Los desafíos de la historia del nuevo siglo

Historiografía

Sergio Guerra Vilaboy (Ver)

La historia llega a la nueva centuria con un saldo lamentable. El siglo termina no sólo dejando a la propia disciplina arrinconada por todo tipo de cuestionamientos, sino que nuestro planeta –aquejado por desastres naturales provocados por la irracional explotación de sus limitados recursos naturales– atraviesa difíciles problemas y grandes desafios: proliferación de conflictos étnicos y regionales, formación de bloques macroeconómicos a nivel internacional, agudización de los desequilibrios socioeconómicos entre el Norte y el Sur –que aumentan la distancia entre los paises desarrollados y subdesarrollados, con sus catastróficas secuelas para el llamado Tercer Mundo– e intentos por imponer un nuevo orden económico, comercial y político supranacional, de signo unipolar, asociado a las tendencias contemporáneos a la globalización neoliberal.

Cada cierto tiempo conviene hacer una pausa en nuestros trabajos para pasar revista a lo que hemos hecho y valorar donde estamos, los errores cometidos y los éxitos alcanzados, con el propósito de rectificar y trazarnos nuevas metas. Con más razón ahora, que termina un siglo y un milenio, para que los historiadores, y todos los que de una u otra manera tienen que ver con la historia, realicen un balance del estado actual de nuestra disciplina, de sus perspectivas, incluso del propio sentido de la historia como actividad científica.

 

La historia llega a la nueva centuria con un saldo lamentable. El siglo termina no sólo dejando a la propia disciplina arrinconada por todo tipo de cuestionamientos, sino que nuestro planeta –aquejado por desastres naturales provocados por la irracional explotación de sus limitados recursos naturales– atraviesa difíciles problemas y grandes desafíos: proliferación de conflictos étnicos y regionales, formación de bloques macroeconómicos a nivel internacional, agudización de los desequilibrios socioeconómicos entre el Norte y el Sur –que aumentan la distancia entre los paises desarrollados y subdesarrollados, con sus catastróficas secuelas para el llamado Tercer Mundo– e intentos por imponer un nuevo orden económico, comercial y político supranacional, de signo unipolar, asociado a las tendencias contemporáneos a la globalización neoliberal.

 

Desde la desaparición del socialismo en Europa Oriental y la desintegración de la Unión Soviética (URSS), la historia como ciencia ha venido siendo cuestionada como nunca antes en el pensamiento occidental. El debate sobre el fin de la historia, puesto sobre el tapete por Francis Fukuyama casi coincidentemente con la caida del muro de Berlín, hace poco más de diez años, se conjugó con las críticas postmodernas –que creyeron confirmados sus planteos de que el conocimiento depende de su imprevisibilidad– para poner en solfa la teoría progresiva de la historia, concepto teleológico fundamentado en la convicción de que la sociedad humana avanza inexorablemente hacia un final feliz. La infinita relativización del proceso de conocimiento llegó acompañada de la deconstrucción de todo el discurso historiográfico establecido, el emplazamiento a los criterios de verdad y a la idea de temporalidad cronológica y sucesiva, abandonando radicalmente los fundamentos cognoscitivos de la cultura moderna occidental.

 

De esta manera fue puesta en crisis la concepción comúnmente aceptada de que la labor del historiador consistía en demostrar que, en efecto, la sociedad constituía una totalidad estructurada que había evolucionado en el tiempo guiada por algúnos principios rectores de validez universal que conferían unidad al proceso y le dotaban de un cierto sentido. Como se sabe, todo esto se basaba en una visión unitaria de la sociedad –que no escondía su hálito eurocentrista y evolucionista–, que pretendía descubrir las grandes leyes de desarrollo de la sociedad, para revelar sus contradicciones y develar los secretos de la estructura social y sus procesos de cambio.

 

El cuestionamiento de la historia como un saber determinista completo y acabado ha llevado también a poner en crisis el criterio compartido por la mayoria de los historiadores de estudiar el pasado a partir de las demandas de hoy y el cual sostenía la utilidad social de esta disciplina en la búsqueda de soluciones a los graves problemas de la humanidad. De esta manera, las despiadadas criticas postmodernas a la idea de progreso, base filosófica común de todos los paradigmas historiográficos desde su inicial elaboración por los ilustrados escoceses en el siglo XVIII, ha conducido a un decreciente papel de la historia en la cultura occidental. A impulsar este fenómeno también ha contribuido la extendida moda de concebir la historia despojada de explicaciones y dedicada a la narración de triviales hechos cotidianos, esterilizada del vocabulario histórico ya consagrado, que ha dado lugar a la actual fragmentación de la disciplina y al irreflexivo y desordenado crecimiento de la producción historiográfica. La proliferación de temas, géneros, métodos y teorias es otra de las características de la historiografía finisecular en el mundo desarrollado de Occidente que ha llevado a poner fin a la vigencia de los grandes paradigmas historiográficos contemporáneos, válidos durante buena parte del siglo XX.

 

Nos referimos al quehacer historiográfico predominante desde los años treinta y cuarenta, que entendía la historia como ciencia y que permitió generar una historia económica y social, estructural y objetivista, que aspiraba a construir una historia total, sustentada en la necesidad de investigar el pasado para comprender el presente y posibilitar un futuro mejor. Los dos grandes paradigmas historiográficos que marcaron desde entonces la época contemporánea (el marxismo y los Annales), sostenidos por la relativa cercanía de sus postulados fundamentales y la añadidura de determinados componentes extraidos de las principales aportaciones historiograficas del XIX (crítica, uso de fuentes, etc.), quedaron consagrados al retroceder la influencia de la historia tradicional, de matriz romántico positivista: acontecimental, política, narrativa o biográfica.

 

El menosprecio por la reflexión y la teoría –otro indiscutible legado de la historiografía decimonónica–, la ausencia de debate sobre métodos, hipótesis y sus interpretaciones, fueron factores que favorecieron, y de alguna manera propiciaron, la actual fragmentación en temas, métodos y especialidades, situando a la historia en un relativo retraso y cierta dependencia de otras ciencias sociales, desvinculándola de los más acuciantes problemas de la sociedad a los que debía contribuir a solucionar con sus ideas y propuestas. De ahí que la historia que se promueve en la actualidad en los grandes centros culturales de Occidente ha sido mutilada de uno de sus atributos esenciales: el estudio del hombre en sociedad y la investigación totalizadora de la historia y de las civilizaciones.

 

La atomización de géneros, temas y métodos históricos y el abandono casi por completo de la vieja aspiración de conseguir la historia global, aunque fuera sólo como simple horizonte utópico, ha dado por resultado una visión caótica del pasado, basada en una reproducción infinita de imágenes, acumulación de datos deshilvanados, o anécdotas frívolas, unido a una anarquía metodológica y a una superespecialización –cada vez sabemos más acerca de menos cosas– que ha ido distanciando a la historia de las demás ciencias sociales y restringiendo su utilidad social.

 

Hay que recordar que a este panorama tan poco halagüeño se ha llegado como consecuencia directa de los cuestionamientos iniciados en Europa en los años setenta a la historia objetivista, economicista, cuantitativa y estructuralista que predominaba desde la Segunda Guerra Mundial. De ahí provino el progresivo retorno del sujeto, primero social (historiografía marxista angloamericana), después mental (historia francesa de las mentalidades) y por último tradicional (biografía, historia política, relato). Ese proceso estuvo determinado por las las corrientes historiográficas que en cierta forma se sucedieron a lo largo del siglo XX: a la historia política de impronta positivista siguió la historia económica y social influida por el marxismo y lo que se ha denominado la primera etapa de Annales, y estas a su vez fueron continuadas por la historia desde el sujeto (mentalidades, antropología histórica, nueva historia cultural), concluyendo por ahora con un retorno de la historia politica, matizada por enfoques novedosos.

 

Sin duda la manifiesta incapacidad de la historia para comprender, e incluso advertir, sucesos tan trascendentes como la crisis del socialismo en Europa Oriental, han servido para dar sustento a la tesis postmoderna de que la sociedad humana no marcha indefectiblemente hacia el progreso y que el sujeto de la historia es más libre y el futuro más impreciso y abierto a diversas alternativas de lo que suponía la historiografía precedente. Por eso uno de los primeros desafíos que tienen por delante los historiadores en el nuevo siglo que se avecina tiene que ver precisamente con el replanteo de una nueva idea racional del progreso, no teológica, que deberá incluir necesariamente rupturas y revoluciones politicas y sociales, culturales y científicas, que coloquen al sujeto en el centro de la historia y que parta de aceptar el papel movilizador de las utopias posibles –que puedan o no realizarse es otra cosa–, aunque sin confundirla con la ciencia.

 

Hoy ya no es posible descalificar o menospreciar de antemano, un tema o un género historiográfico específico como sucedió en el pasado con la ecohistoria o la historia del entorno, sin antes analizar los problemas planteados, los métodos aplicados y los resultados obtenidos. La actual amplitud temática no tiene precedentes y constituye sin duda una conquista irreversible de la historiografía contemporánea, aunque se ha obtenido a costa de la atomización de la historia en múltiples objetos desconectados entre si que impiden a la la historiografía finisecular ofrecer una visión de conjunto del pasado de la humanidad. Así otro de los grandes desafíos futuros es que los paradigmas historiográficos del siglo XXI deberán ser más globales y universales que todos los anteriores, que permita un nuevo tipo de síntesis que integre de manera coherente los datos de la historia política, social y cultural, para permitir una mayor interacción entre distintos tipos de historia y entre las diversas historiografías nacionales. La pluralidad innovadora en el método es imprescindible para la construcción de las concepciones historiográficas de la próxima centuria. Para lograrlo es necesario la asimilación de los aportes del innovador instrumental postmoderno paralelo a la recuperación de la capacidad de la historia para hacer una reelectura del pasado con vistas a influir en la explicación del presente.

 

Otro de los problemas a los que debe buscarse respuesta es el de que la creciente atomización de la historia ha disminuido sustancialmente su papel en la educación ciudadana y en la formación de valores en la sociedad, casi al mismo ritmo con que la disciplina se ha ido convirtiendo en una mercancia más en un mundo en el que cada vez más se imponen las reglas de la comercialización y consumo características del orden neoliberal. Este último problema, que amenaza con vender la historia al mejor postor, y cuyas consecuencias no han sido todavía advertidas en toda su magnitud y complejidad, constituye otro reto para la disciplina en la nueva centuria que se nos viene encima.

 

La aspiración a lograr la indispensable conexión entre la micro y la macro historia, junto al impulso que deberá volver a imprimirse a las investigaciones históricas realmente totalizadoras, constituyen otros tantos desafios para los historiadores del siglo XXI. Este cambio de escala, la articulación de los espacios y de los tiempos, pueden ayudar a despejar el camino para la esperada generalización metodólogica y teórica de la historia, superando la presente parcelación de objetos y métodos y las todavía dominantes tendencias centrífugas.

 

Además los historiadores no pueden seguir dedicándose, como ha sucedido hasta el presente, a la simple recopilación de datos empíricos que nutren a las demás ciencias sociales, relegando las reflexiones teóricas, lo que ha debilitado a la historia frente a otras disciplinas más preocupadas por la teoría como la sociología, la antropología o la crítica literaria. Por ello, otro de los grandes retos de la historia del próximo siglo es sin duda el desarrollo de las consideraciones teóricas y metodológicas derivadas de sus investigaciones, –que tomen en consideración los cambios ocurrido en todo el saber científico– para contribuir a que todas las ciencias sociales jueguen un papel más activo y dinámico en la búsqueda de soluciones a los acuciantes problemas del mundo actual. Junto al desarrollo de la metodología, la historiografía y la teoría de la historia, es indispensable el reencuentro de la historia con las múltiples ramas en que se ha fragmentado, así como con las demás disciplinas de las ciencias sociales y humanísticas. De ahí que se hagan llamados a superar las actuales estructuras atrasadas de las ciencias, a abrir las ciencias sociales, a desdibujar las barreras entre ellas, a destacar la interrelación que existe entre ellas, a adoptar una concepción màs flexible, a reconocer que los estudios sobre la sociedad requieren de la interdisciplinariedad de las ciencias o incluso de la urgencia de una ciencia social única.

 

Al parecer los paradigmas historiográficos que deberán corresponder al siglo XXI sólo podrán emerger de nueva racionalidad científica, de signo relativista y transdisciplinar. De ello depende también, en gran medida, que la historia pueda recobrar el lugar que le corresponde en la sociedad, recomponiendo su compromiso de contribuir a lograr un mejor porvenir para toda la humanidad.

 

Del análisis de las experiencias históricas se desprende que el futuro necesariamente será plural, que nada es seguro o irremediable, pero que no se puede perder la esperanza de conseguir un desarrollo mejor para todo el planeta. Para lograrlo se requiere de un nuevo racionalismo, una nueva ilustración, que nos permita seguir progresando, para demostrar la utilidad crítica y social de la historia, rescatando su presencia en el sistema educativo, en los proyectos prioritarios de investigación, en los medios masivos de difusión y en general en todas las esferas de la vida social. Sin duda una mayor reflexión sobre el quehacer historiográfico, que haga suyo el debate suscitado por el pensamiento postmoderno y por su teoría del fin de la historia, contribuirá a profundizar la investigación histórica, a una mejor compresión global del pasado y a una superior interrelación con las demás ciencias, redundando en una mayor contribución de la disciplina a la solución de los acuciantes problemas del siglo XXI. Se impone, por tanto, defender para la próxima centuria una historia diáfana, sistematizada y científicamente configurada, ya que, en última instancia, el historiador no puede renunciar a la construcción totalizadora del devenir histórico, por lo que su labor no puede ser diferente a la de cualquier otro científico, esto es, encontrar un orden en la estructura caótica de la realidad para intentar comprenderla y contribuir a transformarla. Esta reelaboración de una teoría de la historia mundial significa, por último, esclarecer si el modelo capitalista desarrollado es el futuro previsible para todo el planeta o si las múltiples divergencias de las diferentes sociedades contemporáneas posibilitan otras alternativas.

 

En América Latina no se puede hablar de una crisis de la historia de la misma magnitud y características de la que existe en el pensamiento occidental, pues en realidad este debate incide sólo de manera muy tangencial en los acuciantes problemas sociales y económicos que enfrenta este Continente. Así, por ejemplo, el retorno de la historia política y la narración tiene aquí poco espacio, pues todavía no ha concluido en los medios académicos el proceso de desalojo de las formas más tradicionales de escribir y pensar la historia y de construcción de una nueva disciplina y cuando incluso la propia crisis de la idea de progreso, que ha llegado al Continente a través de ecos secundarios, tiene poco que ver con el drama del atraso, la miseria y el hambre de las grandes mayorías de la población que no pueden renunciar a su legìtima aspiración de alcanzar un futuro mejor. Por ello no es extraño que en estas condiciones se siga incrementando y desarrollando la producción de los historiadores latinoamericanos en muchos de los campos que hoy son cuestionados por sus colegas europeos y que los grandes paradigmas historiográficos del siglo XX, adaptados a estas y otras peculiaridades latinoamericanas, adquieran una vitalidad y vigencias incomparables con las que tiene en la Europa finisecular.

 

En América Latina, donde la ciencia histórica es aun joven, se aprecia hoy un auge de la producción historiográfica, en particular de temática contemporanea, junto a un florecimiento, de calidad desigual, de la historia local y regional, de la historia económica, de una nueva historia social, política y de las relaciones internacionales, a la vez que crece el interés por la crítica históriográfica y la filosofía de la historia, publicándose obras relevantes de historia sobre temas, periodos, regiones y paises específicos que no habían sido tratados con anterioridad. Tampoco la historiografía latinoamericana ha renunciado a la aspiración de conseguir una historia totalizadora, ni tampoco a su papel en la transformación de la sociedad y en la creación de nuevos valores, como parte de la aspiración de las grandes mayorias explotadas y discriminadas de este Continente de luchar por cambiar el injusto y desigual orden existente. Por eso quienes fuimos formados en la idea de hacer la historia para comprender la sociedad y ayudar a transformarla, y que mantenemos enhiestos nuestros compromisos políticos e ideológicos, aprendimos también la necesidad de considerar los fenómenos históricos desde sus más profundas y multifacéticas raices, económicas, jurídicas, religiosas, sociales, artísticas, culturales o de la vida cotidiana y las mentalidades, que no pueden ser independientes entre sí del todo social. Además la tarea de hacer análisis globales, de alcance nacional, es imprescindible para la formulación de una nueva historia que aún está en proceso de construcción en América Latina que incluya y refleje la diversidad regional, pero no como un relato sellado, sin fisuras, sin resquicios o matices, sino que comprenda las disímiles tendencias y dinámicas que influyen sobre las diferentes regiones.

 

En América Latina ha tendido a predominar un tipo de historia, la llamada historia política, con un apego a veces exagerado al documento escrito, ignoràndose las aportaciones de la sociología, la antropología, la etnohistoria y otras ramas. El predominio de la historia política, entre otros factores, se relaciona con el problema del fortalecimiento de la identidad nacional, pero el cultivo de estos temas a veces ha carecido del rigor necesario, han abusado del dato y del lenguaje denso o han tendido a dar una visión esquemática del proceso histórico, lo cual ha llevado a un desinteres por los estudios históricos.

 

No obstante en América Latina, aunque en forma más laxa y bajo sus propias particularidades, también se ha ido abriendo paso la tendencia al pluralismo y a cierto eclecticismo metodológico en los estudios históricos, bajo el influjo de los mismos cuestionamientos realizados a los grandes paradigmas contemporáneos, aunque matizado aquí por las arraigadas despreocupaciones teóricas de los historiadores latinoamericanos. La fragilidad teórica, tanto en la formación como en la práctica historiográfica de muchos historiadores latinoamericanos, ha ido imponiendo el predominio del eclecticismo y el enmascaramiento de la teoría por los métodos y las técnicas, lo que a su vez se ha reflejado en las limitaciones de las aportaciones reflexivas, la frecuente ausencia de fundamentos sólidos en la labor investigativa y la escasez de estudios valiosos de crítica historiográfica. El viejo problema del desfasaje téorico y metodológico de nuestro Continente, unido a las propias problemáticas de un escenario económico social bien distante al de los grandes paises desarrollados del mundo occidental, hacen que en la América Latina las nuevas corrientes historiográficas a veces cobren fuerza, se renueven o recompongan cuando ya han sido cuestionadas o abandonadas en sus lugares de origen. Ese es el caso, por ejemplo, de la llamada nueva historia de América Latina, que empezò a imponerse en los medios académicos e intelectuales a partir de los los setenta, después del debate abierto por la teoría de la dependencia y los modos de producción en el cual, por cierto, los historiadores tuvieron una muy escasa participación.

 

Por este motivo entre los desafios que tiene por delante la historiografía latinoamericana en el siglo XXI está el de acercarse más a la historia de otros países e impulsar los estudios de historia comparada. Así como recuperar el sentido a la labor del historiador, cuando esta se basaba en hacer la crítica de la sociedad vigente y de su legitimación ideológica, con el fin de preparar a la sociedad para un futuro más igualitario y justo. Necesitamos renovar por completo nuestros metodos y enriqucer nuestro bagaje teórico, lo cual no lograremos sin el trabajo colectivo y la estrecha colaboración con otras ciencias sociales. En el caso latinoamericano estamos a tiempo de no llegar a los extremos en que ha caido la historiografía occidental a la vez que preservamos nuestras aportacions y preservamos la identidad historiográfica de la historiografía latinoamericana. Así en los últimos tiempos la historiografía continental ha venido enfrentando los nuevos retos y desbrozando nuevos caminos y temas, con nuevas formas de hacer historia, a abordar desde perspectivas innovadoras géneros un tanto olvidads y a utilizar los métodos, técnicas y hasta el estilo narrativo que nos ofrecen otras ciencias sociales y humanísticas, aparaciendo trabajos que ofrecen alentadoras perspectivas. En cualquier caso, hoy en todas partes se hace imprescindible recuperar el carácter crítico de la historia para superar los desafios finiseculares y los historiadores, sea cual sea su procedencia, se hallan inmersos, desde hace ya algunos años, en un profundo debate historiográfico de cuyo desenlace dependera en gran medida el destino futuro de nuestra disciplina.

 

La Habana, 2000.

 

Bibliografía

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Ariadna Tucma Revista Latinoamericana. Vol. 1 a 4. 2006-2009


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