Una embajada historiográfica con vocación americanista. Los historiadores argentinos en el “II Congreso Internacional de Historia de América”

Martha Rodríguez*

Resumen/ Abstract VER

 


Arriba: Buenos Aires 1937. Archivo General de la Nación


Introducción

 

Durante las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del siglo XX se conjugaron una serie de procesos que moldearon las características de la historiografía argentina en las décadas subsiguientes: la consolidación del Estado Nacional, la construcción de una identidad de carácter nacional y la profesionalización de la historia como disciplina. El Estado Nacional, que debió interpelar a los diversos grupos sociales que lo conformaban en calidad de ciudadanos, operó de diferentes maneras para construir una identidad nacional homogénea que legitimara su propia existencia e involucrara a  los individuos en un colectivo mayor. Los historiadores cumplieron un rol central tanto en la “invención de tradiciones” identitarias  como en su difusión a la sociedad. El formato historiográfico privilegiado para esta tarea fue la historia nacional, una versión integral del pasado que brindara a los argentinos el gran relato en el cual reconocerse. El vehículo elegido para su difusión fue el sistema educativo, y en particular, la historia escolar.

 

Estas demandas estatales, el apoyo material para llevarlas adelante y el prestigio consecuente que su ejecución otorgaba, dieron impulso al proceso de profesionalización de la disciplina histórica. Esto implicó simultáneamente la creación de una base institucional, de unos controles académicos de la producción, de un canon heurístico, y finalmente, un cursus honurum de legitimación profesional inter pares.[1]

Los miembros de este campo profesional, a pesar de divergencias personales e institucionales, coincidían en una serie de premisas sobre la forma y características en que debía desarrollarse la actividad. En primer lugar, algunas de carácter teórico-metodológico: La historia era una ciencia de carácter ideográfico e inductivo, cuyo objeto eran hechos, procesos y personajes únicos e irrepetibles, por lo tanto la posibilidad de conocerlos no era a partir de categorías universales sino a través de sus contextos  particulares. Practicada según un canon metodológico riguroso (aprendido de los maestros europeos, Ranke, Altamira, Xenopol, Langlois y Seignobos, Berheim), que comprendía una serie de operaciones heurísticas y hermenéuticas, esta ciencia podía producir un relato objetivo – y por lo tanto verdadero – sobre el pasado. En segundo lugar,  existía un extendido consenso sobre la necesidad de elaborar una historia del pasado nacional cuyo punto de partida era la última etapa del período colonial y especialmente los sucesos de 1810, entendidos como el momento fundacional de la nacionalidad. En tercer lugar, el valor del soporte institucional, visible en el impulso otorgado a la tríada que formará el basamento institucional de origen para el campo historiográfico en formación: La sección de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (y más tarde el Instituto de Investigaciones Históricas), la Junta de Historia y Numismática Americana (posteriormente convertida en Academia Nacional de la Historia) y la Facultad de Humanidades de la Universidad de La Plata.

 

Leopold von Ranke.


Finalmente, existía también un acuerdo entre los historiadores (aunque unos lo practicaran más que otros) sobre las virtudes pedagógicas de la historia y la necesidad de “…Realizar la educación moral de la juventud con la enseñanza de la historia...[2] acercando al sistema educativo las investigaciones sobre historia argentina que se llevaban a cabo en los claustros académicos.

 

Con algunas luces y sombras, este proceso de profesionalización estuvo plenamente desplegado en la  década del 30’. Alcanzó en ese momento su consolidación un sistema de relaciones académicas, personales e institucionales controladas por los miembros de la denominada Nueva Escuela Histórica, generación que había liderado el proceso de profesionalización[3]. Los nombres de Ricardo Levene, Emilio Ravignani, Rómulo Carbia, Diego Luis Molinari se sucedieron en los cargos de dirección de buena parte de las instituciones y empresas historiográficas, culturales y educativas del período.

 

Derecha: Emilio Ravignani


Aunque el proceso reconoce antecedentes señalados en los párrafos anteriores,  desde mediados de la década de 1920 y con más énfasis durante la de 1930, gobiernos radicales y especialmente conservadores estimularon la creación de instituciones, comisiones oficiales y proyectos destinados a fortalecer la conciencia histórica nacional. Los historiadores respondieron a esa demanda encabezando la organización de archivos históricos en todo el país, la redacción de obras de síntesis de la historia argentina, la preservación del patrimonio histórico, y especialmente, la reglamentación de la enseñanza de la historia en la escuela, la revisión de los libros de texto de historia y geografía y la profundización de los vínculos entre pares y con el sistema educativo a través de la organización de congresos y reuniones especializadas.[4]

 

 

Las actividades desplegadas alrededor de estas tres últimas empresas revisten particular interés, porque junto a la reivindicación identitaria de matriz nacional se despliega en ellas la revalorización de una identidad americana, que adquirirá centralidad en las propuestas e intervenciones desarrolladas por los historiadores profesionales desde esos ámbitos.  Si las formas, prácticas y productos historiográficos resultantes de ese uso identitario de la historia fueron ampliamente estudiados en las últimas décadas, poco se ha indagado en torno a la faz americanista de esas empresas.

 

En esta comunicación nos detendremos en el análisis de uno de estos proyectos, las propuestas presentadas, debatidas y aprobadas en el II Congreso Internacional de Historia de América celebrado en Buenos Aires en julio de 1937. En este congreso, convertido en un evento oficial y conmemorativo al mismo tiempo que académico,  la identidad americana –revestida de particulares características como veremos a lo largo del trabajo-, fue el eje central; y consecuentemente, las expresiones de cooperación y solidaridad entre las naciones de América. En ese marco se desplegaron un conjunto de propuestas que dieron pie al debate sobre los usos que la historia podía tener para ese fin.

 

 

 

El contexto internacional. Algunas políticas de cooperación cultural.

 

 

Rómulo Carbia

 

Hacia fines de la década de 1910 comenzó a emerger un horizonte caracterizado por coyunturas que movilizaron nuevas sensibilidades en el mundo cultural e intelectual. El fin de la primera guerra mundial destruyó muchas certezas y generalizó ciertas imágenes asociadas al suicidio de la civilización o al fin del progreso, y especialmente al decadentismo de la vieja Europa conmovida en sus cimientos por la guerra.  Frente a esto, América emergía por contraste como un continente joven, pleno de potencialidades y promesas de futuro. El fracaso europeo de la gran guerra abría para algunos intelectuales la oportunidad para América de asumir un liderazgo civilizatorio ante el mundo, presentado en variantes que pasaban por el latinoamericanismo, hispanoamericanismo, indoamericanismo o panamericanismo.

 

En este contexto, desde los años 20’,  EEUU desplegaba su política de “buena vecindad”  dirigida  a reestablecer los vínculos con los países del continente. Trataba con este cambio, de disminuir la animosidad generada en ellos por su política exterior de intervención en los asuntos internos de la región y su afán de liderazgo continental. Esta política, iniciada por el presidente Hoover y profundizada por Roosevelt, suponía defender los intereses norteamericanos por medios más sutiles que hasta el momento y estimular al mismo tiempo, un panamericanismo en el que los gobiernos latinoamericanos pudieran reconocer la pertenencia a una comunidad de intereses compartidos, un  pasado coincidente y un destino futuro.[5]

 

 

También en las primeras décadas del siglo XX, en algunos sectores intelectuales y políticos españoles había ido cobrando forma una propuesta “regeneracionista”, destinada a recuperar el sentido nacional  y el prestigio internacional perdido, a partir del estímulo a los lazos tejidos con los territorios americanos durante los cuatro siglos de vinculo colonial. Sus ejes eran la revalorización de la comunidad cultural de origen, el valor del idioma común, la reivindicación de la civilización latina frente a la anglosajona, la recuperación de la obra realizada por España durante la colonia –lo que implicaba rectificar la leyenda negra española- y la prevención ante influencias europeas en América.[6]

 

 

Lo cierto es que en este clima –y al amparo de las reflexiones abiertas por la primera guerra mundial, el ascenso de los fascismos, la exaltación desmesurada del nacionalismo y la rivalidad entre naciones-, comienza a prestarse atención creciente en el mundo intelectual pero también en el diseño de las políticas públicas y las relaciones internacionales, a los fenómenos vinculados con la creación y difusión de esas ideas en la sociedad. En todas esas reflexiones el sistema educativo y en general el clima cultural ocupaba un lugar central. Varios estados europeos y americanos crearon comisiones nacionales para estudiar los contenidos transmitidos por la escuela o  los libros de texto de historia y geografía, y se firmaron acuerdos bilaterales o conjuntos de trabajo sobre estos temas.

 

 

El despliegue de estas políticas de cooperación  y tolerancia destinadas a diluir aquellas posturas que pudieran fomentar rivalidades entre naciones, también es perceptible en la importancia concedida por los gobiernos a algunos congresos, conferencias  y reuniones científicas internacionales, y especialmente en la adopción de sus recomendaciones. La construcción de esta diplomacia cultural se desplegó a lo largo de las décadas de 1920 y 1930 con particular intensidad. Por referir sólo a algunos ejemplos americanos –y especialmente  argentinos-, en 1924, durante el III Congreso Científico Panamericano, el historiador argentino Ricardo Levene presentó un proyecto para la redacción de un manual de historia americana destinado a la enseñanza media, cuyo objetivo era educar en el culto de la propia patria y en el sentimiento de amor entre los pueblos de América. Aprobado en la sesión plenaria se creó una comisión de cinco historiadores encargados de redactar un libro de historia americana para uso escolar en el plazo de tres años.[7]

 

 

En agosto de 1928 los historiadores participantes del I Congreso de Historia Nacional organizado en Montevideo, habían recomendado a los estados americanos estrechar las relaciones que los unían a través de la firma de tratados que contemplaran la revisión de los libros de texto de historia y geografía; instando a priorizar los aspectos vinculados con la unidad histórica, cultural y económica por sobre los conflictos y desavenencias.[8]

 

 

En 1933 dos historiadores argentinos, miembros de la Junta de Historia y Numismática Americana, Rómulo Zabala y Enrique de Gandía, eran designados delegados del Consejo Nacional de Educación ante el XXV Congreso Internacional de Americanistas celebrado en La Plata. Amparados en esa representación institucional, propusieron la constitución de un Instituto Internacional para la Enseñanza de la Historia en los países hispanoamericanos, sobre la base de las recomendaciones emanadas de la Conferencia Internacional para la Enseñanza de la Historia realizada en la Haya el año anterior.[9]

 

 

En octubre de 1933, a instancias de nuestro país  se firmó un Convenio entre las Repúblicas de Argentina y Brasil. Ratificado por los cancilleres Saavedra Lamas y Melo Franco, disponía la revisión periódica de los textos de historia y geografía,

“…Depurándolos de aquellos tópicos que sirvan para excitar en el ánimo desprevenido de la juventud, la aversión hacia cualquier pueblo americano…” y quitando de “…Los textos de enseñanza de aquellos tópicos que recuerdan pasiones pretéritas, cuando aún no se habían consolidado perfectamente los cimientos de sus nacionalidades…”.[10]

 

Carlos Saavedra Lamas.


El mecanismo principal para materializar este acuerdo fue la creación de comisiones revisoras de la enseñanza de la historia y geografía americanas en ambos países.[11]

 

 

Las tareas desarrolladas por la comisión argentina en sus dos primeros años de vida y la aceptación con que fueron acogidas sus propuestas en el seno del gobierno nacional, estimularon a sus miembros a emprender tareas más ambiciosas.[12] A mediados de Julio de 1936, su presidente, R. Levene le propuso al Ministro de Relaciones Exteriores C. Saavedra Lamas aprovechar la Conferencia Interamericana de Consolidación de la Paz que se realizaría en Buenos Aires unos meses más tarde, para organizar una reunión de delegados de los Ministerios de Instrucción Pública de los países americanos.[13]

 

 

El temario propuesto para la reunión giraba alrededor del establecimiento de acuerdos para realizar en toda América una revisión de libros de texto de historia y geografía, creando para estos efectos comisiones nacionales. También se incluía la posibilidad de estimular la difusión en las escuelas, en los centros culturales y en los de de formación docente de las obras más destacadas de los autores americanos. Para ello se proponía organizar la publicación de una biblioteca de autores relevantes de la literatura, la historia, la ciencia, la política, el derecho y el arte.[14]

 

Enrique de Gandia


En la sesión plenaria de clausura de esa Conferencia Internacional, el delegado de Venezuela, Dr. Zérega Fombona, propuso que se incluyera en actas la recomendación a los gobiernos de América de designar a la brevedad representantes para el congreso histórico que se realizaría en Buenos Aires unos meses más tarde. Sostenía que varias de las resoluciones votadas en esa Conferencia, como las de orientación pacífica de la enseñanza, revisión de textos escolares y cooperación intelectual tenían su base material, técnica  y moral en ese congreso, y que por lo tanto su buen funcionamiento haría más visibles los proyectos de la Conferencia.

 

 

Éstas y otras iniciativas de similar tenor confirman la firme política de intervención de los historiadores argentinos en eventos internacionales -especialmente los vinculados al mundo americano-, y la importancia que tuvo esa participación en la agenda pública y en la definición de política exterior por parte de los elencos gobernantes. Esta verdadera diplomacia cultural descansaba sobre la convicción de que la amistad entre los países se consolidaría y las rivalidades desaparecerían si las nuevas generaciones adquirían un conocimiento acabado de la historia y geografía de sus respectivas patrias y de las de América en general.

 

Será el II Congreso Internacional de Historia de América al que hacía referencia el representante venezolano, realizado en Buenos Aires entre el 5 y el 14 de julio de 1937, la ocasión en que se desplegará con mayor visibilidad y amplitud lo que denominamos embajada historiográfica, gestada por historiadores argentinos -pero compartida ampliamente por el conjunto por los representantes americanos participantes- y centrada en la unidad histórica americana.

 

Los antecedentes y la organización

 

El I Congreso Internacional de Historia de América se había celebrado en Río de Janeiro en septiembre de 1922. Su organización había quedado en manos del Instituto Histórico y Geográfico Brasileño, una de las primeras instituciones latinoamericanas dedicadas al estudio del pasado nacional a partir de una labor erudita y heurística. Desde sus orígenes en 1838 había contado con la protección y el mecenazgo del poder real. En gran medida, fue ese mecenazgo y la legitimidad exclusiva que le brindó el estado imperial como ámbito de producción de la historia nacional, lo que permitió su consolidación y continuidad, convirtiéndose en un modelo institucional para el resto de los países latinoamericanos[15].  Su Comisión Organizadora había invitado al historiador argentino R. Levene a incorporarse al evento en calidad de vicepresidente.

 

A instancia suya, en las sesiones plenarias se decidió que el congreso funcionase con carácter permanente, reuniéndose periódicamente en las capitales de los países americanos, y se designó a Buenos Aires como anfitriona-organizadora del siguiente. La fecha prevista era el 25 de mayo de 1923. Sin embargo, problemas de diversa índole conspiraron contra la organización del congreso en ese momento. Quince años más tarde la coyuntura era bien diferente. A la consolidación del campo profesional y el ascenso de sus figuras centrales a posiciones expectables, perceptible en el recorrido de la Junta de Historia y Numismática, se sumaba la afinidad de ésta con los gobiernos conservadores, especialmente entre Levene, presidente de la institución y  A. P. Justo y su gabinete. Por eso, no fue sorprendente que el festejo principal del IV Centenario de la Ciudad de Buenos Aires recayera en un congreso de historia[16].

 

Afrânio de Melo Franco

 

El II Congreso Internacional de Historia de América se gestó así como una iniciativa de la Junta de Historia y Numismática Americana (elevada al año siguiente al rango de Academia Nacional de la Historia), pero con el carácter poliédrico que le confería su condición simultánea de reunión científica, acto conmemorativo y gestión diplomática. Esta impronta signó el desarrollo del congreso, que pivoteo intermitentemente entre historiografía, conmemoración y política.

 

El Congreso adquirió gran centralidad como parte de los eventos organizados para la conmemoración del IV Centenario de Buenos Aires. La comisión oficial organizadora de los festejos, varios de cuyos miembros eran historiadores y parte activa en la organización del congreso, lo tomó rápidamente como uno de los estandartes de su labor.[17] Un decreto del presidente Justo lo oficializó sobre la base de su trascendencia como acto conmemorativo, como empresa cultural e historiográfica y como estímulo para la consolidación de la solidaridad continental.[18] Esa normativa estableció también la designación de Levene, Ravignani y Zabala como representantes oficiales, la convocatoria por intermedio del Ministerio de Relaciones Exteriores a las universidades y academias de historia de todos los estados americanos y la invitación a instituciones culturales y escuelas dependientes del Ministerio de Justicia e Instrucción Pública a designar profesores de historia para participar de la sección de Metodología de la Enseñanza de la Historia Americana y Revisión de Textos.[19]

 

La comisión organizadora del congreso fue presidida por R. Levene, las vicepresidencias quedaron a cargo de reconocidos historiadores de todo el continente: Clarence Haring y Percy Alvin (EEUU), Alfonso Reyes y Toussaint (México), José  Rodríguez (Venezuela), Max Fleiuss y Pedro Calmon (Brasil), Antonio Pons y José Navarro (Ecuador), Felipe Barreda Laos y Horacio Urteaga (Perú), Alcides Arguedas (Bolivia), Luis Barros Borgoño y Domingo Amunátegui Solar (Chile), Felipe Ferreiro y Mario Espalter (Uruguay), Rómulo Carbia y Emilio Ravignani (Argentina). La comisión se completaba con un conjunto importante de vocales reclutados entre los miembros de la Junta de Historia y Numismática, de juntas filiales del interior, directores de museos y archivos nacionales y presidentes de Juntas de estudios históricos provinciales.

Alcides Arguedas

La convocatoria tuvo gran acogida en el país y en toda América, a juzgar por la amplitud de naciones e instituciones que se hicieron eco de la convocatoria. Todos los gobiernos provinciales, universidades nacionales, academias nacionales, filiales provinciales de la Junta de Historia y Numismática Americana, Juntas de Estudios Históricos y archivos provinciales y locales, la Comisión Nacional de Cooperación Intelectual, la  Escuela Superior de Guerra, la Biblioteca Nacional, el Archivo Histórico Nacional, el Museo Histórico Nacional, el Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires,  la Dirección Nacional de Bellas Artes y el Instituto Sanmartiniano enviaron sus representantes al congreso. A ellos se sumaron los representantes oficiales de naciones y universidades de Estados Unidos, México, Guatemala, El Salvador, Colombia, Venezuela, República Dominicana Cuba, Nicaragua, Costa Rica, Panamá, Brasil, Ecuador, Perú, Bolivia, Paraguay, Chile, Uruguay.

 

Domingo Amunátegui Solar

 

Desde la convocatoria misma el congreso fue pensado por sus organizadores -y visto por el mundo político,  académico y educativo- como instancia de convergencia de una multiplicidad de objetivos. A la reflexión histórica, el estímulo a las investigaciones originales sobre la historia americana y la sociabilidad académica  que caracterizan a cualquier congreso científico de este tenor, se le sumaba en este caso el énfasis concedido a la faceta diplomática, expresada en la defensa de las  tradiciones de cada pueblo, en la cooperación y  en los ideales solidarios entre los estados americanos. Su logro suponía otorgarle especial atención a los aspectos pedagógicos, a la reflexión sobre los métodos y contenidos de la enseñanza de la historia americana y a los libros de texto, vehículos privilegiados de difusión de esos valores. [20]

 

La condición de posibilidad para la convergencia de estos objetivos descansaba en la convicción de que verdad histórica e interés nacional, investigación científica y afán patriótico podían coincidir. La búsqueda de la “verdad” histórica  era perfectamente compatible con el patriotismo, y éste, bien entendido, maridaba sin dificultades con ideales de factura americana. La consecución de la verdad histórica, horizonte del oficio de historiar, debía así desplazar a las versiones erradas, sectarias, panfletarias y polemistas que influían negativamente en la construcción de las imágenes del “nosotros” y los “otros”. Era el desconocimiento, o en todo caso el mal conocimiento, el que fomentaba las rivalidades y recelos, y no las diferencias ideológicas, de proyectos políticos o  de voluntad de liderazgo entre los países. La búsqueda de la objetividad conducía a un tiempo, al desarrollo de un trabajo científico y a la solidificación de una identidad nacional y americana. Investigación, docencia, patriotismo y espíritu americano se entramaban sin dificultad.

 

El desarrollo del congreso: temas, agendas, debates y propuestas

 

José Gabriel Navarro

 

Tal como estaba previsto, el II Congreso Internacional de Historia de América inició sus sesiones el 5 de julio de 1937. La inauguración se produjo con gran pompa. Las más altas autoridades de la Nación y la Ciudad de Buenos Aires se dieron cita para refrendar la importancia del evento, que se inició con la entonación del himno nacional.  El Presidente A. P. Justo,  el Ministro de Justicia e Instrucción Pública Jorge de la Torre, el de Interior Manuel Alvarado, el de Agricultura Miguel A. Cárcano, el Intendente Municipal M. De Vedia y Mitre, el Cardenal Primado Monseñor Copello,  una cantidad importante de diputados, senadores, miembros del cuerpo diplomático argentino y embajadores de países americanos compartieron la apertura.

 

Los discursos inaugurales recayeron en el presidente del congreso R. Levene, el Intendente de la Ciudad de Buenos Aires y los tres invitados de honor, el representante de Estados Unidos Dr. Clarence Haring, el representante de Brasil Dr. Pedro Calmòn y el de Chile Dr. Ricardo Donoso. En todos ellos los elogios a la organización y los votos por un trabajo fructífero se combinaron con referencias a la situación internacional y especialmente al lugar de América en los destinos futuros.

 

R. Levene destacaba en su discurso la superación de una etapa en la que la historia del continente se escribía a partir de líneas de tensión que enfrentaban a las naciones,

“…Era en parte la historia de la America inglesa contra la América latina o viceversa; la historia de la América hispánica contra la portuguesa y chocaban entre ellos la mayoría de los historiadores de pueblos de habla castellana. Diversos hechos habían llevado confusamente a esta anarquía. Eran los problemas del pasado todavía insolubles, la imagen del héroe palpitante de pasión, una política contradictoria que no terminaba de definirse y las convulsiones internas que padecían nuestros pueblos…”.[21]

 

Luis Barros Borgoño


Tampoco los intelectuales europeos habían logrado una reflexión profunda sobre las sociedades americanas. Sociólogos como Le Bon o filósofos como Spengler sólo habían logrado a su entender análisis superficiales, que se limitaban a retomar información de segunda mano, sin conocer personalmente las realidades ni realizar las mínimas tareas de heurística documental. Incluso los textos dedicados a la enseñanza de la historia americana se construían sobre errores y omisiones, producidos bien por las limitaciones de modestos maestros bien por la intencionalidad de manifiestos polemistas.

 

Sin embargo, en la perspectiva del autor, en los últimos años esa situación había cambiado notoriamente, impulsada por la obra y la gestión de historiadores profesionales en uno y otro continente. Una nueva concepción histórica, apoyada en la aplicación de los métodos eruditos de investigación y crítica, permitía elaborar una historia de las unidades americanas en su diversidad y en su totalidad. La verdad histórica serenaba las pasiones y los procedimientos de la investigación permitían una historia comprensiva y de síntesis. Al mismo tiempo, un nuevo compromiso pedagógico de los historiadores con la cultura histórica contribuía a su difusión. Ejemplo de esto era el tratado recientemente firmado entre los gobiernos argentino y brasileño para la revisión de la enseñanza y los libros de texto de historia americana.[22]

 

Por sobre las diferencias geográficas, raciales, económicas y políticas las investigaciones históricas demostraban la unidad histórica de carácter moral que distinguía al mundo americano.  Fraguada en los tres siglos de la colonia en la se fue consolidando “…un sistema general americano dentro del cual se generó lentamente la Revolución emancipadora, la independencia que nace de la dominación española, portuguesa e inglesa aunque va contra ellas…”[23]. Esa historia compartida que ligaba estrechamente a las naciones americanas daba solidez a la afirmación de que “…Los Estados libres de este Continente marchan hacia la plena realización de su soberanía económica y espiritual y la historia es la unión entre ellos como fuente eterna de verdad y patriotismo…”[24]

 

La idea de una unidad histórica y la consecuente y natural  vocación americanista de los países del continente, era reforzada también por los otros oradores. El representante de Estados Unidos, el historiador Clarence Haring afirmaba en su discurso que  “…La América española y la América inglesa son ambas el producto de la frontera. Ambas han estado condicionadas en el pasado de las circunstancias sociales y políticas que acompañan a la conquista material de un continente virgen; ambas encaran los mismos problemas políticos y sociales en el presente…”.[25]

 

Más emotivo y explícito aún, el representante de Brasil, Dr. P. Calmón, iniciaba su interpelación al auditorio exclamando

“…Bendita sea la América, reunida familiarmente en el hospitalario y noble lar argentino para concertar entre sus historiadores la sana y útil política del conocimiento verídico y recíproco. Es privilegio de nuestro continente este parentesco indisoluble. Es su destino la paz sin resentimientos y la cultura sin prevenciones, que aquí representamos. El sentido de su civilización es una profunda y natural solidaridad entre nuestros países, en cuyo sincronismo adivinamos el mismo drama social, igual aventura creadora, equivalente formación histórica. Somos, en este mundo nuevo, la humanidad nueva…”.[26]

 

Es el germen de la libertad cultivado en el pasado, y el compartido espíritu independentista, el que provee el sustrato común a todo el continente:

“…La hora de la reconquista decisiva, de la América para los americanos, sonó en modo semejante. El orden puede ser peregrino: la libertad es nativa (…) Crecimos hombro con hombro. (…) De hecho nos comprendemos tan bien, que nunca un prócer americano, en la victoria o en la desgracia (…) se juzgó extranjero en país vecino. Los caballeros medioevales se hermanaban por la cruz; nosotros nos fraternizamos en la liberación…”.

La opción americanista –o panamericanista- se presenta así, más que como opción, como un destino. El

“…‘monroismo’ no es, así, una novedad sino una verificación. Habíamos formado, más que nuestra espiritualidad, nuestro sistema. Éramos para los americanos forjados al calor de tantas turbulencias cívicas, la libre América…”[27]

 

Los discursos de apertura del congreso están teñidos de una idea que sobrevolará todas sus sesiones, que podría expresarse en la existencia de un espíritu de confraternidad americana basado en la necesaria pero al mismo tiempo inevitable unidad panamericana. Esto, como veremos, no significó el rechazo a la herencia hispana de los países que la poseían, ni tampoco el debilitamiento de la centralidad concedida a la historia hispana e hispanoamericana tanto en las investigaciones como en la historia escolar. En este contexto, parece más bien el reforzamiento de una identidad de la que se destaca su común aspiración a la libertad frente a las derivas históricas de la situación europea. Las reflexiones expresadas en el congreso no son ajenas a la situación internacional. Una y otra vez se reafirma la convicción en las normas jurídicas del derecho internacional y en los regímenes arraigados en la democracia y la libertad, criticando el despotismo fascista y comunista.

 

Este sentido, que cruza numerosas presentaciones y debates de los historiadores durante el congreso, es más explícito aún en los discursos de cierre y ágapes organizados por las autoridades nacionales como homenaje. En la clausura del congreso el Ministro de Justicia e Instrucción Pública felicitaba a los historiadores porque

“…Habéis procurado al mundo un ejemplo de confraternidad, en momentos cuyo valor no desconocemos. Las palabras que aquí se han pronunciado (…) al perseguir los ideales de acercamiento común constituyen una riqueza nueva que se incorpora al patrimonio moral de nuestros pueblos…”[28]

 

Unos días antes, el presidente Justo había ofrecido un almuerzo a los delegados de todas las naciones participantes. En él señalaba lo

“…altamente auspicioso para nuestro continente y halagador para el sentimiento americano, que en esta hora confusa y obscura de la vida de la humanidad se congreguen en esta ciudad delegados de todos los países que lo integran, no con el objeto de discutir fórmulas como en los congresos del viejo mundo, para alejar el peligro de guerras que parecen más inminentes después de cada uno de esas reuniones, sino con propósitos de elevada especulación espiritual y de alta cultura…”[29]

 

Si en una inversión de esquemas, América y sus historiadores se convertían en faro para la cultura de la humanidad entera, la disciplina histórica tenía para el presidente argentino una contribución más que hacer a las sociedades presentes pues en

“…estos graves momentos de honda crisis de espíritu, cuando se predican doctrinas extrañas a nuestro medio, y parece hasta elegante renegar del propio pasado y de sus instituciones, al demostrar la inutilidad de la violencia y la falacia de todas las panaceas políticas tras la cuales corrió y corre la eterna ilusión humana, la historia debe llamar a la serena reflexión y a la cordura. Y debe enseñar a mirar hacia el porvenir sin abominar del pasado que lo preparó y de las instituciones que nos legaron los fundadores de nuestras nacionalidades, instituciones imperfectas, como toda obra humana, pero por lo menos, perfectibles, de acuerdo con las necesidades de la vida y con las exigencias de la evolución progresiva de los pueblos…”[30]

 

El personaje que mejor encarnaba los ideales de integración americana que se postularon en el congreso era Francisco de Miranda. Sobre su figura se condensaron varias de las propuestas integracionistas. Este venezolano, a la vez político, militar y escritor, en virtud de su participación en las guerras de  independencia norteamericana e hispanoamericana podía reclamar para sí el reconocimiento de su condición de héroe de la entera América. Su proyecto de una unidad americana del Missisipi a Tierra del Fuego era  el símbolo ideal del ideario americanista expresado en el congreso. No es casual que dos de las recomendaciones finales de los historiadores argentinos hayan estado vinculadas a él. A su propuesta fueron aprobados por unanimidad los proyectos de construcción en Buenos Aires de un monumento a de Miranda costeado por todos los países americanos, y la traducción y publicación junto con las actas del congreso de la obra del historiador norteamericano Spencer Robertson “La vida de Miranda”.[31]

 

El desarrollo de la Sección Metodología de la Enseñanza y Revisión de Textos


El congreso estuvo organizado en diferentes sesiones.[32] Todas ellas mantenían la misma estructura. Estaban integradas por uno o varios presidentes que generalmente eran miembros de la comisión organizadora, dos relatores que tomaban nota de las presentaciones, las preguntas y los debates posteriores para redactar una memoria de la sesión, y finalmente, los expositores, que habían sido expresamente invitados en función de sus trayectorias para desarrollar algún aspecto del tema de la sesión. Luego se abría un espacio de intercambio entre todos los participantes (expositores, autoridades y asistentes) que daba lugar a la elaboración de propuestas, resoluciones y recomendaciones.

En la sesión plenaria de cierre, las conclusiones de cada sesión aprobadas pasaban a integrar el documento final con las propuestas del congreso.

 

Particular interés reviste el análisis de la sesión “Metodología de la Enseñanza de la Historia y Revisión de Textos”, pues si las raíces históricas comunes y los desarrollos paralelos eran lo que daba unidad y cimiento al proyecto colectivo de matriz americana, y si los historiadores eran los encargados de desentrañar las características de este proceso y de difundirlo al conjunto social, el sistema educativo era invocado como la correa de transmisión por excelencia de los resultados de tales trabajos. Si los juicios errados, sectarios o injustos, causantes de la animosidad entre estados eran atribuibles al desconocimiento o al mal conocimiento (intencionado o por negligencia), la enseñanza de la historia y de la geografía –especialmente en el nivel medio- permitirían su erradicación.

 

La sesión “Metodología de la Enseñanza de la Historia y Revisión de Textos” se desarrolló en los últimos días de actividad, el 8 de julio. Como habíamos señalado, el Ministerio de Justicia e Instrucción Pública convocó a los establecimientos educativos de su dependencia a enviar docentes para participar de esta sesión en particular, convirtiéndola en la más concurrida de todas las organizadas. Pero no fue sólo el peso cuantitativo el que le dio centralidad en el congreso. El  repaso de la nómina de autoridades y participantes de la sesión demuestra la relevancia que este tema poseía para los historiadores, para la Junta de Historia y Numismática –organizadora del congreso- y para las autoridades nacionales y provinciales. La presidencia recayó en R. Levene y E. Ravignani, quizá los dos historiadores argentinos con mayor capital simbólico en la profesión[33].

 

Los expositores convocados para disertar  provenían del campo de la historia y la didáctica, pero compartían además el desempeño de cargos de gestión en el ámbito educativo: Felipe Barreda Laos era embajador de Perú en Buenos Aires y se había desempeñado con anterioridad como titular de la cátedra de Historia de América de la Universidad de San Marcos; Juan Mantovani, era Inspector Nacional de Segunda Enseñanza, Julio Raffo de la Reta se desempeñaba como Director General de Escuelas de la Provincia de Mendoza y Juan Cassani ocupaba el cargo de Director del Instituto de Didáctica de la Universidad de Buenos Aires.[34]

 

Los expositores describieron la situación de la enseñanza de la historia de  América en los países americanos, particularizando cada uno en la realidad de su país de origen. Más allá de las diferencias de estilo, forma y situación contextual, se coincidía en la necesidad de reformar la enseñanza de la historia y la geografía con el propósito de

“…Atenuar el espíritu bélico e insistir en la cultura de los pueblos (…) Eliminar los paralelos entre los personajes históricos, nacionales y extranjeros y los comentarios y conceptos ofensivos para otros países (…) Evitar que el relato de las victorias alcanzadas sobre las otras naciones pueda servir de motivo para rebajar el concepto moral de los países vencidos (…) No juzgar con odio o falsear los hechos en el relato de guerras o batallas cuyos resultados hayan sido adversos…” y en general “…Destacar cuanto contribuya constructivamente a la inteligencia y cooperación de los países americanos…”.[35]

 

A difundir esta idea, tenían que contribuir también  los manuales de historia, y para ello era imprescindible acordar criterios y normas comunes para su redacción y especialmente eliminar todo juicio o expresión sectaria o injusta.

Como buenos herederos de la tradición erudita, cultivada a ambos lados del atlántico, estos  historiadores profesionales no concebían estas reformas como violatorias de los principios científicos de la investigación histórica, ya que

“…No se trata de suprimir la mención de guerras o conflictos diplomáticos, sino de exponer el pasado con un criterio objetivo, tarea que sólo podían realizar historiadores con autoridad moral y científica…”.[36]

 

Sin embargo las cuestiones más interesantes se suscitaron durante el intercambio posterior y la presentación de propuestas. Por un lado, se aprobaron una serie de recomendaciones destinadas a fortalecer la enseñanza de la historia y la geografía en el nivel medio a través del aumento de la carga horaria y su dictado en gabinetes especiales con material pedagógico adecuado. También a través de cambios en la formación docente, cuya centralidad en la transmisión de contenidos no pasaba desapercibida para los historiadores. Entre ellos destaca la propuesta de creación de Institutos especiales o carreras universitarias para la formación del profesorado y la prioridad de estos egresados sobre los provenientes de profesorados de escuelas normales y formaciones afines para ocupar cátedras en el nivel medio.[37]

 

Otro conjunto de iniciativas se dirigió a estimular la cooperación interamericana. Uno de los puntos que más adhesión concitó fue la recomendación a los gobiernos americanos de  suscribir el convenio internacional de revisión de libros de texto firmado entre Brasil y Argentina en 1933. También se consensuó estimular  la formación en cada escuela media del continente de una biblioteca de historia y geografía americana, integrada por autores americanos,  traducidos si fuera necesario. Estas proposiciones se completaron con el proyecto de crear un programa de becas para que jóvenes historiadores realizaran estancias en países de América, y la moción de insistir ante las instituciones universitarias y de formación docente para que las cátedras de historia de América pusieran énfasis en la historia americana contemporánea, pues se lo entendía como el medio más adecuado para la creación de un sentimiento de solidaridad continental.[38]

Sin embargo, este impulso en pos de acentuar el espíritu americanista entre los estados a partir de lo común y propio, se conjugó sin dificultades con propuestas tendientes a reforzar el legado colonial, especialmente el hispánico, y en general, el valor simbólico de las potencias coloniales. Una de ellas comprometía los esfuerzos de los historiadores presentes en la creación de cátedras de historia de la civilización de España, Portugal e Inglaterra en las universidades de América donde no las hubiera; otra, iba dirigida a los ministerios de educación y a través de ellos a los docentes de los cursos de historia universal o de la civilización, para que dieran mayor importancia en sus programas a la historia de España.[39] Las varias referencias a lo largo de la sesión a las ideas y obra de Rafael Altamira, uno de los estandartes del hispanoamericanismo español -especialmente invitado al congreso, al que no concurrió por problemas personales-, también podría leerse en  este sentido.

 

Del objeto “Historia Americana” en los Congresos de Historia de América


Durante la Sesión Plenaria y de Clausura del II Congreso Internacional de Historia de América se produjo un intenso debate  a propósito  de los alcances temporales y temáticos de ese y los futuros congresos. Sin embargo, lo que en realidad se discutía era qué se entendía por historia americana y de qué debían ocuparse los historiadores que se dedicaran a ella.

La sesión plenaria, conformada por todos los miembros titulares y los delegados de cada país, se inició sometiendo a consideración del conjunto un reglamento para el funcionamiento de los congresos. Ya en el I Congreso de 1922 se había decidido convertirlo en una institución permanente, que se reuniría regularmente en distintas ciudades americanas. De lo que se trataba ahora, era de organizar ese funcionamiento regular a través de un estatuto. Con este fin, se somete a discusión un proyecto de reglamento redactado por R. Levene, en el que se limitaba el estímulo a las investigaciones y los alcances de las reuniones científicas al dominio de la historia americana que se iniciaba con la conquista.

El historiador Uriel García, miembro de la delegación peruana,  tomó la palabra para expresar su desacuerdo con estos límites, recordando que la historia americana no se iniciaba con la conquista española, y que por lo tanto, debía necesariamente incluirse la época anterior a ella como objeto de estudio del congreso. Pues los

“…pueblos hispanoamericanos no tienen historia sólo desde la llegada de los españoles, sino etapas anteriores que prevalecen en las formas de cultura llamadas prehistóricas. No llamo prehistoria a todos los pueblos panamericanos anteriores a la conquista; solamente algunos pueden ser clasificados en las etapas de la prehistoria…”[40].


Este último punto, la distinción entre etapas prehistóricas e históricas, es relevante pues està en la base de las respuestas  ensayadas por R. Levene,  E. Ravignani y otros historiadores argentinos para defender el proyecto original. El primero señalaba que los congresos de historia americana habían sido pensados como reuniones para historiadores, y que por este motivo no se había invitado a paleontólogos, arqueólogos y geólogos, profesionales que se dedicaban a estudiar los distintos aspectos de la prehistoria. Claramente aquí se està pensando que la historia americana anterior a la conquista no forma parte del objeto de estudio de la historia, sino que es materia de otros especialistas.

Esta idea es reforzada por la intervención de Manuel Lizondo Borda, quien insistiendo sobre cuestiones de método y de fuentes sostiene que

“…la historia americana es la historia con documentos. Es la historia que empieza cuando se hace el descubrimiento de América y de la que nos quedan crónicas que comprenden la historia de los pueblos hispanoamericanos (…) y que las que se llaman prehistoria y protohistoria, por la misma significación de los términos, no son propiamente historia de América, sino que entran en otra disciplina que es la de los estudios americanistas. El estudio de las civilizaciones indígenas posteriores al descubrimiento son ya historias americanas indudablemente, porque ya han estado en contacto con elementos españoles, y han sido referidas estas civilizaciones por los documentos y crónicas de la época de la conquista…[41].

E. Ravignani incorporó otro argumento a la defensa del recorte propuesto, sosteniendo que si se quería dar profundidad a los estudios e investigaciones era necesario recortar el objeto, privilegiando la exhaustividad por sobre la amplitud. Por otro lado, sostenía que incorporar el estudio de las etapas anteriores a la conquista los llevaría a superponerse con los congresos de americanistas, que se celebraban periódicamente desde 1875 y a cuya última edición, realizada en Sevilla en 1935, habían asistido varios historiadores argentinos.[42]

Aun cuando la posición de Perú fue apoyada por otros países como Ecuador, El Salvador, República Dominicana y Nicaragua, la solución no pasó por la definición de la entidad del concepto de historia americana (en uno u otro sentido), sino en no imponerle limitación alguna. El art. 1 del reglamento fue aprobado con el siguiente texto: “…El Congreso Internacional de Historia de América tiene por objeto promover las investigaciones históricas en el dominio de la historia americana, difundir la cultura histórica y renovar la metodología de su enseñanza en los establecimientos de educación….[43]

 

Algunas consideraciones finales

El análisis del II Congreso Internacional de Historia de América llevado a cabo en Buenos Aires entre 5 y el 14 de julio de 1937 muestra como en numerosas oportunidades los congresos científicos trascendieron los marcos del mundo académico para convertirse en eventos de gran centralidad para los gobiernos. En la coyuntura de la década de 1930, el caso estudiado pone en evidencia la contribución de los historiadores en la construcción de un horizonte americanista. Apoyados en la legitimidad de su saber, diseñaron una diplomacia cultural no menos eficaz que aquella a secas. Esta embajada historiográfica promovió la idea de una unidad histórica americana gestada en el pasado de los siglos coloniales y consolidada en el proceso de emancipación y los desarrollos nacionales posteriores. Esta génesis y derrotero comunes daban unidad a la historia americana y ponían a los proyectos de corte panamericanistas en una deriva natural de este proceso

Los alcances de esta operación historiográfica pueden vislumbrarse mejor en las resonancias posteriores del evento desplegadas por todo el continente. En un informe sobre el congreso que el historiador Percy Alvin Martin, delegado por los Estados Unidos, envía a la Unión Panamericana describe sus impresiones con estas palabras: “…En realidad sentimos que éramos conciudadanos de una República de las Letras cuyos confines se extienden desde la frontera septentrional de los Estados Unidos hasta los límites meridionales de Argentina y Chile. La solidaridad panamericana, expresión de la cual se ha hecho tanto uso como para quitarle mucho de su sentido, tomó como resultado del Congreso una nueva y vital significación…[44]

 

NOTAS

* Martha Rodriguez Magister en Historia Programa de Investigaciones en Historiografía Argentina. Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. E. Ravignani” UBA/CONICET

[1] Sobre el proceso de profesionalización de la historia y otras ciencias sociales existe una bibliografía amplia, especialmente para el caso alemán, francés, norteamericano y español. Un abordaje teórico y general del tema de las profesiones puede consultarse en Ricardo Gonzalez Leandri, Las profesiones. Entre la vocación y el interés corporativo.  Fundamentos para su estudio histórico, Catriel, Madrid, 1999. Para una reflexión acotada al campo historiográfico Gonzalo Pasamar Alzuria “La profesión de historiador en su perspectiva histórica: principales problemas de investigaciòn”, en Studium, Nº 4, 1992. Para el caso argentino Cfr. entre otros Alejandro Cattaruzza “La historia y la ambigua profesión de historiador en la Argentina de entreguerras” en Alejandro Cattaruzza y Alejandro Eujanian, Políticas de la Historia. Argentina 1860-1960, Alianza, Buenos Aires, 2003.

 

[2] Ricardo Levene, Lecciones de Historia Argentina, Ed. Lajouane, Buenos Aires,  1912.

 

[3] Aquí no nos detendremos en el análisis de la  Nueva Escuela Histórica como tradición historiográfica ni en las posibilidades y límites que tal denominación imponen a un grupo de historiadores. Para eso remitimos entre otros a: Fernando Devoto y Nora Pagano, Historia de la Historiografía Argentina, Sudamericana, Buenos Aires, 2009, cap. 3; Alejandro Cattaruzza y Alejandro Eujanian, Políticas de la Historia. Argentina 1860-1960, Op. Cit., cap. 3 y 4; Jorge Myers, “Pasados en pugna: la difícil renovación del campo histórico argentino entre 1930 y 1955”, en Federico Neigburg. y Mariano Plotkin (comps.) Intelectuales y expertos. La constitución del conocimiento social en la Argentina, Paidòs, Buenos Aires, 2004. Para la versión “oficial” elaborada por la Academia Nacional de la Historia puede verse AAVV., La Junta de Historia y Numismática y el movimiento historiográfico argentino, Buenos Aires, Academia Nacional de la historia, 1997.

 

[4] En esas décadas se crean el Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires, el Instituto de Investigaciones Históricas de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, la Comisión Revisora de Libros de Texto de Historia y Geografía Americanos, la Comisión Nacional de Museos, Monumentos y Lugares Históricos, el Centro de Estudios Históricos de la Universidad de La Plata, la Sociedad de Historia Argentina. La Junta de Historia y Numismática se convierte en Academia Nacional de la Historia en 1938. Para un análisis de la articulación entre historia y política en los años ’30 puede consultarse Alejandro Cattaruzza, “”Descifrando pasados: debates y representaciones de la historia nacional”, en Id. (Dir), Crisis económica, avance del Estado e incertidumbre política, Sudamericana, Buenos Aires, 2001. T VII.

 

[5] Martín Bergel., “El anti-antinorteamericanismo en América Latina (1898-1930). Apuntes para una historia intelectual”, Revista Nueva Sociedad, Nº236, nov-dic 2011. Como señala el autor esta política no bastó para superar las reticencias argentinas –y latinoamericanas- hacia Estados Unidos, y aunque la “buena vecindad” y el ascenso de los fascismos disminuyeron la animosidad, desde mediados de los años ‘20, el antiyanquismo fue una dimensión visible en algunos sectores de la cultura latinoamericana e insufló motivos a  varias entidades intelectuales y políticas que buscaron hacerse eco de él

 

[6] Cfr. Celestino Del Arenal C., Política exterior de España hacia Iberoamérica, Ed. Complutense, Madrid, 1994. Cap. II;  Pedro Pérez Herrero y Nuria Tabanera (Coord.) España/América Latina: un siglo de políticas culturales, AIETI/OEI, Madrid, 1993; Gustavo Prado, Las lecciones historiográficas de Rafael Altamira en Argentina Apuntes sobre Ciencia, Universidad y Pedagogía Patriótica (1909), Universidad de Oviedo, Asturias, 2010

 

[7] Tercer Congreso Científico Panamericano, Acta Final,  Lima, 1938.

 

[8] Diario Oficial da Uniao, Secao 1, 30/10/1928, pàg. 42.

 

[9] Carlos Suárez y Jorge Saab, “El Estado, Ricardo Levene y los lugares de la memoria”, en Clio &Asociados, Nº16, 2012.

 

[10] “Convenio entre la República Argentina y la Republica de los Estados Unidos del Brasil para la revisión de los textos de enseñanza de historia y geografía firmado por los Ministros de Relaciones Exteriores Carlos Saavedra Lamas y A. De Mello Franco”, en Ricardo Levene., Estudios de Historia Nacional, T. IV, 1932-36. (se trata de tomos armados por el  propio autor donde reúne varios de sus artículos y conferencias sobre estos temas, que forman parte de su biblioteca personal).

 

[11] La Comisión Argentina estaba formada por R. Levene, F. Outes, F. Daus, C. Correa Luna y E. Ravignani. A la de Brasil  la integraban A. Taunay, J. Serrano, R. Gabaglia, S. Docca, O. Rosa, P. Calmon Moniz de Bittencourt, F. Hermes, R. Mendoça

 

[12] El mismo año de su creación, la Comisión acuerda una serie de proposiciones para la enseñanza de la historia y la geografía que trasciende la revisión de los libros de texto para extenderse a toda la enseñanza de estas disciplinas. Se establecen una serie de criterios a seguir para ambas materias. El gobierno argentino rápidamente adoptó como reglamentación oficial las propuestas de la Comisión. El Ministro de Justicia e Instrucción Pública, Dr. Yriondo, sosteniendo que las proposiciones tenían un acertado fundamento, las difunde rápidamente en todo el sistema educativo haciéndoselas llegar a cada uno de los profesores de las disciplinas involucradas. La carta que los miembros de la Comisión adjuntaron a cada docente en 1935 con las recomendaciones mencionadas, los convocaba a tener en cuenta en el desarrollo de su actividad “… Los ideales de verdad histórica y solidaridad americana que sustentan, y espera que tales principios adquieran su máxima eficacia en la acción docente y dirigente del Sr. Profesor y no únicamente en los libros de texto…” en Ricardo Levene., Estudios de Historia Nacional, T. IV, 1932-36, pág,  24.

 

[13] Esta Conferencia Interamericana de Consolidación de la Paz había sido propuesta por el presidente norteamericano F. D. Roosevelt, quien inauguró las sesiones junto al presidente Justo el 1 de diciembre de 1936. La presidencia de la conferencia recayó en  C. Saavedra Lamas.  Enviaron delegados los gobiernos de Paraguay, Honduras, Costa Rica, Venezuela, Perú, El Salvador, México, Brasil, Uruguay, Guatemala, Nicaragua, República Dominicana, Colombia, Panamá, Estados Unidos, Chile, Ecuador, Bolivia, Haití y Cuba. Carlos Saavedra Lamas, La Conferencia Interamericana de Consolidación de la Paz, Buenos Aires 1938.

 

[14] “Nota proponiendo la reunión de delegados de los Ministerios de Instrucción Pública de cada uno de los Estados de América en la Conferencia General de la Paz, para la revisión de los textos de enseñanza de historia y geografía americanas”, en Ricardo Levene, La Cultura Histórica, Espasa-Calpe, Buenos Aires, 1942  pàg. 235

 

[15] Fernando Devoto. “La construcción del relato de los orígenes en Argentina, Brasil y Uruguay: las historias nacionales de Varnhagen, Mitre y Bauzà”, en Carlos Altamirano (dir.) Historia de los intelectuales en América Latina, Katz editores, Buenos Aires, 2008. T I. Tomàs Sansòn Corbo, “Matrices institucionales y metodológicas de la historiografía rioplatense del siglo XIX. El influjo de Brasil”, en Confluenze. Rivista di Studi Iberoamericani, Vol 6, Nº 1, 2014, pàgs. 111-137

 

[16] Los usos de las conmemoraciones como estrategia de política exterior en los países latinoamericanos ha sido analizada por Pablo Ortemberg en varios trabajos. Aunque sin indagar en congresos científicos ni eventos académicos -que son el eje de nuestro trabajo-, introduce una perspectiva novedosa para el estudio de los rituales puestos en marcha por el Estado con motivo de las conmemoraciones oficiales. Puede consultarse entre otros Pablo Ortemberg, “Geopolítica de los monumentos: los próceres en los centenarios de Argentina, Chile y Perú  (1910-1924)”, en Anuario de Estudios Americanos, Nº72, enero-junio 2015, pàg 321-350; y “Los centenarios patrios en la construcción de alianzas y rivalidades internacionales: los festejos trasandinos de 1910, la estatua de O’Higgins y los bemoles peruanos”, en Anuario de Historia de América Latina, Nº 51, dic 2014, pàg 329-350

 

[17] La Comisión oficial del IV Centenario de Buenos Aires estaba presidida por el intendente municipal Mariano de Vedia y Mitre e integrada por los historiadores Ricardo Levene, Emilio Ravignani, Rómulo  Zabala, Enrique de Gandìa además de directores de bibliotecas, archivos y museos.

 

[18] Decreto del 14/01/1937

 

[19] Una Resolución del Ministerio de Justicia e Instrucción Pública del 10/06/1937 organizó la participación de los docentes en esa sección disponiendo que en los establecimientos de capital y alrededores se designara un representante, lo mismo que en aquellos ubicados en lugares donde existiera un solo instituto dependiente del estado nacional. En lugares donde hubiera más de uno, se pondrían de acuerdo para enviar un docente que asumiría la representación colectiva.  A estos delegados se les justificaría con goce de sueldo las inasistencias producidas por la participación en el congreso y se les daría pasajes oficiales de ida y vuelta. Con este estímulo y facilidades la representación del nivel medio del sistema educativo fue alta; además de la Inspección General de Segunda Enseñanza participaron profesores del Instituto del Profesorado Secundario de Buenos Aires y Paraná, de los colegios nacionales, escuelas normales, liceos de señoritas, escuelas industriales, colegios de las universidades, escuelas de comercio,  y más de 60 profesores de institutos privados incorporados a la enseñanza oficial.

 

[20] Ricardo  Levene “Advertencia”, en  Academia Nacional de la Historia, II Congreso Internacional de Historia de América, Buenos Aires, ANH, 1938, T I,  pàg. 25.

 

[21] Academia Nacional de la Historia, II Congreso Internacional de Historia de América, Buenos Aires, ANH, 1938, T I,  pàg. 29.

 

[22] Ibidem, pàg. 34

 

[23] Ibidem

 

[24] Ibidem, pàg. 35

 

[25] Ibidem, pàg. 41

 

[26] Ibidem, pàg. 44

 

[27] Ibidem pàg. 46

 

[28] Ibidem, pàg 360.

 

[29] Ibidem, pàg 363

 

[30] Ibídem, pàg 364

 

[31] Ibidem, pàg 487

 

[32] Las sesiones que funcionaron a lo largo del congreso fueron: Historia del Arte; Historia Literaria; Historia Política y Económica; Historia Militar, Naval y Numismática; Metodología de la Enseñanza; Historia Filosófica, Científica y Religiosa; Historia Jurídica y Diplomática; Conceptos e Interpretación de la Historia de América; Fuentes de Historia Americana. Archivos, Museos y Bibliotecas.

 

[33] Para un análisis de las características y contextos institucionales de la  enseñanza de la historia argentina y americana en nuestro país y su relación con la NEH Cfr. Fernando Devoto “La enseñanza de la historia Argentina y Americana. Nivel Superior y Universitario. Dos estudios de caso”, en AAVV., La Junta de Historia y Numismática y el movimiento historiográfico argentino, Buenos Aires, Academia Nacional de la historia, 1997, T. II; sobre la relación entre historiografía e historia escolar a lo largo del siglo XX puede consultarse Mariana Lewkowicz y Martha Rodriguez “Del Centenario al Bicentenario: Libros de texto, historiografía académica e  historia escolar” en Actas de las XVI Jornadas Argentinas  de Historia de la Educación, Universidad Nacional de Entre Ríos-Sociedad Argentina de Historia de la Educación, Paraná, 2010.

[34] La organización del congreso había dado la posibilidad a los participantes de enviar con anterioridad comunicaciones y propuestas para las sesiones en las que iban a participar. Algunos de los miembros de la comisión organizadora usaron este mecanismo para presentar sus aportes en las mesas en las que no participaban como oradores. Las mismas eran expuestas en forma muy sumaria por los relatores, quienes en el caso de que fueran propuestas, las sometían a la votación general de los presentes.  Algunas de las sugerencias que elevaron las presidencias de las sesiones a la Sesión Plenaria tenían este origen. En el caso de la que estamos analizando las comunicaciones presentadas fueron: José M. H. Albarracin, ”La enseñanza de la historia patria y americana”; Rafael Altamira, ” Comunicación relativa a la revisión de textos”; Pedro Calmón, ”Cómo enseñar la nueva historia en el Brasil”; Napoleón Gil, “Tahuantinsuyo prehistórico. (Antigüedad de las culturas peruanas)”; Carlos Heras, “La enseñanza de la Historia americana contemporánea”; Ricardo Levene, ”La reforma de la enseñanza de la Historia americana y nacional”; Alberto Palcos, “La Historia de América y la educación de la juventud”; C. Parra Pérez, “Memoria sobre la revisión de los manuales de enseñanza”; Cecilia Quiroga de San Martín, “Enseñanza de la Historia”.

 

[35] Academia Nacional de la Historia, II Congreso Internacional de Historia de América, Buenos Aires, 1938, T V, pág. 430.

 

[36] Ibìdem

 

[37] Academia Nacional de la Historia, II Congreso Internacional de Historia de América, op. Cit. , T I pàg 429

 

[38] Ibidem, pàgs. 428-432

 

[39] Ibidem, pàgs. 428

 

[40] Ibidem, pàg. 448-449

 

[41] Ibidem, pàg 453

 

[42] Excede los límites de este trabajo un análisis exhaustivo sobre este punto, pero es interesante la referencia de Ravignani a los congresos de americanistas en esta discusión, pues una de las marcas de origen de estos congresos  fue la intención  de limitar el americanismo a la época prehispánica, relativizando la importancia del descubrimiento y la colonización española.

 

[43] Ibídem, pàg. 456. El subrayado es nuestro

 

[44] Ibídem, pàg. 515

 

Ariadna Tucma Revista Latinoamericana. Nº 11/12. Marzo 2016 – Julio 2017.

 

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