El viaje de Oliverio

Recordando a Oliverio Girondo

Rogelio (Pseudónimo)

OliverioGirondo

Oliverio Girondo (Bs. As. 1895- id. 1967) autor del manifiesto vanguardista de la revista Martin Fierro, fue un poeta de un estilo expresionista que se manifestó a lo largo de toda su obra, tanto para narrar su enorme decepción ante las miserias humanas, como para regocijarse eufóricamente ante la maravilla que significa  existir.

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El deseo,  el erotismo,  el placer, el temor a la muerte,  la insatisfacción, la fascinación ante la vida, son algunos de los temas que rondaron su obra. Manifestándolos a través de un humor absurdo que intenta constantemente desmitificar los beneficios de la tradición y el orden, y plasmándolos por intermedio  de  amplificados movimientos  de  los objetos y los seres.

 

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Ya desde el primero de sus libros,  Veinte Poemas para ser leídos en el tranvía, Girondo da una visión exagerada y catastrófica de las cosas:

 

“(…) De pronto se oye un fracaso de cristales. Las mesas dan un corcovo y pegan cuatro patadas en el aire. Un enorme espejo se derrumba con las columnas y la gente que tenía dentro; mientras entre un oleaje de brazos y de espaldas estallan las trompadas, como una rueda de cohetes de bengala (Milonga)”.

“(…) Junto al cordón de la vereda, un quiosco acaba de tragarse a una mujer (Pedestre)”,

“(…) Las chicas de Flores, se pasean tomadas de los brazos, para transmitirse sus estremecimientos, y si alguien las mira en las pupilas, aprietan las piernas, de miedo de que el sexo se les caiga en la vereda (Exvoto)”.

“(…) Pienso en dónde guardaré los quioscos, los faroles, los transeuntes, que se me entran por las pupilas. Me siento tan lleno que tengo miedo de estallar (…) Al llegar a una esquina, mi sombra se separa de mí, y de pronto, se arroja entre las ruedas de un tranvía (Apunte callejero)”.

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Estas imágenes fantásticas continuarán en Espantapájaros, su tercer libro, pero aquí representarán especialmente a sus propios estados de ánimo, ya no a los objetos del mundo externo, tal como en el poema 6:

“Mis nervios desafinan con la misma frecuencia que mis primas. Si por casualidad, cuando me acuesto, dejo de atarme a los barrotes de la cama, a los quince minutos me despierto, indefectiblemente, sobre el techo de mi ropero. En ese cuarto de hora, sin embargo, he tenido tiempo de estrangular a mis hermanos, de arrojarme a algún precipicio o de quedar colgado de las rama de un espinillo”.

También en el 8 de este mismo libro:

“Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se realizan nunca, una explosión de fuerzas encontradas que se entrechocan y se destruyen mutuamente.  El hecho de tomar la menor determinación me cuesta un tal cúmulo de dificultades, antes de cometer el acto más insignificante necesito poner tantas personalidades de acuerdo, que prefiero renunciar a cualquier cosa y esperar que se extenúen discutiendo lo que han de hacer con mi persona, para tener, al menos, la satisfacción de mandarlas a todas juntas a la mierda”.

 

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Más adelante, el poeta expresaría un enorme desencanto frente a lo que lo rodea, como en  Ejecutoria del miasma, del libro Persuasión de los días:

 

“Este clima de asfixia que impregna los pulmones
de una anhelante angustia de pez recién pescado
Este hedor adhesivo y errabundo, que intoxica la vida
y nos hunde en viscosas pesadillas de lodo”,

 

o como en Lo que esperamos, de este mismo libro:

“Ya sé que todavía pasarán muchos años
para que estos crustáceo
del asfalto
y la mugre
se limpien la cabeza
se alejen de la envidia,
no idolatren la seña,
no adoren la impostura,
y abandonen su costra
de opresión,
de cegera,
de mezquindad,
de bosta”.

 

Desencanto este que alcanza su punto máximo en su última obra, En la masmédula:

“…cansado hasta el estrabismo mismo de los huesos
de tanto error errante…recansadísimo
de tanta tanta estanca remetáfora de la náusea… (Cansancio)”.

 

Hasta llegar al máximo escepticismo: “…qué nada toco/en todo (Tropos)”.

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Sin embargo, este pesimismo conlleva su contracara entusiasta, también presente en forma constante, a modo de propuestas morales. Como lo hace en el poema 10 de Espantapájaros:

“(…) ¡En la vida hay que sublimarlo todo…no hay que dejar nada sin sublimar! (…) Desde entonces la vida tiene un significado distinto para mí. Lo que hasta ese momento me producía hastío o repugnancia, ahora me precipita en un colapso de felicidad que me hace encontrar sublime lo que sea: de los escarbadientes a los giros postales, del adulterio al escorbuto (…) ¡Pensar que antes de sublimarlo todo, sentía ímpetus de suicidarme ante cualquier espejo y que me ha bastado encarar las cosas en sublime, para reconocerme dueño de millares de señoras etéreas, que revolotean y se posan sobre cualquier cornisa, con el propósito de darme docenas y docenas de hijos…!”

 

La propensión a probarlo todo es descripta por él como la forma más suprema de vida:

“¡Qué delicia la de metamorfosearse en abejorro, la de sorber el polen de las rosas! ¡Qué voluptuosidad la de ser tierra, la de sentirse penetrado de tubérculos, de raíces, de una vida latente que nos fecunda… y nos hace cosquillas! (…) Pensar que durante toda su existencia, la mayoría de los hombres no han sido ni siquiera mujer… ¿Cómo es posible que no se aburran de sus apetitos, de sus espasmos y que no necesiten experimentar, de vez en cuando, los de las cucarachas… los de las madreselvas?” (poema 16 de Espantapájaros).

 

Propensión también a sentir una inmensa admiración  y agradecimiento por la vida:

“…El solo hecho de poseer un hígado y dos riñones ¿no justificaría que nos pasáramos los días aplaudiendo a la vida y a nosotros mismos? ¿Y no basta con abrir los ojos y mirar, para convencerse de que la realidad es, en realidad, el más auténticos de los milagros? (…) De ahí ese amor, esa gratitud enorme que siento por la vida, esas ganas de lamerla constantemente…” (poema 19 de Espantapájaros).

 

“(…) Gracias a lo que nace,
a lo que muere,
a las uñas
las alas
las hormigas (…) Muchas gracias por todo.
Muchas gracias.
Oliverio Girondo,
agradecido” (Gratitud, en Persuasión de los días).

 

Pero aunque Girondo encuentre sublime hasta los detalles más pequeños de la naturaleza,  no puede concebir el vivir si no es sintiendo de la forma más elevada, esto es, volando:

“No se me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! –y en esto soy irreductible- no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar (…)” (poema 6 de Espantapájaros).

 

 

 

 

Buenos Aires. Diciembre de 2003.

 

 

Ariadna Tucma Revista Latinoamericana. Nº. 1 a 4. 2006-2009


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