Federación Antillana. Luisa Navarro

La restauración y las Antillas Mayores *

Luisa Navarro**

Asunción, octubre 2011.


Resumen:
La resistencia  dominicana  a  la
embestida restauradora hispana
de  1863   y   el  imperialismo  de
los  Estados Unidos  de América.

José María Hostos.

 

Introducción

 

El aislamiento de los pueblos bajo el espectro de las pasiones e intereses aviesos de facciones locales tiende a ocultar, muchas veces, las verdades de los episodios más grandiosos en los procesos de conformación nacional de éstos. Muchos de esos hechos históricos, independientemente de sus magnitudes y trascendencias son minimizados por cronistas e historiadores de las élites, quienes diluyéndolos y hasta eliminándoles de los libros de historia, terminan sumiéndolos en eventos que tienen mayor significado para el ejercicio mismo de la dominación de los oprimidos.

 

Entre esos grandes eventos de la historia de los pueblos caribeños, si un episodio es colosal y tal vez poco conocido es la Guerra de la Restauración de la independencia dominicana contra la anexión a España. Aunque la gesta restauradora inició el mismo día que España empezaría a ocupar la  república en 1861, la guerra per se data  del 16 de agosto de 1863 con el Grito de Capotillo, y que se extendió como pólvora por las Antillas, reproduciéndose en los Gritos de Lares en Puerto Rico, el 23 de septiembre de 1868 y de Yará en Cuba, un mes más tarde, el 10 de octubre del mismo año. Asimismo, la guerra restauradora dominicana tuvo su expresión en importantes conatos en Haití, como los enfrentamientos entre las posiciones de los presidentes Saget y Salnave, además de concitar agitación en las bases de apoyo en Saint Thomas, Curazao, Venezuela y Jamaica.

 

La consecuencia más trascendental de la guerra lo significó el esfuerzo de los independentistas de las Antillas Mayores por constituir una única república insular confederada que agrupara a los pueblos hispanoantillanos. Es sabido lo que el derrumbe de la monarquía absolutista, para finales del siglo XVIII, había significado en Francia y por vía de consecuencia el triunfo de la burguesía, y por ende el afianzamiento de los Estados nacionales; de una gran trascendencia también fue la independencia de las trece colonias inglesas de Norteamérica en 1776, pero, más importante aún, las luchas que protagonizó la revolución iniciada en la colonia francesa de Saint Domingüe por la abolición de la esclavitud en 1789, y que devino en la proclamación como república de Haití en 1804.  Si bien es cierto que estos eventos están interrelacionados en una sucesión de hechos a nivel universal y que fueron dejando una estela de efecto dominó en los pueblos oprimidos, como las independencias hispanoamericanas, en las Antillas sus repercusiones fueron tardías.

 

Muchos antecedentes de la Restauración y de la Federación Antillana son inocultables. La independencia de la primera república antillana se constituyó en una gran contradicción de las burguesías europeas, las que habían protagonizado las luchas por la libertades en Europa, como lo es el caso de la revolución francesa, con todo y sus derechos humanos universales, pero que desconocía los esfuerzos por la abolición de la esclavitud en Saint Domingüe, la contradicción que conllevó al surgimiento de la nación estadounidense, enfrascada en una guerra contra el poder de las potencias coloniales europeas, que decaía notablemente frente al avance del criollaje y las campañas independentistas de Sur y Centroamérica, con el proyecto bolivariano al frente. A pesar de ello el expansionismo territorial primero, y el poderío político aplastante, después, de los Estados Unidos, corroía la concreción de los Estados nacionales latinoamericanos.

 

Así que, para cuando se inicia la guerra restauradora dominicana, el poder de la metrópolis era patético; y en el caso español se vivía el ocaso de todo lo que fue un gran imperio, del que sólo quedaban vestigios de sectores recalcitrantes y ultra conservadores en las islas de Cuba y Puerto Rico, además del territorio dominicano anexado por Pedro Santana. Por lo que la Guerra de Restauración marca el hito de ruptura antiimperialista contra la vieja y la nueva metrópolis.

 

Pero además, el triunfo de la guerra de Restauración desplazó las luchas por la creación de la Federación Antillana entre Escilas y Caribdis, tuvo a su favor la búsqueda de las independencias de Cuba y Puerto Rico, realidad múltiples veces negada por algunos historiadores aunque estén presentes un sinnúmero de evidencias. Sin embargo, es inobjetable que también fue la razón que alertó a España a desarrollar una línea de endurecimiento y represión contra los movimientos independentistas en las Antillas. Por Real Decreto se creó el 21 de diciembre de 1865 la llamada Junta Informativa de Reformas que tenía la misión de escuchar a los comisionados de Cuba y Puerto Rico que habían sido enviados a España a dar su visión de la situación político-económica de las dos Antillas coloniales; y cuya finalidad era la de producir leyes especiales para resolver los problemas antillanos.


Este interés por encontrar soluciones de problemas que eran conocidos desde hacía mucho tiempo era atizado por las denuncias de los pensadores liberales de las Antillas por todo el mundo, a través de publicaciones que circulaban en América y Europa, y en las que se defendía la causa dominicana de la Restauración. Eugenio María de Hostos diría en su Diario que a raíz de la Restauración, “Santo Domingo se convirtió en el centro de todas las actividades Revolucionarias de la época de las independencias”. (1)

 

Asimismo, la guerra de Restauración es para la historia local dominicana uno de los episodios más trascendentales en la concreción del Estado nacional. Si se toma en cuenta el factor territorial es importante entender el poco tiempo que tomó a las guerrillas dominicanas avanzar sobre las tropas españolas, pues a los seis días del 16 de agosto de 1863 los restauradores dejaban fuera de la cuarta parte del país a las tropas españolas, y diez días después se quedaba con todo el Cibao, la región más rica de la isla, y un mes más tarde la tea encendía la Capital, Santo Domingo.

 

Si se aborda la dimensión social, se debe decir que esta guerra ocurrió con una rapidez que sólo se explica por haber concitado el apoyo de las grandes masas del pueblo que convirtieron a la Restauración en la gran guerra de liberación nacional; que además, en su componente social, convergieron los seres humanos de todos los bandos, animados por sentimientos patrióticos y los ansiosos de ascenso social; y que en su dimensión política tuvo un componente de carácter ideológico de la lucha de los liberales contra los conservadores; y que fue una guerra internacional, de los pueblos caribeños contra una dominación imperial, además de ser una guerra racial que permitió el ascenso social y político de hijos de esclavos libertos y rayanos, (hijos de haitianos y dominicanos), como el caso de los presidentes Luperón y Heureaux en Santo Domingo y de los descendientes de negros y mulatos en Cuba y Puerto Rico como Maceo y Betances, además de ser grandes  inspiradores de la Federación Antillana.

 

En América, para mediados del siglo XIX la mayoría de territorios coloniales se habían convertido en repúblicas independientes. Estas repúblicas se mantenían haciendo esfuerzos para consolidar los Estados nacionales y definir las concepciones políticas que les servirían de soporte. El proceso de consolidación de esos Estados, fue acompañado de una lucha titánica entre el conservadurismo y el liberalismo. Ambas ideologías, trataban de imponer su dominio en los estamentos de dirección, en un pugilato que implicó la ocurrencia de enfrentamientos armados, que definieron el predominio de una u otra ideología, teniendo consecuencias que singularizaron las condiciones de la  institucionalidad de los Estados latinoamericanos.

 

Es importante señalar, para el caso dominicano, que el enfrentamiento entre liberales y conservadores continuaría en una fase diferente después de la derrota del ejército español, lo que ocurriría en Cuba y en Puerto Rico treinta años más tarde, aunque con consecuencias muy disímiles. El conservadurismo que antes estuvo representado por las tropas imperiales y la burocracia de España, ahora estaba representado por los sectores oligárquicos criollos propietarios de grandes extensiones de tierra. Esto no implicó necesariamente una disminución en el nivel de los enfrentamientos.

 

Como en muchas de las naciones americanas, en la República Dominicana el conservadurismo, que tuvo como soporte a la oligarquía, logró predominar como ideología que orientó el accionar político, económico y social del Estado. Sin embargo, las ideas liberales que impulsaban los sectores pequeño- burgueses nacionales insistían en asumir la dirección del Estado que con su lucha habían contribuido a formar, además de ser los sectores con una intención de consolidarlo institucionalmente.

 

De ese modo, cuando se está llevando a cabo la guerra de Restauración, los enfrentamientos entre el liberalismo y conservadurismo se encuentran en uno de los puntos más álgidos. Los liberales dominicanos se nutrían de esas ideas que circulaban en Europa y toda América, por medio de los intercambios que con diferentes finalidades se producían entre líderes políticos de estos países. Esos intercambios que contribuyeron a fortalecer el liberalismo y su lucha por imponerse al conservadurismo quedaron evidenciados por la presencia de connotadas figuras del pensamiento liberal en la República Dominicana. Por los años 70s del siglo XIX, y como consecuencia de la Restauración llegaron a Puerto Plata emigrados cubanos, venezolanos, puertorriqueños y españoles en búsqueda de los aires de libertad que se respiraban en aquella ciudad, bajo un ambiente de garantías para todos los perseguidos por el despotismo en América.

 

La independencia de las Antillas hispanas y la decadencia del modelo imperial colonialista europeo, y su sustitución por el modelo de expansión del poderío neoimperial norteamericano en el continente, afectó el comportamiento de los sectores dominantes, pero subalternos, al interior de estas sociedades; generando unas oligarquías de corte capitalista que dejaban atrás a las oligarquías esclavistas.  En ese sentido, el proceso de ideologización se convertía en alternativa donde la educación, la iglesia y los partidos políticos sustituían al caudillismo regional y configuraban formas de Estados como aparatos institucionales de dominación de los pueblos, sin alcanzar a consolidar una vocación nacional de los mismos y les convertían en enclaves monoproductores imperiales. Tan abigarrado escenario es ese espacio donde surgen y se nutren las ideas por constituir una Federación Antillana, o lo que sería una república formada por Cuba, Puerto Rico y la República Dominicana.

 

La Frontera Imperial

 

El latinoamericanismo expresado, allá en Angostura, hoy Estado Bolívar, Venezuela, en 1819, cuando el libertador en su discurso visionario hablara de la conveniencia de que las instituciones que surgieran en América, a raíz de la independencia, debían responder a las necesidades y posibilidades de estas sociedades, sin copiar modelos de tierras extrañas, dejaba claro el pensamiento de Simón Bolívar en su valoración de la necesidad imperativa, casi obligada de la unidad hispanoamericana como garante de la estabilidad de  los Estados emergentes ante las acciones estadounidense en un afán por desplazar a España de la presencia en el continente, lo cual ratificó cuando en 1826 propuso la celebración del Congreso de Panamá para repeler la Doctrina Monroe, impuesta por Estados Unidos como mecanismo de su expansión.

 

Varias décadas después, al otro lado del Mar Caribe, durante el gobierno restaurador del General Gregorio Luperón, el insigne cubano Antonio Maceo procuraba la unión de todas las Antillas en una federación que las defendiera del despropósito y que el abolicionista Emeterio Betances, de Puerto Rico, había planteado como salida de los pequeños pueblos frente a lo que se advertía y que al final ocurrió, una política de expansión del poder económico y social sobre la población de América Latina que sustituyó el modelo de la expansión territorial que había caracterizado la conformación de la frontera de Estados Unidos, de ahí que el término Frontera Imperial acuñado por el profesor Juan Bosch culmine en la Región Caribeña del continente, tanto en su parte insular como continental.

 

Puede resultar incomprensible, al lector, una historia de una nación con casi veinte años de independencia nacional que ingrese en un proceso anexionista.  La inconsistencia fue de muchos, aunque en la historia dominicana se ha hecho fácil señalar al líder del sector hatero*, Pedro Santana como el gran anexionista, pero a menos de cinco años de la muerte de Santana, otro sector, que no era hatero ni santanista procuraba anexar la República Dominicana a los Estados Unidos; mientras en Cuba y Puerto Rico sectores con similares concepciones aceptaban la separación de España sólo para entrar en el enclave norteamericano.

 

El Caribe tiene una historia macondiana de insospechables eventos, en los que los seres humanos parecerían movidos por extrañas fuerzas. El Mar Caribe rodea un arco parecido a la ballena jorobada que en él se aparea cada primavera. Desde el Norte hasta el Sur bordea a México, Belice, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Panamá y Costa Rica, dejando fuera de sus costas sólo a El Salvador en su recorrido por América Central, desde donde se desplaza hasta Suramérica cubriendo a Colombia, Venezuela, Suriname y Guyana en el espacio continental.

 

Se denominan Antillas los dos archipiélagos que componen su parte insular: Antillas Mayores a las islas de mayor tamaño agrupadas en su centro: Cuba, Santo Domingo, (Haití y República Dominicana), Puerto Rico y Jamaica; y Antillas Menores que forman el arco que se desplaza desde Puerto Rico hasta América del Sur. Desde su poblamiento, las Antillas Mayores tienen grandes similitudes que se complejizan con la mal llamada conquista de los tainos por castellanos, y la esclavización de africanos en ante el exterminio de los aborígenes. Pero esas similitudes van dibujándose y desdibujándose en los procesos históricos que en cada colonia se propicia en lo particular. Así que, para cuando se inician los proyectos independentistas de América Latina ya los pueblos antillanos tenían una experiencia de luchas contra la dominación de larga data, sin que sea parte de esta explicación el poder exponer las razones por las que las independencias empezaron aquí pero no siguieron aquí.

 

Vale decir que a inicios del Siglo XVII la población de criollos de Santo Domingo friccionaba contra el autoritarismo de la corona española y sus representantes en la isla, pero que mucho antes, en los siglos XV y XVI, las rebeliones indígenas como la del Cacique Caonabo, o la del Cacique Enriquillo mostraban el sentido de resistencia a la opresión colonial, y más aún los levantamientos de los africanos y sus descendientes  esclavizados, en las despectivamente llamadas “Cimarronadas”, son indicios de una larga fragua de luchas por las libertades del ser humano.

 

Por otro lado, aunque es sabido que las independencias en América, casi en su totalidad, son el accionar del criollaje y de los sectores sociales y económicos procreados por la misma colonia, en Santo Domingo, la Revolución Haitiana presentó una singularidad racial y de clase que le distingue de otros casos del continente. Esta, que fue una guerra social, militar, política y racial, se planteó la abolición de la esclavitud como objetivo principal y primero que la independencia misma, lo que se explica por la condición clasista de sus precursores, quienes luchaban más por la concepción de libertad humana que por propósitos de dominación económica y política. De esa manera, el criterio de Estado nacional como meta no era claro ni tenía los elementos que presentó en América continental.

 

Los líderes de la Revolución Haitiana asumieron la unificación de las dos colonias de la isla de Santo Domingo. De ellas, la colonia española era mucho más pobre y menos desarrollada que la colonia francesa de Saint Domingüe, pero el proceso de la revolución propició un método de lucha que aniquiló los medios de producción, cuando los haitianos optaron por quemar los ingenios para eliminar el sistema de explotación; esto condujo a que pocos años después esa condición se revirtiera,  Haití se convertiría en el país más pobre de América mientras Santo Domingo iniciaba su proceso de recuperación económica, aún sin la presencia de España que prácticamente la había abandonado a su suerte.

 

A pesar de esos acontecimientos de su intensidad y magnitudes, la formación social y política de Haití presentaba una más alta complejidad que la de Santo Domingo, por lo cual el gobernante haitiano Jean Pierre Boyer restableció la ocupación del Santo Domingo español que antes había propiciado Toussaint Louverture, y que se viera frustrada por la ocupación francesa del Santo Domingo español en 1802.  De esa manera, en 1822 Haití ocupa la parte española por 22 años, ostentando un gobierno de corte autoritario, tanto para haitianos como para dominicanos y Boyer terminaría siendo combatido por el movimiento patriótico la Trinitaria, en Santo Domingo, como por el Movimiento de la Reforma en Haití que le depone en 1843.

 

Separado Boyer del Poder en Haití seguía dominando en Santo Domingo lo que condujo a los Trinitarios a la proclamación de lo que se conoce como el manifiesto del 16 de enero de 1844, en el que le informaban al gobierno de Boyer que “Los dominicanos han tomado la firme resolución de separarse para siempre de la República Haitiana y constituirse en Estado libre y soberano”, originando lo que en la historia dominicana se conoce como “separación” y que condujo a la proclamación de la independencia nacional el 27 de febrero de 1844. Las luchas libradas por los dominicanos con el propósito establecer un Estado nacional tiene entonces un carácter sui generis en el continente al darse más que de una guerra contra España desde una separación con respeto de Haití.

 

El proceso de proclamación de la primera república hispana independiente del Caribe Insular, la República Dominicana y que culminó con la anexión a España en 1861, fue caracterizado por una larga y penosa guerra que se prolongó a través del periodo de la llamada Primera República; y ese periodo de guerra dominico-haitiana fue simultáneo con intentos de anexar la república a Francia, a España, a Inglaterra y a los Estados Unidos por lo que los protopartidos políticos de la República Dominicana se conocerían como afrancesados, pro españoles, pro ingleses, que además eran sectores de clases, y el grupo de los opuestos a todas esas agrupaciones, el de los patriotas dominicanos organizados en La Trinitaria. Finalmente, los sectores más conservadores anexaron la república en 1861 y expulsaron del país a sus fundadores.

 

La Anexión de la República Dominicana a España se decretó el 18 de marzo de 1861 y un mes antes, el 22 de febrero se expulsó al único de los patricios  que se encontraba en el país: Matías Ramón Mella, quien salió hacia Cuba en el buque Pizarro. Otro de los padres fundadores de la República, Francisco Sánchez del Rosario desde Saint Thomas organizaba la resistencia a esa Anexión; entró por la frontera con Haití y allí mismo fue fusilado el 4 de julio de 1861 por los anexionistas, y Juan Pablo Duarte (2) quien regresó a integrarse a la guerra y proclamó su repudio, no fue tan solo tomado en cuenta.

 

La guerra de guerrillas

 

La Guerra de la Restauración de la República Dominicana, además de ser un episodio de grandes figuras patriotas contra el poder imperial, salió de las entrañas de los sectores más empobrecidos de la nación. Aunque fue activa y decida la participación de grupos pertenecientes a las élites en esa guerra, los sectores que aglutinaban las grandes masas del pueblo dominicano fueron decisivos y así, en ella quedaron plasmados los valores más altos de la conciencia nacional. En ese sentido, la guerra de Restauración, al decir de Franklin Franco:

 

“…reunió en un amplísimo frente común a los sectores mayoritarios de nuestro pueblo: campesinos, pequeños burgueses de todas las capas, trabajadores, comerciantes, artesanos, etc. contra el poderoso ejército colonial español y el pequeño grupo nativo de hateros y burócratas que fraguó y apoyó la anexión, fue una guerra de liberación que recogió como bandera de lucha reivindicaciones políticas, sociales, económicas, culturales y raciales, como elemento estratégico para poder alcanzar la victoria”. (3)

 

La importancia de la participación de los sectores de las capas más pobres, de los de más humilde origen, de los desposeídos, radica en que lo que les abrió el espacio de participación política en la sociedad dominicana fue la guerra de Restauración, y el ascenso social de éstos es observado por el profesor Juan Bosch como la paradoja de una carrera de autos que es vista por espectadores desde una cima en la cual “…los de atrás toman la delantera y dejan a los de adelante en la cola”. (4) La máxima expresión de ello es el ascenso al Poder político de un iletrado, Gaspar Polanco, segundo presidente restaurador.

 

Además de la dimensión aglutinante de los sectores más avanzados ideológicamente contra la presencia española, la guerra de Restauración significó, también, un enfrentamiento de todos los sectores de clase del país, básicamente de la pequeña burguesía, por la toma del poder.

 

“Fue la actuación de la baja pequeña burguesía en la guerra Restauradora y en las convulsiones  que le siguieron lo que les dio a esa guerra y a esas convulsiones el carácter de ferocidad que adquirieron, pues la baja pequeña burguesía combatió entonces con la cólera insensata, casi salvaje, de los sectores sociales más explotados y despreciados que se ven de pronto con armas en las manos y las usan para aniquilar a sus enemigos, y además con el ímpetu incontrolable de los que combaten para abrirse paso hacia niveles más altos, sobre todo en países de extremada pobreza, como era el caso de la República Dominicana”. (5)

 

Las condiciones mismas de la guerra convirtieron a los restauradores en guerrilleros más que en soldados, los niveles de humildad y pobreza de los luchadores patriotas les condujeron a ser guerrilla en lugar de ejército. Esos niveles de pobreza son descritos por Pedro Archambault, como los excluidos de la historia dominicana. Ejemplifica con los primeros apresamientos hechos por las tropas españolas al iniciarse la guerra, donde se conoce a los fusilados por ser miembros de la alta pequeña burguesía de Santiago, pero se hace escasa mención de uno de los fusilados por su condición de clase, un sastre de nombre Ambrosio De la Cruz. Dice Archambault que ningún libro de historia dominicana hace mención de él, “tal vez por ser el más humilde de los fusilados por las tropas españolas…Es de notarse que en ninguno de los textos publicados hasta hoy se cita el nombre de este mártir, acaso olvidado porque era el más humilde de los cinco”. (6)

 

La participación de los humildes, de los pobres en la guerra fue su gran fortaleza pues, la diferencia entre dominicanos y españoles en la guerra era que los primeros estaban organizados en guerrillas, en pequeños cantones que les permitían la movilidad y el descanso en tiempos de poca fragua, de los cuales el ejemplo más conocido es el del Cantón establecido en las cercanías del Arroyo Bermejo.  Los acantonados del Bermejo operaban en condiciones de mucha pobreza, y son descritos por sus harapos, sus armas blancas y su irregularidad, frente a los españoles que en pocos días perdían el Norte y se acantonaban en Guanuma, en el Este del país.

 

Pero esa ventaja del soldado español era solo aparente, la pobreza fue una ventaja, un aliado que favoreció a la Restauración.  El ministro de Guerra y Marina de la Restauración, luego de la muerte del patricio Matías Ramón Mella, Pedro F. Bonó hace una descripción del Cantón de Bermejo:

 

“No había casi nadie vestido.  Harapos eran los vestidos; el tambor de la comandancia estaba con una camisa de mujer por toda vestimenta…; el corneta estaba desnudo de la cintura para arriba. Todos estaban descalzos y a pierna desnuda…El cantón en masa vivía del merodeo…A cierta distancia de Bermejo había otros cantones…la mayoría de los soldados dominicanos estaba compuesta por campesinos”. (7)

 

El soldado del cantón ha de presentar un comportamiento político que está indisolublemente relacionado a su medio, natural y social y ello se encontraba históricamente determinado por las relaciones socioeconómicas y culturales que se establecían con su medio y con los sectores hegemónicos. Las raciones alimenticias del guerrillero de los cantones dominicanos no era problema. “En Guanuma los soldados se peleaban por comida, y cuando Bonó le preguntó a Santiago Mota,  jefe del Cantón de Bermejo, cómo se comía allí oyó esta respuesta: “No hay cuidado, cada soldado nuestro es montero”. (8)

 

Esa diferencia con los soldados españoles fue nodal puesto que éstos, aunque fueran criollos venidos de Cuba y Puerto Rico, no tenían ideas de pelar plátanos o armar un fogón de piedras para preparar las comidas que eran provistas en los almacenes de los regimientos. En términos militares el montero o mambí de la guerra de Restauración desarrolló una verdadera guerra de guerrillas basado en el “Manual del Guerrillero” producido por Matías Ramón Mella el 26 de enero de 1864, con el que empezó a entrenarles. La soldadesca popular convertida en guerrilla fue arengada por el manual elaborado por Mella que planteaba a grandes rasgos que:

 

“1.- En la lucha actual y en las operaciones militares emprendidas, se necesita usar de la mayor prudencia, observando siempre con la mayor precaución y astucia para no dejarse sorprender, igualando así la superioridad del enemigo en número, disciplina y recursos.

2.- Nuestras operaciones deberán limitarse a no arriesgar jamás un encuentro general, ni exponer tampoco a la fortuna caprichosa de un combate la suerte de la República; tirar pronto, mucho y bien, hostilizar al enemigo día y noche, y cortarles el agua cada vez que se pueda, son puntos cardinales, que deben tenerse presentes como el Credo.

3.- Agobiarlo con guerrillas ambulantes, racionadas por dos, tres o más días, que tengan unidad de acción a su frente, por su flanco y a retaguardia, no dejándoles descansar ni de día ni de noche, para que no sean dueños más que del terreno que pisan, no dejándolos jamás sorprender ni envolver por mangas, y sorprendiéndolos siempre que se pueda, son reglas de las que jamás deberá Ud. apartarse.

4.- Nuestra tropa deberá, siempre que pueda, pelear abrigada por los montes y por el terreno y hacer uso del arma blanca, toda vez que vea la seguridad de abrirle al enemigo un boquete para meterse dentro y acabar con él; no deberemos por ningún concepto presentarle un frente por pequeño que sea, en razón de que, siendo las tropas españolas disciplinadas y generalmente superiores en número, cada vez que se trate de que la victoria dependa de evoluciones militares, nos llevarían la ventaja y seríamos derrotados.

5.- No debemos nunca dejarnos sorprender y sorprenderlos siempre que se pueda y aunque sea a un solo hombre.

6.- No dejarles dormir ni de día ni de noche, para que las enfermedades hagan en ellos más estragos que nuestras armas; este servicio lo deben hacer sólo los pequeños grupos de los nuestros, y que el resto descanse y duerma.

7.- Si el enemigo repliega, averígüese bien, si es una retirada falsa, que es una estratagema muy común en la guerra; si no lo es, sígasele en la retirada y destaquen en guerrillas ambulantes que le hostilicen por todos lados; si avanzan hágaseles caer en emboscadas y acribíllese a todo trance con guerrillas, como se ha dicho arriba, en una palabra, hágasele a todo trance y en toda extensión de la palabra, la guerra de manigua y de un enemigo invisible.

8.- Cumplidas estas reglas con escrupulosidad, mientras más se separe el enemigo de su base de operaciones, peor será para él; y si intentase internarse en el país, más perdido estará.

9.- Organice Ud. dondequiera que esté situado, un servicio lo más eficaz y activo posible de espionaje, para saber horas del día y de la noche el estado, la situación, la fuerza, los movimientos e intenciones del enemigo”. Matías Ramón Mella, Ministro de la Guerra y Marina, Gobierno Restaurador de la República Dominicana. Santo Domingo, 26 de enero de 1864.

 

 

 

La ventaja del guerrillero del Bermejo, como el de los otros cantones, consistía básicamente en poder hacer frente a un enemigo identificable y previsible. Además de estar bien preparado en el conocimiento del terreno lo que le permitía enfrentar situaciones difíciles, tanto de índole ecológicas, de su relación con la geografía y naturaleza del medio, como las que fueran de carácter social; en virtud de que existía un conocimiento de la gente, las relaciones de compadrazgo y de parentesco entre los miembros de la sociedad dominicana así lo garantizaban. El contacto social entre la gente generaba una cultura de familiaridad que persiste en algunos pueblos de la República Dominicana de hoy y eso también favoreció a los restauradores, y todo eso, al mismo tiempo, les otorgaba superioridad logística sobre el ejército español. Años después la guerrilla dominicana tendría su expresión en el “mambí” de la guerra cubana de independencia.

 

Para algunos autores la pobreza del guerrillero dominicano era una condición de debilidad frente a la situación que tenían los soldados vestidos, entrenados y armados con fusiles que tenía el cantón de Guanuma. Sin embargo, Bermejo pudo contener a Guanuma y evitar el avance de las tropas reales sobre los territorios ganados por los restauradores, es la forma en que una guerrilla desmembró el ejército regular español enviado a Santo Domingo. Las acciones guerrilleras del Cantón de Bermejo procuraban preservar el territorio del Norte logrado en la avanzada de la guerra; el Cibao era fundamental, pues la Restauración obtuvo una victoria apabullante contra los españoles que se resguardaron en el Este del país, en la zona de dominio de los hateros y de su comandante Pedro Santana, pero los desplazamientos de guerra de Gregorio Luperón terminaron amainando las fuerzas españolas que fueron derrotadas en una nueva fase por la guerrilla en maniguas.

 

Luego del fallecimiento de Mella, con la estrategia lanzada en la región oriental y comandados por Gregorio Luperón, los cantones guerrilleros como Los Llanos y el Seybo, hicieron  una guerra regular y hostilizaron a las tropas españolas hasta su huida al Sur de la república, donde iniciaron una retirada vergonzosa en la que cientos de soldados y oficiales se quedarían a vivir y a formar familia en Santo Domingo. Existen registros de que muchos de ellos se pasaron al bando revolucionario y combatieron contra la corona en Cuba y Puerto Rico.

 

De ese modo, se puede verificar que la guerra tuvo varias fases, una de guerra de posiciones, cuando los ejércitos se desplazaban campo abierto y se enfrentaban en batallas feroces y luego se convirtió en una guerra de movimientos, en la que a pesar de la estructura de los cantones, los monteros se desplazaban como simples moradores de zona, aunque permanecían, al mismo tiempo, posicionados, esperando un movimiento en falso del enemigo. Para esperar todo el tiempo del mundo estaban listos los campesinos dominicanos que formaban el ejército restaurador, (la guerrilla) donde no había desesperación ni problemas de abastecimiento, además de que a veces salían a ver sus familiares y regresaban como que andaban de paseo, En  ese sentido plantea Bosch:

 

 

“…la verdad es que ejército en esa contienda solo había uno, el español; lo que tenían los dominicanos eran guerrillas, y las guerrillas no son formaciones adecuadas para hacer una guerra de posiciones sino para de la de movimientos, razón por la cual la perspectiva no podía ser buena para los restauradores que ocupaban el cantón de Bermejo”. (9)

 

 

Otro elemento a tomar en cuenta es que los dominicanos llevaban más de diez años de guerra frente a Haití por la separación. Lo cual era una debilidad convertida en ventaja por haber estado en campo de guerra más tiempo que todos los soldados españoles que pudieron haber venido con la anexión.

 

La cultura del guerrillero restaurador dominicano debe ser entendida en virtud del conjunto de actitudes, creencias, patrones de comportamiento y accionar en la guerra de Restauración, siendo este factor lo que la caracterizó como una revolución social, no sólo porque contó con participación de masas populares, de hombre y mujeres que reclamaban la libertad de la patria y de igualdad ante las leyes, sino además porque ya vivía años de abolición de esclavitud y por ende no aceptaba la dominación de un sector racial blanco, lo que permitió a los grupos de ascendencia negra y mulata su ascenso al Poder político. Este componente racial de la guerra de la Restauración tiene sustento en las ideas que traían los soldados españoles que llegaron a Santo Domingo en 1861.

 

 

“Los militares españoles, cualesquiera que fueran sus rangos, venían al país desde Cuba y Puerto Rico…que antes del 18 de marzo de 1861 eran los únicos territorios que le quedaban a España de lo que había sido su enorme imperio americano. En esas islas la organización social descansaba en esclavos que producían riquezas para dos minorías de oligarcas blancos, y como los esclavos eran negros africanos la existencia de la esclavitud se justificaba diciendo que los negros y sus descendientes, incluyendo entre estos a los mestizos de blancos y negros, eran seres inferiores que por decisión divina debían ser considerados como animales de carga y así se les trataba…al llegar a Santo Domingo”. (10)

 

 

Ese componente racial en la guerra de la Restauración fue determinante en las demostraciones de ferocidad del campesinado dominicano en el proceso de expulsar al español del territorio nacional. Ese campesinado, aunque iletrado, con sus piernas o burros como medio de transporte, tenía sorprendentemente, claras noticias de los niveles de opresión racial en Cuba y Puerto Rico, en momentos en que la población dominicana conocía ya casi trescientos cincuenta años de fusión étnica entre mestizos, blancos y negros en un proceso que Bosch llama democracia racial (11), y más de sesenta años de abolición de esclavitud, aquella decretada por Toussaint Louverture en la Revolución haitiana y que hizo extensiva a todos los pobladores de la isla, ahora separada en dos repúblicas.  Las luchas raciales de la guerra de la Restauración eran luchas que implicaban, también, el ascenso social y político de los mulatos y negros en Santo Domingo.

 

La guerra política

 

Los intereses personales de quienes emergieron como líderes las diferentes posiciones ideológicas y la lucha de los sectores sociales participantes, en su afán de asumir la conducción de la guerra y la designación del primer gobierno restaurador, ponen en evidencia la fragilidad de la unidad que se había logrado para enfrentar al enemigo común. José Antonio Salcedo, el primer presidente restaurador sería factor de disgusto entre algunos líderes restauradores, quienes veían en Salcedo a un representante de Buenaventura Báez, ya que ambos eran de los cortadores de madera; en tal razón, aunque la guerra contra los españoles continuó; el malestar interno creó ciertos niveles de dificultades en los campos de batalla.

 

Refiriéndose a la designación de Salcedo en la presidencia, Juan Isidro Jiménez (1982) escribe: “La guerra de la Restauración tiene propiamente dos historias: la militar y la política.  La historia militar comenzó el 16 de agosto de 1863, al iniciarse la acción en Capotillo Español; la historia política comenzó el 14 de septiembre de este mismo año, al formarse el gobierno provisional de la revolución que encabezó el general Pepillo Salcedo”. (12) Y esa guerra política a la que se refiere Jiménez ocurre por varias razones, unas de orden personal, otras de orden ideológico y otras de orden sociohistórico. José Antonio Salcedo, llamado Pepillo, (es una práctica popular que a los presidentes dominicanos que se conozca por un alias popular o familiar, LN), inició la guerra política al tratar de hacer un gobierno mixto, con Matías Ramón Mella como su Vicepresidente y Ministro de Guerra y Marina, y Juan Pablo Duarte como Comisionado de apoyo ante el gobierno de Venezuela y otros trinitarios en cargos públicos, pero sin ningún poder político.

 

Estos líderes veían en Salcedo a un representante de Buenaventura Báez, ya que ambos eran de los cortadores de madera; en tal razón, aunque la guerra contra los españoles continuó; el malestar interno dificultó la concreción de un gobierno con capacidad para la organización del Estado, y tuvo sus repercusiones en el proceso militar. Uno de los más reflexivos autores de la historia de las ideas políticas dominicanas, Juan Isidro Jiménez describe el proceso de designación de Salcedo en la presidencia de la República como una situación circunstancial en la que su antisantanismo le llevó a adherirse al movimiento restaurador, y a distinguirse en el ataque a Santiago. “Esto lo llenó de prestigio y en gran parte explica que pese a la oposición inicial de Gaspar Polanco y de Luperón, (los más altos dirigentes restauradores, LN), lograra a la postre ser aceptado para el desempeño del alto cargo”. (13)

 

El liderazgo emergente de la Restauración agudizaba el descontento por posiciones ideológicas y la lucha de los sectores sociales participantes, en su afán de asumir la conducción de la guerra y la instalación de un primer gobierno ponen en evidencia la fragilidad de la unidad que se había logrado para enfrentar al enemigo común.

 

En el conflicto político que se generó entre los restauradores y el enfrentamiento al gobierno de Salcedo entra en escena el tema internacional, pues algunos muy unidos a los movimientos liberales que se daban en América Latina participaban en la Restauración con acciones tan subrayables como la del Coronel Venezolano Candelario Oquendo, quien había llegado al país el 25 de marzo de 1864 junto al patricio Juan Pablo Duarte, y su participación en el golpe de Estado contra el presidente Salcedo, quien quiso servir al liberalismo sin ser liberal. El historiador dominicano del siglo XIX Manuel Rodríguez Objío señala que Salcedo era “liberal por instinto más que por convicción”, por lo que el joven coronel Oquendo, de posición radical dentro del liberalismo y que procedía de la Revolución Federal de Venezuela, resulto ser un importante consejero del General Gaspar Polanco, quien luego del golpe militar que derribó a Salcedo en 10 de octubre de 1864 se convertiría en Presidente de la República.

 

Al parecer el general Gaspar Polanco tenía la intención de organizar el país bajo un Estado burgués liberal cuando no se contaba con las clases sociales que sustentaran el liberalismo como ideología propiciadora de un diálogo entre los sectores restauradores que habían asumido el Poder. Este segundo gobierno restaurador sería el de mayor pretensión en la búsqueda de conformación de un Estado burgués liberal, pero el panorama económico sobre el que se quería construir un Estado burgués liberal era poco alentador.  Es necesario hacer notar que en el país no había un sistema monetario nacional, proliferaban monedas metálicas extranjeras, escaseaban las monedas de cobre y níquel de menos de cinco centavos, la producción del país era escasa y el préstamo internacional se convirtió en parte del modus operandi de los gobiernos post restauradores, hasta acarrear una gran deuda externa que dejó al país en manos de los Estados Unidos.

 

Así, que a pocos meses de tomar el Poder Gaspar Polanco, sería derrocado por una trama urdida por otros restauradores: Pedro Antonio Pimentel y Benito Monción. Pimentel representaba una opción intermedia entre los moderados y el antiimperialismo radical representado por Polanco, quien seguía teniendo participación destacada, y Luperón, como todos los que se agruparon alrededor de él en la Partido Liberal Nacional o Partido Azul, primera organización política institucionalmente estructurada en la república. Pimentel, posiblemente, era un nacionalista, por razones de naturaleza clasista pues era partidario de la hegemonía del Cibao sobre el Sur, sin embargo, para afianzar su Poder hizo alianzas con el baecismo anexionista, al igual que Salcedo.

 

Para mediados del siglo XIX la mayoría de territorios coloniales se habían convertido en repúblicas independientes. Estas repúblicas se mantenían haciendo esfuerzos para consolidar los Estados nacionales y definir la ideología política que les serviría de soporte.  Lo mismo se debatía en Santo Domingo pero el factor de contención al desarrollo de un Estado burgués liberal se explica por la ausencia del sector burgués que le diera sustento a tal ideología, si se toma en cuenta que ni Salcedo, ni Polanco, ni Pimentel ni Monción, ni siquiera el mismo Luperón, fueran miembros de la burguesía, sino de diferentes segmentos de la pequeña burguesía.

 

Los restauradores, como los trinitarios en la primera república, no pudieron evitar la caída del país en manos de los sectores anexionistas.  Pimentel fue sustituido por el gobierno de José María Cabral, quien había sido el jefe restaurador destacado en las luchas del Sur de la república.  Cabral sería electo presidente en 1865, luego de la salida de las tropas españolas, pero la tendencia conservadora le acercaría a los Estados Unidos, y  Cabral convocó a asamblea que puso en la presidencia a Buenaventura Báez por sexta vez, y el Estado nacional liberal quedó como el halo de  una utopía.

 

A pesar de que las tropas españolas de la anexión saldrían del país el 11 de julio de 1865, la falta de madurez política de los restauradores condujo de un gobierno en otro y al cabo de pocos meses le estaban entregando el Poder a un enemigo de la Restauración, a uno de los dos caudillos de la Primera República, a uno que siempre se proclamó a favor del protectorado, básicamente francés y que lideró el grupo de los llamados afrancesados, Buenaventura Báez.

 

Frente a ese equívoco político, el líder, héroe y alma de la Restauración general Gregorio Luperón dirigió un levantamiento en armas hasta establecer un Triunvirato que retornara a los restauradores en el Poder.  Este convocó a su vez a la Convención Nacional que llevó al Gobierno a uno de los triunviros, el General Cabral.  Las contradicciones de los restauradores llovían una sobre otra, pues Cabral terminó buscando el arrendamiento de la Bahía y Península de Samaná al gobierno de los Estados Unidos. Las luchas de Luperón contra la presencia de los Estados Unidos en el Caribe promoverían las condiciones más propicias para  la Federación Antillana, pues este movimiento alcanzó con sus acciones su más alto esplendor.

 

La Restauración comprendió la necesaria guerra social que buscaba la formación del Estado nacional liberal y en ella se enfrentaron y se aliaron, de manera caótica, fuertes sentimientos patrióticos, fuerzas en busca de ascenso social y económico, un militarismo militante y creativo, seres estimulados por valores internacionales como la solidaridad y el pensamiento político ideológico antiimperialistas y hombres y mujeres con vocación revolucionaria, antillanista y latinoamericanista. A pesar de cual se puede considerar al mismo tiempo como “una revolución burguesa frustrada”.(14)

 

Pero, ¿hasta qué grado el intento por constituir un Estado Confederado en las Antillas Mayores debilitó las bases estructurales de los Estado Nacionales que debían organizarse en Cuba, Puerto Rico y la República Dominicana? ¿De qué manera esos esfuerzos de federación propiciaron el desarrollo de tendencias del pensamiento social que inspiraron la activa participación de todos los sectores de sus sociedades en los procesos de autonomía y soberanía hasta el presente?

 

Federalistas

 

La guerra de la Restauración fue una guerra patriótica de los ciudadanos dominicanos, pero fue algo más, se convirtió en una guerra internacional contra la presencia del Poder imperial en un país pequeño pero con las posibilidades de unión de varios países, como se planteaba en la Federación Antillana. Por ejemplo, Puerto Plata, ciudad portuaria y comercial del Atlántico, había dado acogida al doctor Emeterio Betances desde 1867, cuando se centró en una labor de conspiración contra España en la búsqueda de la independencia de Puerto Rico. En Puerto Plata, también,  Eugenio María de Hostos, el prócer-maestro, pudo publicar un periódico dedicado a sustentar la autonomía de Puerto Rico y Cuba.

En ese sentido, Luperón, el gran luchador contra la opresión española en las Antillas, siguió colaborando con la causa puertorriqueña y cubana, después de la guerra restauradora, con toda labor de propaganda y conspiración, apoyando la presencia de los luchadores antillanos en el país; de forma tal que los Capitanes Generales de Puerto Rico y Cuba le declararon hostil. Un efecto importante de beneficio del pensamiento social y el desarrollo ideológico de los líderes de la Restauración, o más bien, del liberalismo en la clase política dominicana, fue la presencia de figuras del pensamiento liberal americano en el país como Betances y Hostos de Puerto Rico y Antonio Maceo y José Martí de Cuba. Sin dejar de mencionar los importantes apoyos del gobierno haitiano de Saget y de los confederados venezolanos. **

 

Buscando garantizar el bienestar personal  y social de los luchadores antillanos, Gregorio Luperón planeó la Unión de las Antillas como Federación, en un esfuerzo que les permitía una seguridad ciudadana a las personas procedentes de Puerto Rico que eran reclasificados como esclavos por el color de la piel, a los cubanos que vivían una larga e intensa guerra.

 

Emeterio Betances, autor del “Decálogo de los Hombres Libres” gestionaba junto a Gregorio Luperón la Federación de las Antillas como aquella alternativa lúcida a la situación de Puerto Rico, en momentos en que el presidente Cabral le solicita los recursos que estaban en la cuenta del Club Revolucionario de las Antillas a cambio de enviar dos mil dominicanos a iniciar la revolución en Puerto Rico. Betances, desesperado, trataba de reunir todos los recursos bélicos necesarios para el apoyo externo de la insurrección. Las autoridades, (españolas, LN), ubican el día 21 (de septiembre de 1868), en la Hacienda El Palomar de Manuel María González, un venezolano residente en Arecibo, como la fecha de una delación y se produce un allanamiento y este es apresado, además de que capturan importantes documentos que confirman la conspiración.  El día 23 estalla la insurrección de Lares. Las evidencias de la presencia restauradora en Lares se amontonan al punto que la Bandera izada en Lares, era muy similar a la dominicana, dado su diseño de cuartos encarnados y azules atravesados por una cruz blanca. Al llegar el 1869 Betances y Luperón se reúnen en Saint Thomas reasumiendo el camino bélico para proyectar las fuerzas patrióticas de las Antillas.

 

José Peres Morris en Historia de la Insurrecciona de Lares enfatiza la participación dominicana en la historia de Lares.*** Afirma que el prócer de la independencia y de la Restauración José María Delmonte realizó labores de convencimiento a personas en Puerto Rico para que retiraran su apoyo a las autoridades coloniales.  Se sabe de los fusilamientos de cinco dominicanos en el mismo día de la delación de El Palomar, pero eso es otro tema. La restauración trascendida por el conservadurismo, Lares abortado y Yará en gran despeñadero obligaban a que fueran más grandes los esfuerzos de los antillanistas. Asimismo, los puertorriqueños luchaban contra la presencia de Estados Unidos en la República Dominicana y a favor de la independencia cubana. Betances, en una comunicación pediría ayuda a la Junta Revolucionaria Cubana, no sólo para Santo Domingo, sino que les alertaría sobre el peligro norteamericano:

 

“Hoy me tomo la libertad de dirigirme a esa Junta, recomendándole tome en consideración los beneficios que reportaría a Cuba y Puerto Rico, el que triunfara en Santo Domingo la revolución…son partidarios de nuestra revolución y están dispuestos a ayudarnos abiertamente…Santo Domingo podría, por su proximidad a Cuba servir de depósito de armas: sus numerosos puertos darían acogida a los buques cubanos y el pueblo en masa se disputaría el honor de ir a combatir bajo las banderas del inmortal Céspedes. No habría que deplorar a cada rato, otras traiciones, ese espionaje que continuamente se tropieza en los Estados Unidos y como gobierno soberano podría sacar de allí, todas las armas y buques que la revolución necesitase”. (15)

 

 

Sus advertencias sobre los intereses de Estados Unidos llegan a extremo de comunicarle a Hostos en una carta: “…Grant siempre quiere a Santo Domingo, y ese es el peligro…”. (16) El presidente estadounidense, Ulises Grant, envió a Santo Domingo al general Orville Babcock en calidad de agente investigador, primero y como ejecutor después, con las instrucciones precisas de dar conclusión al Tratado de Anexión que fue firmado el 29 de noviembre de 1869, pero esta vez reforzado por una  nave de guerra.  Según el tratado la  República Dominicana renunciaba a todos sus derechos de soberanía y pasaba a formar parte de la Unión Norteamericana, cediendo todas las propiedades gubernamentales y acogiéndose a la constitución estadounidense, con la enmienda de que en caso de que el congreso de Estados Unidos rechazara el tratado, ese país se reservaba el derecho de comprar la Península y Bahía de Samaná mediante el pago de dos millones de dólares.

 

Betances se lamenta en una misiva a Luperón: “Ya están los americanos en Samaná, me dice Ud. Y es cierto. No puede figurarse el dolor que me causa este hecho tan fatal para la realización del gran proyecto de confederación que harían de todas nuestras islas una gran nación respetada entre todas, y que las salvarías de la anarquía en que se consumen. Pero, amigo mío, todo no está aún perdido. Aquí se ha trabajado mucho, y el proyecto de Báez puede muy bien fracasar. Delmonte, Ventura y yo hemos publicado cuanto se ha podido para estorbar la indigna negociación, y hoy se dicen que el Senado de Washington rechazará el proyecto…” (17) En esa misma correspondencia Betances reclamaba el apoyo haitiano para evitar la anexión dominicana a los Estados Unidos, pues en ese momento en Haití se gestaba un conato de liberalismo con el derrocamiento de Salnave y Betances gestionaba apoyos en el nuevo gobierno de Nissage Saget quien se convirtió en un aliado del antillanismo puertorriqueño, cubano y dominicano.  “Haití debe socorrer activa y fuertemente a los dominicanos, o condenarse a perecer en el mismo abismo”, (18) diría, lo cual fue premonitorio si se toma en cuenta la intervención militar a Haití para 1915.

 

En ese orden, el insigne Eugenio María de Hostos escribía que la federación era la alternativa para Puerco Rico, “será un pueblo libre, con unos hombres libres, libremente educados en el seno de una gran Federación de las Antillas…” (19) Hostos daba la concepción filosófica de la federación en el planteamiento de razón de ser de esta: “El principio de organización a que convendrá la nacionalidad en las Antillas, es el principio de unidad en la variedad. El pacto de razón en que exclusivamente puede fundarse, es la Confederación” (20). En ese sentido Hostos plantearía: “Desde mi isla veo o Santo Domingo, veo a Cuba, veo a Jamaica y pienso en una Confederación” (21).  Con respecto a esto estaba convencido de dos hechos. El primero de ellos, es que éste era el único medio de conservarla independencia de cada una de las islas, y el segundo, es que creía que sólo así se lograría la fuerza de una gran nación.

 

Hostos, quien para 1884 ya había tenido la experiencia de ser ministro del gobierno del jefe restaurador Gregorio Luperón desarrollaba conceptualmente los criterios del antillanismo como nacionalidad: “Lo que puede ser una gran nacionalidad no es la República Dominicana que conocemos. La República puede progresar hasta el punto de organizar todas sus fuerzas… y así podría llegar a ser una gran nación. Cuba, si logra salir de las garras españolas, Puerto Rico, si quisiera decidirse a salir de ellas, podrían también llegar a ser naciones considerables. Pero ninguna de ellas podría llegar aislada a lo que sólo juntas pueden llegar todas. La nacionalidad es una institución natural; la nación es de institución jurídica”. (22)

 

En Cuba, el titán de bronce, Antonio Maceo llamó a “formar una nueva república asimilada con nuestra hermana la de Santo Domingo”. Y los luchadores puertorriqueños Betances, Ruiz Belvis, Francisco Mariano Quiñónez y José Julián Acosta hicieron una proclama para todos los habitantes de Puerto Rico y Cuba invitándoles a integrarse a la Federación Antillana.

 

Si bien es cierto de que los jefes de la guerra de Restauración eran los herederos del pensamiento patriótico de los Trinitarios, y que tanto Duarte, Mella y Sánchez, próceres de la independencia y de la Restauración estuvieron al inicio del proceso, no es menos cierto que el caos político en que se convirtió la República no permitió el desarrollo del liberalismo como  sustento ideológico, que no alcanzaba más allá del modo de producción mercantil simple, con escasos visos de desarrollo industrial.

 

Las mismas fuerzas que impulsaron a esos grupos sociales a adentrarse en una lucha por la contracción de un Estado nacional, burgués, liberal; eran las mismas fuerzas que, de manera inversamente proporcional, ejercían una presión que impedían su concreción. Pág. 244-246. Catorce años después de la salida del ejército español los gobiernos restauradores no habían logrado cambiar las condiciones económicas que le dieran base de sustentación al Estado que pretendían.

 

Gregorio Luperón forma un gobierno en 1879 que duró menos de un año, pero que sentó las bases institucionales del Estado. “En 1879, año en que tomaron el Poder los azules,  no teníamos un solo kilómetro de carretera…ni siquiera había un establecimiento bancario…además de todo eso, faltaban las formas propias del Estado burgués. La constitución política se cambiaba con cada gobierno y a veces más de una vez durante un gobierno, si bien, aun con esos cambios, era normal que se violara. No había ejércitos regulares, pues las fuerzas militares que usaba el gobierno eran producto de reclutamientos forzosos hechos entre la población, sobre todo campesina, por los comandantes de armas cada vez que había necesidad de hacerle frente a un movimiento armado…No había administración pública organizada, y ni siquiera había quien supiera cuántos habitantes tenía el país; unos decían que 120 mil y otros que 130 mil y otros que 200 mil”. Con lo cual estado dominicano no podía llegar a ser ni nacional ni liberal, y su formación constituía una utopía para sustentar la federación, el sueño romántico de los primeros grandes luchadores antiimperialistas de las Antillas, donde un José Martí, aunque centrado en la independencia de Cuba, destacaba la sensibilidad política no sólo de los antillanos sino de todos los pueblos de América Latina, en el contexto bolivariano del término y alertaba acerca del avance imperial sobre las islas. A fin de cuentas, la presencia dominicana en Yará y Lares estuvo en correspondencia de la presencia cubana y puertorriqueña en la restauración, en un proceso que el poeta nacional, Pedro Mir, dominicano hijo de cubano y puertorriqueña describe de manera formidable: “Si alguien quiere saber cuál es mi patria, no la busque, no pregunte por ella”.

 

NOTAS

* El presente trabajo ha sido presentado en el Congreso Internacional de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe (ADHILAC Internacional) “La formación de los Estados latinoamericanos y su papel en la historia del continente” realizado del 10 al 12 de octubre de 2011 en el Hotel Granados, Asunción, Paraguay, organizado por Repensar en la historia del Paraguay, Instituto de Estudios José Gaspar de Francia, Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe, Centro Cultural de la Cooperación “Floreal Gorini” (Argentina). Entidad Itaipú Binacional. Mesa: Vida cotidiana, mentalidades, identidad y diversidad y su reflejo en los Estados latinoamericanos y caribeños.

** Luisa Navarro , Universidad Autónoma de Santo Domingo. RepúblicaDominicana

(1) Hostos, Eugenio Ma. 1990. Diario (1866-1869). Vol. II. Ed. Universidad de Puerto Rico. Pág. 179.

 

* Desde inicios del Siglo XVII la conformación social del pueblo dominicano condujo al desarrollo de sectores pequeño burgueses ligados a unas formas de las actividades económicas que les asignan una denominación clasista en una tipología nacional: se conocen como hateros al sector mas cercano a la composición racial del criollaje, y que tuvo en sus manos, desde 1808, la posibilidad de desarrollar el proyecto de una república, mas su extremado conservadurismo le condujo a procurar la vuelta a la colonia cuando ya España no tenía condiciones para colonizar. Ese desacierto histórico llevó a una proclamación insulsa de independencia nacional en una propuesta poco viable de la formación del Estado independiente de Haití Español anexado a la Gran Colombia que en pocos meses alentó una nueva ocupación haitiana, la de Boyer, que duró de 1822 a 1844. Por otro lado, en la llamada banda del sur operaba otro sector, también conservador y anexionista, que se dedicaba al corte de madera preciosa y a su exportación, este grupo estuvo liderado en los tiempos de la independencia como en la Restauración por Buenaventura Báez; y el sector más liberal y con un proyecto nacionalista era el de la pequeña burguesía agrupada en dos subsectores, uno  urbano, articulado en las ciudades de Santo Domingo y Puerto Plata, con actividades económicas ligadas al comercio exportador de comerciantes y el sector campesino de los productores de tabaco de la región del Cibao. En estos últimos dos grupos estuvo representado el ideal libertario de los trinitarios y restauradores con las posiciones que pasaron de nacionalistas a independentistas, de liberales a revolucionarios y antiimperialistas.

 

(2) Diría Sánchez al respecto: “Entro por Haití porque no puede hacerlo por otra parte, pero si alguien pretendiese mancillar mi nombre por eso, decidle que yo soy la Bandera Nacional”. De su lado Duarte haría un pronunciamiento esencialmente antiimperialista cuando afirmó: “Ahora bien, si me pronuncié dominicano independiente, desde el 16 de julio de 1838, cuando los nombres de Patria, Libertad y Honor Nacional se hallaban proscritos como palabras infames, y por ello merecí, en el año 1843, ser perseguido por esa facción entonces haitiana, y por Riviere que la protegía, y a quien engañaron; si después, en el año 1844, me pronuncié contra el protectorado francés, decidido por esos facciosos, y cesión a esta potencia de la Península de Samaná, mereciendo por ello todos los males que sobre mi han llovido; si después de veinte años de ausencia he vuelto espontáneamente a mi patria a protestar con las armas en la mano contra la anexión a España llevada a cabo a despecho del voto nacional por la superchería de ese bando traidor y parricida, no es de esperarse que yo deje de protestar, y conmigo todo buen dominicano, cual protesto y protestaré siempre, no digo tan solo contra la anexión de mi patria a los Estados Unidos, sino a cualquiera otra potencia de la tierra, y al mismo tiempo contra cualquier tratado que tienda a menoscabar en lo mas mínimo nuestra Independencia Nacional y a cercenar nuestro territorio o cualquiera de los derechos del Pueblo Dominicano”. Ideario de Duarte. En Luisa Navarro. Régimen de Partidos en México, Centroamérica y el Caribe. Ed. Búho, Santo Domingo, 1995 Pág. 217-218. Los tres padres de la patria dominicana Duarte, Sánchez y Mella serían próceres tanto de la independencia como de la restauración.

 

(3) Franklyn. Historia del pueblo dominicano. Santo Domingo: Instituto del Libro, 1992. Pág. 125.

(4) Bosch, Ob. Cit. 221.

(5) Bosch, Juan. Composición Social Dominicana. Santo Domingo, 1984. Pág. 216.

 

(6) Archambault, Pedro. Historia de la Restauración, ed. Universitaria, Santo Domingo, 1973. Pág. 45.

 

(7) Rodríguez Demorizi, Emilio. Papeles de Pedro Francisco Bonó: Para la historia de las ideas políticas en Santo Domingo. Academia Dominicana de la Historia Vol. XVII. Segunda Edición. Gráficas M. Parejas. Barcelona, 1980, Pág. 120.

 

(8)Bosch, Juan. La Guerra del la Restauración, Ob. Cit.  Pág. 160.

 

(9)Bosch, ídem.

 

(10) Bosch, j. Ob. Cit. Págs. 75-76.

 

(11) Juan Bosch en Composición Social Dominicana, Ob. Cit. Capítulos VII y VIII, se refiere al Siglo de la Miseria de la historia dominicana, como aquella época que discurre entre 1606 y 1730 aproximadamente  y en la que el dinero desaparece, Santo Domingo deja de ser colonia de España y se convierte en provincia ultramarina, aunque abandonada a su suerte, y el despoblamiento de la parte Este de la isla se acentuaba mientras que en la parte Oeste la sociedad de los bucaneros daba paso a una colonia francesa que luego sería Haití.  En ese sentido produce la figura de democracia racial la que describe como: “…Seguramente un esclavo siguió siendo esclavo, y su hijo también, pero de algún modo debía ir cambiando su relación con los amos si estos tenían que andar descalzos como andaba él y si ambos tenían que comer el mismo tipo de comida.  Debió ser entonces cuando se formó lo que podríamos llamar la democracia racial en el trato, rasgo importante de la mentalidad dominicana; debió ser entonces, también, cuando se formaron ciertos hábitos nacionales que alcanzaron a todo el mundo, como la comida a base de plátanos, arroz, frijoles y carne…la degradación general del contexto social había igualado en el trato diario a amos y esclavos aunque se mantuviera la diferencia legal…era una oligarquía esclavista patriarcal pobre y muy pobre. ..La miseria había igualado a todo el mundo”. Pág. 94 y 95.

 

(12) Jiménez, Juan Isidro, Sociología Política Dominicana 1844-1966. Santo Domingo, Editora Alfa y Omega, 1982. Págs. 125 y 126.

 

(13) Ídem.

 

** Aunque el patricio Juan Pablo Duarte fue Comisionado en Venezuela por el presidente Salcedo para buscar respaldo a la Restauración, sus gestiones no dieron frutos.

 

*** Además se registra la participación de Ramón Mella hijo como quien junto a Emeterio Betances y Ruiz Belvis elaborarían la constitución del nuevo Estado.

 

(15) Dilla, Haroldo y Emilio Godinez. Ob. Cit. Pág. 32.

 

(16) Eugenio María de Hostos, Diario, Pág. 79.

 

(17)Dilla, Op. Ci. Pág. 32

 

(18) Ibídem.

 

(19) El sentimiento nacionalista puertorriqueño del siglo XIX en la Historiografía Contemporánea, en www.ucm.es/BUCM/revistas/ghi/02116111/articulos/QUCE8181120187A.PDF ·

 

(20) Ibidem

 

(21) Ibidem

 

(22) Rodriguez Demorizi, Emilio, ed. Hostos, Santo Domingo. 1942, Vol. I, pp. 130-131.

 

(23)Rodríguez Demorizi, Emilio., ed. Maceo en Santo Domingo, Tomo I, Santo Domingo, Vol. III, Pág. 73.

 

(24) Bosch, La guerra de Restauración. Ob. Cit.  Pág., 87

 

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Ariadna Tucma Revista Latinoamericana. Nº 8. Marzo 2013 – Febrero 2014. Volumen I.

 

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