Economía, Política, Ideología e Historia. Breve reseña crítica de la Historia del Pensamiento Económico. Parte II

Los clásicos y la teoría del valor trabajo

Ariel Filadoro

 

1. Adam Smith (1723-1790)

Adam Smith (1723, 1790) economista y filósofo escocés.

Adam Smith (1723, 1790) economista y filósofo escocés.

La obra más destacada de Adam Smith en materia de economía, Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones (1776), es, en opinión de una gran cantidad de historiadores del pensamiento[13], el primer gran tratado de Economía Política. Allí el autor escocés recopila sistemática y coherentemente una gran cantidad de elementos hasta entonces diseminados.

 

Si bien es contemporáneo de lo que más tarde se conoció como Revolución Industrial, Smith no llega a ver gran cosa de ella. Aun así, pudo captar una serie de elementos que estaban madurando en el incipiente capitalismo como la división del trabajo y sus efectos en torno a la eficiencia productiva.

Defensor de la teoría del valor trabajo, según la cual las horas de trabajo invertidas para la producción de las mercancías son las que proveen valor, se opuso enfáticamente a las perspectivas mercantilistas que veían en el oro y la plata la riqueza nacional. Smith, tomando distancia también del pensamiento fisiocrático, sostuvo que la riqueza de una nación proviene del trabajo de sus habitantes y, particularmente, de la “aptitud, destreza y sensatez con que generalmente se efectúa el trabajo”[14].

 

Estas facultades productivas del trabajo se potencian, principalmente, por la división del trabajo en la sociedad, puesto que ésta trae mayor destreza a los trabajadores, ahorro de tiempo en la producción y estimula el desarrollo de maquinaria. Para graficar este fenómeno, Smith apela al famoso ejemplo de la fábrica de alfileres donde se asombra de los aumentos de productividad que consiguen los obreros con la división del trabajo. Y así escribe que un obrero en este tipo de manufacturas no podría fabricar más de veinte alfileres por día si trabaja aisladamente; en cambio, tal como observa Smith en una pequeña fábrica, diez hombres especializados en distintas tareas consiguen una producción de más de cuarenta y ocho mil alfileres por día.

 

En relación con las razones que conducen a la división del trabajo señala que ésta obedece a la propensión natural del hombre a cambiar una cosa por otra. Partiendo de un fuerte presupuesto antropológico, al considerar al hombre egoísta por naturaleza, Smith argumenta que “no es la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero la que nos procura el alimento, sino la consideración de su propio interés. No invocamos sus sentimientos humanitarios sino su egoísmo, ni les hablamos de sus necesidades, sino de sus ventajas”[15].

 

De esta concepción se extiende la idea de que los capitalistas colaboran con el bienestar general y la maximización del ingreso anual de una nación sin proponérselo, puesto que cada uno “sólo piensa en su ganancia propia; pero en éste como en otros muchos casos, es conducido por una mano invisible a promover un fin que no entraba en sus intenciones”[16].

 

Al concebir un mercado de competencia perfecta y para lograr la máxima producción, propone no intervenir en la operatoria del mercado. En términos de comercio, sostiene que es deber del Estado propiciar la libertad tanto interna como externa para ampliar mercados y estimular la división del trabajo que crecerá a la par del mercado. La concepción que Smith tiene de la intervención del Estado, en general, es una extensión de la teoría política de John Locke, teórico de la propiedad privada y la igualdad ante la ley[17].

 

En cuanto a la retribución que debe recibir cada una de las clases de la sociedad Smith es simple y contundente. “Los salarios pagados a los jornaleros y criados, de cualquier clase que sean, deben ser de tal magnitud que basten, por término medio, para que la raza se perpetúe”[18]; en otras palabras a los obreros se los retribuye con el salario de subsistencia. Los beneficios del capital los justifica como la ganancia que se da a aquellos que comprometen su capital, puesto que lo emplean en “dar trabajo a gentes laboriosas”. La tierra recibe una renta como resultado de la condición de monopolio en la que se encuentra su propietario y alcanza el mayor nivel que el capitalista puede pagar.

 

2. David Ricardo (1772-1823)

David Ricardo (1772, 1823) economista inglés.
David Ricardo (1772, 1823) economista inglés.

El capitalismo desarrollaba su fase industrial mientras David Ricardo realizaba sus escritos; sin embargo, tampoco el inglés consiguió ver y vaticinar los avances hacia los que iría la sociedad industrial. Es por ello que, aún a principios del siglo XIX, sigue centrando su análisis en torno a la acumulación de capital en la agricultura.

 

Ricardo, agente de bolsa y terrateniente que llegó al parlamento inglés, puede pensarse, ciertamente, como un crítico que extiende la obra de Adam Smith. Muchos de sus conceptos no son más que variantes que introduce a los postulados de su predecesor escocés. En los Principios de Economía Política y Tributación (1817), su obra célebre, Ricardo formula su teoría. A continuación se analizarán los principales conceptos del sistema ricardiano: la productividad marginal decreciente de la tierra, la retribución a las clases sociales[19], el problema del progreso tecnológico y la división internacional del trabajo.

 

El concepto de rendimientos marginales decrecientes de la tierra está vinculado a la distribución del producto. Ricardo observó que las tierras más fértiles y cercanas a los lugares de consumo obtenían un monto mayor de renta. Y explicó este fenómeno sosteniendo que la renta que percibe el terrateniente por una parcela está regulada por la diferencia entre lo que rinde su parcela y las de menor fertilidad. Así, por ejemplo, si una parcela arroja un rinde de 30 toneladas de trigo por hectárea y las menos fértiles arrojan 20 toneladas, entonces, por efecto de competencia entre capitalistas, el primero recibirá un monto de renta equivalente a 10 toneladas de trigo. El límite a la explotación de tierras viene dado por la ecuación costo-beneficio que efectúan los capitalistas; ellos ocuparán tierras hasta el punto donde, luego de pagar la renta y los salarios, perciban beneficios que consideren satisfactorios.

 

En cuanto a la distribución del producto entre las distintas clases sociales Ricardo se encuentra dentro del universo de la teoría del valor trabajo. Al considerar al trabajo humano como una mercancía cuyo precio en trigo es el valor de reproducción de los asalariados, también suscribe a la idea del salario de subsistencia. Vale aclarar que éste no es considerado necesariamente como el salario mínimo para que el trabajador y su familia no mueran de hambre, sino que depende de necesidades sociales e históricas. Los capitalistas recibirán en forma residual lo que quede luego de pagar la renta y los salarios.

 

Ricardo individualizó tres factores dinámicos tendientes al crecimiento económico: la población, la acumulación de capital y el progreso técnico. Esencialmente pesimista en torno a la capacidad de conseguir innovaciones técnicas de manera progresiva, subordinó el crecimiento de la población a lo que consideró el factor central: la acumulación de capital. Esta se llevaba adelante cuando los capitalistas adelantaban salarios a los trabajadores y ponían a producir tierras. Puede entenderse su pesimismo tecnológico, a pesar de que la Revolución Industrial se desarrollaba frente a sus narices, en virtud de que la agricultura, a lo largo de siglos, no había sido una actividad muy dinámica tecnológicamente.

 

En relación con el comercio internacional, también efectuó un aporte muy duradero: el concepto de división internacional del trabajo en función de las ventajas comparativas que detente cada nación. “En un sistema de comercio absolutamente libre, cada país invertirá naturalmente su capital y su trabajo en empleos tales que sean lo más beneficioso para ambos”[20], señala Ricardo. Afinando el concepto de ventajas absolutas de Smith, cada país se especializará donde sea más eficiente en términos relativos. La figura tan difundida de “Argentina granero del mundo” o “Inglaterra taller del mundo” obedece a esta concepción.

 

También supo ver claramente la oposición de intereses entre industriales y terratenientes. Como el trigo es el que regula los precios de todas las demás mercancías -incluido el de la mano de obra-, un aumento en éste llevaría a un aumento de salarios de los empleados industriales, beneficiando a los terratenientes y perjudicando a los capitalistas[21]. Con respecto a la relación capital-trabajo, Ricardo presentó los conceptos de tal forma que Marx sólo tuvo que reinterpretarlos para acuñar la categoría de plusvalía. No casualmente la publicación de la obra de Ricardo fue fuertemente criticada tras su muerte a pesar de los esfuerzos leales por defenderla y difundirla de su amigo John Stuart Mill[22].

 

3. Karl Marx (1818-1883)


Karl Marx (1818, 1883) filósofo, historiador, sociólogo, economista y escritor socialista alemán. Ex Berlín oriental.
Karl Marx (1818, 1883) filósofo, historiador, sociólogo, economista y escritor socialista alemán. Ex Berlín oriental.

Para el tiempo en que Karl Marx publica El Capital (1867), su obra de mayor envergadura, la Revolución Industrial estaba madura en Inglaterra; aunque atrasada en Alemania de donde él es oriundo. Sus visitas a Manchester y estudios en Londres le permiten tomar un contacto muy cercano con el fenómeno de la producción fabril y las consecuencias sobre los trabajadores. Vale destacar que por entonces existía más de una corriente de crítica tanto en relación con los avances del capitalismo como con la desigual distribución de sus beneficios y esfuerzos necesarios para llevar a cabo la producción. La utopía socialista se contrapuso a la realidad por la que atravesaba el modo de producción capitalista. Louis Blanc (1811-1882), Claude de Saint Simon (1760-1825), Charles Fourier (1772-1837), Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865) y Robert Owen (1771-1858) son algunos representantes de corrientes que Marx llamó socialistas utópicos puesto que difería con los medios por los que estos autores buscaban llegar a la sociedad socialista[23].

 

Heredero del filósofo alemán Hegel, Marx concibía al trabajo humano como la actividad en la que el hombre se realiza como tal. Al contraponer esta idea con la realidad del capitalismo decimonónico, Marx observó que los trabajadores, en lugar de realizarse en su trabajo, se sentían extraños a él; se enajenaban. Denunciaba que “el hombre [el obrero] sólo se siente ya libremente activo en sus funciones animales: comer, beber y procrear, y, cuando mucho, en su cuarto, en su arreglo pesonal, etc., y que en sus funciones de hombre [el trabajo] sólo se siente ya animal. Lo bestial lo convierte en humano y lo humano lo convierte en lo bestial”[24]. Es a partir de la visualización de estos fenómenos de la realidad; de lecturas minuciosas de pensadores de distintas disciplinas; y de una intensa actividad política, que Marx cuestiona al capitalismo y critica a los postulados de la Economía Política.

 

Si el paso de Smith a Ricardo fue un refinamiento de determinados conceptos, el paso de Ricardo a Marx implica no sólo eso sino un giro radical. Obsesionado por encontrar la procedencia del excedente dentro de la teoría del valor trabajo en un mundo donde aparentemente se intercambian equivalentes, desarrolló el concepto de plusvalía. Por medio de éste mostró que si el valor era generado por el trabajo de los asalariados, entonces los beneficios del capital eran una expropiación a los trabajadores de algo que les pertenecía.

 

Marx intentó mostrar cómo en el capitalismo también existe apropiación del excedente tal como en el feudalismo, aunque de una manera no tan nítida como en el viejo orden, donde la apropiación se basaba en una coacción extraeconómica. En el capitalismo, la apropiación y extracción del excedente se da en el acto de producción. El trabajador recibe bajo la forma de salario el valor necesario para reproducirse y asistir a trabajar, mientras que, por otro lado, produce un valor superior durante su jornada laboral en la fábrica. Esa diferencia es la que percibe el capitalista en forma de beneficios. Marx concibe a la ganancia, entonces, como una quita injusta al obrero puesto que es quien realmente trabaja y genera valor.

 

Este énfasis en la plusvalía da cuenta del interés puesto por Marx en la distribución[25] del ingreso desde una perspectiva cualitativa, es decir, en tanto desigual apropiación del producto por parte de las clases. Según Marx, detrás de las apariencias de mercado subyace una trama institucional y relacional que permite a unos ejercer el poder sobre otros apropiándose del trabajo ajeno.

 

En cuanto al progreso técnico, Marx consiguió intuir mucho más que Ricardo las potencialidades que éste tenía para la sociedad en tanto era susceptible de aplicarse al trabajo humano. Introdujo a los avances técnicos en la producción como resultado de la necesidad que tienen los capitalistas por competir. La lógica de la competencia lleva a que descienda la cantidad de horas de trabajo necesarias para la producción del conjunto de bienes. Este descenso, que en principio debería ser un beneficio para toda la sociedad, es capitalizado por una sóla clase: los capitalistas. No obstante, y como contracara de este beneficio inmediato, el incremento de maquinaria aplicada a la producción a expensas de trabajo humano -única fuente del valor- redunda en el largo plazo en una caída tendencial de la tasa de ganancia del conjunto del sistema capitalista. Así, Marx sostiene que la lógica sistémica contiene dentro de sí el “germen de su propia destrucción” puesto que la competencia misma entre los capitalistas lleva a una caída de la tasa de ganancia del conjunto.

 

Por último, vale destacar que si bien no se extendió en sus escritos sobre “su” utopía socialista, puede decirse que en ella existiría una apropiación social de las potencialidades del trabajo y la tecnología sin que estos beneficios sean apropiados por ninguna clase en particular.

 

Historicismo alemán e Institucionalismo norteamericano

El historicismo alemán y el institucionalismo norteamericano, enfatizando aspectos diferentes a los de Marx, comparten con éste la crítica al pensamiento económico dominante. A diferencia del autor de El Capital, su aporte es básicamente metodológico, sin poner en cuestión al sistema capitalista. Tanto la tradición marxista como estas últimas sientan bases argumentales que constituirán los ejes sobre los que se levantan las corrientes heterodoxas en la actualidad.

 

La Escuela Histórica Alemana atacó a la economía clásica y sus postulados que pregonaban una teoría económica válida para todo tiempo y lugar. Según sus exponentes, la economía y las ciencias sociales deberían trabajar con un método basado en la historia. Sostenían que la economía clásica estaba en un error al tratar de imitar la metodología de las ciencias físicas.

 

Uno de sus primeros exponentes fue Friederich List (1789-1846) quien se destacó por sus fuertes críticas al librecambismo inglés. Argumentaba que la prédica británica de laissez faire había sido antecedida por un fuerte proteccionismo desde la sanción de las Actas de Navegación vigentes desde 1688 por las cuales se reguló prolijamente el comercio de la Corona[26]. Esta política les permitió, sostenía List, obtener el crecimiento de sus manufacturas y ampliar su poder político. Su obra Sistema Nacional de Economía de 1841 tuvo gran influencia tanto en la política arancelaria norteamericana –donde List vivió algún tiempo- como en Alemania donde recientemente se había consolidado la Unión Aduanera (Zollverein) en 1834. Sus principios marcadamente nacionalistas tuvieron duradera vigencia en el marco de una fuerte competencia por el poderío político y económico que Alemania sostuvo con Inglaterra.

 

Otros expositores de la escuela histórica alemana fueron Wilhem Roscher (1817-1894), Bruno Hildebrand (1812-1878), Karl Knies (1821-1898) y, más tarde, Gustav von Schmoller (1838-1917).

 

El Institucionalismo Norteamericano de principios de siglo XX reconoce en Thorstein Bunde Veblen (1857-1929) a su representante más fiel. Este pegaba en el corazón de la economía neoclásica[27] al rechazar sus principios por tratarlos de no científicos. Su objetivo era constituir una ciencia que reuniera a la economía, la antropología, la sociología, la psicología y la historia. Criticó también a marxistas e historicistas.

 

Sostuvo que la teoría neoclásica había hecho una sustitución de las fuerzas sobrenaturales por las nuevas fuerzas naturales benéficas del mercado[28]. La noción de un equilibrio deseable sin pruebas resultaba, según su perspectiva, tan normativo como lo que critican los neoclásicos. Aunque no era socialista formuló fuertes críticas a la institución de la propiedad privada como “fuente de malestar” que conduce al socialismo.

 

Otros exponentes destacados fueron John Commons (1862-1945) quien se especializó en el estudio de casos judiciales a partir de los cuales elaboraba conceptualizaciones y W. C. Mitchell (1874-1948), discípulo de Veblen, dedicado a la aplicación empírica del método institucionalista.

Los Neoclásicos y la teoría subjetiva del valor

Con el advenimiento de la Teoría Neoclásica, poco tiempo después de que Marx publicara el primer tomo de El capital, se produce un quiebre muy fuerte con el pensamiento económico precedente. Sus principales exponentes fueron: los ingleses William Jevons (1835-1882), Alfred Marshall (1842-1924) y Francis Ysidro Edgeworth (1845-1926); los austríacos Carl Menger (1840-1921), Friederich von Wieser (1851-1926) y Eugen von Böhm-Bawerk (1851-1914); y los franceses León Walras (1834-1910) y Vilfredo Pareto (1848-1923), entre otros. Si bien cada uno de ellos especificó determinados rasgos que fueron incorporados al cuerpo de la teoría con el tiempo, en este trabajo se tomarán los principales conceptos, sin precisar específicamente a quién corresponde cada una de las innovaciones teóricas. En este sentido, también es válido advertir que se presentan los principales lineamientos de la teoría como un conjunto aproximadamente homogéneo cuando, tal como en todas las corrientes, existen matices y diferencias hacia dentro de la misma.

 

El punto de ruptura más importante con sus predecesores consistió en que el valor de las mercancías dejó de ser justificado por el tiempo de trabajo necesario para su producción; es decir, en que abandonaron la teoría del valor trabajo. Contrariamente, los neoclásicos consideraron a la utilidad que los bienes reportan a los consumidores como la fuente del valor. Según su concepción, son los gustos, preferencias y deseos de los consumidores aquello que, luego de confluir en el mercado, fija el precio de las mercancías. Levantaron, así, el edificio de la teoría subjetiva del valor. Las implicancias que este giro trajo fueron -y aun son- múltiples.

 

En términos generales, se desvió toda la atención de la producción (oferta) a la demanda. Las palabras de Jevons, generalmente considerado el primer exponente de la escuela, en su obra Theory of Political Economy (1871) resultan muy gráficas: “La continua reflexión y la investigación me han conducido a la idea, algo novedosa, de que el valor depende por entero de la utilidad. Las opiniones prevalecientes establecen que es en el trabajo, más que en la utilidad, donde se encuentra el origen del valor”[29]. Así, en la satisfacción de deseos, urgencias y necesidades de los individuos los autores neoclásicos pasaron a ubicar la fuente del valor.

 

De esta forma, tuvo lugar un fuerte reposicionamiento del mercado dentro del esquema teórico. Se acotó y separó, entonces, el universo de análisis del conocimiento económico. En el pensamiento neoclásico, el mercado no es concebido como una institución fruto de determinadas convenciones sociales, políticas, históricas y económicas, donde hay beneficiarios y perjudicados, sino que, incuestionablemente, se lo considera como parte del orden natural de las relaciones humanas. Así, el análisis erradica todo tipo de discusión en torno a las clases sociales, el excedente y la propiedad desconociendo desigualdades fundantes del mercado, por un lado y, por otro, negando también la naturaleza histórica de las instituciones capitalistas. A partir de esta concepción, se derivaron medidas de política tendientes a brindar condiciones al mercado para que funcione “correctamente” y, en su propia dinámica, se autorregule.

 

Puesto que no consideraban a las relaciones entre clases sociales como dimensión relevante, en el esquema neoclásico, todo se reduce a la manera en que cada agente acude al mercado: ya como individuos-productores (trabajadores), ya como individuos-ahorradores (capitalistas)[30]. Se termina de construir así, un mundo perfecto, en equilibrio, donde por medio de los intercambios de mercado la sociedad en su conjunto llega a lugares óptimos y, como tales, deseables. Cabe mencionar que el concepto de óptimo de Pareto[31] -punto al que se llega cuando es necesario que un agente[32] esté peor para que otro esté en mejor situación, es decir, cuando nadie puede beneficiarse sin perjudicar a otros- nada dice en torno a las condiciones iniciales de riqueza individual ignorando si el “agente” de que se trata es, por ejemplo, millonario o indigente. El esquema de análisis no reconoce diferencias de ingresos ni de propiedad; en él todos los individuos son iguales y eligen “libremente” entre el ocio y el trabajo o entre invertir y prestar dinero.

 

Por su parte, el concepto de equilibrio general, al cual Walras dio su formulación matemática, pasa a ocupar un lugar central en la teoría[33]. Al igual que sus predecesores, Walras deriva “los precios de los productos de las necesidades de los consumidores y del valor de los servicios de los bienes de capital y de los factores”. En otras palabras, los deriva de la interacción entre la oferta y la demanda. Por el lado de la oferta, los factores productivos (tierra, trabajo y capital) serán retribuidos conforme a su productividad marginal que se determina por cuestiones técnicas y de disponibilidad relativas de cada factor. Por el lado de la demanda, los consumidores competirán, según sus preferencias, por los bienes ofrecidos en el mercado. De la interacción entre oferta y demanda resultarán los precios de cada uno de los productos, que son las señales que brinda el sistema económico de mercado tanto para consumidores como para productores y el elemento clave para la autorregulación.

 

Puesto que consideraban a la economía clásica acotada a un tiempo y lugar, ambicionaron construir conceptos generales bajo la forma de leyes, tal como lo hacen los científicos de las ciencias naturales. De esta manera, la economía dejó de tener la anterior preocupación por explicar manteniéndose próxima a los fenómenos de la realidad (verdad semántica) para pasar a priorizar la coherencia interna de la teoría (verdad sintáctica) a partir de axiomas sobre los que se monta el universo conceptual[34].

 

A los efectos de hacer uso de determinado herramental matemático, especialmente el cálculo diferencial, se consolidó la concepción esbozada por Smith del individuo que actúa atomísticamente en la sociedad[35] cuya preocupación no excede la de maximizar su utilidad, beneficio, ocio, etcétera. A este sujeto ideal se le añadieron algunas características más para modelizar el agente racional. La economía pasó a ser, según este modo de análisis, una disciplina cuyo afán explicativo enfatiza la modelización de los comportamientos de los individuos y sus consecuencias. El sujeto “racional” y optimizador que se relaciona con el mundo según estos parámetros, resulta el nodo central de la teoría neoclásica; de lo contrario no pueden aplicarse sus procedimientos matemáticos. El método, en lugar de ampliar posibilidades explicativas, termina de encorcetar al universo de análisis, lo restringe y acota a su medida.

 

De esta forma, se intentó conferir a la economía una imagen de ciencia objetiva y positiva descargada de valores[36]. La formulación matemática de los problemas pasó a conferirle, a la vista de sus teóricos y defensores, el tan mentado rigor científico supuestamente débil en las teorías predecesoras. Este giro ideológico, ha sido cuestionado desde diversas posturas epistemológicas[37].

 

La difusión y extensión del modo de análisis neoclásico, aunque resistido, no ha sido menor. Según opinión de diversos autores, su vigencia se desprende de su abordaje. “Puesto que las discrepancias entre el modelo y la realidad podían siempre atribuirse a imperfecciones exteriores a la lógica de la construcción teórica, no es extraño que el edificio neoclásico pudiera mantenerse en pie tanto tiempo, aparentando una solidez a toda prueba”[38]. De esta manera, cualquier incongruencia entre la modelización y la realidad, más que indagar a la teoría, tiende a señalar que es la realidad la que no se adecua a los modelos.

 

Esta visión de la economía de mercado en equilibrio permanente consiguió gran difusión durante las primeras décadas del siglo XX ocupando un lugar cada vez más importante en la forma de analizar al capitalismo. Pero la realidad, “obcecada”, se encargó de hacer temblar los modelos de mercados perfectos, competitivos y en equilibrio. Así, el crack de 1929 y su ulterior crisis cuestionaron radicalmente el rumbo de la ciencia económica obligando a revisar la conceptualización neoclásica; muy lejos de apuntar a la utopía socialista, esta revisión no quería más que salvar al propio capitalismo.

Keynes y la intervención del Estado

 

John Maynard Keynes (1883, 1946) economista británico.
John Maynard Keynes (1883, 1946) economista británico.

La Crisis del ´30 trajo, tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo capitalista, innumerables quiebras, tasas de desempleo exorbitantes y caídas muy fuertes de la producción. Mientras maduraban los frutos de la organización fordista de la producción[39] y las capacidades productivas se multiplicaban, los postulados económicos vigentes no conseguían dar cuenta de la profunda crisis en la que se vio sumida la economía.

No había dudas; era necesario replantear los presupuestos neoclásicos. Y quien tomó este desafío fue el economista inglés John Maynard Keynes (1883-1946), un personaje que, aun desde su perspectiva crítica, no fue menos liberal que sus predecesores. No cabe duda de que Keynes estaba en las antípodas del pensamiento socialista; su intención era salvar la economía de mercado capitalista de los errores en que estaban sumidos los economistas, quienes sugerían recetas ortodoxas esperando la autorregulación del mercado para salir de la crisis.

 

Habiendo sido funcionario del tesoro británico y con polémicas obras escritas, en la Teoría General de la ocupación, el interés, y el dinero (1936) formula su crítica a los postulados de la economía ortodoxa donde señala que “sus enseñanzas engañan y son desastrosas si intentamos aplicarlas a los hechos reales”[40]

 

Los principales elementos que desarrolla en esta obra son: la abolición de la vieja ley de Say -con vigencia desde los pensadores clásicos- según la cual la oferta crea su propia demanda; la posibilidad de equilibrio económico con desempleo; y la necesidad de estimular la demanda por medio de gastos públicos[41]. Oponiéndose a la idea de que los mercados se autorregulan en niveles de pleno empleo, sostuvo que es posible la existencia de una demanda inferior al nivel que asegure el uso total de los recursos. La vieja ley de Say sostenía que tener producción disponible garantizaba necesariamente una demanda equivalente; Keynes ve precisamente oferta sin suficiente demanda. De los tres componentes de la demanda (consumo, inversión y gasto público), Keynes señala a la baja inversión como el factor de mayor importancia en la escasa demanda y, en menor medida, el bajo poder adquisitivo de los trabajadores[42].

 

Las medidas que propone para remediar esta situación apuntan a estimular la demanda deprimida por los gastos que no llevan adelante los inversores privados ni los consumidores en general. Y lo que propone es que suba el tercer componente de la demanda -el gasto público- de tal forma que compense la baja de los dos primeros. Bajo la forma de inversión y consumo públicos, sostiene que el Estado debe estimular la demanda con el objetivo de conseguir el pleno empleo. El déficit fiscal en tiempos de depresión es el mecanismo clave para conseguir la reactivación de la economía, a expensas del endeudamiento público y la emisión de moneda. En este mismo sentido también propone estimular que los trabajadores del sector privado gasten sus ingresos aumentando, y no disminuyendo, sus salarios. La economía ortodoxa, por el contrario, sostiene que es bueno y “natural” que los salarios caigan en tiempos de crisis.

 

Keynes fue quien, de esta manera, racionalizó dentro de la teoría aquellas medidas que los gobiernos de todo el mundo capitalista llevaron adelante para salir de la crisis del ´30 y que perduraron para la construcción de los Estados de Bienestar. Sus postulados convencieron al mundo capitalista de la necesidad -y virtuosidad- de regular el mercado[43].

 

El estructuralismo latinoamericano y la Teoría de la Dependencia

 

Otra postura crítica a la ortodoxia que ha propiciado la intervención del Estado es la corriente Estructuralista surgida durante las décadas del ´40 y ´50 en América Latina. Teniendo como meta la consecución del desarrollo económico para los países latinoamericanos, y en el marco de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), el economista argentino Raúl Prebisch conceptualizó la relación existente entre países centrales y países periféricos.


Así nace el paradigma centro-periferia, el cual ve la inserción de los países latinoamericanos en la división internacional del trabajo como la causa de los problemas estructurales de estas economías. El desempleo crónico, los déficits externos y el deterioro en los términos del intercambio eran problemáticas -y aún lo son- recurrentes en las economías menos desarrolladas. Según el modelo centro-periferia, los países periféricos, especializados en la provisión de materias primas a los países centrales, se encuentran en una condición de recurrente debilidad y asimetría frente a estos últimos, los que se han especializado en la elaboración de manufacturas.

 

Para romper con el modelo centro-periferia, proponen que el Estado tome las riendas de lo que se llamó la Industrialización por Sustitución de Importaciones mediante la inversión en sectores claves de la economía; la provisión de infraestructura básica; el control de las cuentas externas, el arancelamiento selectivo de bienes importados; y, en muchos casos, la producción directa de bienes y servicios.

 

Luego de llevar adelante estas medidas y reconocer nuevos problemas como la recurrente inflación y los déficits en las cuentas externas, los estructuralistas han sido criticados tanto por los ortodoxos -reticentes a la “excesiva” intervención del Estado- como por los representantes de la Teoría de la Dependencia surgida a partir de los años ´60 también en Latinoamérica.

 

Con un fuerte influjo marxista, la Teoría de la Dependencia, profundizó la crítica al modelo de desarrollo impulsado para los países latinoamericanos. Durante los años ´60 y ´70 sostuvieron argumentos tales como: la existencia de obstáculos intrínsecos al capitalismo que imposibilitan el desarrollo latinoamericano; los problemas que los patrones importados de consumo generan al consolidar la dependencia; la subordinación y dependencia tecnológica; la desigualdad socio-económica reinante en los países periféricos como motor del desarrollo de los países centrales; y la necesidad de redistribución de la riqueza en latinoamérica bajo reformas agrarias.

 

Algunos de sus expositores más destacados fueron: Celso Furtado, Osvaldo Sunkel, André Gunder Frank, Ruy Mauro Marini, Theotonio dos Santos, Fernando Henrique Cardoso[44] y Enzo Faletto. A pesar de que las razones que motivaban sus escritos siguen aún vigentes y que distintos teóricos de países del tercer mundo continúan sus ideas -como Samir Amin o Arghiri Emanuel- esta corriente de pensamiento ha perdido apoyo y sus expositores han perdido la difusión[45] de los años ´70.

 

Este tipo de escritos portan una característica muy importante: la de ser un desarrollo teórico pensado por latinoamericanos para latinoamérica. En este sentido vale destacar que muchas de las teorías -desde la neoclásica hasta la marxista- en gran cantidad de ocasiones formulan postulados que no son aplicables a este tipo de sociedades puesto que, como es de esperar, están pensadas desde una perspectiva distinta.

 

NOTAS

 

[13] Galbraith sostiene que junto con Karl Marx son las dos figuras más célebres de la historia de la Economía.

Galbraith, John Kenneth: Historia de la Economía, Editorial Ariel, 1987

[14] Smith, Adam: Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, FCE, México DF, 1997 p. 3

[15] Ibídem, p. 17. El homo oeconomicus de Smith, ha sido muy cuestionado. De hecho, estudios antropológicos como los de Karl Polanyi o Marcel Mauss han mostrado la existencia de sociedades contemporáneas donde este principio no se cumple. Véase, por ejemplo, la obra de Mauss y las teorías del don donde existe otra racionalidad; en órdenes que no apelan al egoísmo de sus participantes. Tampoco las sociedades anteriores al capitalismo se regían por este presupuesto tal como estudia Polanyi en La gran transformación. El egoísmo del hombre no parece formar parte de su “naturaleza” biológica, sino más bien se desprende de su cultura.

[16] Ibídem, p. 402. Smith toma esta idea de Mandeville quien en su obra La fábula de las abejas. Vicios privados, beneficios públicos desarrolla y resuelve una nueva relación entre lo económico y la moralidad, subordinando esta última a las acciones económicas. Véase Dumont, Louis: Homo aequalis, génesis y apogeo de la ideología económica donde se rastrean los orígenes del proyecto político que representa el escrito de Adam Smith. En este sentido existe una discusión en torno a si Smith escribió lo que veía ante sus ojos o si su obra consiste en precisar un proyecto de sociedad distinto.

[17] Para estudiar la teoría política del iusnaturalismo en Locke véase Bobbio, Norberto: Liberalismo y democracia, FCE, Breviarios, México, 1996. A pesar del liberalismo de Smith en términos económicos, también vale decir que no criticó tal como podría esperarse la intervención del Estado si éste perseguía fines políticos. Por el contrario, y consecuentemente con la teoría política de Locke, justificaba su intervención en estos casos.

[18] Smith, Adam, Op. cit., p. 79

[19] Es mucho más que una sencilla cuestión semántica la forma en que se nombran las categorías en economía. El lenguaje muestra y oculta según nombre a las cosas de un modo u otro. La ciencia económica convencional en la actualidad, en su afán por naturalizar las relaciones sociales, nombra factores de la producción al capital, el trabajo y la tierra, como si la producción pudiera ser reducible a una mera combinación de cantidades. Si en lugar de factores de la producción se hablara más frecuentemente de relaciones de clase entre capitalistas, trabajadores y terratenientes podrían entreverse de manera más clara las relaciones humanas y de poder interactuantes en el proceso productivo.

[20] Ricardo, David: Principios de Economía Política y Tributación, FCE, México DF, 1994

[21] Por esta razón Ricardo se opuso y condenó a la vigencia las Leyes de Granos (Corn Laws) argumentando que elevaban el precio de la mano de obra y detenían la acumulación de capital. Estas leyes permitían la importación de granos sólo a partir de determinado precio base, lo que terminaba elevando el precio del trigo.

[22] Dobb, Maurice: Teorías del valor y la distribución desde Adam Smith, Siglo XXI editores, 1998

[23] Véase Hobsbawm, Eric: La era de la revolución, 1789-1848, Ed. Crítica, 1997; en especial los capítulos sobre la ideología secular, la ciencia y las artes.

[24] Marx, Karl: Manuscritos de 1844. Economía Política y Filosofía, Ed. Estudio, Buenos Aires, 1972. Evidentemente Marx no experimentó al visitar las industrias la misma fascinación de Smith cuando este último visitó la fábrica de alfileres. Sin embargo, vale aclarar que Marx vio en el capitalismo fuerzas que consideraba necesario desarrollar puesto que multiplican las capacidades productivas de la sociedad humana.

[25] Dobb, Maurice, Op. cit.

[26] Según List, Inglaterra sólo se lanzó al librecambismo a partir de conseguir su desarrollo bajo políticas proteccionistas: “Una nación que por derechos protectores y restricciones marítimas ha perfeccionado su industria y su marina mercante hasta el punto de no tener la concurrencia de ninguna otra, no puede tomar decisión más sabia que la de rechazar los medios de su elevación y predicar a los demás pueblos el advenimiento de la libertad de comercio, expresar muy alto su arrepentimiento por haber caminado hasta entonces por la vía del error y de no haber llegado sino tardíamente, al conocimiento de la verdad.” Citado por Vazquez de Prada, Valentín: Historia Económica Mundial, Ed. Rialp, Madrid, 1978, T. II p.100

[27] La economía neoclásica se analiza en el apartado siguiente.

[28] Landreth, Harry y Colander, David: Historia del Pensamiento Económico, Compañía Editorial Continental, México D.F., 1998

[29] Citado por Dobb, Maurice, Op. cit.

[30] Guerrero, Diego: Historia del Pensamiento Económico Heterodoxo, Editorial Trotta, Madrid, 1997

[31] El nombre del óptimo obedece a que fue desarrollado por Vilfredo Pareto quien desarrolló su análisis en torno a la distribución del producto según este principio.

[32] También en torno a este término es posible reflexionar y analizar las implicancias de llamar a las cosas de diferente manera -tal como en el caso de los “factores de la producción”. El término “agente” no es ingenuo, detrás de él se esconden las diferencias sociales y económicas que oculta. ¿Qué es un agente? Difícilmente dentro de esta categoría puedan considerarse la cultura, la psicología o cuestiones sociales que operan constantemente sobre seres humanos -agentes de nadie.

[33] Resulta útil aclarar que el concepto de equilibrio parcial de Alfred Marshall no es necesariamente compatible con el de equilibrio general walrasiano aunque, a grandes rasgos, comparten ciertos principios. Un análisis de las implicancias de ambos enfoques excede los límites de este trabajo. En relación a la contribución marshaliana a la teoría neoclásica pueden mencionarse: la distinción entre corto y largo plazo; el concepto de elasticidad; la prolija construcción y modelización de las curvas de oferta y demanda por separado; y el intento por conciliar la teoría subjetiva del valor (determinante en el corto plazo sobre los precios) con los costos de oferta (determinantes en el largo plazo), entre otros.

[34] Esto sucede a pesar del herramental econométrico que la economía neoclásica utiliza en la actualidad. Lo que se quiere es reflejar la existencia de una mayor distancia entre la modelización y la realidad, que no es necesariamente cubierta mediante testeos econométricos muy precisos y restringidos.

[35] Por ejemplo, Edgeworth hablaba de hombres-átomo.

[36] La división entre economía positiva, que se atendría a describir los fenómenos de manera neutral, y economía normativa, que señala “lo que debería ser”, es la manera en que se refieren los libros de texto de economía a un problema epistemológico de muy compleja naturaleza. Véase Samuelson, Paul: Economía, Ed. Mc Graw Hill, varias ediciones.

[37] Véase, por ejemplo: Sweezy, Paul y otros: Crítica a la ciencia económica, ed. Periferia, Buenos Aires, 1972

[38] Guerrero, Diego, Op. cit.

[39] Esta organización remite a los cambios introducidos por Henri Ford en la fábrica de automóviles que consiguieron aumentar espectacularmente la producción de aquellas industrias donde eran susceptibles de ser aplicados. La incorporación de la cinta de montaje en 1918 impuso un mayor ritmo de trabajo y aumentó fuertemente la productividad.

[40] Keynes, John Maynard: Teoría General de la Ocupación, el interés y el dinero, FCE, México DF, 1997

[41] Galbraith, John K., Op. cit.

[42] Por ello Keynes estaba en favor de la intervención de los sindicatos que pujan por elevar los salarios. En oposición al pensamiento neoclásico que veía en ellos una “rigidez”, Keynes ve que si suben los ingresos de los trabajadores, suben sus consumos y estimulan la demanda.

[43] No obstante el éxito obtenido por Keynes, la ortodoxia neoclásica siguió pregonando sus principios. Así, a partir de los años ´80, comenzaron a revisarse medidas regulatorias al mercado, según los viejos principios neoclásicos más ortodoxos. Esta corriente de políticas pasaron a constituir el ideario del neoliberalismo: debilitamiento de los sindicatos, achicamiento del Estado, etcétera.

[44] El ex- presidente de Brasil – F.H. Cardoso- quien, ante la consulta periodística, sostuvo que durante su juventud estuvo sumido en el error. Sin embargo y a pesar de su “arrepentimiento”, uno de sus más importantes libros, Desarrollo y Dependencia en América Latina, aún sigue siendo editado y vendido regularmente. O los lectores compran porque ven a su autor por TV o la problemática sigue vigente.

[45] Las razones para comprender esta pérdida de espacio en el discurso por parte de los dependentistas es indisociable de cuestiones politicas y sociales. Las dictaduras militares y la intervención de universidades en toda latinoamérica conforman parte de esta “depuración” ideológica. El importante cambio socio-histórico y de la ideología actual en relación con los años ´70 explican, también, su menor difusión. A pesar de ello, por ejemplo, el africano Samir Amín continúa editando libros desde una perspectiva afín a los latinoamericanos. Véase Amin, Samir: El capitalismo en la era de la globalización, Ed. Paidós, Barcelona, 1999

[46] No así en términos de política económica donde los postulados keynesianos continuaron siendo los principios para la intervención del Estado hasta la afronta del neoliberalismo de los años ´80 y ´90.

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Ariadna Tucma Revista Latinoamericana. 1 a 4. 2006-2009


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