Representaciones y control social en fiestas populares: el “Carnaval de los Locos Bajitos” en la ciudad de Rafaela (Argentina)

01 November 2010 | Ciencias Sociales | Tags: , ,

Participación popular en las fiestas de Carnaval

María Cecilia Tonon* y Claudio Stepffer**

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Foto y diseño: Carolina Crisorio

Introducción

Este artículo aborda el desarrollo de una particular manifestación del festejo carnestolendo en la ciudad de Rafaela, provincia de Santa Fe (Argentina). Se trata del “Carnaval de los Locos Bajitos”, iniciado en el año 1992, coincidentemente con un cambio en la administración política local, cuando accedió el partido Justicialista por primera vez al poder Ejecutivo por elecciones directas[1]. De esta celebración,  propuesta y organizada por el Estado municipal, nos interesa observar ciertos aspectos singulares propios de la comunidad rafaelina, entre los que se destacan la significación de los espacios públicos urbanos, las interpretaciones que las diferentes clases sociales adoptaron frente a esta expresión, la relación entre el poder y la gente, y el modo y los alcances con que los sucesivos responsables del área de Cultura de la Municipalidad concibieron su realización hasta interrumpirla, en 2008. Por todo ello, esta fiesta adquiere una singularidad que la diferencia de  carnavales más tradicionales e históricamente conocidos.

 

Este objeto de estudio es muy reciente y acotado, y no existen estudios previos que sirvan de antecedentes, más allá de las reseñas de los medios locales que pudimos relevar y los testimonios orales que recogimos de los actores involucrados. En lo que respecta al soporte teórico de este trabajo, nos basamos en algunas categorías analíticas y conceptuales de Mijail Bajtin, Peter Burke, Zygmunt Bauman, complementados con aportes de textos que sirven para contextualizar aspectos sociales y políticos de la fiesta, como los de Alberto Ciria, Peter Ross y Carolina Crespo, entre otros.

 

A continuación desarrollaremos las características de esta forma de carnaval, a partir de las cuales se pueden observar ciertos rasgos culturales del entramado social y político rafaelino en un tiempo determinado.

Orígenes y propósitos fundamentales del Carnaval

 

Hacia fines de 1991 accedió al Poder Ejecutivo de Rafaela el primer gobierno justicialista directamente elegido por el pueblo, con la intendencia de Omar Perotti. En el equipo que lo acompañó se destacó la figura de Marta Giura[2], subsecretaria de Cultura y Educación, que en aquel entonces dependía de la Secretaría de Integración Comunitaria. Esta funcionaria, adepta al peronismo desde siempre, proyectó a su gestión la concepción popular que sobre la cultura y la sociedad tradicionalmente ha sostenido el justicialismo[3]. Es a partir de esta postura que surgieron los objetivos que dieron marco al carnaval:

 

“Considerar a la Subsecretaría como ámbito de servicios, orientado hacia el estímulo, la creación y la provisión de espacios cada vez más amplios para la expresión colectiva.

 

(…)Promover la activa participación en un espacio común generado desde el Municipio, de personas o grupos… que trabajan sin fines de lucro, por el enriquecimiento cultural de la comunidad…”[4]

 

Con la intención de ampliar los espacios comunes de expresión colectiva y de promover la participación desde los sectores populares conjuntamente con la Municipalidad, la subsecretaria emprendió actividades novedosas para el devenir cultural local, entre las que se destacó el programa “Cultura y Verano”, que incluía varias propuestas, entre ellas la realización de un carnaval destinado a los niños.

 

En la prensa local aparecieron señalados sus propósitos y características: un evento  destinado a los más pequeños, como espectadores y principalmente como participantes, mientras que la inclusión de los adultos se daría a través del trabajo hogareño en la confección de los disfraces de los hijos, y de su  presencia como público durante el desfile, como un modo de unir las tradiciones de los mayores con las experiencias de las nuevas generaciones.[5] Esta herencia no sólo vendría dada por lo empírico, sino también por los valores, en este caso la diversión sana de los viejos festejos de carnaval rafaelino, a la vez que se lo rescataría como una costumbre de diversión popular y formativa que se había perdido en la ciudad.

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Máscaras: Vanesa Luna. Foto y diseño: Carolina Crisorio


Asimismo es observable, en palabras de la misma subsecretaria[6], la intención de inculcar, influenciar, formar a los participantes, y además recuperar la impronta paternalista del peronismo, particularmente la imagen de la familia como eje central de la organización social, como célula básica de estructuración del sistema social vigente. En este sentido, al estimular la colaboración paternal, el altruismo, el respeto, como modos de conservar y fomentar las buenas costumbres, el carnaval se transformaría en un vector de control social.[7]

 

Si bien oficialmente la convocatoria era abierta a todos los niños de la ciudad y a todo  público, en el imaginario de la funcionaria está claro que los verdaderos destinatarios eran los chicos de los barrios periféricos: “los pobres”[8]. Esta vinculación fundante entre el carnaval y la doctrina justicialista, es convalidada en los testimonios de dos subsecretarias posteriores: Mirta Villanis[9] y Gabriela Culzoni.[10]

 

Hasta aquí podemos inferir que este carnaval formaba parte de una propuesta cultural definida, claramente orientada hacia las clases postergadas, en sintonía con una ideología que revalorizaba la cultura popular, con especial énfasis en la formación de los niños y los jóvenes con menos recursos. En tal sentido, algunas características generales del festejo de carnaval occidental (sólo algunas) resultaban aptas para vehiculizar y llevar a los hechos esta particular concepción de las clases, la cultura y la minoridad que inspiraba a esta gestión; el nombre definitivo que se le dio al evento, “El Carnaval de los Locos Bajitos”, parece imbricar todos esos aspectos: el carnaval como fiesta popular de los locos que son bajitos porque son niños y porque son de la clase baja.

 

Por otra parte, la fiesta del carnaval posee también otras características que fueron dejadas de lado en la puesta en marcha original de este programa, por no responder a esos ideales y valores que caracterizaban al accionar de esta Subsecretaría, aspectos que retomaremos más adelante cuando analicemos las diferentes etapas en la evolución de esta fiesta.

 

Otro factor de suma significación es el lugar originariamente elegido: la arteria principal de la ciudad, el Boulevard Santa Fe. Esta calle constituye el denominado microcentro, que junto con las manzanas adyacentes y la plaza central, reúne a varios de los más importantes y tradicionales comercios, bares y confiterías, el único cine-teatro que subsiste en Rafaela, y bancos, entre otras dependencias, haciendo de ella el trayecto comercial y administrativo más relevante. Por otra parte, su diseño arquitectónico y paisajístico remite a la imagen de boulevard elegante, con un cuidado cantero principal con flores, esculturas, bancos y palmeras. Durante generaciones ha sido y es el paseo urbano más atractivo y concurrido, especialmente los sábados por la noche y los domingos por la tarde, lo que en la jerga rafaelina se conoce como “la vuelta del perro”. Por otra parte, toda actividad masiva que quiera ser notada en la ciudad, debe tener como marco este espacio: manifestaciones, festejos, desfiles  y actos.

 

Si bien la política cultural de esta Subsecretaría tendía a descentralizar el desarrollo de propuestas artístico-culturales que tradicionalmente tenían lugar en espacios céntricos, llevándolas a los barrios, en el caso de este carnaval se optó por lo contrario: abrir el centro a los vecinos de esos sectores. Esta decisión respondía al interés de relajar las distinciones de los ámbitos ocupados por los distintos grupos sociales, de acuerdo al “mapeo”[11] que los rafaelinos tenían de la ciudad en aquellos años. No se trataba de un tema menor, sino acaso uno de los más sensibles; si la finalidad era que los sectores populares pudieran acceder a espacios restringidos, este carnaval resultaba ser una vía oportuna. Por otra parte, le permitía a la política oficial brindar a los sectores populares una instancia de inclusión y participación, a la vez que recuperaba una fiesta que históricamente había sido de toda la ciudad, y que por lo tanto la clase media, a fuerza de nostalgia, también aceptaría y correspondería.[12]

 

De acuerdo con Bajtin, el carácter auténtico de la fiesta carnavalesca medieval y renacentista  tenía su epicentro en los espacios públicos, particularmente en las plazas; allí adquiría su verdadero sentido y razón de ser. La plaza pública en sentido bajtiniano era el ámbito donde se igualaban las personas, donde se subvertían los órdenes establecidos, donde la vida cotidiana se suspendía y se convertía en una segunda vida.[13] En Rafaela, los humildes, como protagonistas centrales del carnaval ocupando la calle “vidriera” de Rafaela (el boulevard se convertía en plaza pública), conquistaban por un momento un mundo que normalmente no los incluía. Consideramos que esta es acaso la principal característica que se retoma del festejo de carnaval occidental: la indistinción social de participantes, la vivencia del carnaval como otra vida posible para todos.

 

En cuanto al modo de convocar y organizar a los participantes, en las primeras ediciones tuvo especial preponderancia el trabajo personalizado de Marta Giura con las comisiones vecinales[14] y en particular con los habitantes de los barrios, con quienes ella se reunía frecuentemente para comunicar propuestas y pautar diferentes aspectos de la realización. Luego, con el transcurrir de los años, los representantes de grupos y comparsas, como así también los empleados municipales del área de Cultura, adquirieron experiencia en la planificación, que cobró una dinámica más o menos estable y rutinaria, conocida por todos los involucrados, más allá de la subsecretaria que estuviera ocupando el cargo y de las modificaciones eventuales que decidiera introducirle a la fiesta. De esta manera, los representantes de los grupos sabían que por setiembre u octubre debían comenzar de manera autónoma con los ensayos, ya que aproximadamente a mediados de diciembre recibirían una notificación o llamado telefónico desde la Subsecretaría, convocándolos a la primera reunión con la gente del Municipio para ir definiendo la edición venidera. Por su parte, los funcionarios de la cartera también conocían ya a quiénes citar, sea para participar como para colaborar. De acuerdo con el testimonio de las diferentes funcionarias, las decisiones sobre el lugar, la fecha y otros temas del carnaval eran siempre consensuadas en los diferentes encuentros previos; sin embargo, algunos de los comparseros entrevistados dejan entrever que a veces esas decisiones eran directamente comunicadas más que acordadas, o bien que eran sometidas a consideración, pero con la determinación, por parte del Municipio, de que las resoluciones resultaran finalmente como éste quería.

 

A continuación abordaremos las características y cambios por los que fue atravesando este programa, desde su origen hasta 2008, año en que se discontinuó su realización.


Evolución

 

Desde un comienzo auspicioso en 1992 y unas primeras ediciones cada vez más exitosas, el “Carnaval de los Locos Bajitos” fue sufriendo distintas modificaciones, hasta llegar a un período de agotamiento, que culminó en 2008 con la suspensión de la fiesta. Las transformaciones políticas y sociales sucedidas a nivel nacional y local, las diferentes interpretaciones con que cada nueva gestión encaró la continuidad del evento, más los cambios ocurridos en la estructura interna de las agrupaciones protagonistas marcaron distintos estadios en su devenir. Teniendo en cuenta estos elementos, podemos diferenciar tres períodos: una primera etapa que podría considerarse de apogeo, una segunda de transición e intentos de reformulaciones, y una tercera signada por el desgaste.

 

La primera etapa, que abarca desde 1992 hasta 1996, se caracterizó por la enérgica función de la subsecretaria de Cultura Marta Giura, creadora de esta fiesta.

 

Podemos comenzar a analizar su estructura e intenciones originales a partir de las primeras informaciones aparecidas en los diarios locales, cuando el nombre definitivo aún no estaba del todo delineado.[15] Los objetivos eran mucho más acotados que los que se fueron planteando en años posteriores, limitándose a una exhibición de trajes y personajes, que en el caso de los más pequeños se organizaban en categorías que iban de seis hasta doce años. Si bien el carnaval estaba principalmente destinado a los niños, tanto los concursos de máscaras sueltas como los de presentaciones grupales se extendían en menor medida a adolescentes y mayores.

 

Los concursos eran auspiciados por diferentes comercios locales, en un primer momento jugueterías, bares y restaurantes de la zona céntrica, que aportaban los premios a las diferentes categorías. Es destacable que todos los premios, incluido el de la juguetería, consistían en comida: la juguetería “estableció como premio su propio peso [del ganador] en caramelos”[16]; por su parte, los locales gastronómicos proponían a los grupos ganadores “compartir gaseosas y un montón de manjares”, mientras que, para las categorías individuales de adolescentes y mayores, se ofrecía “una cena para dos personas”[17].

 

Dos observaciones pueden hacerse: por un lado la presencia, una vez más, del espíritu del carnaval medieval y renacentista, con la preponderancia de la comida y el cuerpo como elementos motivadores; por otro lado, consideramos que estos premios también materializaban una idea instalada en el imaginario social cristiano, que supone que a los pobres hay que darles, ante todo, el pan (la comida). Entre los auspiciantes figuraban no sólo confiterías y jugueterías, sino también casas de entretenimiento, librerías y tiendas, entre otras; sin embargo, los premios de esta primera edición consistieron exclusivamente en alimento[18], acaso porque se daba por sentado que el pobre necesita comer.

 

Pareciera que el gancho para participar era la posibilidad de comer y, en modo más general, el estímulo de la competencia, de ser el más creativo, el más chispeante, el más notorio, y recibir un reconocimiento por el esfuerzo y la capacidad. De hecho, la entrega de premios constituyó un eje central del éxito de los primeros tiempos, que luego fue dejado de lado.

 

Este programa buscaba la inclusión de los sectores populares y aceptación y apoyo de los demás sectores, a través de la atracción de los participantes pobres hacia el “montón de manjares”, la veta nostálgica ya mencionada para los sectores medios y la participación de comercios de la ciudad.

 

En el año 1993 se realizó la segunda edición, ya con el nombre que sería definitivo. Se pusieron a punto algunos aspectos organizativos, como el traslado de los participantes y público desde los barrios al centro, para lo cual se dispusieron tres circuitos de colectivos. También se amplió la variedad de premios, desde un viaje a Brasil y juguetes hasta bonos de consumición de helados[19]. Por otra parte, las confiterías de Boulevard Santa Fe y adyacencias aportaron una consumición completa para cada integrante de murgas y comparsas, indistintamente de que resultaran o no ganadores. Esto podría considerarse un incentivo más de participación. En cuanto a las categorías, hubo un ajuste y redefinición respecto de las edades de los participantes, contemplándose la inclusión de adolescentes y adultos. Luego de realizada esta segunda edición, el diario La Opinión destacó el “gran éxito de los locos bajitos…” y avaló su continuidad.[20]

 

En las ediciones de 1994 y 1995 se fueron consolidando algunos aspectos estructurales, a la vez que se enriqueció y amplió la propuesta con nuevas convocatorias, como la de niños representantes de jardines de infantes, clubes deportivos y entidades de atención a chicos con capacidades diferentes. También se diversificaron los premios, tornándose más importantes, incluyendo colchones y bicicletas.

 

La edición del año 1996 marcó un punto de inflexión, dado principalmente por un record en cuanto a la concurrencia de público (20.000 personas,  el mayor número hasta el momento y nunca después superado), la ampliación de las categorías, más inclinada a los jóvenes y adultos, una mayor espectacularización del evento, la inclusión de agrupaciones de otras localidades, y la gestación de actividades económicas paralelas y ajenas a la organización oficial (confluencia de vendedores ambulantes,  cuidadores de autos, comercialización de espuma en aerosol, entre otras). Este éxito resultó desbordante y desbordado, puesto que superó los límites que el Municipio había dispuesto y lo obligó a redefinir el evento para años sucesivos. Describiremos a continuación estos aspectos, que marcaron el fin de lo que denominamos la primera etapa.

 

Aunque conservaba el nombre referido a los niños, esta fiesta, edición tras edición, fue acercándose a las formas propias de la comparsa, que en nuestro país tiene a Gualeguaychú como máximo exponente[21]. El número de máscaras sueltas[22] iba decreciendo, a la par que se incrementaba el número de comparsas, murgas y grupos humorísticos. En tal sentido, es destacable que en esta  edición, el concurso de máscaras sueltas no se realizó en el marco del desfile, sino que se estableció separadamente, en una jornada previa al carnaval y en otro lugar[23], como si se intentase atenuar el perfil infantil del evento central y dirigirlo hacia todo tipo de público y participantes.

 

Sobresale también una idea, a modo de sugerencia del diario La Opinión, que es la de regionalizar esta fiesta, permitiendo la incorporación de “comparsas, murgas, carrozas, disfraces, etc., provenientes de las festividades carnestolendas que se celebran en toda la zona.”[24] Sin dudas, bajo el estímulo del éxito que iba cobrando el evento, se vislumbró la posibilidad de acrecentar aún más la afluencia de público y convertirlo en una atracción turística, para lo cual sería necesario abrir el juego hacia una propuesta más llamativa para los adultos, y que se acercase más a las formas de espectáculo que mencionamos más arriba.

 

Luego de esta edición, aparecieron dos noticias en cada uno de los diarios, analizando los resultados. La Opinión tituló la información con un tinte popular (¿peronista?): “La fiesta del pueblo”[25], aunque sin demasiado desarrollo, como si ya el título resumiera el evento sin necesidad de más palabras. Por su parte, Castellanos destinó dos páginas a la reflexión de lo acontecido en la fiesta, bajo el gran título “Una multitud concurrió a la fiesta de carnaval”, y el subtítulo “Una noche que unió a la familia”[26]. Las referencias hablan de un éxito rotundo de público, de ventas, tanto para los vendedores ambulantes de espuma como para los bares y confiterías del boulevard. Pero este medio manifiesta también algunos “apuntes”, “algunas cosas que se pueden corregir”, como la larga duración y la falta de agilidad en el paso de las comparsas. Consideramos que la causa de esta demora probablemente fue, además del número creciente de participantes, la progresiva complejización de las categorías. El matutino también llamó la atención acerca de la falta de espacio tanto para participantes como para observadores, el consecuente desorden y amontonamiento, el problema del tránsito, los chicos perdidos, la guerra sin control de espuma y agua.

 

Gabriela Culzoni, subsecretaria en un período posterior, pero que en ese momento ya venía cumpliendo funciones como empleada en el área, recuerda que “Llegaron quejas de la gente que vivía en el centro, por la falta de comportamiento de mucha gente, agresiones, el no adaptarse al aspecto los chicos que estaban circulando por las calles, y hubo que replantear qué sucedía.”[27]

 

Esta reacción de los residentes del centro y de algunos participantes demostraron que este carnaval, a pesar de los esfuerzos oficiales por presentarlo como una fiesta para toda la comunidad, había dejado de ser para todos.

 

Respecto del descontrol, también es elocuente el comentario de Mirta Juárez, representante y organizadora de la comparsa del barrio Plan Mora, quien refiere:

 

“…empezaron a tirar las latas para arriba y le abrieron la cabeza a unas personas, después desde los balcones del edificio del Jockey Club tiraban baldazos de agua… Y las ´operaban´[28] a las chicas… las arrinconaban ahí en Tiendas Castellanas y las ´operaban´… no les importaba la edad… ahí ya no me gustó más el carnaval.”[29]

 

De este testimonio puede inferirse que las agresiones desde los balcones del exclusivo edificio del Jockey Club -sea con agua u orina-[30], podrían haber sido un síntoma de la creciente desaprobación y molestia que provocaba el carnaval en Boulevard Santa Fe.  Por otra parte, el descontrol se hizo evidente no sólo en estas ofensas, sino también en los abusos entre los mismos participantes y el público adepto, que se dieron a través de acciones violentas con espuma, bombitas y latas, hasta el manoseo a las niñas y adolescentes. El clima de decencia y sana diversión que pretendía imprimirle Marta Giura se salió de cauce y se aproximó a otras formas carnavalescas típicas del Medioevo y Renacimiento europeo.  Peter Burke refiere que el carnaval renacentista era una “inmensa obra de teatro, representada en las calles y las plazas principales, convirtiendo a la ciudad en un inmenso escenario sin paredes… sin distinción de actores y espectadores.”[31] Más adelante comenta también que “El carnaval era, en resumen, un período de desorden institucionalizado, un conjunto de rituales sobre la inversión del mundo conocido. (…) “… el carnaval era polisémico, significaba cosas diferentes para personas distintas.”[32] Más allá de las diferencias de contexto, entendemos que algunos aspectos característicos de aquellos carnavales se pueden recuperar aquí en cuando a la multitud, el desborde, el descontrol, donde público y participantes se confundieron y transgredieron el orden y la organización dispuestas oficialmente. De algún modo, por un momento, la gente tomó el carnaval en sus manos.

 

Este punto culminante fue gestándose en las ediciones anteriores, ya que puede observarse cómo, poco a poco, a través de la diversificación de categorías, la admisión de carros, carrozas, batucadas, entre otros elementos, eran los mismos participantes quienes imponían una particular estética, diferente de la propuesta original dirigida al público infantil. Los adolescentes y adultos querían su carnaval, querían su carne[33].

 

Guerras de bombitas, de espuma en aerosol, agresiones desde la altura del edificio del Jockey Club hacia la gente de abajo, acto más que simbólico de la cuestión de clases, amén de los evidentes ánimos que este evento comenzaba a generar en los residentes del centro que no tenían interés en formar parte de la fiesta. Podemos rastrear el carácter polisémico que  tenía esta propuesta: si para la gente de la periferia significaba una conquista del centro de la ciudad, una toma de protagonismo -aunque sea momentánea-, para otros rafaelinos implicaba una invasión que había que repeler desde arriba. Cabe preguntarse qué lectura (y reacción) asumió el oficialismo frente a este pico de descontrol, frente a esta carnavalización del carnaval, donde se manifestaron no sólo aquellos aspectos carnavalescos que el municipio alimentaba y reglamentaba, sino también otros, espontáneos e inobedientes, vinculados al vandalismo y la exacerbación sexual, alejados de la impronta formativa y normativa que pretendía la oficialidad. Estos son los aspectos que también forman parte del carnaval occidental en su sentido histórico, pero que el oficialismo no estaba dispuesto a admitir. Más arriba mencionamos que sólo algunas características generales de esta clase de fiesta resultaban aptas para esta gestión, mientras que otras se dejaban de lado por no responder a los ideales y valores que motivaban al accionar de la Subsecretaría; es en esta edición cuando ese orden se modificó: el carnaval se manifestó por su propia cuenta, más enteramente, en su esencia, desobedeció a su creador;  la “segunda vida” carnavalera  logró infiltrarse en las expectativas de la fiesta oficial y por un momento tomó el primer lugar. El “Carnaval de los Locos Bajitos”, en sus primeros pasos, dados al ritmo tutelar del Estado local, constituyó una suerte de anticarnaval, teniendo en cuenta las características que rescatan Bajtin y Burke[34]; era un carnaval normado, medido, encauzado. En la edición 1996 parecieron agotarse esas formalidades, el carnaval se rebeló e intentó bailar a su auténtico compás.

 

El mencionado punto de inflexión marcó el fin de la primera etapa y el inicio de la segunda que, desde nuestro punto de vista, abarca desde 1997 hasta 2002. Indudablemente, la Subsecretaría de Cultura tomaría medidas tendientes a evitar la reiteración de los desmanes de 1996, no sólo a partir de su propia disconformidad, sino también en respuesta al descontento y la desaprobación de no pocos rafaelinos.

 

Las reformulaciones introducidas a partir de la edición 1997, tuvieron un marco político particular y de superlativa incidencia: la asunción de un nuevo intendente, Ricardo Peirone, y el consiguiente cambio de funcionarios; Marta Giura dejó la cartera para asumir en el Concejo Municipal, y el puesto recayó sobre Célide Lencioni[35]. Más allá de estos cambios, las subsecretarias siguientes debieron heredar el evento, cuya realización estaba fuera de toda discusión.[36]

 

Sin embargo, no sucedía lo mismo con ciertos aspectos de la organización que era necesario revisar, precisamente para poder continuar. Era menester evitar que el carnaval se convirtiese en una molestia intolerable para el resto de los rafaelinos, y de esta manera poder seguir ofreciéndolo al público que lo venía disfrutando desde hacía años: para los barrios más populares era un motivo de alegría y comunión que el oficialismo no podía ignorar, tal como se infiere a partir de las entrevistas realizadas a algunos comparseros[37], cuyos comentarios parecerían retomar los fundamentos de Marta Giura: la reivindicación de los niños, principalmente los niños pobres que no tendrían nada más que el carnaval para divertirse y que se convertían en protagonistas del espectáculo; también la noción bajtiniana de la igualdad y la indistinción de clases; y la identificación de la familia con el carnaval, que en virtud de sus dieciséis años de proyección posibilitó que muchos “locos bajitos” crecieran junto con esta fiesta hasta llegar a ser adultos y, en algunos casos, llevar a sus propios hijos. Es muy probable que este evento generase en sus participantes un sentido de pertenencia a una clase y muy especialmente a un barrio, una identificación con el espacio geográfico de la ciudad en el cual vivían.

 

La edición siguiente ya no sería en Boulevard Santa Fe, sino en las calles circundantes a la plaza 25 de Mayo; esta fue la principal modificación. El escenario se dispuso frente al monumento del fundador de la ciudad, Guillermo Lehmann, al lado del Palacio Municipal, en una zona donde no hay residentes, sino bancos, oficinas y comercios.  Este primer paso de reformulación, que en lo fáctico no fue más que un desplazamiento de sólo unos metros, resultó sin embargo una variación enorme en cuanto al sentido de “conquista” mencionado anteriormente, ya que esta nueva locación, si bien puede ser considerada como el centro cívico de la ciudad, no tiene en el imaginario de los rafaelinos la misma relevancia social y afectiva. Como dijéramos, la plaza pública en sentido bajtiniano es, en Rafaela, Boulevard Santa Fe; haber sacado de allí al carnaval fue como sacarlo de la vidriera.

 

Más allá de esta reubicación, el suceso de la fiesta se reiteró, pero al año siguiente, en 1998, aquel primer traslado de sólo unos metros se convirtió en un salto de varias manzanas hacia el noroeste: el club 9 de Julio, institución que cuenta, entre otras instalaciones, con una cancha de fútbol circundada por un circuito y tribunas. Esta disposición, si bien no llegaba a constituir un sambódromo, contribuiría a espectacularizar más al carnaval, ya que la división entre espectadores y protagonistas se tornaría contundente: público en gradas, comparsas en pista y sin la interacción directa posible en una calle abierta. El carnaval se aproximó más al formato gualeguaychuense[38], y por ende se alejó del concepto bajtiniano de la fiesta en la plaza pública. Al respecto, el diario Castellanos, si bien aclaró que “Tuvo multitudinaria asistencia”, tituló que “El carnaval perdió brillo”. En cuanto a este traslado, los comparseros reconocen, por un lado, y en coincidencia con las observaciones de la prensa, el deslucimiento generado por la distancia entre público y espectadores en el club, que impedía la interactuación y un clima de fiesta más espontáneo; pero por otro lado admiten que esa distancia y mayor formalidad eran una garantía de seguridad.[39] Esta última versión se aviene a los fundamentos de Célide Lencioni, la subsecretaria que decidió (con adeptos y opositores) esta reubicación (decisión valiente si tenemos en cuenta la delicada importancia del espacio en este tipo de evento).[40]

 

En la edición 1999 se previó la realización nuevamente en el club, con la particularidad de que se resolvió en dos jornadas consecutivas, debido a la cantidad de participantes. Esta situación era paradojal: el traslado le quitó brillo y clima de fiesta, situación que la prensa volvió a subrayar[41], pero la cantidad de participantes (no así de público) seguía creciendo. Más allá de este incremento, la fiesta iba dejando de ser una fiesta;  la comodidad y la seguridad primaban sobre la alegría y el gozo.

 

El año 2000 se inauguró con una nueva secretaria de Cultura: Mirta Villanis, quien mantuvo la propuesta, aunque le introdujo nuevas modificaciones. En este sentido, si bien la estructura básica y la locación se sostuvo,  se agregaron algunas novedades, como la participación de comparsas de otras localidades de la zona y, fundamentalmente, la incorporación de un premio aportado por la Municipalidad para todos los participantes en reemplazo del concurso, lo cual fue, de acuerdo con el testimonio de los comparseros, otro factor que contribuyó al decaimiento del carnaval. Esta decisión, basada en un principio de igualdad que bien puede vincularse con un auténtico espíritu carnavalero, y acaso también en la válida intención de quitarle a la fiesta cualquier rastro de interés competitivo, dejando sólo la alegría y diversión como principal impulso, no fue bien recibida por los participantes, para quienes los premios eran un estímulo de capital importancia. Por otra parte, esta decadencia comenzó a notarse también en el seno de los mismos barrios, donde el consenso ya no era el mismo. [42]

 

Las ediciones de 2001 y 2002, no ofrecieron modificaciones relevantes respecto de las anteriores. Hubo, en todo caso, un progresivo relegamiento de la fiesta a un segundo plano dentro de la programación cultural oficial. Entre los motivos de este desinterés pueden mencionarse, además del desgaste ya referido, la incidencia de la profunda crisis económica, social y política que marcaron esos años, y que impulsaron al área de Cultura[43] a centrar el interés en otras propuestas más acuciantes vinculadas a la educación y a la asistencia de necesidades más abarcativas. Es importante destacar que en los últimos años, a través de la sucesión de funcionarios e intendentes, esta Subsecretaría se fue abriendo también a otros sectores de la sociedad y la cultura.[44]

 

A partir de la próxima edición consideramos que se inició una nueva etapa en el desarrollo de este evento. La gravitación de Marta Giura fue quedando atrás, las reformulaciones implementadas entre 1997 y 2001 no dieron los mejores frutos, y a pesar de los intentos por mejorar la fiesta, ésta se fue diluyendo, tanto en la afluencia del público como en la cantidad de participantes: barrios que se fusionaron, otros que dejaron de presentarse.

 

Esta tercera etapa, que abarcó desde 2003 hasta 2007, estuvo signada por nuevos traslados: el carnaval retornó a las calles, aunque no a Boulevard Santa Fe, sino a distintas avenidas secundarias de la ciudad. Podemos afirmar que esta decisión se tomó en concordancia con el cambio de gobierno: después de ocho años reasumió el intendente Perotti, en cuya primera gestión se había dado marcha al proyecto. Hubo una intención de reanimarlo y resignificarlo, reintegrándole el protagonismo que había tenido en el programa cultural de aquel período; devolverlo a las calles era un paso fundamental.[45] Otra muestra de la voluntad de renovar el festejo fue la implementación de algunas actividades de capacitación de los comparseros, para la realización de máscaras, clases de bailes, de percusión, etc., cuya principal materialización fue un viaje de representantes de cada grupo a los talleres de Gualeguaychú.

 

Esta propuesta dejó al descubierto un conflicto latente entre la visión oficial y la de los participantes, que puede rastrearse a partir de los testimonios de los involucrados de una y otra parte[46]. Por un lado, la contradicción del Municipio que le mostraba Gualeguaychú a los comparseros como el modelo del carnaval, aunque sin estar dispuesto a dispensar los recursos necesarios para una fiesta que aspirase a ese nivel, ni permitir la exhibición de los cuerpos, aspecto inherente al espectáculo que se tomaba como modelo. Y, por otra parte, el hecho de que algunas de estas agrupaciones, con una visión que iba más allá de los límites que el carnaval oficial proponía, vieron en Gualeguaychú un ideal de realización artística: algunos querían más de lo que podía conseguirse con los recursos y permisiones que aportaba el Municipio. Respecto de este intento de control oficial, la opinión casi unánime de los comparseros entrevistados puede resumirse en una frase: “el carnaval es el carnaval”[47], es decir que debe incluirlo todo: no solamente las lentejuelas y las plumas, sino también los cuerpos semidesnudos danzando, más allá de sus formas.

 

Es evidente que el carnaval se estaba muriendo: ni la capacitación ni la vuelta a las calles consiguieron reflotarlo, y en los medios de comunicación el eco fue cada vez menos resonante.

 

Respecto de la edición del año 2005, la variante más significativa fue el cambio de nombre: “…pasó a ser ´Carnavales Rafaelinos´”, ya que poco y nada quedaba del sentido original hacia los “bajitos”.[48]

 

La edición 2006 no ofreció cambios notorios, no así la de 2007. El diario Castellanos comentó la participación de cinco agrupaciones (número ínfimo comparado con el de años anteriores), y refirió un dato por lo menos curioso: la presencia de un “kiosco de agua”, para “suministrar esa bebida a quien lo deseaba, instruir y concientizar a las personas sobre el consumo del agua”[49]. Esto puede tomarse como un símbolo del carácter incoloro, inodoro e insípido en que cayó la fiesta: la bebida más relevante del carnaval fue… agua. No para jugar, sino para cuidarla. Una festividad tradicionalmente desarrollada con desmesura y derroche, desde las Saturnales romanas hasta Gualeguaychú, en Rafaela se reformuló hasta llegar a ser un marco de concientización para la mesura y la previsión. Luego se suspendió la organización; excepto ciertos vecinos de algunos barrios, nadie pareció notarlo.

 

Conclusión

 

El “Carnaval de los Locos Bajitos” surgió, se desarrolló y culminó en el marco de una determinada política cultural: la propuesta por el gobierno justicialista que asumió en el Ejecutivo de la ciudad, en 1991, y que mantuvieron los gobiernos posteriores, todos del mismo partido.

 

Más allá de ser presentada como una “fiesta para todos”, el objetivo fue destinarlo a los sectores más vulnerables de la sociedad, en especial los niños. Este propósito obedeció a varias razones: brindar una actividad de contención a cierto sector social, en temporada de escasas propuestas, centrarse en la niñez (considerada una franja desatendida dentro de una clase social ya de por sí postergada), y obtener un rédito político (los destinatarios principales eran los vecinos de los barrios periféricos).

 

Para cumplir estos objetivos primarios se apelaron a diversos factores, algunos explícitos, como el carácter formativo, principalmente en los primeros años; la inclusión de diversos actores (empresas, Municipio, instituciones); y la recuperación del carnaval como una fiesta inclusiva y una vuelta a las buenas tradiciones de antaño. Por otro lado, se apeló también a algunas variables más implícitas, como la “conquista” del centro por parte de los sectores periféricos; y la revalorización de una determinada clase social (y con ello el cumplimiento de la ideología peronista acerca de la reivindicación de los sectores populares y la observancia paternalista sobre ellos).

 

Con el transcurrir de las ediciones, los objetivos primarios se fueron desdibujando, algunos se perdieron por no poder concretarse y otros se reformularon o surgieron con la intencionalidad de adaptar la fiesta al contexto  sociopolítico, cultural y económico de aquellos años, con el fin de poder darle continuidad. En tal sentido, pueden mencionarse la reformulación de los modos de concursar y premiar a los participantes, y principalmente la relocalización del evento, que implicó un profundo cambio de significado y condiciones de la fiesta, tanto para sus adeptos como para el resto de la comunidad: por un lado significó la pérdida de un territorio conquistado, y por el otro, representó  un poner las cosas en su lugar, en una sociedad y gobierno para quienes el orden, las pautas y los límites tienen un especial valor.

 

Si, de acuerdo con Bajtin, en el carnaval la vida se suspende, cuando esta fiesta se hacía en Boulevard Santa Fe ello sucedía efectivamente;  la ciudad detenía por un momento su cotidianeidad, porque su principal arteria (y aquí la metáfora de la arteria cobra un especial significado) se veía invadida, entorpecida, detenida, obstruida por el carnaval, y sabemos que un cuerpo se ocupa de su arteria si en esta aparece algo distinto de lo normal. Pero, con la relocalización del desfile, la ciudad  se permitió desentenderse del asunto, seguir su vida de siempre, descomprimir la arteria y convertir el espectáculo en algo ajeno a su funcionamiento normal. Así como el carnaval del corsódromo de Gualeguaychú está más pensado para un afuera, para los turistas o para quienes lo miran por TV, el “Carnaval de los Locos Bajitos”, desplazado del centro, confinado a un club o a una avenida secundaria, pasó a ser exclusivamente para los adeptos, en este caso los pobres, los que viven en la periferia, los que también pertenecen a un afuera. Sólo a ellos estaba destinado; los intentos de incluir a otros sectores fracasaron.

 

En los dieciséis años que duró este proyecto, pudo verse que la intención municipal de ofrecer un carnaval particular, algo así como un anticarnaval, en tanto carnaval reglado, pautado, medido (coincidente con los intereses, conveniencias y valores oficiales), se vio forzada por el impulso auténtico del festejo carnestolendo. Año tras año, los cuerpos adultos fueron quitando protagonismo a los locos bajitos, y se subvirtió el orden (desde los comportamientos indebidos hasta la presencia de vendedores ajenos a la organización, entre otros factores). Cuando se evidenció el peligro de perder el control, cuando el carnaval se carnavalizó, el Municipio aplicó reformulaciones tendientes a tornarlo al cauce de lo previsible, de lo normado, del anticarnaval.

 

En esta pugna entre el control y la emancipación del festejo se cruzaron dos factores: por un lado el interés del Municipio de generar un festejo según el modelo de Gualeguaychú, es decir un espectáculo de calidad que generase réditos en diversos aspectos, pero con la particularidad local de que no requiriese demasiada inversión ni ofendiese ciertos parámetros de pudor, es decir un carnaval a medida; y por otro lado el interés de las comparsas por ser parte de un carnaval más libre, más audaz, pero sin dejar de beneficiarse de la organización oficial. Más allá de estas fuerzas en pugna, podemos afirmar que este evento, a través de sus múltiples cambios, sólo pudo ser (y dejar de ser) por voluntad gubernamental.

 

El contenido de este artículo, lejos de ser concluyente, es una aproximación inicial a un proceso (suspendido en 2008 pero no necesariamente acabado) de cuya profundización puedan surgir nuevos interrogantes y nuevas líneas de análisis. Cabe la pregunta de qué chances de resucitar tiene esta fiesta y, si lo hace, quién la gestionará: si nuevamente el Municipio o será a partir de una iniciativa más auténtica de los barrios que durante tantos años han habitado este espacio.

 


Bibliografía

 

Bajtin, Mijail. La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento. El contexto de François Rabelais. Buenos Aires, Alianza Argentina, 1994.

Bauman, Zygmunt. Modernidad líquida. Buenos Aires, FCE, 2003.

Bianchi, Susana.  El ejemplo peronista. Valores morales y proyecto social (1951-1954),  en Anuario del IEHS, Nº4,  Tandil,  1989.

Burke, Peter. La cultura popular en la Europa moderna. Madrid, Alianza Universidad, 2005.

Ciria, Alberto. Política y cultura popular: la Argentina peronista (1946-1955). Bs. As.,  Ediciones de la Flor,  1983.

Crespo, Carolina. Cruces y tensiones (en)mascaradas. Las fiestas del carnaval de Gualeguaychú. Imprenta Macagno SRL, Santa Fe, 2006.

Ross, Peter.  “Justicia social: una evaluación de los logros del peronismo clásico”,  en Anuario del IEHS. Nº 8 Tandil,  1993.

Otras fuentes publicadas

Diario Castellanos.  “Concurso de Carnaval”. Rafaela, 26/02/1992.

————————“Una multitud concurrió a la fiesta del carnaval”. 26/02/1996.

————————“Noche de carnaval”.19/02/07

Diario La Opinión. “El carnaval de los bajitos”. 25/02/1992.

———————–“El carnaval de los bajitos. ´La mufa´ se queda en queda en casa.” [anuncio publicitario]. 27/02/1992.

————————“El carnaval de los bajitos. ´La mufa´ queda en casa, vení y jugate.” [anuncio publicitario]. 28/02/1992.

————————“Carnaval infantil. Detalles organizativos.” 20/02/1993.

————————“Gran éxito de ´los locos bajitos´”. 22/02/1993

————————“Los locos bajitos. Emprendimiento que reverdece el espíritu carnestolendo”. 23/02/1993.

————————-“Por cuatro días locos”. 17/02/1996.

————————-“Mañana es el día de los Locos Bajitos”. 24/02/1996.

————————-“La fiesta del pueblo”. 26/02/1996.

Municipalidad de Rafaela. Obra de gobierno 1995-2003. Ricardo Miguel Peirone. Intendente. Rafaela, Studio Gráfico,  2003.

Revista El Satélite. Año IV. N° 33. Febrero de 2005. S/d.

75 años en el corazón de la ciudad. Visión histórica y antecedentes de Rafaela y Departamento Castellanos. “Labor de la Subsecretaría y de Cultura del municipio”. Rafaela, Imprenta La Opinión, 1996.

 

Fuentes orales

 

Campos, Guillermo. Entrevista a Guillermo Campos [grabación], realizada por María Cecilia Tonon y Claudio Stepffer en Rafaela, el 18/01/2008. Registro en formato MP3. 1 h 21 min. Archivo personal de los autores.

Culzoni, Gabriela. Entrevista a Gabriela Culzoni [grabación], realizada por María Cecilia Tonon en Rafaela, el 13/11/2007. Registro en formato MP3. 36 min. Archivo personal de los autores.

Giura, Marta. Entrevista a Marta Giura [grabación], realizada por María Cecilia Tonon en Rafaela, el 05/06/2007. Registro en formato MP3. 50 min. Archivo personal de los autores.

Hernández, Eva. Entrevista a Eva Hernández [grabación], realizada por María Cecilia Tonon y Claudio Stepffer en Rafaela, el 17/01/2008. Registro en formato MP3. 29 min. Archivo personal de los autores.

Juárez, Mirta. Entrevista a Mirta Juárez [grabación], realizada por María Cecilia Tonon y Claudio Stepffer en Rafaela, el 15/01/2008. Registro en formato MP3. 56 min. Archivo personal de los autores.

Lencioni, Célide. Entrevista a Célide Lencioni [grabación], realizada por María Cecilia Tonon en Rafaela, el 29/05/2007. Registro en formato MP3. 27 min. Archivo personal de los autores.

Pongolini, Alberto. Entrevista a Alberto Pongolini [grabación], realizada por María Cecilia Tonon y Claudio Stepffer en Rafaela, el 28/01/2008. Registro en formato MP3. 1 h 11 min. Archivo personal de los autores.

Villanis, Mirta. Entrevista personal a Mirta Villanis [grabación], realizada por María Cecilia Tonon y Claudio Stepffer en Rafaela, el 12/10/2007. Registro en formato MP3. 46 min. Archivo personal de los autores.

 

NOTAS


* Lic. María Cecilia Tonon – Profesora Adjunta de las Cátedras Sociedades Medievales y Formación del Mundo Moderno I – Facultad de Humanidades y Ciencias de la Universidad Nacional de Litoral (Santa Fe- Argentina)

** Lic. Claudio Stepffer – Profesor titular de la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales, Sede Rafaela (Argentina), en las materias Análisis del Discurso, Análisis Conceptual  y Taller de Redacción. Profesor adjunto en la materia Expresión Dramática y Literaria.

[1] Debemos tener en cuenta que todas las ciudades de los distintos departamentos de la provincia de Santa Fe estuvieron sujetas a las leyes constitucionales que, hasta la década de los setenta, determinaron el nombramiento de los poderes ejecutivos locales por parte de los poderes provinciales. Sólo hubo dos intervenciones de voto directo en Rafaela, por cambios en las Constituciones provinciales vigentes, en los años 1932 y 1963.  No puede dejar de considerarse el período de facto 1976-1983 en el que no hubo llamado a elecciones, para luego asistir  a la normalización institucional a partir de octubre de 1983. Cfr. Comisión Redactora de la Historia de las Instituciones de la provincia de Santa Fe.  Historia de las Instituciones de la provincia de Santa Fe.  Documentos correspondientes al tomo III. Legislación sobre Municipalidades. Legislación sobre Comisiones de Fomento. Organización Eclesiástica. Tomo VII. Santa Fe,  Imp. Oficial,  1970.  pp.77, 88, 106, 107, 116.

[2] Marta Giura se desempeñó como subsecretaria de Cultura entre los años 1991 y 1997.

[3] Acerca de la concepción popular sobre cultura y sociedad del justicialismo, véase: Bianchi, Susana.  El ejemplo peronista. Valores morales y proyecto social (1951-1954),  en Anuario del IEHS, Nº4,  Tandil,  1989.; Ciria, Alberto. Política y cultura popular: la Argentina peronista (1946-1955). Bs. As.,  Ediciones de la Flor,  1983.;  Ross, Peter.  “Justicia social: una evaluación de los logros del peronismo clásico”,  en Anuario del IEHS. Nº 8 Tandil,  1993.

[4] 75 años en el corazón de la ciudad. Visión histórica y antecedentes de Rafaela y Departamento Castellanos. “Labor de la Subsecretaría y de Cultura del municipio”. Rafaela, Imprenta La Opinión, 1996. p. 164.

[5] Cfr. Diario La Opinión. “El carnaval de los bajitos”. Rafaela, 25/02/92. p 13.

[6] Giura, Marta. Entrevista a Marta Giura [grabación], realizada por María Cecilia Tonon en Rafaela, el 05/06/2007. Registro en formato MP3. 50 min. Archivo personal de los autores.

[7] Cfr. Bianchi, Susana.  Op. cit.

[8] Giura, Marta. Entrevista cit.

[9] Mirta Villanis se desempeña como subsecretaria de Cultura entre los años 1999 y 2001. Entrevista personal a Mirta Villanis [grabación], realizada por María Cecilia Tonon y Claudio Stepffer en Rafaela, el 12/10/2007. Registro en formato MP3. 46 min. Archivo personal de los autores.

[10] Gabriela Culzoni se desempeña como secretaria de Cultura desde 2003 y continúa. Entrevista a Gabriela Culzoni [grabación], realizada por María Cecilia Tonon en Rafaela, el 13/11/2007. Registro en formato MP3. 36 min. Archivo personal de los autores.

[11] Retomamos el término “mapeo” en el sentido que Sygmunt Bauman utiliza para analizar los espacios vacíos. Cfr. Bauman, Zygmunt. Modernidad líquida. Buenos Aires, FCE, 2003, pp. 112-113.

[12] Acerca de los tradicionales festejos de carnaval en Rafaela, cfr. El Satélite [revista]. Año IV. N° 33. Febrero de 2005. No se especifican datos de editorial. También cfr. Diario La Opinión. “Por cuatro días locos”. 17/02/1996, p. 14.

[13] Bajtin, Mijail. La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento. El contexto de François Rabelais. Buenos Aires, Alianza Argentina, 1994.

[14] Las comisiones vecinales son organizaciones conformadas por grupos de vecinos y se establecen según elecciones directas realizadas en cada barrio de la ciudad. Cumplen la función de representar al barrio ante el Municipio. Fueron creadas por Ordenanza Municipal en la década de los sesenta.

[15] Diario Castellanos.  “Concurso de Carnaval”. Rafaela, 26/02/1992. p 13, y  Diario La Opinión. “El carnaval de los bajitos”. 25/02/1992. p. 13.

[16] Diario Castellanos. Íbidem.

[17] Diario La Opinión. “El carnaval de los bajitos. ´La mufa´ se queda en queda en casa.” [anuncio publicitario]. 27/02/1992. p 15.

[18] Cfr. Diario La Opinión. “El carnaval de los bajitos. ´La mufa´ queda en casa, vení y jugate.” [anuncio publicitario]. 28/02/1992. p 11.

[19] Diario La Opinión. “Carnaval infantil. Detalles organizativos.” 20/02/1993. p. 13.

[20] Diario La Opinión. “Gran éxito de ´los locos bajitos´”. 22/02/1993, p. 13; y “Los locos bajitos. Emprendimiento que reverdece el espíritu carnestolendo”. 23/02/1993, p. 13.

[21] A partir de aquí comenzarán a aparecer en este artículo algunas referencias y comparaciones concernientes al carnaval de Gualeguaychú. Semejante cotejo, en cuanto al despliegue artístico y estético, sólo se atiene a lo que nosotros llamamos espectacularización, esto es, la conversión del carnaval de fiesta en espectáculo; en otras palabras, se trata de ejemplificar la diferencia entre una fiesta callejera integrada e interactuada (similar al festejo medieval y renacentista del que hablan Bajtin y Burke) y un espectáculo escenificado, donde público y figuras representantes se delimitan claramente por una pista de desfile por un lado, y tribunas o gradas por el otro (como sucede en el carnaval gualeguaychuense). Más adelante aparecerán también algunas relaciones articuladas por los aspectos económicos y políticos del evento rafaelino y el entrerriano, cuando se trate la cuestión de Gualeguaychú como modelo a seguir propuesto por el Municipio. Consideramos necesario aclarar que, tanto en lo concerniente a los factores artísticos y estéticos, como a los políticos y económicos, semejantes analogías sólo persiguen en estas páginas fines aclaratorios y ejemplificativos, tomando como referencia una versión de carnaval de conocimiento masivo. Fuera de estas intenciones, asumimos que “El Carnaval de los Locos Bajitos” y el denominado “Carnaval del País” (Gualeguaychú) no tienen parangón alguno en cuanto a las dimensiones, proyecciones, historia y alcances de uno y otro.

[22] Se denomina “máscaras sueltas” a los participantes que se disfrazan individualmente, en contraposición a intervenciones grupales,  como las de murgas y comparsas.

[23] Cfr. Diario La Opinión. Íbidem.

[24] Diario La Opinión, “Mañana es el día de los Locos Bajitos”. 24/02/1996. p 18.

[25] Diario La Opinión. “La fiesta del pueblo”. 26/02/1996. p. 15.

[26] Diario Castellanos. “Una multitud concurrió a la fiesta del carnaval”. 26/02/1996. pp. 4-5.

[27] Culzoni, Gabriela. Entrevista. cit.

[28] “Operar” se refiere metafóricamente a manosear, toquetear impúdicamente.

[29] Juárez, Mirta. Entrevista a Mirta Juárez [grabación], realizada por María Cecilia Tonon y Claudio Stepffer en Rafaela, el 15/01/2008. Registro en formato MP3. 56 min. Archivo personal de los autores.

[30] Cfr. Villanis, Mirta.  Entrevista cit.

[31] Burke, Peter. La cultura popular en la Europa moderna. Madrid, Alianza Universidad, 2005. p. 263.

[32] Íbidem. pp. 273-274.

[33] El carnaval medieval y renacentista se vinculaba con la carne en cuanto a lo fáctico (su consumo real y desmedido), en cuanto a lo simbólico (la carne que remite a lo carnal, con sus connotaciones sexuales) y en cuanto a lo etimológico, aspecto que también involucra a los otros dos: la palabra provendría del italiano carnevale (la carne vale) y del latín carnem levare (quitar la carne); la primera versión expone la preeminencia de la carne -animal y humana-, mientras que la latina, propuesta por la Iglesia, recuerda a los festejantes que se aproxima la Cuaresma, período de abstinencia cárnica y carnal. Cfr. Bajtin, Michail. Op cit. y Burke, Peter. Op. cit.

[34] Considerando las observaciones de Bajtin y Burke respecto del carnaval medieval y renacentista, podemos decir que la gran mayoría de los carnavales que conocemos actualmente, incluidos los de Rio de Janeiro y Gualeguaychú, son anticarnavales, en tanto se regulan, controlan y median desde ámbitos institucionalizados, y se los circunscribe a espacios especialmente habilitados; el escenario ya no es la ciudad abierta o la plaza pública, sino el sambódromo o el corsódromo. Es válido aclarar que sostenemos esta postura circunscribiéndonos a la visión socio histórica y cultural que plantean los mencionados autores, entendiendo que hay otros marcos teóricos, desde el campo antropológico, que pueden dar cuenta de una ampliación, e incluso una confrontación, de estas ideas.

[35] Célide Lencioni se desempeña como subsecretaria de Cultura entre los años 1997 y 1999. Entrevista a Célide Lencioni [grabación], realizada por María Cecilia Tonon en Rafaela, el 29/05/2007. Registro en formato MP3. 27 min. Archivo personal de los autores.

[36] Villanis, Mirta. Entrevista cit.; y Lencioni, Célide. Entrevista cit.

[37] Hernández, Eva. Entrevista a Eva Hernández [grabación], realizada por María Cecilia Tonon y Claudio Stepffer en Rafaela, el 17/01/2008. Registro en formato MP3. 29 min. Archivo personal de los autores. Pongolini, Alberto. Entrevista a Alberto Pongolini [grabación], realizada por María Cecilia Tonon y Claudio Stepffer en Rafaela, el 28/01/2008. Registro en formato MP3. 1 h 11 min. Archivo personal de los autores. Campos, Guillermo. Entrevista a Guillermo Campos [grabación], realizada por María Cecilia Tonon y Claudio Stepffer en Rafaela, el 18/01/2008. Registro en formato MP3. 1 h 21 min. Archivo personal de los autores. Juárez, Mirta. Entrevista a Mirta Juárez [grabación], realizada por María Cecilia Tonon y Claudio Stepffer en Rafaela, el 15/01/2008. Registro en formato MP3. 56 min. Archivo personal de los autores.

[38] Para un amplio abordaje del carnaval de Gualeguaychú, cfr. Crespo, Carolina. Cruces y tensiones (en)mascaradas. Las fiestas del carnaval de Gualeguaychú. Imprenta Macagno SRL, Santa Fe, 2006.

[39] Pongolini, Alberto. Entrevista cit. Campos, Guillermo. Entrevista cit. Juárez, Mirta. Entrevista cit.

[40] Lencioni, Célide. Entrevista cit.

[41] Cfr. Diario Castellanos. “Llegaron los Locos Bajitos”. 28/02/1999. p 5.

[42] Pongolini, Alberto. Entrevista cit. Juárez, Mirta. Entrevista cit. Culzoni, Gabriela. Entrevista cit.

[43] En los dos últimos años de gestión del intendente Ricardo Peirone (2002-2003) se desempeñó Alberto Menardi en el área de Cultura.

[44] Cabe mencionar que, si bien no hubo grandes cambios en cuanto al proyecto político entre las administraciones de Perotti y de Peirone, sino que se destacó más bien una continuidad, el gobierno de este último puso un mayor acento en las tareas de planificación estratégica para la ciudad. Esto dio pie al desarrollo del PER (Plan Estratégico para Rafaela), una propuesta que se basaba en la participación público-privada, el compromiso institucional y el consenso social a largo plazo. Esta planificación significó, en el ámbito de la cultura, la apertura y el apoyo por parte del gobierno municipal a las acciones culturales de todas las instituciones rafaelinas y artistas locales, favoreciendo la autogestión de las actividades artísticas con fondos municipales, más allá de las promovidas por la propia Secretaría de Cultura.  Cfr. Municipalidad de Rafaela. Obra de gobierno 1995-2003. Ricardo Miguel Peirone. Intendente. Rafaela, Studio Gráfico,  2003.

[45] Culzoni, Gabriela. Entrevista cit.

[46] Culzoni, Gabriela. Entrevista cit. Campos, Guillermo. Entrevista cit. Juárez, Mirta. Entrevista cit.

[47] Hernández, Mirta. Entrevista cit.

[48] Culzoni, Gabriela. Entrevista cit.

[49] Diario Castellanos. “Noche de carnaval”.19/02/07, p 9.

 

Ariadna Tucma Revista Latinoamericana. 5. Marzo 2010-Febrero 2011

 

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