del Banco Central intentó regular las fluctuaciones de la moneda y la actividad de los bancos privados. Los fondos obtenidos del control de cambios se destinaron a sostener el declinante precio agrícola, para lo cual se creó la Junta Nacional de Granos, y posteriormente la de Carnes con el mismo objetivo.

      Por este camino, el Estado fue asumiendo funciones mayores en la actividad económica, y pasó de la simple regulación de la crisis a la definición de reglas de juego cada vez más amplias, según el modelo que teorizó el economista británico John Maynard Keynes y que empezaba a aplicarse en todo el mundo. A la vez, el conjunto de la economía fue cerrándose progresivamente a un mundo donde también se dibujaban, con nitidez creciente, áreas relativamente cerradas. Era todavía una tendencia incipiente, impulsada por factores coyunturales, pero que se fue afirmando progresivamente, y estimuló modificaciones que finalmente la harían irreversible.” (Romero, 1994)

      c. De la Crisis del 30 a la Segunda Guerra Mundial

        Las dificultades que los productos argentinos encontraron en sus mercados de exportación, generadas por la caída de la demanda mundial, se vieron seriamente agravadas por la escalada proteccionista en Europa y Estados Unidos. (…)La inquietud de los ganaderos argentinos por los problemas que encontraban para exportar se convirtió en pánico después de que la Conferencia Económica Imperial, reunida en Ottawa (en 1931) fijara un sistema de cuotas decrecientes para las carnes argentinas en el mercado inglés. (Gerchunoff y Llach, 1998)

        Este fue el motivo principal del pacto Roca-Runciman, que selló las relaciones bilaterales entre Argentina y Gran Bretaña, conservándose, así, nuestro principal comprador, pero desatando en la opinión pública (cuando las investigaciones del senador Lisandro de la Torre pusieron al descubierto maniobras fraudulentas de los frigoríficos ingleses) una ola de repudio y un rebrote del sentimiento nacionalista y antiimperialista.

        La producción industrial, escasa todavía, fue creciendo al ritmo de las necesidades de un mercado interno que demandaba los productos que el progresivo cierre de las economías y la escasez de divisas impedía importar. Sobre esa base creció el proceso de sustitución de importaciones que, si bien había comenzado tímidamente durante la Primera Guerra Mundial, no había recibido de los gobiernos posteriores ningún estímulo para el desarrollo.

        En definitiva, cuando tanto la Argentina como el resto del mundo comenzaban a salir de la Gran Depresión, los cambios que se habían producido como respuesta a las sucesivas crisis habían creado un panorama nuevo y ya resultaba evidente que el retorno a la situación anterior era imposible. El cierre de las economías, la intervención del Estado y el crecimiento industrial, junto con la declinante posición de Gran Bretaña y el ascenso de los Estados Unidos mostraban que el mundo (y la Argentina dentro de él) habían tomado un rumbo novedoso.

        Cuando la recuperación post-depresión ya era un hecho en todo el mundo, el comercio internacional se vio nuevamente interrumpido por la Segunda Guerra Mundial.

        La Segunda Guerra Mundial tal vez podría haberse evitado, o al menos retrasado, si se hubiera restablecido la economía anterior a la guerra como un próspero sistema mundial de crecimiento y expansión. Sin embargo, después que en los años centrales del decenio de 1920 parecieran superadas las perturbaciones de la guerra y la posguerra, la economía mundial se sumergió en la crisis más profunda y dramática que había conocido desde la Revolución Industrial. Y esa crisis instaló en el poder, tanto en Alemania como en el Japón, a las fuerzas políticas del militarismo y la extrema derecha, decididas a romper el statu quo mediante el enfrentamiento, si era necesario militar, y no mediante el cambio gradual negociado. (Hobsbawm, 1995)

        Esta fue, para Hobsbawm, mucho más que la Primera Guerra Mundial, una guerra de ideologías, una guerra total donde lo que estaba en juego era lisa y llanamente la supervivencia de las naciones. El tratamiento dado a las zonas ocupadas y sobre todo el holocausto judío demostraron al mundo que

        el precio de la derrota a manos del régimen nacionalsocialista alemán era la esclavitud y la muerte. Por ello la guerra se desarrolló sin límite alguno. (Hobsbawm, 1995)

        En la economía argentina, el impacto producido por el acontecimiento de la Segunda Guerra Mundial estuvo ligado nuevamente a las complicaciones para el comercio internacional, agravando todavía más la carencia de importaciones que ya se había verificado en los dos grandes golpes anteriores: la Primera Guerra y la crisis del ’30. Esta coyuntura representó un gran impulso para la actividad industrial, cuyo crecimiento ya habíamos visto como consecuencia de estos golpes mencionados. El desarrollo industrial fue común a toda América Latina durante la guerra. La Argentina llegó a penetrar con sus productos manufacturados incluso el mercado estadounidense (ya que la industria norteamericana estaba momentáneamente dedicada a la producción bélica).

        El éxito imprevisto de las exportaciones industriales (…) se acabó con la guerra. (Grechunoff y Llach, 1998)

        Sin embargo, una fuerte corriente de opinión a favor de la industrialización se encarnó, sobre todo entre los militares, que luego del golpe de 1930 no habían vuelto a intervenir activamente en política pero se mantenían cercanos al gobierno y avanzaban sobre terrenos no específicamente militares. 10De este modo los militares, sobre todo el Ejército, fueron constituyendo un actor social con un perfil muy definido: el nacionalismo tradicional, antiliberal y anticomunista, xenófobo y jerárquico, adecuado a la época y preocupado además por dotar a la Argentina de las industrias estratégicas (acero, armamentos) necesarias para garantizar la autarquía nacional en un mundo tan inestable y amenazante.

        Argentina mantuvo, como en la guerra anterior, su tradicional neutralidad, aún después de 1941 cuando EEUU declaró la guerra al Eje e intentó arrastrar tras de esa decisión al resto de los países americanos. El mantenimiento de esta postura le costó a la Argentina fuertes represalias económicas por parte del gobierno estadounidense,

        fue excluida del programa de rearme de sus aliados en guerra – mientras que Brasil era particularmente beneficiado – y los grupos democráticos, opositores al gobierno, empezaron a recibir fuerte apoyo de la embajada. (Romero, 1994)

        La Segunda Guerra Mundial movilizó también en nuestro país fuertes corrientes de opinión a favor y en contra de los distintos contendientes: el apoyo a los aliados fue identificado con la reivindicación de la democracia y el ataque a las prácticas fraudulentas del gobierno, sostenido por radicales y distintos grupos de izquierda. Por el contrario, el mantenimiento de la neutralidad (reivindicado sobre todo como una postura de oposición al liderazgo norteamericano en el continente) fue amalgamándose con el creciente sentir nacionalista, un conjunto de sentimientos, actitudes e ideas esbozadas que, según Romero, no podían llamarse todavía una ideología en sentido estricto. El antiimperialismo, oposición visceral no sólo a los imperios opresores en cuestión (Gran Bretaña, EEUU) sino sobre todo a la “oligarquía entreguista, “resultó un arma retórica y política formidable, capaz de convocar apoyos a derecha e izquierda.” (Romero, 1994)

        d. Desarticulación del Estado benefactor y retorno al modelo clásico. Desde la Segunda Guerra Mundial hasta la crisis del Estado interventor.

          Dice Ferrer que

          en el último cuarto de siglo (el libro fue escrito en 1973) la economía internacional registra una expansión sin precedentes históricos, tanto en términos de producción como de comercio, transferencias de capital y tecnología. Asimismo, se fueron reconstruyendo progresivamente las bases multilaterales de las relaciones comerciales y financieras internacionales que se derrumbaron después de la gran depresión de 1930.

          En 1944, los acuerdos de Bretton Woods establecieron un régimen monetario apoyado en paridades cambiarias fijas y crearon el Fondo Monetario Internacional, que impondría las normas de disciplina fiscal y monetaria a sus países miembros. Un poco más adelante, la creación del GATT (Acuerdo General de Tarifas y Comercio) redujo las barreras arancelarias y sentó las bases para que nuevamente se generalizara el libre comercio mundial.

          Lejos de retirarse de las conversaciones de paz como lo había hecho en la primera posguerra, esta vez Estados Unidos tomó firmemente su papel de líder mundial y dirigió la reconstrucción europea y la recomposición de los lazos comerciales y financieros internacionales.

          De hecho, este proceso abarcó fundamentalmente las relaciones entre los países avanzados, mientras que los países especializados en la producción y exportación de productos primarios continuaron tropezando con elevadas barreras a sus exportaciones y con dificultades crecientes para mantener la expansión de su comercio exterior y el equilibrio de sus transacciones internacionales. De este modo, en el marco de una fuerte expansión de las relaciones económicas internacionales, se produjeron (…) cambios profundos en la participación de los diversos grupos de países en el sistema económico internacional. (Ferrer, 1973)

          Los países periféricos vieron declinar su participación en el comercio internacional, en parte por la baja de los precios agrícolas, en parte por el ingreso al mercado de nuevos países productores primarios, pero sobre todo por el espectacular crecimiento de la productividad de la industria, concentrada en los países desarrollados.

          La nueva división del mundo en dos bloques contrapuestos, el capitalista (liderado por Estados Unidos) y el socialista (la Unión Soviética y sus áreas de influencia) originó un clima de tensión permanente entre las dos superpotencias que se dio en llamar “Guerra Fría” y que tuvo como características la carrera armamentista, la lucha ideológica y los enfrentamientos armados indirectos. 11

          Otra característica fundamental de esta época fue la difusión y aceptación generalizada de las ideas keynesianas que habían empezado a esbozarse luego de la crisis del 30, de modo que

          los gobiernos asumieron la función de garantizar las condiciones de reproducción del sistema capitalista asegurando niveles de empleo, demanda e inversión. La intervención se produjo a través de tres vías principales: las nacionalizaciones, la planificación y la creación de instituciones que establecerán el llamado “Estado de Bienestar”, aunque en distintos grados según los países. (Rapoport, 2000)

          En Argentina, y como corolario de las condiciones políticas, sociales y económicas descritas en el punto anterior, un nuevo golpe de Estado derrocó a un gobierno civil sin que la ciudadanía mostrara ningún signo de disconformidad. Los militares en el gobierno llevaron adelante una serie de medidas represivas tendientes a mantener el orden social: proscripción del Partido Comunista, intervención de la CGT y de las Universidades, etc.

          Los acuerdos comerciales con Gran Bretaña, nuestro antiguo socio, se mantuvieron. En cambio, Estados Unidos emprendió una especie de cruzada contra los militares, que se mostraban renuentes a declarar la guerra al Eje, cuestionando así en la práctica el liderazgo que EEUU reclamaba para si.

          El ascenso de Perón dentro del gobierno militar fue, sin dudas, el acontecimiento más importante de la etapa.

          Perón sobresalía de entre sus colegas por su capacidad profesional y por la amplitud de sus miras políticas. Una estadía en Europa en los años anteriores a la guerra le había hecho admirar los logros del régimen fascista italiano, así como comprobar los terribles resultados de la Guerra Civil Española. Clarividencia y preocupación lo llevaron a ocuparse de un actor social poco tenido en cuenta hasta entonces: el movimiento obrero. (Romero, 1994)

          Vinculándose con los dirigentes sindicales (excepto con los comunistas, que ni siquiera fueron convocados) Perón comenzó a satisfacer las demandas de los trabajadores, a mediar para solucionar sus conflictos con la patronal y a animarlos a organizarse. Progresivamente, Perón fue identificándose cada vez más con la clase trabajadora, y delineando en su discurso las bases de lo que sería el eje de su posterior gobierno: la justicia social.

          La configuración de la alianza peronista daba algunas claves de lo que sería uno de los elementos centrales de la concepción política del peronismo. Los militares, el “ejército que cuida”, los sindicatos, el “ejército que produce” y la Iglesia, respetada durante los primeros años de gobierno como fuente del “poder moral”, reemplazaban de hecho al Parlamento como representantes de la sociedad ante un Estado tutor. (Gerchunoff, 1998)

          Se puede identificar al primer gobierno peronista con los populismos que más o menos en la misma época florecían también en el resto de América Latina; sin embargo el peronismo tiene un sello especial, quizás por el extremo carisma de la pareja presidencial (Juan Domingo y Eva Perón). Los motivos de la permanente identificación de la clase obrera con el peronismo, aún cuando ya su líder había desaparecido, son todavía motivo de discusión y de investigación histórica.

          ¿Cómo era ese Estado peronista que surgió con fuerza incontenible en 1946? Heredero de las crisis y los temores del período anterior, este Estado posee las herramientas necesarias para intervenir activamente en la economía nacional.

          Según la concepción de Perón, el Estado, además de dirigir la economía y velar por la seguridad del pueblo, debía ser el ámbito donde los distintos intereses sociales, previamente organizados, negociaran y dirimieran sus conflictos (Romero, 1994).

          Un Estado omnipresente, que intenta (y logra, generalmente) penetrar todos los espacios de la sociedad civil y llevar adelante un vigorosísimo movimiento democratizador sostenido por un nuevo actor social cuya voz había venido surgiendo al calor de las sucesivas crisis económicas: la clase trabajadora.

          El gobierno peronista tuvo todas las características, también, del Estado de Bienestar. Nacionalizó las empresas extranjeras y fue productor de bienes y servicios. 12 Estatizó los ferrocarriles, teléfonos, y transporte urbano, el servicio de gas y de energía eléctrica, y fueron creados además organismos gubernamentales para el control de estos servicios públicos.

          El texto constitucional de 1949 consagró esta tendencia, declarando al Estado dueño natural de los servicios públicos (previéndose la compra o confiscación de aquellos que aún estuvieran en manos privadas) y de las fuentes de energía. (Gerchunoff y Llach, 1998)

          La nueva Constitución articulaba al Estado con la “comunidad organizada” a través de asociaciones y confederaciones que recordaban al fascismo italiano.

          El Estado peronista monopolizó además el comercio exterior, reteniendo de esta manera las ganancias generadas por el sector agropecuario en esta etapa de altos precios agrícolas, 13 y transfiriendo este ingreso extra al sector industrial mediante créditos y subsidios.

          Otra fuente novedosa de ingresos para el Estado fue la creación de las Cajas de Seguridad Social, que ya habían recibido un fuerte impulso cuando Perón fue Secretario de Trabajo y Previsión durante el gobierno militar de 1943-45. Durante los primeros años de vida del régimen jubilatorio éste generó un enorme superávit ya que eran más numerosos los aportantes que los beneficiarios del sistema.

          Como la base de este modelo económico era el mercado interno, la demanda se expandió gracias a una generosa política de salarios. Los aumentos de salarios motorizaban la demanda y ésta a su vez activaba la producción. El alza de los precios que este sistema genera no resultaba preocupante en estos primeros años ya que la bonanza económica hacía posible compensar con nuevos aumentos de salarios los mayores costos de los artículos de consumo popular. 14

          Las crisis de 1949 y de 1951-52 no alcanzan para explicar el golpe de Estado que derrocó al peronismo en 1955, ya que estaban siendo tomadas las medidas económicas necesarias para superarlas y de hecho la economía estaba en franca recuperación para esa época. Romero señala como determinante el conflicto con la Iglesia, que había sido en los inicios uno de los pilares fundamentales del peronismo. El enfrentamiento fue subiendo de tono hasta incluir batallas callejeras entre manifestantes de uno y otro bando. Cuando estalló la sublevación militar del 16 de septiembre de 1955,

          Perón había perdido completamente la iniciativa y tampoco manifestó voluntad de defenderse moviendo todos los recursos de que disponía; sus vacilaciones coincidieron con una decisión de quienes hasta ese momento habían sido sus sostenes en el Ejército, que sobriamente decidieron aceptar una renuncia dudosamente presentada. (Romero, 1994)

          El 23 de septiembre asumió entonces un nuevo gobierno militar.

          La propuesta social y política de este nuevo gobierno militar (impuesta además por el Ejército a los gobiernos civiles que lo sucedieron) consistía en la prohibición absoluta del peronismo; más aún, en los que se dio en llamar la desperonización de la sociedad. Esta prohibición fue resistida por los sectores populares que, sin embargo, no tenían la fuerza suficiente para revertir la situación, generándose, al decir de Romero, una situación de empate que se prolongó hasta 1966.

          La propuesta económica de la etapa era el desarrollismo, un novedoso plan industrializador aplicable a cualquier país periférico que deseara pasar de una economía agrícola a una industrial. La teoría venía de la CEPAL (Comisión Económica para América Latina) y se la consideraba opuesta a los planes ortodoxos que el FMI solía imponer a sus socios para el otorgamiento de créditos. 15Incluía un amplio programa de obras públicas tendiente a facilitar la explotación del petróleo y el gas, estimular la industria química, la siderurgia y la producción de acero, dotar al país de rutas y aeropuertos a fin de integrar el mercado interno y provocar, de esta manera, el despegue industrializador que la Argentina necesitaba. Por supuesto que este despegue necesitaba de una fuerte inyección de capitales para hacerse realidad; el gobierno Frondizi (1958-1962) promulgó una generosa Ley de Radicación de Capitales Extranjeros, pero los problemas económicos persistían y fue necesario solicitar créditos al FMI, con lo cual se volvía a caer en el círculo vicioso del endeudamiento y la pérdida de las reservas.

          El año que siguió a la caída de Frondizi fue probablemente el más confuso de la historia argentina. Nunca fue tan poco claro dónde estaba el poder como en el largo año comprendido entre el golpe a Frondizi y la elección de Illia en julio de 1963. 16Los acontecimientos se sucedían velozmente, las facciones que hasta ayer eran rebeldes hoy eran gobierno, las calles eran un teatro de operaciones militares más vistosas que violentas, todo ante la mirada desconcertada de la ciudadanía. (Grechunoff y Llach, 1998)

          El gobierno de Illia (1963-1966) se diferenció en lo económico del de Frondizi por su desconfianza sobre el capital extranjero y su apelación a la reactivación de la demanda como motor del crecimiento económico, políticas de neto corte keynesiano, donde el Estado seguía teniendo un activo papel en el control y la planificación económica. Tuvo una posición mucho más nacionalista en general, anulando los contratos petroleros que su antecesor había firmado y sancionando leyes que regulaban el mercado farmacéutico y la industria automotriz, ambos temas sumamente delicados para las empresas transnacionales que habían ingresado en nuestro país con la apertura frondicista. Sin embargo, no son éstos los únicos factores que pueden ayudarnos a explicar el golpe de Estado que lo derrocó.

          En 1965, en la Conferencia de West Point, donde se reunieron jefes de ejército americanos, el general Onganía, que ya había adquirido primacía nacional, manifestó su adhesión a la llamada “doctrina de seguridad nacional”:

          las Fuerzas Armadas, apartadas de la competencia estrictamente política, eran sin embargo la garantía de los valores supremos de la nacionalidad, y debían obrar cuando éstos se vieran amenazados, particularmente por la subversión comunista. Poco después completó esto enunciando –esta vez en Brasil sonde los militares acababan de deponer al presidente Goulart- la “doctrina de las fronteras ideológicas”, que en cada país dividía a los partidarios de los valores occidentales y cristianos de quienes querían subvertirlos. Entre estos valores centrales no figuraba el sistema democrático. (…) La democracia empezaba a aparecer como un lastre para la seguridad. Desde esta perspectiva también lo sería, finalmente, para la modernización económica, que necesitaba de eficiencia y autoridad. (Romero, 1994)

          En el otro extremo del pensamiento político, los sectores más progresistas de la sociedad se radicalizaban ampliando a la vez su espectro de discusión hasta confluir en lo que dio en llamarse “nueva izquierda”: una amalgama donde primaba la lectura marxista de los acontecimientos, donde podían integrarse el peronismo y la revolución cubana, con una firme base antiimperialista y popular.

          Este populismo tendió un puente hacia sectores cristianos, que releyendo los evangelios en clave popular, se interesaron en dialogar con el marxismo, mientras que el antiimperialismo vinculó estas corrientes con sectores del nacionalismo, también en intenso proceso de revisión. (Romero, 1994)

          La verdad es que ni en uno ni en otro extremo existía la menor confianza en la democracia como instrumento capaz de posibilitar el cambio. Cuando Illia fue derrocado por el general Onganía no hubo en la ciudadanía, nuevamente, ningún intento serio de defender las instituciones republicanas.

          La dictadura de Onganía, reaccionaria en lo político y liberal en lo económico, mostró una marcada diferencia con los golpes de Estado anteriores: no se fijaba un tiempo para rectificar el rumbo del país y luego llamar a elecciones, sino que se fijó un ambicioso plan que concluiría (se pensaba) por modificar de una vez y para siempre el perfil de la Nación. 17

          A pesar de poner en práctica un plan económico bastante novedoso que contó con el beneplácito de los Estados Unidos (gracias al cual los capitales extranjeros volvieron a ingresar libremente al país), el cerrado autoritarismo de Onganía y los episodios represivos, como la “noche de los bastones largos”, 18las clausuras a diarios y publicaciones opositoras y la censura a las nuevas costumbres culturales, como la minifalda o el pelo largo, terminaron por enajenarle el apoyo popular que pudo haber tenido al inicio de su gobierno.

          Cerrados todos los carriles normales por los que puede expresarse el disenso, la disconformidad se expresó en forma de protesta popular e incluso de oposición armada. El acontecimiento recordado como “el Cordobazo” tuvo un poco de los dos e indudablemente marcó el comienzo del fin para la dictadura de Onganía.

          Mes a mes el gobierno perdía el poco crédito que le quedaba, en medio de una atmósfera cada vez más enrarecida por las acciones de organizaciones como el Ejército Revolucionario del Pueblo, los Montoneros y las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Ya no había razones para sostener a Onganía. El asesinato de Aramburu, llevado a cabo por Montoneros a mediados de 1970 fue el empujón final para el malogrado “caudillo”. Los militares, encabezados por Alejandro Lanusse, decidieron reemplazarlo por el ignoto general Roberto Marcelo Levingston.” (Gerchunoff y Llach, 1998)

          La creciente conflictividad social hizo que Lanusse decidiera conducir personalmente esta última etapa del gobierno militar y convocar, lo más dignamente que se pudiera en tales circunstancias, a elecciones. Como muestra irrefutable de que el “tiempo político” al fin había llegado, sobre el final del gobierno de Lanusse fue abolido el Ministerio de Economía.

          Las elecciones llevaron al poder a Cámpora primero y, luego de su renuncia, a Perón que recientemente había vuelto a la Argentina con un inédito 62% de los votos a su favor. Pero la violencia instalada en la sociedad y, sobre todo, las distintas (y aún opuestas) expectativas puestas en la figura de Perón, que había sido votado desde la izquierda revolucionaria pero también desde la derecha más reaccionaria, desataron una lucha de poder en el entorno gubernamental. A la muerte del anciano líder, en julio de 1974, asumió su viuda, que pronto mostró su ineptitud para conducir una Argentina convulsionada y violenta. A la acción de los grupos guerrilleros se opuso, desde el gobierno mismo, la acción también clandestina de grupos parapoliciales (la Triple A) que amenazaban sobre todo a actores, escritores y músicos sospechados de tener simpatía por la izquierda.

          Ni el orden económico ni el orden político pudieron restablecerse. La violencia creció y en los cuarteles comenzó a conspirarse más abiertamente. El mandato de “aniquilación total” de la guerrilla que el gobierno impartió a las Fuerzas Armadas no sirvió para calmar la creciente exasperación militar. El vacío de poder denunciado por los golpistas existía. El 24 de marzo de 1976 se consumaba lo inevitable. Concluía por la fuerza la segunda experiencia del peronismo en el poder, ese extraño caso de un gobierno que cayó casi exclusivamente por las luchas internas en el partido oficial. (Gerchunoff y Llach, 1998)

          e. Hegemonía del mercado. Desde 1976 en adelante

            La década de 1970 se inició en el mundo con una crisis económica seguida de un fuerte aumento de los precios del petróleo. Fue necesario acuñar un nuevo término para definir esa complicada situación de las potencias industriales: estanflación, esto es estancamiento económico acompañado de inflación. Estos procesos generaron una enorme liquidez en los mercados mundiales, abundantes capitales circulaban sin poder invertirse productivamente dado el bajo crecimiento del producto y la demanda.

            Esto impulsó a la banca internacional a ofrecer a los países en desarrollo, en especial a América Latina, amplios préstamos con bajas tasas de interés. La deuda latinoamericana contraída en esos años obedecía en parte a la competencia entre bancos internacionales por participar en el atractivo mercado que parecían ofrecer los países del Tercer Mundo, aprovechando además que la expansión de la liquidez internacional había debilitado la disciplina financiera ejercida tradicionalmente por el FMI. 19 (Rapoport, 2000)

            En los países más poderosos, la crisis de los ‘70 tuvo también repercusiones políticas importantes, llevando al poder a partidos más conservadores que sus antecesores (Ronald Reagan en Estados Unidos, Helmut Kohl en Alemania, Margaret Tatcher en Gran Bretaña). Si bien los efectos de la crisis no eran similares en todos los países y, por lo tanto, no eran iguales las respuestas a la misma, en general la tendencia impuso que se dejaran de lado las políticas económicas y sociales keynesianas y se tendiera firmemente hacia la desregulación de los mercados.

            Como consecuencia de el permisivo endeudamiento que los bancos internacionales habían fomentado en América Latina ésta región había aumentado enormemente su ya tradicional vulnerabilidad externa.

            Por eso cuando el presidente Reagan fracasó en su intento por reducir el déficit de los Estados Unidos y las tasas de interés en ese país subieron de manera significativa, la tasa real media de interés de los países menos desarrollados se elevó de alrededor del 6% al 14% lo que afectó de inmediato las posibilidades de cumplir con los servicios financieros. (Rapoport, 2000)

            La crisis de la deuda (sencillamente, la imposibilidad de los países deudores de afrontar semejante suba de las tasas de interés con los menguantes recursos de sus economías subdesarrolladas) inició una etapa de restricción financiera, los préstamos se suspendieron y el FMI tomó entonces el papel de intermediario entre los países deudores y los bancos acreedores, negociando cada caso en particular. En líneas generales se imponía a los deudores estrictas condiciones de ajuste que deterioraron la calidad de vida de la población e impidieron por completo el crecimiento económico; el cumplimiento de estas condiciones era (lo es aún) controlado por misiones enviadas por el FMI que verifican y corrigen las políticas gubernamentales de los países latinoamericanos. Toda la década del 80 está marcada por este deterioro de la situación financiera de América Latina, que pasó de ser una región receptora de fondos a ser la principal expulsora de fondos líquidos con destino a los países más ricos.

            A fines de la década el comercio internacional se incrementó notablemente aunque conservando el alto grado de proteccionismo de las grandes potencias. Gran parte del comercio exterior se concretó en el interior de los bloques económicos que empezaron a funcionar como mercados internos ampliados. El avance tecnológico impuso, además numerosos cambios en la producción, en las comunicaciones y también en la organización y funcionamiento de las empresas, como consecuencia del empleo de la robótica y la informática. El mercado de capitales también evolucionó llegando a una fluidez y movilidad sorprendentes.

            La constitución de este mercado financiero internacional aceleró el proceso de acumulación y concentración de capital beneficiando a aquellos países, corporaciones y redes financieras transnacionales que tenían capacidad para trasladar rápidamente sus capitales de acuerdo con su propia lógica de acumulación. Esto fue más visible aún en los países receptores de ese capital, para quienes la inestabilidad y volatilidad estaban lejos de constituir un factor de crecimiento económico y desarrollo social.” (Rapoport, 2000)

            La inestabilidad de estas condiciones genera un “riesgo sistémico”, esto es un riesgo de inestabilidad global por la imprevisibilidad de las conductas de los agentes financieros que, lejos de resultar en ajustes correctores del modelo, agravan aún más los desequilibrios, sobre todo en perjuicio de los llamados “mercados emergentes”, como nuestro país.

            En la Argentina, esta última etapa se abre con un nuevo golpe militar que, como en los anteriores, fue recibido por gran parte de la población con indiferencia, sino con cierto alivio. El objetivo declarado del nuevo gobierno militar era, por supuesto, la eliminación de los grupos armados, en particular el ERP y Montoneros. Pero el plan verdadero iba mucho más allá:

            La propuesta de los militares (…) consistía en eliminar de raíz el problema, que en su diagnóstico se encontraba en la sociedad misma y en la naturaleza irresoluta de sus conflictos. El carácter de la solución proyectada podía adivinarse en las metáforas empleadas –enfermedad, tumor, extirpación, cirugía mayor-, resumidas en la más clara y contundente: cortar con la espada el nudo gordiano. El tajo fue en realidad una operación integral de represión cuidadosamente planeada por la conducción de las tres armas, ensayada primero en Tucumán –donde el Ejército intervino oficialmente desde 1975- y luego ejecutada de modo sistemático en todo el país. Así lo estableció la investigación realizada en 1984 por la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, la CONADEP, que creó el presidente Raúl Alfonsín, y luego la justicia, que juzgó a los militares implicados y condenó a muchos de ellos.” 20 (Romero, 1994)

            En materia económica, el equipo al mando de Martínez de Hoz aplicó una serie de medidas tendientes a abrir el mercado argentino a los productos y capitales extranjeros. En primer lugar, ya desde noviembre de 1976 se puso en marcha una gradual reducción arancelaria que terminó en un aluvión de productos importados que llevaron al cierre a numerosas fábricas nacionales.

            Por otra parte, la reforma financiera de 1977 liberó las tasas de interés y descentralizó los depósitos bancarios, pero manteniendo la garantía del Estado aunque sin ninguna supervisión. El resultado fue una expansión financiera sin precedentes que acabó en un verdadero caos, iniciado por una espectacular corrida bancaria en 1980 que terminó afectando a todo el sistema financiero. La estrategia anti-inflacionaria en cambio fue bastante errática, sin que se evidenciara la aplicación de un plan concreto hasta comienzos de 1979 cuando se anunció la “tablita”: un cronograma que fijaba el valor del dólar durante los siguientes 8 meses. Sin embargo, la inflación no cedió, con el agravante de que el aumento fijado para el dólar (menor que la inflación) abarataba las importaciones y desalentaba las exportaciones, deteriorando la balanza comercial.

            Para empeorar la situación,

            el gasto público creció en forma sostenida, alimentado primero con emisión y luego con endeudamiento externo. Una parte importante tuvo como beneficiario directo a las Fuerzas Armadas, que se re-equiparon con vistas al conflicto con Chile primero y con Gran Bretaña por las Malvinas después, y otra también considerable se destinó a programas de obras públicas de dimensión faraónica. (…) Se gastaba por varias ventanillas a la vez, sin coordinación entre ellas –un aspecto más de la falta de unidad de conducción política-, lo que sumado a la inflación, que tornaba imprevisible lo que efectivamente cada uno recibiría, hizo borrosa la misma existencia de un presupuesto del Estado. (Romero, 1994)

            Para 1982 la situación del gobierno militar ya se encontraba suficientemente deteriorada cuando dos acontecimientos vinieron a terminar de hundirla: la crisis de la deuda, ya explicada someramente al comienzo de este apartado, y la guerra de Malvinas.

            El hecho era que en 1982 el endeudamiento no era sólo un problema de los que debían sino una amenaza para toda la economía. Particularmente preocupantes eran las obligaciones con el exterior, encarecidas por la depreciación cambiaria y por el aumento de las tasas internacionales de interés. Las deudas de empresas con bancos locales, en tanto, también eran una peligrosa amenaza, que ponía en jaque al sistema financiero. Castigadas por la recesión y los pagos de intereses, las empresas contagiaban sus dificultades a sus acreedores. (Gerchunoff, 1998)

            Previendo ya su retirada, el gobierno militar licuó las deudas privadas fijando tasas de interés que (gracias a la inflación) resultaban negativas y compensando a los bancos privados con créditos del Banco Central, también a tasas reales negativas.

            La guerra de Malvinas movilizó profundos sentimientos nacionalistas y antiimperialistas, pero en realidad representó la solución para los muchos problemas que acarreaba el gobierno militar. Contando con el apoyo de Estados Unidos, que finalmente apoyó a Gran Bretaña, los militares se lanzaron a una aventura riesgosa que, lamentablemente, dejó un saldo de más de 700 muertos o desaparecidos y casi 1.300 heridos. La rendición incondicional de las tropas argentinas se produjo el 14 de junio, 74 días después de la tan publicitada ocupación.

            La derrota de Malvinas, más que la crisis de la deuda, marcó el final de la dictadura. Luego de una multitudinaria marcha por la democracia, la fecha de elecciones fue fijada para fines de 1983.

            Mirado desde el umbral del siglo XXI, el proceso de transición institucional cuyo emblema fue Raúl Alfonsín y cuya fecha fundacional fue el 10 de diciembre de 1983 se distingue como un auténtico punto de inflexión en la ajetreada historia política argentina. (…) El ciclo iniciado entonces mantendrá inexorablemente un signo distintivo respecto a, por lo menos, el que abarcó el medio siglo anterior. Por primera vez en décadas, ha existido a partir de 1983 un consenso abrumadoramente mayoritario acerca de las reglas de juego elementales del sistema político, acerca de cuándo un gobierno es legítimo y cuándo no lo es. (Gerchunoff y Llach, 1998)

            La tensión entre el gobierno y las Fuerzas Armadas era evidente, sobre todo en la cuestión de las violaciones a los derechos humanos cometidas durante la última dictadura. En 1985 se juzgó y se condenó a los miembros de las juntas militares, pero quedaba sin resolver la situación de los oficiales de menor graduación. Finalmente éstos fueron beneficiados con la Ley de Punto Final que ponía un límite temporal a la presentación de denuncias, y posteriormente (luego de un levantamiento militar en la Semana Santa de 1987) con la Ley de Obediencia Debida, que cargaba la responsabilidad del genocidio sobre los autores intelectuales, exculpando a los autores materiales. Estas leyes fueron vivenciadas por la ciudadanía como fracasos frente a los militares y diluyeron en parte el clima de reivindicación de los derechos humanos de los comienzos.

            Las dificultades económicas también pesaban en la ciudadanía como fracasos. La catastrófica herencia recibida de la dictadura y la complicada situación externa impedían cualquier proyecto de crecimiento. La inflación continuaba siendo ingobernable y la deuda externa representaba cinco veces las exportaciones anuales. En este difícil contexto, el gobierno decidió lanzar un plan económico cuyo objetivo principal era reducir la inflación mediante un fuerte ajuste, aún mayor que el solicitado por el FMI, y un cambio de moneda que debía dar a la ciudadanía una clara señal que detuviera la fuerte inercia inflacionaria. La inflación nunca fue controlada por completo (aunque en una primera etapa se había logrado una importante disminución) y la falta de crecimiento de la economía planteaba al equipo económico un dilema mayor. En realidad, el gobierno continuaba financiando el déficit público con más emisión monetaria, lo cual hacía imposible cualquier intento serio por detener la marcha de la inflación.

            En 1987 el partido peronista se había reorganizado, superando las derrotas electorales de 1983 y 1985 y mostrando una faceta más moderna y democrática, acorde con los tiempos que corrían. Su triunfo en las elecciones representó un fuerte impacto para el gobierno radical. Dos levantamientos militares más, en enero y en diciembre de 1988, además del extraño episodio del intento de copamiento al cuartel militar de La Tablada por parte de un pequeño, aislado y desconocido grupo terrorista en enero de 1989 aumentaron en la civilidad la sensación de que el gobierno claudicaba una y otra vez frente a los militares. Estos acontecimientos, sumados a la pésima coyuntura económica, dieron el triunfo en las elecciones presidenciales de 1989 a Carlos Menem, candidato del renovado Partido Justicialista.

            Los últimos meses del gobierno de Raúl Alfonsín transcurrieron dramáticamente.

            Luego de largos períodos de alta inflación, había llegado la hiperinflación, que destruyó el valor del salario y la moneda misma y afectó la misma producción y circulación de bienes.(…) A fines de mayo la hiperinflación tuvo sus primeros efectos dramáticos: asaltos y saqueos a supermercados, duramente reprimidos. Poco después Alfonsín renunció, para anticipar el traspaso del gobierno, que se concretó el 8 de julio, seis meses antes que el plazo constitucional. (Romero, 1994)

            Así llegaba 1989, el año en que confluyeron dos hechos inéditos en la historia argentina: el desborde inflacionario y la transmisión del mando entre dos presidentes de distinto partido elegidos limpiamente. (…) Si en 1983 el mandato popular había sido antes que nada de naturaleza institucional, el que recibía Menem era ante todo económico: había que salir de la hiperinflación. (Gerchunoff, 1998)

            En contra de todo lo que había prometido durante su campaña, Menem tomó un rumbo definidamente liberal, que

            profundizaba y llevaba hasta sus últimas consecuencias las políticas de apertura y desregulación económicas ensayadas desde 1975. Se liberaron los precios, aún de aquellos productos donde el precio único tenía valor simbólico, como los combustibles; también se liberó casi por completo la importación, y en la misma medida se eliminó la promoción industrial. El Estado renunció a toda regulación sobre el mercado financiero, y los bancos oficiales comenzaron a reducir sus operaciones, abriendo camino a la banca privada. (…) Luego de un cambio de moneda, la Ley de Convertibilidad fijó la paridad del nuevo peso, que reemplazó al austral, con la del dólar, comprometiéndose el gobierno a no emitir sin respaldo.” (Romero, 1994)

            Los últimos y desdichados acontecimientos en materia económica, sumados a la percepción generalizada de un estancamiento a largo plazo, posibilitaron la difusión en nuestro país del ideario neoliberal, que revalorizaba al mercado frente al Estado en los diversos campos de la economía en los que estaban en conflicto. En coincidencia con esta corriente de ideas, y para reducir lo máximo posible el gasto estatal, el gobierno se desprendió sistemáticamente de todas sus empresas, aceptando como parte de pago los títulos de la deuda externa. En cuestiones de política exterior, el gobierno de Menem estableció una estrecha relación con Estados Unidos, algo inédito en la Argentina, y reanudó las relaciones diplomáticas con Gran Bretaña renunciando a todo reclamo sobre la soberanía de las Islas Malvinas. Indultó a todos los militares condenados por los crímenes cometidos durante la dictadura militar, incluyendo también a los jefes montoneros y a los “carapintadas” sublevados contra el gobierno de Alfonsín.

            El liberalismo ha impuesto en la opinión pública no sólo sus propuestas sino la misma agenda de problemas. Todo debate público se reduce, casi sin excepción, a la economía, y toda la economía a la estabilidad. Se han abandonado ilusiones muy caras a la sociedad, como la del buen salario o la del pleno empleo, (…) y también se ha bloqueado la posibilidad, no ya de discutir alternativas sino de plantear otros problemas. (…) Simultáneamente se ha constituido el mundo de la pobreza, nutrido de trabajadores mal pagos, pequeños cuentapropistas, desocupados, marginales de distinto tipo y de un sector “peligroso” cada vez más amplio. (…) Vista en su conjunto, la sociedad se ha polarizado. Desaparecidos los mecanismos de redistribución y de negociación social, un vasto conjunto se sumerge en la pobreza o ve deteriorado su nivel de vida mientras un grupo visto como los “ricos”, que incluye una porción nada despreciable de los sectores medios, prospera ostentosamente y exhibe sin complejos su riqueza, en muchos casos reciente, de modo que las desigualdades no se disimulan sino que se espectacularizan. (Romero, 1994)

            Para terminar intentaremos una caracterización de la coyuntura inscripta en el proceso de larga duración de organización racional de la sociedad que lleva a la organización tanto de la esfera pública (Estado, opinión pública etc.) como de la esfera de acciones privadas (familia, mercado etc.). 21

            En la sociedad precapitalista puede notarse que no hay una adecuación estrecha entre el sistema social y las normas de convivencia social como se da en la sociedad burguesa. Frente a la sociedad tradicional, desde el punto de vista de la producción, el capitalismo liberal es, para Habermas, el mercado (la racionalidad técnica) que asume tanto la función de integración del sistema como la de integración social. En cuanto a la primera función el mercado se constituye como principio de dirección del sistema; en cuanto a la segunda función, en tanto se supone un intercambio justo (cambio equivalente), constituye el principio normativo de la sociedad.

            Puesto que la sociedad se integra mediante el principio de mercado libre (intercambio de mercancías) y este ámbito es una esfera privada, separada del Estado, las relaciones de clase que se dan en el campo económico no tienen forma directamente política en la medida en que no son inherentes a la estructura del Estado como tal. El Estado liberal se organiza como un marco complementario del mercado autorregulado. De suyo, pretende estar separado de la esfera particular del mercado, entendiéndose como ámbito general de los intereses comunes. Pero por otra parte, en tanto el Estado tiende a garantizar el libre mercado, se pone al servicio de las relaciones de clase que están implicadas en el mercado.

            Como el capitalismo pretende legitimarse como expresión máxima de la racionalidad instrumental, todo hombre que no encuentre posibilidad de autorrealización en el capitalismo (la cual no sea producto de su propia negligencia) es una forma de refutación, en la medida en que muestra la falta de racionalidad del sistema.

            Así las crisis económicas (crisis de dirección del sistema) se convierten en crisis de integración social que por otro lado se hacen endémicas de modo que ha permitido a los historiadores hablar de ciclos de crecimiento y de crisis.

            Ernest Mandel describe tres rupturas en el desarrollo del capitalismo: la producción mecánica de motores de vapor (1848); la producción mecánica de motores eléctricos y de combustión (última década del siglo XIX) y la producción mecánica de ingenios electrónicos y nucleares (década del 40 del siglo XX).

            Esta evolución se corresponde con tres etapas del capitalismo: fase del capitalismo mercantil, la fase del monopolio o etapa imperialista y la fase del capitalismo multinacional que constituye la forma más pura del capitalismo en tanto comporta una ampliación del capital hasta territorios antes no mercantilizados. Este capitalismo se relaciona con la destrucción de todas las formas precapitalistas y el ascenso de los medios de comunicación de masa y de la industria publicitaria.

            La cultura atraviesa por tres fases complementarias: realismo, modernismo y postmodernismo. En esta última etapa se establece una relación distinta entre el hombre y la máquina dado que se trata de máquinas reproductoras (ordenadores, televisores, fotografía) de la realidad. Se trata de nuevos procesos reproductivos que representan el contenido. La formación cultural correspondiente ha generalizado el valor de cambio en una sociedad en la cual la imagen se ha convertido en la forma final de la reificación mercantil.

            La tecnología de nuestra sociedad nos ofrece un esquema de representación privilegiado a la hora de captar esa red de poder y control (casi imposible de concebir para nuestro entendimiento y nuestra imaginación) que se ha extendido por todo el mundo. La tecnología simboliza el poder inmenso de la fuerza de trabajo humana acumulada que constituye el horizonte de la praxis colectiva e individual. Es el resultado del desarrollo capitalista y no una causa primera.

            Ese capital acumulado en tecnología, diseña un espacio en donde todo lo comercializable debe ser expuesto. El discurso posmoderno se vuelve descriptivo en relación con un hiperespacio construido por el capitalismo avanzado que convierte a todo en mercancía, para lo cual es necesario imponer la cultura del simulacro.

            Desemboca esto, según Jameson, en una

            …rapiña de todos los estilos del pasado, la pasión por lo neo, consumidores que padecen una avidez de un mundo convertido en imagen de sí mismo, un mundo de simulacros (la copia idéntica de /a cual nunca ha existido el original). La cultura del simulacro se ha materializado en una sociedad que ha generalizado e/ valor de cambio hasta el punto de desvanecer el valor de uso. La imagen se ha convertido en la forma final de la reificación mercantil. (Jameson, 1992)

            En la coyuntura argentina que analizamos podemos ver su inserción en los grandes ciclos capitalistas mundiales y consecuentemente el desarrollo del Estado Nacional es empujado a su vez a reubicaciones críticas.

            La constitución de una estructura Estatal es un proceso de larga duración y la formación de las estructuras estatales nacionales constituyen coyunturas propias del desarrollo de la sociedad burguesa en donde la contradicción de las acciones que configuran una esfera pública política con las de la esfera privada económica se están haciendo cada vez más manifiestas.

            Resultará interesante para el historiador observar la evolución económica y el papel del Estado, dada las contradicciones cada vez más evidentes que redundan en la falta de soluciones al problema cada vez mayor del empobrecimiento y exclusión social de sectores cada vez más grandes de la población.

            Bibliografía

            • Abraham, T.: Historia de la Argentina deseada, Buenos Aires, Sudamericana, 1995.
            • Aisenberg, Beatriz, y Alderoqui, Silvia (comps): Didáctica de la Ciencias Sociales II. Teorías con prácticas. Buenos Aires, Paidós, 1998.
            • Asociación Madres de Plaza de Mayo. Massera. El genocida. Buenos Aires, Editorial La Página,
            • Bianchi, P.: Construir el Mercado, Buenos Aires, Editorial La Página, s/a.
            • Braudel, F.: Las civilizaciones actuales, Tecnos, Madrid, 1978.
            • Cavarrozzi, Marcelo, Autoritarismo y democracia (1955-1983) , Buenos Aires, CEAL, 1983.
            • CONADEP: Nunca Más, Buenos Aires, EUDEBA, 1984.
            • Chartier, R.: Escribir las prácticas. Foucault, de Certeau, Marin. Manantial, 1996.
            • Devoto, F.: Entre Taine y Braudel, Itinerarios de la historiografía contemporánea, Biblos, 1992.
            • Dobb. M.: Introducción a la economías, Fondo de Cultura Económica, 1973
            • Duby, G.: Atlas Histórico Mundial, Madrid, Debate, 1987.
            • Febvre, L., Combates para la historia, Ariel, Barcelona, 1953.
            • Ferrer, A., La Economía Argentina, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1980.
            • Ferry, J. M., La transformación de la publicidad política, en Ferry J. M. Y Wolton, D.: El nuevo espacio público. Gedisa, Buenos Aires.
            • Gouldner. A.: La crisis de la sociología occidental, Amorrortu, 1979.
            • Gerchunoff, P. y Llach, L.: El ciclo de la ilusión y el desencanto. Buenos Aires, Ariel, 1998.
            • Habermas J.: Historia v crítica de la opinión pública. G. Gilli, México 1986.
            • Halperín Donghui, T.: El espejo de la historia. Sudamericana, Buenos Aires, 1998.
            • Hobsbawm, Eric, Historia del siglo XX 1914-1991. Barcelona, Crítica, 1995.
            • Jameson, F.: El Posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado. Paidós, Buenos Aires, 1992.
            • Koselleck, R., Critique Enlightenment and Pathogenesis of Modem Society. The MIT Press, Cambridge, 1988.
            • López, E.: Globalización y Democracia. Buenos Aires, Editorial La Página, s/a.
            • Lozano, C. (comp): Democracia, estado y desigualdad. Buenos Aires, Eudeba, 2000.
            • Mandel, E.: El capitalismo tardío. Era, México, 1972.
            • Muchnick, D.: Argentina modelo. De la Furia a la resignación, Buenos Aires, Manantial, 1998.
            • Oszlack, Oscar. La formación del Estado en Argentina, Buenos Aires, Belgrano, 1985.
            • Pozzi, P. y Schneider A. Combatiendo el Capital. Crisis y recomposición de la clase obrera argentina. Buenos Aires, El bloque editorial, 1994.
            • Rancier, J.: Los nombres de la historia Nueva Visión, Buenos Aires, 1992.
            • Rapoport, M.: Historia económica, política y social de la Argentina (1880-2000). Buenos Aires, Ediciones Macchi, 2000.
            • Romero, J. L., Las ideas políticas en Argentina. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1975.
            • Romero, L. A., Breve Historia Contemporánea de la Argentina. Buenos aires, Fondo de Cultura Económica, 1994.
            • Sábato, Jorge y Schvarzer, Jorge: Funcionamiento de la economía y poder político en
            • Argentina. Buenos Aires, CISEA, 1988.
            • Schvarzer, J.: La industria que supimos conseguir Buenos Aires, Planeta, 1996
            • Schvarzer, J.: Implementación de un modelo económico. La experiencia argentina entre 1975 y el 2000 Buenos Aires, A-Z Editora, 1998.
            • Sidicaro, R. La Política mirada desde arriba. Las ideas del diario La Nación 1909-1989. Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1993.
            • Taine H.: Les origines de la France Contemporaine Hachette, París, 1934.
            • Torrado, S: Estructura Social de la Argentina: 1945-1983. Buenos Aires, Ediciones De La Flor, 1992.
            • Vazquez, E: PRN. La última. Origen, apogeo y caída de la dictadura militar. Buenos Aires, EUDEBA, 1985.
            • Viñas, D. Literatura argentina y realidad política. Buenos Aires, C. E. de América Latina, 1982.
            • White, H. El contenido de la forma narrativa, discurso y representación histórica. Paidós.1997
            • Wertsch, J.: La mente en acción. Aique, Buenos Aires, 1999.

            Notas al pie

            1. El endeudamiento de los países periféricos en esta etapa (y Argentina no fue la excepción) tuvo un carácter compulsivo. Dice Schvarzer: “La masiva penetración de los bienes británicos se apoyaba en tres puntales que resulta difícil separar: la competitividad alcanzada por su labor fabril, la oferta de sus créditos y la presencia de la Armada británica. (…) El comercio, las finanzas y las armas constituyeron las herramientas que sujetaron desde el vamos la economía argentina a la metrópoli británica, hasta convencer a quienes podían haber imaginado otra alternativa que esa supeditación era buena: la mejor frente a las dificultades planteadas por otros modelos de desarrollo para los cuales faltaban las bases materiales espontáneas.”
            2. De hecho, los favorables términos de intercambio hacían más ventajosa la producción agropecuaria, considerando la fertilidad del suelo y lo apropiado del clima, que la incertidumbre de embarcarse en un proyecto industrializador, para el cual no se contaba con capitales, mano de obra ni tecnología propia.
            3. La combinación de agricultura y ganadería en un mismo terreno es una característica particular de la llanura pampeana: las tierras se destinaban alternativamente a cereales, forraje y pastoreo, con lo cual el propietario podía conservar cierta flexibilidad para adaptarse a las cambiantes condiciones del mercado mundial (imposibles de controlar, además, desde nuestro país), aprovechando también al máximo el alto rendimiento de las ricas tierras pampeanas.
            4. Los grupos socialistas, si bien también representaban un proyecto alternativo, se adaptaron en general al sistema democrático reclamando la limpieza del proceso electoral y buscando participar con candidatos propios en el mismo.
            5. La decisión de “argentinizar” a la creciente masa de inmigrantes y las políticas gubernamentales destinadas al logro de este objetivo pudieron tener como efecto secundario la exacerbación del sentimiento nacionalista. Dice Romero: “Desde principios de siglo, y sin duda inspirado en el clima europeo de preguerra, empezó a predominar un nacionalismo chauvinista (…) que tuvo su apogeo en los festejos de 1910, cuando las patotas de “niños bien” se complacían en hostilizar a cualquier extranjero que demorara en descubrirse al sonar las notas del himno.”
            6. Desde aproximadamente mediados de la década de 1890 hasta la Primera Guerra Mundial se desarrolla esta etapa que, pese a su relativa brevedad, marcó profundamente la memoria de las clases propietarias sobre todo en Europa con ciertos rasgos peculiares: el gran dinamismo de la economía mundial, el creciente e irrestricto flujo comercial entre las naciones, el desarrollo tecnológico, la integración de los mercados, la oportunidad de nuevos y redituables negocios. Dice Hobsbawm en La Era del Imperio: “Para éstas (las clases pudientes) la belle époque era el paraíso que se perdería después de 1914. Para los hombres de negocios y para los gobiernos de después de la guerra, 1913 sería el punto de referencia permanente al que aspiraban a regresar desde una era de perturbaciones. En los años oscuros e inquietos de la posguerra, los momentos extraordinarios del último boom de antes de la guerra aparecían en retrospectiva como la “normalidad” radiante a la que aspiraban retornar.” (Hobsbawm,1987)
            7. Son múltiples los testimonios en este sentido que presenta Schvarzer en La industria que supimos conseguir. Uno de los ejemplos más clásicos es el de la producción de lana, que se exportaba sucia a Gran Bretaña hasta 1914, luego se inició la industria local del lavado durante la guerra, para ser suspendida inmediatamente después de finalizado el conflicto bélico, cuando se vuelve a exportar la lana sin lavar. En un artículo publicado en los Anales de la Sociedad Rural Argentina en 1925 un productor agropecuario señala: “No podemos olvidar que vivíamos tranquilos en el mejor de los mundos (…) Bajo el régimen inglés teníamos siquiera una ventaja, al estabilidad de los precios. Con el progreso traído de Chicago se perdió la confianza en la estabilidad del negocio y hemos llegado a recordar con “saudades” los tiempos que permitían hacer fortuna a quienes se dedicaban a la noble tarea del campo.” (Schvarzer, 1996)
            8. Circulaban en este sentido rumores que rayaban en el ridículo, como aquel que sostenía que el anciano presidente recibía todos los días un diario falso impreso por su entorno sólo para mantenerlo alejado de la realidad. (Romero, 1994)
            9. De entre todas las voces que convergieron en el golpe de Estado del 1930, dice Romero, “la más vocinglera era la de los nacionalistas, que rápidamente tomaron la iniciativa. Su voz había sido muy eficaz como ariete contra el radicalismo por el talento polémico de sus voceros, por su capacidad para articular discursos diversos, que apelaban a distintas sensibilidades, así como para expresar y legitimar lo que para otros era inconfesable: un elitismo autoritario del que se enorgullecían”
            10. Bajo el gobierno de Castillo se crearon la Dirección General de Fabricaciones Militares y el Instituto Geográfico Militar. No debemos olvidar que el contexto internacional, con sucesivas guerras masivas y crisis demoledoras facilitaba la idea de que la defensa nacional debía ser una prioridad, y que el avance tecnológico (sobre todo en defensa) no podía ser descuidado sin exponer a la Nación a consecuencias imprevisibles.
            11. Los enfrentamientos armados se desarrollaron algunos con la participación directa de alguna de las superpotencias (como en Vietnam) o por medio de terceros países (como en Corea). Estados Unidos estaba determinado a contener la expansión de la Unión Soviética y con ese objetivo intervenía en diferentes zonas y con distintas estrategias, por ejemplo inyectando fuertes montos de capital en la Alemania Occidental; la URSS respondió a esta provocación militarizando sus áreas de frontera, avanzando sobre Europa Oriental y acelerando la construcción de armas atómicas, reacciones que motivaban nuevos movimientos de Estados Unidos, realimentándose de esta manera una continua escalada de provocaciones y enfrentamientos.
            12. La actividad del Estado como productor en realidad ya había comenzado durante el gobierno militar de 1943-45 con la creación de Fabricaciones Militares y el horno siderúrgico instalado en Zapla, Jujuy.
            13. Lo hizo a través de la creación del IAPI (Instituto Argentino para la Promoción del Intercambio); los productores estaban obligados a venderle el total de su producción al Estado que les pagaba un precio sostén; el Estado vendía luego esa producción en los mercados internacionales a un precio mayor (gracias a los favorables términos de intercambio) y retenía la ganancia extra.
            14. Esta bonanza económica se terminó rápidamente y ya en 1949 la crisis obligó al gobierno a tomar algunas medidas no deseadas. La breve recuperación de 1950 se agotó en una nueva crisis en 1951-52, recordado éste último como el año más difícil por la profundidad de la crisis y por la muerte inesperada de Eva Perón, que era sumamente querida por las clases populares.
            15. Las políticas ortodoxas del FMI imponen, por ejemplo, la reducción del gasto público, mientras que el desarrollismo utiliza el gasto estatal como motor de la recuperación económica;
            16. Tanto Frondizi como Illia ganaron en elecciones convocadas por gobiernos militares en las cuales el partido peronista estaba proscrito. Estas características teñían a sus dos gobiernos de cierta ilegitimidad, sobre todo a los ojos de la clase trabajadora, mayoritariamente peronista, que no se sentía representada por ninguno de estos dos gobiernos. Para complicar aún más la situación, los militares ejercieron durante todo el período una especie de tutela de las instituciones republicanas amenazando con tomar el poder (como efectivamente lo hicieron) cuando estos gobiernos tutelados no pudieran impedir el acceso de los peronistas a cualquier cargo electoral.
            17. El plan abarcaba tres etapas bien definidas: un tiempo económico, en el que se haría de la Argentina un país rico, un tiempo social en el que todos pasarían a compartir el bienestar dado por esa riqueza, y por fin un tiempo político donde se instauraría un sistema político permanente y estable. “La revolución no tiene plazos, sino objetivos” era el lema.
            18. Acontecimiento en el cual la policía entró literalmente a palazos y con gases lacrimógenos en algunas facultades, golpeando y encarcelando a gran cantidad de docentes y estudiantes que habían tomado pacíficamente los edificios en protesta por la intervención y la supresión de la autonomía universitaria.
            19. La deuda externa de América Latina en su conjunto era de 7.200 millones de dólares en 1960 y en 1970 había trepado a 20.900 millones. Pero en 1980 se debían 243.000 millones de dólares, lo cual significaba un incremento del 1.162% con respecto a 1970 y del 3.373% si se la compara con 1960. (en Rapoport, 2000, pg.734)
            20. Los escalofriantes métodos empleados por los militares para el secuestro, tortura, detención y ejecución de miles de personas de todas las edades y para el robo de bebés de las familias asesinadas se encuentran detallados en el informe de la CONADEP, publicado bajo el título de “Nunca Más”. Sobre el verdadero objetivo del genocidio dice Romero: “Las víctimas fueron muchas, pero el verdadero objetivo eran los vivos, el conjunto de la sociedad que, antes de emprender su transformación profunda, debía ser controlada y dominada por el terror y la palabra. El Estado se desdobló: una parte, clandestina y terrorista, practicó una represión sin responsables, eximida de responder a los reclamos. La otra, pública, apoyada en un orden jurídico que ella misma estableció, silenciaba cualquier otra voz.”
            21. Los términos de público y privado, como forma sustantiva de señalamiento de una realidad, surgen, según Habermas, en Alemania en el siglo XVIII; lo que hace suponer que la función de lo público se reconstruye en esa época. Pero en la actualidad podemos señalar por lo menos tres sentido generales de los términos indicados: público y privado, relacionados ambos de tal manera que cada uno de ellos puede ser entendido como límite y determinación del otro. Estos sentidos, surgidos de las distintas redes significativas históricas en las que fueron colocados en virtud de la época, se superponen y se interrelacionan de manera tal, que sólo un análisis histórico puede llegar a desentrañarlos. En su sentido más simple, lo público es tanto como lo publicitado, es decir lo que aparece frente al otro. Lo que se expone es siempre aquello que una época determinada considera apropiado para ser exhibido y, a la vez, dispuesto residualmente a la reificación. Así, lo privado como opuesto a lo publicitado, define una esfera de realización subjetiva, lo no dispuesto a la apropiación es decir lo inapropiado, que escapa a la determinación publicitaria. Así, lo íntimo coincide con la libertad de conciencia pero se hunde en la finitud de aquello que no es expuesto. En segundo lugar, lo público está relacionado con lo común a todos. Es el mundo del hombre conformado por sus productos y los asuntos comunes a atender. Se trata del mundo en tanto mundanidad que define y posibilita los proyectos humanos. En este sentido, lo privado, es posible según el mundo en que vive el sujeto, es decir permite la formación de lo privado como lo propio. Coincide con las propiedades del sujeto individual: puede ser: el producto de las labores familiares o más íntimamente mis pertenencias, adquiridas o producidas por mi cuerpo. En este sentido lo privado, como lo propio, puede considerarse como una esfera en donde cada sujeto conserva su señorío. Por último, y como consecuencia clara de la instalación del capitalismo y la razón instrumental, lo público se convierte en lo propio del Estado por contraposición a la propiedad privada de los medios de producción. El Estado es dueño de lo público en tanto vehiculiza la concepción de Estado Benefactor. La organización de las grandes burocracias estatales se justifican en tanto establecen la necesidad de instrumentalizar y reificar los asuntos comunes. Lo público se convierte en cuerpo social. La contracara de esto, es lo privado en tanto riquezas acumuladas sobre las cuales el propietario tiene autonomía de decisión. Es decir, se opone a la propiedad colectiva y a las propiedades estatalizadas y significa la apropiación de los medios de producción o de los beneficios económicos del capital privado. Desde un punto de vista histórico, la constitución de la esfera (dominio) pública, es decir de todas aquellas actividades legítimamente publicitadas, que surgen de la vida en común y significan una división social de funciones, puede seguirse desde Gracia y permiten entender en un tiempo de larga duración las distintas propuestas sociales o la manera en que el hombre hace uso de la razón.

            .

            Ariadna Tucma Revista Latinoamericana. Vol. 1 a 4. 2006-2009

             

            Publicado por ©www.ariadnatucma.com.ar

            /

            Contacto: info@ariadnatucma.com.ar


            Comments are closed.