Economía, Política, Ideología e Historia. Breve reseña crítica de la Historia del Pensamiento Económico. Parte I

Baruch de Spinoza (1632, 1677) filósofo holandés perteneció al movimiento racionalista.

Ariel Filadoro

“El deseo es el apetito con conciencia de sí mismo. Queda, pues, establecido por todo esto, que no nos esforzamos en nada, ni queremos, apetecemos o deseamos cosa alguna porque la juzguemos buena, sino que, por el contrario, juzgamos que una cosa es buena porque nos esforzamos hacia ella, la queremos, apetecemos y deseamos”.

Baruch de Spinoza, Etica (1677)  →

Mutato nomine, de te fabula narratur [Con otro nombre, a ti se refiere la historia]

Karl Marx, El Capital (1867)

 

El gesto por excelencia de la ideología, como es sabido, es la operación fetichista de “naturalización” de lo histórico, de “eternización” de lo transitorio, de “totalización” de lo parcial.

Eduardo Grüner, “La parte y los todos. Universalismo vs. Particularismo: las aporías ideológicas de la globalización (pos) moderna” (1997)

INTRODUCCIÓN

Estudiar en este breve artículo la historia de las ideas económicas no es una tarea sencilla, pues no resulta fácil elaborar una selección y, más aún, un resumen que incorpore lo más importante que se haya dicho y escrito en torno al conocimiento económico a lo largo de la historia. Es claro que cualquiera sea el contenido de lo que sigue, su alcance será sólo introductorio. Surge, en primer término, el problema de la selección de autores y temas: ¿a quiénes considerar?, ¿qué corrientes incluir y cuáles excluir del análisis?, ¿hasta qué período retroceder en el tiempo? Pues bien, éstas son, entre otras, las preguntas y problemas con los que se enfrenta la historia. Y para entender la forma que toma su respuesta, es necesario mirar el presente. Son los problemas que hoy nos tocan los que guían el estudio histórico; problemas económicos, sociales y políticos contemporáneos los que generan preguntas que se intentan responder mirando y construyendo la historia económica, social y política. Y más aún, es una inquietud en torno al futuro la que conduce al pasado; una inquietud de cambio que dé solución a los problemas presentes el filtro que sirve para seleccionar qué nos interesa del pasado.

 

Desde esta perspectiva, se ha intentado realizar una selección de corrientes de pensamiento económico con un doble propósito. Por un lado, comprender la manera en que las sociedades se pensaron a sí mismas[i] y cómo se transformaron a partir de la concepción que ellas tenían del orden económico en general. En este sentido, la lógica es claramente dialéctica, con dos polos que interactúan entre sí: de un lado la realidad que se presenta tal cual es y, de otro, el pensamiento de quienes viven en ella. De acuerdo al modo en que se piense cómo funciona la economía, las acciones tomarán diferentes caminos. Y estas acciones cambiarán, necesariamente, la realidad que luego será repensada y nuevamente cambiada. La lógica no tiene fin: siempre está la realidad y siempre se construye una idea de ella que sirve para modificarla; siempre está la práctica y siempre está la teoría.

 

Por otro lado, se estudiará un espectro relativamente amplio de corrientes de pensamiento económico con el objeto de ver cómo la realidad es susceptible de ser analizada desde muy distintos puntos de vista que pueden llegar a ser antagónicos[ii]. En este sentido, la presentación de los distintos enfoques teóricos busca brindar elementos para cuestionar críticamente aspectos de las diferentes teorías económicas que llegan hasta la actualidad.

 

Resulta pertinente precisar en qué consisten las cuestiones sobre las que tiene que dar cuenta, en líneas generales, una corriente de pensamiento económico. Se trata, básicamente, de la producción, distribución y consumo de bienes y servicios. Esto incluye la asignación cuantitativa y cualitativa del trabajo para generar la producción que la sociedad necesita, así como el reparto de los bienes producidos.  A partir de diferentes enfoques teóricos, se desprenderán distintos modelos de sociedad[iii].

 

En relación con lo anterior, vale decir que el conocimiento económico, tal como todo tipo de saberes, está acotado al tiempo y lugar en que es pensado y elaborado. Este elemento resulta importante para poder comprender el surgimiento de corrientes que, juzgadas desde el presente, pueden parecer “ingenuas”. Del mismo modo, al considerar este aspecto, se puede reconocer el horizonte que opera sobre el conocimiento actual y ampliar la conciencia de lo posible en nuestra realidad socio-histórica. Para bien o para mal, las “verdades” de cada momento histórico resultan relativas y revisables; de tal forma que aquellos fundamentos que hoy resultan incuestionables, mañana, quizá, sean desechados y sustituidos por otros, que pueden resultar mejores[iv].

 

Para finalizar con la presentación de algunas categorías que atraviesan el siguiente trabajo, es preciso advertir que el pensamiento económico, tanto en la historia como en la actualidad, no es concebido como una disciplina que se pueda separar tajantemente del resto, por ejemplo, de la sociología, la ciencia política, la historia, o la filosofía; del mismo modo que los fenómenos de la realidad no se pueden dividir entre sus características estrictamente sociales, políticas o económicas. Simplemente son esfuerzos de las diferentes disciplinas que priorizan unas dimensiones por otras, sin que esto signifique que lo económico pueda ser aislado de lo político, lo social, o lo filosófico. Por el contrario, una teoría económica presupone una posición política, social y filosófica cuando nada dice de ellas y postula que se atiene a lo “estrictamente” económico. También el silencio forma parte de la ideología que, en el extremo, es indisociable de la práctica científica.

 

Con el objeto de introducir los principales aportes con relación al pensamiento económico a lo largo de la historia, el trabajo se divide en dos partes. En la primera se presentan las distintas corrientes en perspectiva histórica, es decir, señalando sus orígenes y características a lo largo del tiempo. Vale aclarar que este tipo de presentación no implica que los conocimientos más recientes sean “superiores” a sus predecesores por el sólo hecho de estar más cerca del presente. Por el contrario, muchas veces la difusión y/o proscripción de determinados enfoques teóricos no obedece a la capacidad explicativa que cada uno tiene, sino a operaciones ideológicas[v]. En la segunda parte se elaboró, sintéticamente, la proyección de las escuelas de pensamiento hacia nuestros días, con el objeto de conseguir un panorama del universo de teorías económicas contemporáneas. Finalmente, se esbozan algunas reflexiones finales.

1. Historia de las ideas económicas

Antecedentes

 

En este apartado se mencionarán algunas formas de pensamiento económico de la antigüedad, tratando de aportar elementos para ver la relación entre el orden social, político y económico establecido y las formas de pensamiento que le correspondieron. Luego se rescatarán aquellos rasgos del pensamiento económico pre-clásico del mercantilismo y los fisiócratas que resulten de interés. En estos pensadores, se encuentran elementos que retomarán los clásicos (Adam Smith, David Ricardo y Karl Marx, entre otros).

 

Ya en tiempos de los griegos, en medio de un modo de producción esclavista y donde el pensamiento en general alcanzó gran desarrollo, se pueden individualizar conceptos que remiten a la problemática económica. También es posible ver cómo las categorías desarrolladas tienen gran relación con la defensa del statu quo, es decir, se desarrollaron ideas que no cuestionaban el orden ni las instituciones. Tanto Platón (428-347 a.C.) como Aristóteles (348-322 a.C.) justificaban la división del trabajo y el comercio, en virtud de la imposibilidad de cada individuo de llevar adelante todas las tareas necesarias para la reproducción de su vida. Naturalizaron la esclavitud; efectuaron reflexiones en torno a la propiedad y el dinero; diferenciaron las categorías de valor de uso y valor de cambio; y condenaron el lucro por el lucro mismo (crematística).

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Aristoteles
Varios siglos después, en la Edad Media, Tomás de Aquino (1225-1274) retoma problemáticas de Aristóteles pensándolas en su época desde la cosmovisión religiosa de la iglesia católica. Preocupado por el enriquecimiento mediante el comercio, acuñó el concepto de justo precio. Este debería recompensar por igual al comprador y vendedor, por el esfuerzo realizado en el trabajo necesario para elaborar los productos. Si bien se pronuncia contra la usura, el desarrollo del sistema comercial dificulta el sostenimiento del dogma teológico y se suavizan estas posturas justificando el cobro a interés cuando se trata de atraso en los préstamos y por cuestiones de lucrum cessans[vi] (lucro cesante). Esta nueva visión del cobro a interés y el concepto de justo precio señalan una tendencia por parte de la Iglesia por reconciliar el dogma teológico con las condiciones imperantes.

 

Tanto en el caso de los griegos como de Tomás de Aquino, claramente, la reflexión económica todavía ocupa un espacio menor en los grandes sistemas de pensamiento y está fuertemente subordinado a otros saberes o creencias. La Economía Política todavía no tenía entidad propia.

sr feudal Berlin

A partir de la crisis del feudalismo y en el marco de la transición al capitalismo se conocen un conjunto de ideas económicas que van a resultar un importante antecedente de los pensadores clásicos. Entre ellas, el mercantilismo y sus críticos por un lado, y el sistema fisiocrático por otro, constituyen los casos de mayor importancia.

 

En cuanto al mercantilismo vale decir, en primer lugar, que no es un conjunto coherente de ideas sino que se trata de autores unidos por ciertos hilos doctrinarios[vii].  Es necesario ubicar el surgimiento de esta corriente en su contexto histórico. En Europa, el feudalismo se debilitaba al tiempo que se producía la unificación territorial de los Estados absolutos a instancias de importantes cambios en los regímenes políticos.

 

Del viejo modo de producción feudal sólo quedaban agonizantes instituciones que se irían diluyendo conforme se aproximaba la Revolución Industrial. Este proceso, que se dio de manera heterogénea entre los distintos Estados, trajo aparejado un conjunto de cambios en la esfera política, social y económica.

 

El comercio constituyó la actividad que otorgó mayor dinamismo al destruir la agricultura de autoconsumo relacionándola cada vez más con la producción para el mercado. Como consecuencia de esta lógica se desencadenó una fuerte competencia entre los modernos Estados donde el poderío militar comenzó a compartir su importancia con el poder económico. Así, un Estado se pensaba tanto más fuerte cuanto mayor fuera su acumulación de oro. Y aquí aparece el hilo conductor del pensamiento mercantilista: la idea de que un balance comercial favorable y la consecuente acumulación de oro, eran concebidos como indicadores de la riqueza de una nación.  El conjunto de las medidas de gobierno iba en este sentido: altas tarifas a la importación; la prohibición de exportar herramientas y obreros especializados; el estímulo a importar materias primas y el apoyo a las industrias.

 

Muchos mercantilistas eran socios o directores de empresas comerciales que gozaban de monopolios para el comercio en el extranjero; por ejemplo: Gerald Malynes, a la vez funcionario público y comerciante próspero; Eduardo Misselden (1608-1654) socio destacado de los Mercaderes Aventureros; y Thomas Mun (1571-1641) sedero londinense que fue director de la Compañía de Indias hasta su muerte.

 

Conforme el capitalismo preparaba su despegue hacia la fase industrial, el pensamiento económico se adaptaba a la nueva realidad abandonando los preceptos mercantilistas. El comercio y el intercambio, paulatinamente, pasaron a captar menos atención. Se priorizó el estudio del proceso de producción en lugar del intercambio; así como la relación entre el capital y el trabajo en lugar de la relación entre el comerciante y el financiero. La pregunta en relación con el origen del valor y cómo ha de distribuirse en la sociedad pasó a ocupar un lugar central en las discusiones.

 

La figura de William Petty (1623-1687) sintetiza estos cambios. Según él, la fuente de riqueza deja de ser el excedente del comercio[viii] para pasar a ser el trabajo. Sostenía que el trabajo es el padre de la riqueza y la tierra la madre. Otros aportes que forman parte de esta transición entre el mercantilismo y el sistema clásico son los de David Hume (1711-1776), Richard Cantillón (1680-¿1734?) y John Locke (1632-1704).

John Locke (1632, 1704) intelectual inglés iniciador del empirismo y el liberalismo.

 

Por su parte, los fisiócratas[ix] franceses, cuyos más destacados exponentes son Lambert François Quesnay (1694-1774) y Anne Robert Jacques Turgot (1727-1781) conformaron otra gran ruptura con el pensamiento mercantilista y también nutren al sistema clásico[x] de conceptos que luego serían refinados.

 

Si bien los fisiócratas concebían a la naturaleza, y en particular a la tierra, como fuente del valor, pueden rastrearse en ellos elementos que más adelante constituirían la teoría del valor trabajo de Adam Smith. Al ver que la actividad agrícola era la única con capacidad de generar un producto mayor a lo necesario para su producción; es decir, que la producción resultante era superior a la cantidad necesaria para alimentar a los trabajadores y efectuar la siembra, dedujeron que la tierra era la fuente de la riqueza. Por otro lado, también observaron que las actividades industriales y comerciales guardaban proporción con la cantidad producida por la agricultura.

 

De allí el lugar central que dan a la tierra y al trabajo agrícola. Al excedente lo llamaron producto neto (produit net) y al trabajo agrícola trabajo productivo en contraposición a los demás trabajos de tipo industrial, artesanal y comercial que denominaron trabajo estéril.

 

Probablemente el mayor aporte que hicieron al conocimiento económico radique en la Tabla Económica de 1758 (Tableau Oeconomique) donde, en un simple diagrama, Quesnay mostró cómo se reparte el producto neto entre las distintas clases: los terratenientes los agricultores y la clase estéril (artesanos, comerciantes, etcétera). Su contribución no fue tanto el contenido de la tabla como el riguroso método utilizado en ella.

 

En términos de filosofía política y política práctica sus posturas liberales fueron derivadas del concepto de producto neto. Así, frente a las medidas mercantilistas de Colbert, ministro francés de Luis XIV, tendientes a fomentar la industria, los fisiócratas franceses postularon la conocida frase que luego, erróneamente y con frecuencia, se asocia a Adam Smith[xi]: laissez faire, laissez passer, le monde va de lui même [dejad hacer, dejad pasar, el mundo marcha por sí solo] por medio de la cual se reflejaba su reticencia a la creación de regulaciones que distorsionaran el “orden natural” de la sociedad. Sostenían que el único tributo válido debía recaer sobre la tierra puesto que era la única fuente de riqueza.

 

La concepción que los fisiócratas tuvieron de la tierra y del trabajo, especialmente por parte de Turgot al desarrollar las ideas de Quesnay, apuntaló las bases para la agricultura capitalista y los planteos de los clásicos. Paradójicamente, los intereses de los fisiócratas eran claramente reaccionarios, es decir, bregaban por el mantenimiento del orden feudal. Al tiempo en que estos autores desarrollaban sus ideas defensoras del viejo orden, una doble revolución levantaba sus pilares en Europa: la Revolución Industrial durante la segunda mitad del s. XVIII en Inglaterra que significó el advenimiento del capitalismo industrial por un lado y, por otro, la Revolución Francesa (1789), que quitó el poder político a una nobleza impotente para detener el advenimiento del nuevo orden capitalista[xii].

 

NOTAS

 

[i] En realidad, a lo largo de la historia siempre existieron sectores o grupos que detentaron mayor poder relativo. Sería ingenuo plantear que las “sociedades” han pensado y decidido en conjunto como si la sociedad fuera un espacio homogéneo, libre de conflictos y de poder.

[ii] Por ejemplo, durante la Guerra Fría y hasta la caída del muro de Berlín (1945-1989), el bloque occidental liderado por Estados Unidos echó mano durante la mayor parte del período a teorías keynesianas en una economía de mercado, mientras que el bloque soviético hacía lo propio con teorías marxistas en una economía centralmente planificada. Es por ello que durante más de treinta años el mundo estuvo partido en dos, a partir de dos maneras de pensar el mundo.

[iii] Es por ello que ha resultado, y aún resulta, determinante la discusión en torno a cuál es el origen del valor de las mercancías en la sociedad capitalista.

[iv] O pueden resultar peores. La creencia en un conocimiento progresivo y en sociedades cada vez mejores ha sido radicalmente puesta en cuestión luego de la Primera Guerra Mundial y fundamentalmente a partir del holocausto nazi. Y también esta idea es cuestionada cada día por la pobreza, las guerras y las crisis.

[v] La difusión de las teorías económicas no está ajena a la distribución del poder. También en estos ámbitos tiene mayor probabilidad de ser difundida una teoría de la que se desprendan conclusiones convenientes al poder dominante. Y esto sucede, precisamente, porque el conocimiento no es “neutral”. De sus conclusiones habrá quien se beneficie y quien, en general, pierda privilegios.

[vi] Roll, Eric: Historia de las doctrinas económicas, FCE, México, 1994

[vii] Blaug, Marc: La teoría económica actual, Ed. Luis Miracle, Barcelona, 1968

[viii] El concepto de excedente del comercio remite a la simple noción de “comprar barato y vender caro”.

[ix] El término fisiocracia remite a las raíces fisis y kratein, naturaleza y gobierno respectivamente, o gobierno de la naturaleza conforme a la concepción que los fisiócratas tenían de la sociedad y la economía reguladas por leyes naturales.

[x] Vale apuntar que la obra de Quesnay irradió su influencia hasta el Río de la Plata puesto que fue Manuel Belgrano quien realizó la traducción de las Máximas de Quesnay, una de las principales obras del autor francés. Véase Fernández López; Manuel y del Valle Orellana, Danaide Rosa: “Manuel Belgrano y las máximas de Quesnay”, en Anales de la Asociación Argentina de Economía Política, XVII Reunión Anual, Volumen 1, 1982

[xi] Levín, Pablo: “La Economía Política en el ocaso de su objeto”, en Enoikos, Año 7 Nro.15, Revista de la FCE, Buenos Aires, 1999

[xii] Hobsbawn, Eric: La era de la revolución 1789-1848, Ed. Crítica, 1997


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Ariadna Tucma Revista Latinoamericana. 1 a 4. 2006-2009


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