Cuba durante la Segunda Guerra Mundial

27 May 2017 | Historia | Tags: ,

Sergio Guerra Vilaboy*

Resumen/ Abstract VER

 

 

El estallido de la Segunda Guerra Mundial produjo el alineamiento de la mayoría de los gobiernos de América Latina y el Caribe con el de Estados Unidos, en particular desde el momento en que este país se involucró en la conflagración, tras el ataque japonés a Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941.[1] Hasta entonces las naciones del sistema panamericano se consideraban neutrales y habían acordado en la reunión de Panamá, efectuada en septiembre-octubre de 1939, la creación de una hipotética zona de seguridad de trescientas millas, dentro de la cual reclamaba que los países beligerantes se abstuvieran de actos de guerra.

 

En realidad, el continente americano no fue escenario de los grandes enfrentamientos bélicos que caracterizaron la contienda mundial. La única excepción fue el aparatoso combate naval entre ingleses y alemanes, el 13 de diciembre de 1939, que arrojó el hundimiento del pequeño acorazado alemán Graff Spee en la desembocadura del Río de la Plata por los cruceros británicos Ajax, Achilles y Exeter.

 

 

El país que desafió por más tiempo la política norteamericana en relación a la Segunda Guerra Mundial fue Argentina, donde un grupo de militares de derecha, simpatizantes de la Alemania nazi, se hizo del poder en junio de 1943, adoptó una serie de medidas autoritarias y ratificó su neutralidad en el conflicto. En represalia, Estados Unidos accionó los mecanismos de presión diplomática e incluso una escuadra de guerra de Estados Unidos bloqueó el puerto de Buenos Aires en enero de 1944, hasta obligar a la junta militar a romper con el Eje Roma-Berlín-Tokio y convocar a elecciones.

 

Hacia 1945 todos los países de América Latina y el Caribe habían declarado la guerra a las potencias fascistas, aunque sólo México y, sobre todo, Brasil participaron de manera significativa en la conflagración internacional. El gigante sudamericano declaró la guerra al Eje el 21 de agosto de 1942, después de que submarinos nazis -en sólo cinco días- hundieron varios indefensos mercantes brasileños con más de seiscientas personas a bordo. Las propiedades alemanas -tal como había sucedido durante la Primera Guerra Mundial- fueron confiscadas y se constituyó en 1943 la Fuerza Expedicionaria Brasileña (FEB). A fines del año, Brasil desembarcó a los 25 mil integrantes de su ejército en el frente italiano, donde brindaron una destacada contribución a la lucha antifascista.

 

La Segunda Guerra Mundial dio gran impulso a la economía latinoamericana y caribeña, valorizando sus exportaciones y permitiendo la creación de cuantiosas reservas en oro y divisas, a pesar de que la mayoría de los gobiernos de la región aceptaron su papel de simple retaguardia, proporcionando, como cooperación a sus aliados, materias primas y alimentos a bajos precios con la promesa de un trato preferente en el futuro. Además, entregaron a Estados Unidos territorios propios para el establecimiento de numerosas bases militares mientras siguiera el conflicto militar, en consonancia con lo acordado en la conferencia panamericana celebrada en Rio de Janeiro del 15 al 29 de enero de 1942.

 

Como sucedió durante la Gran Guerra de 1914 a 1918, la disminución de los vínculos comerciales con los países directamente involucrados en el conflicto, junto a la reconversión bélica de la industria norteamericana, permitieron a algunas naciones, en primer lugar México, Brasil y Argentina, acelerar los ritmos de su desarrollo industrial. Otra consecuencia económica del conflicto fue el incremento del comercio, gracias al trueque entre los propios países latinoamericanos y caribeños, que antes de la guerra era casi inexistente. Desde el punto de vista político, el clima antifascista a nivel mundial estimuló las luchas y reivindicaciones populares, que dieron lugar a una oleada democratizadora por todo el hemisferio.

 

Al término de la Segunda Guerra Mundial, la bancarrota del fascismo a escala internacional estimuló la rebeldía de sectores oprimidos en América Latina y el Caribe. Con intensas jornadas revolucionarias y populares se puso de manifiesto el significativo crecimiento de las organizaciones de izquierda, de las fuerzas obreras y del movimiento democrático. En particular, desde 1944 las masas populares, de un extremo al otro del continente, se levantaron esgrimiendo consignas antioligárquicas y antifascistas, en reclamo de una mayor democratización de la sociedad, de elecciones libres, a favor de la plenas actividades de los partidos y sindicatos, así como por reivindicaciones sociales y nacionales de envergadura y contra la asfixiante dominación de las grandes potencias. Ello explica que la cercana derrota del fascismo provocara en América Latina y el Caribe la caída sucesiva de dictaduras y gobiernos autoritarios, algunos avalados con largos años de represión y terror. En otros casos se hicieron simples cambios cosméticos, de lo que fueron ejemplo los regímenes de Anastasio Somoza en Nicaragua, Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana y Fulgencio Batista en Cuba.

 

Gerardo Machado


El derrocamiento del dictador cubano Gerardo Machado, el 12 de agosto de 1933, abrió un periodo convulso de la historia de Cuba, conocido como la revolución del treinta, del que Batista había emergido como una de las figuras dominantes en el panorama político nacional. Tras meteórico ascenso de sargento a coronel, para que ocupara la jefatura del ejército, devino en el instrumento de Estados Unidos y la alta burguesía cubana para liquidar las reivindicaciones populares y el movimiento renovador que estremecía la Isla.

 

A esa solución, cuyo epicentro era Batista, se había llegado tras el fracaso del débil y efímero gobierno de Carlos Manuel de Céspedes hijo, impuesto por el mediador norteamericano Benjamin Sumner Welles tras la salida de Machado. Después de la caída de Céspedes, el 4 de septiembre de 1933, llegó al poder el llamado “gobierno de los cien días”, presidido por el profesor universitario Ramón Grau San Martín y que incluía en su gabinete a jóvenes figuras de izquierda como Antonio Guiteras. Combatido por la oligarquía y los Estados Unidos –que no otorgó su reconocimiento diplomático y mantuvo la Isla rodeada con sus barcos de guerra-, e incomprendido por el Partido Comunista, el Gobierno Revolucionario, como se autodenominó, fue depuesto finalmente el 15 de enero de 1934. Un papel central en ese desenlace correspondió a la traición del jefe del ejército, el ex sargento devenido coronel, Fulgencio Batista, quien pasaba a ser el agente de la reacción y el imperialismo norteamericano para aplastar el proceso revolucionario cubano y restablecer el viejo orden de dominación.

 

A partir de este desenlace, Batista quedó convertido en el verdadero poder en Cuba, dominando el panorama nacional durante toda una década, lo que puede considerarse, en la práctica, el comienzo de su primera dictadura, aun cuando todavía actuaba tras bambalinas. Para garantizar la fidelidad de las fuerzas armadas, el coronel Batista obligó al nuevo presidente Carles Mendieta a un incremento de los salarios de sus miembros y a convalidar ascensos a oficiales, junto con otras prebendas y concesiones a los militares, entre ellas la creación de un sistema de jubilaciones y la construcción de dos hospitales, uno para el ejército y otra para la policía, casas, balnearios, círculos recreativos, etc. También comenzaron a edificarse nuevas estaciones de policías y cuarteles militares, mientras Estados Unidos ofreció su apoyo a la modernización del ejército cubano, proporcionando asesoría técnica y adiestramiento

 

Vicepresidente Richard Nixon (izquierda) y Fulgencio Batista (derecha)

 


Con estos recursos, Batista, en su condición de jefe del ejército, fue el encargado de reprimir en forma brutal a las fuerzas revolucionarias, el movimiento obrero y los brotes oposicionistas procedentes de sectores burgueses y pequeños burgueses. Para facilitar estas operaciones, fueron creados tribunales de urgencia –que en procesos sumarios podían emitir condenas por simples presunciones-, establecida la pena de muerte para los que sabotearan la cosecha azucarera, abolida la autonomía universitaria, restringidos los derechos ciudadanos y suspendidas las garantías constitucionales. Esta atmósfera represiva alcanzó su punto más alto con el salvaje aplastamiento de la huelga general de principios de marzo de 1935, que obligó a muchos de los involucrados a huir al exterior, así como el asesinato de Guiteras en El Morrillo el 8 de mayo de ese mismo año. Estos sucesos son considerados por los historiadores el fin de la revolución de treinta.

 

Poco después de estos sangrientos acontecimientos, se logró el llamado pacto institucional, entre las fuerzas más derechistas del país, para realizar unas elecciones que crearan la sensación de normalidad nacional y que se efectuaron en enero de 1936. En estos comicios, de escasa representatividad, se impuso el liberal Miguel Mariano Gómez, que era el candidato de Estados Unidos y el ejército. Sin embargo, el flamante mandatario, que ocupó su cargo el 20 de mayo de 1936, sólo pudo estar en el gobierno hasta fines de ese mismo año, pues entró en abierta pugna con el coronel Batista por el uso de recursos estatales.

 

El jefe del ejército había logrado que quedaran bajo su control una serie de entidades estatales –Escuelas Rurales Cívico-Militares, Servicio Técnico de Salubridad Pública, Corporación Nacional de Asistencia Social, y el Consejo Nacional de Tuberculosos-, agrupadas en el Consejo Corporativo de Educación Sanidad y Beneficencia, un organismo de tipo fascista.[2] Estas instituciones, que en la práctica representaban un gobierno paralelo –inclusive disponía de una estación de radio propia en el campamento militar de Columbia de La Habana, el más grande del país-, nutrían a Batista de fondos del estado que le permitían darse una base social para futuras aspiraciones políticas y, a la vez, una fuente de enriquecimiento personal.

 

Bajo la amenaza de golpe militar si el primer mandatario no era sustituido, el congreso depuso a Miguel Mariano Gómez el 24 de diciembre de 1936 y lo sustituyó por el dócil vice presidente Federico Laredo Brú, lo que ponía de relieve el poder omnímodo que ya había alcanzado Batista. Prueba de que la verdadera autoridad del país estaba en sus manos fue la adopción, en agosto del año siguiente, de un demagógico Plan Trienal dirigido a impulsar el desarrollo socio-económico de las zonas rurales, que demostraba el insistente propósito batistiano de crearse una base social entre el empobrecido y atrasado campesinado cubano. Pero la única materialización de este programa fue la ley de Coordinación Azucarera -beneficiaba a los campesinos medios y pobres dedicados al cultivo de la caña de azúcar-, dirigida a regular la principal industria cubana.

 

El abandono oficial del Plan Trienal por parte de Batista, en mayo de 1938, brindó evidencias de que el astuto jefe del ejército se disponía a un radical cambio de orientación. Su objetivo era, acorde a las nuevas circunstancias internacionales, desmarcarse de proyectos de inspiración fascista que le permitieran modificar su imagen de militar represivo y despótico por un rostro más democrático, despejando el camino a la primera magistratura del país. Para ello, su presidente títere, Federico Laredo Brú, dictó una ley de amnistía, que liberó a más de tres mil presos políticos, permitió el regreso de los exiliados, reconoció la autonomía universitaria y la libre actividad de los partidos políticos, incluido el Comunista. En ese ambiente se fundó, en enero de 1939, una gran central sindical nacional, la Confederación de Trabajadores de Cuba (CTC), que quedó encabezada por el líder obrero comunista Lázaro Peña. A pesar de la apertura democrática, el gobierno de Laredo Brú se negó a permitir el desembarco, el 13 de mayo de 1939, de cerca de mil judíos que huían de la Alemania nazi y que viajaban en el barco SS St. Louis.

 

Los refugiados judíos del Saint Louis no puede ingresar a La Habana


El colofón de ese proceso de distensión fue la elección, el 15 de noviembre de 1939, de una asamblea constituyente, que abrió sus sesiones el 9 de febrero del siguiente año. La constitución de 1940, muy avanzada para la época, fue aprobada el 1 de julio y permitió la elección de un nuevo presidente constitucional para el periodo de 1940 a 1944. Tras la aprobación de la nueva carta magna, que recogió una serie de demandas populares, democráticas y sociales, Batista consiguió su elección como presidente de la república, luego de derrotar a su oponente y líder del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), Ramón Grau San Martín. De esta forma, Batista pudo ser presidente constitucional hasta octubre de 1944, lo que coincidió con la mayor parte de la Segunda Guerra Mundial.

 

Durante todo ese lapso, Batista se las arregló para tejer coaliciones políticas que lo consolidaran en el poder sin abandonar su base militar. Lo más insólito fue el apoyo del ahora legalizado Partido Comunista, que desde octubre de 1935 habían asumido como propia la táctica de los frentes populares orientados por el Komintern desde Moscú y que, ante la imposibilidad de aliarse con otras fuerzas políticas –en particular los auténticos-, terminaron concertándola con el ambicioso militar.

 

Entre el 8 y el 11 de diciembre de 1941, poco después de la entrada de Estados Unidos en la contienda mundial, el gobierno de Batista declaró la guerra a Japón, Italia y Alemania, siendo el segundo país en hacerlo en todo el continente. En sintonía con el acercamiento a escala internacional entre Estados Unidos y la Unión Soviética para la derrota del fascismo, Batista adoptó una política conciliatoria que permitió la obtención de conquistas democráticas y sindicales –a cambio de que no se  produjeran huelgas, para apoyar el “esfuerzo de guerra”-, estableció en octubre de 1942 relaciones diplomáticas con Moscú –el primer país latinoamericano que lo hizo- y conformó un gobierno de amplio espectro que incluyó al Partido Comunista, cuyo apoyo le había permitido ganar las elecciones en 1940. Esta agrupación, redenominada Partido Socialista Popular (PSP), fuertemente imbuido del browderismo –corriente que preconizaba la colaboración de clases promovida por Earl Browder, entonces máximo líder de los comunistas norteamericanos-, llegó a tener a dos de sus miembros dentro del gabinete –Juan Marinello y Carlos Rafael Rodríguez-, algo que no se repitió entonces en ningún otro país de América Latina y el Caribe.

 

Aunque en sus inicios, la Segunda Guerra Mundial ocasionó algunos perjuicios al comercio y la economía de la Isla, pronto el crecimiento de la demanda de azúcar, que elevó su cotización en los mercados, estimuló un significativo aumento de la producción nacional, que alcanzó montos que no se registraban desde hacía muchos años. Tal como había pasado en la gran contienda internacional anterior, Estados Unidos utilizó el azúcar como producto de vital importancia, para lo cual suspendió el sistema de cuotas existente entre los dos países. De ahí que Cuba, que entonces tenía casi cinco millones de habitantes, vendiera entre 1942 y 1947 sus cosechas completas al poderoso vecino del norte, mientras el monto total de la producción azucarera pasaba de 2,8 millones en 1939 a 4,3 millones de toneladas en 1944.

Ramón Grau San Martín

 

 

Todo ello favoreció el crecimiento de las exportaciones cubanas, lo que permitió sacar la economía isleña de su prolongada crisis. No obstante, las limitaciones a la importación de determinados artículos, entre ellos bienes industriales y petróleo, junto a las interrupciones de las transportaciones marítimas, crearon cierta escasez que afectó sobre todo a los sectores populares y estimuló la sustitución de importaciones, aunque este proceso no alcanzó las magnitudes de otros países latinoamericanos. En esas condiciones, se vertebró en 1942 la Oficina de Regulación de Precios y Abastecimientos –que daría origen a muchos negocios ilícitos-,[3] y se dispuso, desde julio de ese mismo año, la centralización de exportaciones por el puerto de La Habana en convoyes, para eludir los frecuentes ataques de los submarinos nazis, que incluso provocaron el 12 de agosto de 1942 el hundimiento frente a las costas de La Florida (Estados Unidos) de los buques de carga El Bahía de Manzanillo y el Santiago de Cuba, con un saldo de 31 muertos.  Solo ocho víctimas pudieron ser rescatadas y veladas con todos los honores en el Capitolio Nacional.

 

También el 13 de mayo de 1943 fue hundido al norte de Puerto Padre el tanquero Mambí, ocasionando la muerte de 19 marineros cubanos y cuatro soldados norteamericanos. Otros barcos cubanos destruidos por los submarinos alemanes fueron el pesquero refrigerado Lalita, cerca de las costas de Yucatán, el Libertad –un antiguo buque italiano nombrado Recca, expropiado por el gobierno cubano en 1941, que fue hundido el 4 de octubre de ese mismo año- el Mínima y el 24 de Febrero, a principios de 1944. En cada uno de estos ataques murió un tripulante cubano.[4]

 

Debe mencionarse que un destacamento de las fuerzas navales cubanas, integrado por tres caza submarinos, que escoltaba a dos buques cargados de azúcar, detectó un submarino alemán –al parecer el U-176 capitaneado por Reiner Dierksen- al que destruyeron el 15 de mayo de 1943 con varias cargas de profundidad.[5] También la contrainteligencia cubana capturó en la ciudad de La Habana a un espía alemán nombrado Heinz August Lansing, o Luning según otros autores, natural de Bremen, encargado de enviar a su mando informaciones militares y del movimiento portuario. Fue enjuiciado y fusilado –único caso en América Latina y el Caribe- en la fortaleza El Príncipe el 10 de noviembre de 1942.

 

Acorde a la situación de guerra, el gobierno de Batista expropió desde el 12 de diciembre de 1941 los bienes de los ciudadanos japoneses residentes en Cuba, los que fueron detenidos, medidas punitivas aplicadas también a los residentes alemanes y a varios italianos claramente identificados como fascistas. Aunque algunas mujeres quedaron confinadas en Arroyo Arenas, un poblado en las afueras de Marianao, la mayoría de las madres con hijos fueron devueltas a sus casas. En cambio, los hombres mayores de 18 años fueron encerrados en el centro de retención de inmigrantes en Triscornia o en el Castillo de El Príncipe. Desde el 16 de abril de 1942 casi todos fueron remitidos a la Isla de Pinos (hoy Isla de la Juventud), donde algunos incluso quedaron recluidos en la circular de la llamada Prisión Modelo. Hasta 1946 permanecieron detenidos 341 japoneses y 114 alemanes, pues los trece italianos fueron excarcelados en 1943. Algunos de sus familiares, sobre todo japoneses, se establecieron en esta isla del sur de Cuba para acompañar a los reclusos.

 

En virtud de los acuerdos militares firmados por Batista con el gobierno norteamericano, el 7 de noviembre de 1941 y el 9 de septiembre de 1942, Estados Unidos pudo construir dos estratégicas aeropuertos militares en territorio cubano, uno en San Antonio de los Baños y el otro en San Julián, en las provincias de La Habana y Pinar del Río respectivamente, que se unieron a la gran estación naval ya existente en Guantánamo. Además, se autorizó otra pista de aterrizaje cerca de Camagüey, así como dos apostaderos para dirigibles, uno en Caibarién y otro en Isla de Pinos. Como parte de los mismos tratados mencionados, el viejo crucero Cuba y el buque escuela Patria fueron modernizados en Galveston, Texas, Estados Unidos. También varias cañoneras, buques auxiliares y pequeños guardacostas se reformaron en astilleros de Cuba y Estados Unidos, así como artillados los barcos mercantes. Desde 1943, el gobierno norteamericano entregó en préstamo a Cuba una docena de caza submarinos.

 

A contrapelo de su contribución a la contienda bélica, el prestigio del gobierno de Batista siguió deteriorándose afectado por la corrupción administrativa, las violaciones de los preceptos constitucionales y el ambiente violento existente en el país, que facilitaron la resonante victoria de la oposición en los comicios presidenciales del 14 de julio de 1944. A este sonado triunfo popular del candidato auténtico Grau San Martín se le llamó la “jornada gloriosa”, que cercenó toda posibilidad de continuación en el poder de los batistianos. Atrapado en sus propias maquinaciones y la coyuntura internacional, imposibilitado por la constitución de 1940 para reelegirse, Batista, sin alternativas para prolongar su mandato, debió entregar el poder, aunque dejando la puerta abierta para un futuro regreso.

 

Al gobierno de Grau, extendido hasta 1948, le correspondió entonces asistir a la etapa final de la Segunda Guerra Mundial, beneficiado por la todavía favorable coyuntura económica derivada de esa conflagración, ya que Estados Unidos seguía comprando toda la cosecha azucarera cubana. Reflejo de ello fue la obtención del diferencial azucarero en 1945, pues la alta producción del dulce incrementaron los ingresos nacionales como no se conocía desde antes de la crisis capitalista de 1929,[6] lo que permitió otorgar un importante plus salarial a miles de trabajadores gracias a la política negociadora con Estados Unidos del gobierno auténtico y de Jesús Menéndez, líder comunista de los trabajadores del sector.

 

Pero el aumento de salarios y las obras públicas, en virtud del notable crecimiento del presupuesto gubernamental, no pudo opacar que durante el gobierno de Grau la corrupción alcanzara magnitudes sin precedentes, con recursos robados a las construcciones estatales, la renta de lotería y el desayuno escolar. Otros nutrientes eran los oscuros negocios derivados de las instituciones gubernamentales creadas para regular los abastecimientos, del sistema de trueques establecido en el comercio con varios países latinoamericanos y caribeños y del mercado negro. El saqueo del erario nacional también fluyó a las bandas gansteriles, en muchos casos herederas de los “grupos de acción” que habían combatido los aborrecidos regímenes de Machado y Batista y que alcanzaron particular actividad en los predios de la Universidad de La Habana.

 

Una de las pocas facetas positivas del segundo gobierno de Grau fue su política exterior. Cuba fue entonces fundadora de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), donde mantuvo algunas posturas soberanas que mejoraron la tradicional imagen dependiente del país.[7] También el gobierno auténtico consiguió, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, la devolución de las bases aéreas concedidas a Estados Unidos durante el conflicto, en San Antonio de los Baños y San Julián, y favoreció los cambios democráticos en la región. Pero nada de esto pudo impedir la crisis de los gobiernos auténticos y del cada vez más corrupto sistema político cubano, pero ya esa es otra historia alejada de la Segunda Guerra Mundial y sus consecuencias para Cuba.

 

 

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NOTAS


* Dr. Sergio Guerra Vilaboy  Ver CV

 

[1] Con anterioridad, la II Reunión de Cancilleres de las Repúblicas Americanas, celebrada en La Habana en julio de 1941, había adoptado una declaración que establecía que un ataque contra cualquier estado americano sería considerado como un acto de agresión contra todos. Los primeros países en declarar la guerra al Eje fascista fueron del Caribe y Centroamérica: Costa Rica, Cuba, República Dominicana, Haití, Honduras, Nicaragua, Panamá y El Salvador. Los demás gobiernos latinoamericanos lo hicieron con posterioridad, siendo los últimos Venezuela, Ecuador, Perú, Paraguay y Uruguay. Todavía, al terminar 1942, Chile y Argentina seguían neutrales, aunque el primero rompió finalmente el 20 de enero de 1943.

[2] A esa etapa corresponde la visita al puerto de Santiago de Cuba, con el beneplácito de Batista, del acorazado alemán Schleswig Holstein y el buque tanque Rudolf Albrech, en viaje de instrucción. Por entonces, la Alemania nazi era el tercer socio comercial de Cuba, solo superado por Estados Unidos e Inglaterra.

[3] Además fue creado un aparato de contrainteligencia denominado Servicio de Investigaciones de Actividades Enemigas (SIAE).

[4] En homenaje a los marinos cubanos muertos en la Segunda Guerra Mundial, 79 en total, se erigió un monumento en una plazoleta situada a un costado del Templete, en La Habana Vieja.

[5] En los países latinoamericanos y caribeños solo se conoce otro hundimiento de submarino nazi en Brasil. El oficial alemán de la embarcación destruida en las costas cubanas poseía la cruz de hierro por haber echado a pique una decena de barcos. El caza submarinos CS-13 de la marina de guerra cubana que participó en esta acción naval estaba al mando del alférez de fragata Mario Ramírez Delgado y entre sus tripulantes, como operador de sonar, figuraba el futuro timonel del Granma Norberto Collado.

[6] En abril de 1945, el gobierno de Grau consiguió elevar el valor de la libra de azúcar en el mercado estadounidense de 2.65 a 3.10 centavos de dólar, ajustando dicho precio al índice del coste de vida en los Estados Unidos.

[7] Ejemplo de ello fue la casi solitaria posición cubana en la II Asamblea General de la ONU, donde se enfrentó al proyecto de partición de Palestina. Cuba fue uno de los trece países, y el único de América Latina, que votó en contra de la Resolución 181 que permitió el surgimiento de Israel.

 

Ariadna Tucma Revista Latinoamericana. Nº 11/12. Marzo 2016 – Julio 2017.

 

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