Impacto de la Revolución Mexicana en América Latina y Cuba

Sergio Guerra Vilaboy*

Izquierda: Emiliano Zapata y sus seguidores

La Revolución Mexicana, iniciada en 1910 y coronada con las radicales transformaciones del periodo cardenista (1934-1940), produjo un extraordinario impacto en América Latina, dominada entonces por regímenes antidemocráticos, plegados al capital extranjero y las oligarquías locales. Las consignas agraristas y de reivindicación nacional, primero, y la reforma agraria y la nacionalización del petróleo, después, concitaron grandes expectativas en el hemisferio, acompañadas de una gran ola de solidaridad y el despertar de sentimientos revolucionarios en vastos sectores populares.

 

 

La huella del imaginario mexicano puede encontrarse en la gesta de Augusto César Sandino en Nicaragua y en otros movimientos revolucionarios de la época y se expresó en la fundación de nuevas organizaciones obreras, campesinas y estudiantiles, entre ellas las ligas antiimperialistas y federaciones anticlericales. Varios procesos latinoamericanos de la primera mitad del siglo XX fueron marcados de manera directa por la impronta revolucionaria de México y, muy en concreto, por la reforma agraria y la expropiación de empresas extranjeras, como pudo advertirse en Cuba, durante la revolución del treinta y en la constitución adoptada en la isla en 1940, en cuyo articulado está la huella de la carta magna mexicana de 1917.

 

Derecha: Augusto Cesar Sandino.

 

A ello contribuyó que, desde los años veinte, México se convirtiera en refugio de muchos perseguidos políticos de América Latina, como fue el caso del joven revolucionario cubano Julio Antonio Mella. Otro líder estudiantil exiliado en México fue el peruano Víctor Raúl Haya de la Torre, quien al calor de la Revolución Mexicana fundó allí en 1924 la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), de gran resonancia continental. Haya de la Torre llegó a considerar que “la Revolución Mexicana aparece y queda en la historia de las luchas sociales como el primer esfuerzo victorioso de un pueblo indoamericano contra la doble opresión feudal e imperialista.”

 

 

Izquierda: Alfredo Palacios

También los socialistas argentinos Alfredo Palacios y José Ingenieros, así como el pensador marxista peruano José Carlos Mariátegui, externaron sus simpatías por la Revolución Mexicana. Este último, incluso, hizo una síntesis histórica de ese proceso en un artículo de enero de 1924 titulado “México y la Revolución”. Otros trabajos suyos sobre el tema fueron “La reacción en México” (1926), “La guerra civil en México” (1927), “Obregón y la Revolución Mexicana” (1928), “La lucha eleccionaria en México” (1929), entre otros. Según la reseña periodística de la conferencia dictada por Mariátegui en la Universidad Popular de Lima, publicada en el periódico peruano La Crónica, el martes 25 de diciembre de 1923: “Mariátegui expuso los orígenes de la Revolución Mexicana. Explicó la importancia sustantiva de la cuestión agraria en los últimos acontecimientos de la historia de México. Y se ocupó de los aspectos social y económico de la Revolución.  Finalmente expuso los diversos aspectos del movimiento social y proletario de México y concluyó invitando a los trabajadores a saludar en la Revolución Mexicana el primer albor de la transformación del mundo hispano-americano.”

 

Derecha: José Ingenieros

 

La influencia de la Revolución Mexicana trascendió más allá del ámbito político y social. El reconocimiento del elemento mestizo e indígena como componente esencial en la formación nacional de América Latina impregnó diferentes manifestaciones de la cultura, expresión de lo cual fue, por ejemplo, el muralismo mexicano, e impulsó también novedosas investigaciones etnológicas, encaminadas al conocimiento de las preteridas poblaciones autóctonas del hemisferio. Gracias al clima creado por el proceso revolucionario de México, a fines de los años veinte y principios de los treinta, se desarrolló en los países latinoamericanos una nueva novelística, que enfatizó en la crítica social. Una muestra de ello fue el creciente interés por reflejar en la literatura los problemas nacionales y, en particular, el tema de la explotación del campesinado. Las campañas educativas masivas, como las impulsadas por José Vasconcelos al frente de la Secretaría de Educación Pública de México, quedaron como referentes que luego fueron imitados en varios lugares del hemisferio.

 

Arriba: Mural de Diego Rivera. México DF.

 

Cuba fue, por su cercanía y lazos históricos, unos de los países latinoamericanos donde mayor repercusión causó desde sus inicios la Revolución Mexicana. Además, el territorio cubano fue una especie de caja de resonancia de los acontecimientos mexicanos y en la Mayor de las Antillas encontraron refugio varias oleadas de políticos y ciudadanos comunes de México, acorde a las distintas etapas por la que atravesó el proceso revolucionario de este país.

 

 

Cuba y el asesinato de Madero

 

Al prestigioso general del Ejército Libertador Enrique Loynaz del Castillo, llegado a tierras mexicanas en julio de 1910 en calidad de ministro de Cuba, le correspondió ser testigo del estallido de la revolución, la caída de la dictadura de Porfirio Díaz y el ascenso de Francisco I. Madero a la presidencia.  A pesar de su condición diplomática, el principal representante de la isla en la capital mexicana manifestó en público su regocijo por la deposición de Díaz y saludó en forma entusiasta a Madero en ocasión de su entrada triunfal a la ciudad de México.

 

 

Derecha: Francisco Madero



Pero fue a otro ministro de Cuba en México –el sexto desde que fue establecida la República en 1902-, Manuel Márquez Sterling, quien le tocó presenciar la crisis final del gobierno de Madero  y hacer loables esfuerzos por salvar su vida durante los días convulsos de la Decena Trágica, desencadenada el 9 de febrero de 1913.  La extraordinaria y valiente actuación de Márquez Sterling ha pasado a la posteridad como un hito en las relaciones entre Cuba y México.

 

 

Márquez Sterling, tras el derrocamiento de Madero por la componenda de los generales porfiristas Victoriano Huerta y Félix Díaz, fraguada en la legación de Estados Unidos por su máximo representante Henry Lane Wilson, pretendió sacar de México a Madero en el crucero Cuba, a la sazón anclado en Veracruz, Este buque de la marina de guerra cubana, con una compañía de infantería a bordo –al mando del comandante Julio Sanguily, sobrino del canciller cubano Manuel Sanquily-, había sido enviado a México el 12 de febrero de 1913 por instrucción del presidente José Miguel Gómez,  ante las primeras noticias de los levantamientos armados antimaderistas, con el propósito de proteger a los numerosos cubanos radicados en el puerto de Veracruz.

 

 

El cuidado puesto por Márquez Sterling [foto a la derecha] para no herir las susceptibilidades del presidente Madero con el inesperado arribo al puerto veracruzano del buque de la armada cubana, el 15 de febrero de 1913, que podía ser interpretado como parte de las maniobras intervencionistas del representante de Estados Unidos en México, Wilson, fue reconocida en aquellas dramáticas jornadas por el propio gobernante mexicano. En conversación con el canciller mexicano Pedro Lascurain, este comentó en forma oficial al diplomático cubano en la noche de ese mismo día: “Señor Ministro [...] su última nota acerca del crucero Cuba, ha causado, en el gobierno, en el Presidente Madero, y, naturalmente, en mí, el efecto de un abrazo que se dan nuestras dos patrias…”.

 

 

Las posteriores gestiones de Márquez Sterling, dirigidas a preservar la vida del presidente Madero,  contaban con pleno respaldo del gobierno de José Miguel Gómez -en cuyo entorno se encontraban prestigiosas figuras como Manuel Sanguily y Juan Gualberto Gómez, de clara postura antimperialista y de defensa de la soberanía nacional-, como consta en el telegrama enviado por el secretario de Relaciones Exteriores de Cuba, Manuel Sanguily, a Márquez Sterling: “Presidente y Gobierno felicitan a usted por sus nobles y humanitarias gestiones para ayudar al Gobierno de México a resolver actual situación, asegurando la vida del ex Presidente Madero y del ex Vicepresidente, y fía. [...].” Según el testimonio del propio Márquez Sterling, al conocer el presidente mexicano sus intenciones, le expresó el 19 de febrero de 1913: “-Estoy muy agradecido a las gestiones de ustedes- y señalándome añadió: acepto el ofrecimiento del crucero Cuba para marcharme. Es un país, la Gran Antilla, por el que tengo profunda simpatía. Entre un buque yanqui y uno cubano, me decido por el cubano.”.

 

 

El asesinato de Madero tuvo gran repercusión en Cuba. El periódico liberal La Noche, en su edición del 23 de febrero de 1913, puso en grandes titulares: “Madero ha sido muerto esta mañana. Fueron asesinados el presidente y el ex vicepresidente de México. ¡Un atentado a la civilización humana!”. Al día siguiente, El Triunfo, otro periódico cubano vinculado al presidente Gómez, señalaba: “Madero y Suárez asesinados. Último acto de la tragedia o primero de otra más horrible.”, mientras el renombrado diario La Discusión vaticinaba un “movimiento de protesta mundial ante hechos tan abominables [...]”.

 

 

En general, los principales periódicos cubanos de la época, El Mundo, La Discusión, La Prensa, Diario de La Marina y El Día, se hicieron eco de los acontecimientos que estremecían a México, aunque muchos seguían en sus informaciones las pautas impuestas por la gran prensa de Estados Unidos. Una de las principales fuentes noticiosas de esos periódicos era entonces la agencia norteamericana Associated Press (AP).  En cambio, diarios liberales como El Triunfo y Cuba reflejaron los sucesos mexicanos con mayor objetividad. Como escribió Márquez Sterling: “La tragedia mexicana fue un acontecimiento mundial que produjo, en Cuba, extraordinaria sensación.  Madero, traicionado, había estremecido a nuestro pueblo. Madero, mártir, lo indignó”.

 

 

El jueves 27 de febrero de 1913, se organizó un extraordinario acto público en el céntrico Campo de Marte, donde hoy se encuentra el Parque de la Fraternidad, para esperar a los familiares de Madero, en el que hicieron uso de la palabra el diputado yucateco Serapio Rondón –quien poco después regresó a México y fue asesinado por sus valientes denuncias contra Huerta en el congreso mexicano- y el general de la guerra de independencia Enrique Loynaz del Castillo, ex ministro cubano en México. Luego los participantes salieron en manifestación por las calles de la capital cubana hasta el Palacio Presidencial -antiguo de los Capitanes Generales- para exigir al gobierno la inmediata ruptura de relaciones con el régimen golpista de Huerta. En este sitio, Loynaz arengó a los manifestantes con las siguientes palabras: “Hemos llegado ante el representante del gobierno cubano, y le hemos expuesto que el pueblo de Cuba siente hondamente lo sucedido en la vecina República, que desea que el gobierno cubano rompa sus relaciones con el gobierno impuesto en México por la traición, el asesinato y la cobardía.”

 

 

A altas horas de la noche del 1 de marzo de 1913, arribaron a La Habana en el crucero Cuba la familia del ex presidente Madero –su viuda, padres, hermanas y su tío Ernesto y su hermano Julio-, la que fue recibida por las autoridades cubanas –el propio canciller Sanguily y las hijas del presidente de la República José Miguel Gómez- y los diputados mexicanos Serapio Rendón, Adrian Aguirre Benavides –ex asesor jurídico de Madero- y Víctor Moya,  junto a una gran multitud de habaneros que los acompañó después desde el puerto hasta el hotel Telégrafo.

 

 

Maderistas y huertistas en La Habana


El gobierno de José Miguel Gómez no sólo retiró a su ministro en México -30 de marzo de 1913- y se negó a reconocer al régimen de Huerta –de hecho no hubo representación de ese rango, hasta 1919, en ninguna de las dos capitales-, sino que además abrió las puertas a los refugiados que huían de la despiadada represión. Entre los destacados políticos, militares e intelectuales maderistas que arribaron ese mismo mes estaban los periodistas Solón Argüello y Matías Oviedo, que el 8 de marzo ofrecieron una conferencia sobre los trágicos sucesos mexicanos en el teatro habanero Politeama.

 

 

El 4 de marzo de 1913, el periódico El Mundo de La Habana, en el artículo “El éxodo de los mexicanos”, invitaba a esta conferencia e incluía noticias sobre la llegada a La Habana de otros conspicuos maderistas como Elías Ramírez, secretario particular del asesinado mandatario, y su hermano Julio Ramírez, Rafael J. Hernández, ex secretario de Gobernación, Luis Meza Gutiérrez, ex director de Instrucción Pública y del cubano Guillermo Carricarte, que había estado al servicio de Madero. También pasaron por La Habana, José Vasconcelos y Martín Luis Guzmán.

 

 

En realidad, la llegada masiva de refugiados políticos y de personas que huían del recrudecimiento de la represión y de la difícil situación creada en México con el reinicio de los enfrentamiento armados, se produjo después de la caída del gobierno de Madero. A ello contribuyó que Cuba estaba ubicada en el camino natural de los revolucionarios mexicanos que deseaban entrar por la frontera norte, donde Venustiano Carranza encabezaba la resistencia a los huertistas, a la que llegaban vía Nueva Orleans tras pasar por La Habana.

 

 

En ese contexto, y en respuesta al llamado de Carranza [foto a la derecha] para luchar contra la dictadura huertista, un grupo de exiliados mexicanos en La Habana fundó, en abril de 1913, una Junta Revolucionaria. Su objetivo principal era “estudiar los elementos con que se cuenta para la organización de expediciones, compra de armas y parque”. El primer presidente de esta junta en La Habana fue Demetrio Bustamante, aunque en febrero de 1914 Carranza lo sustituyó por Juan Zubarán Capmany, hermano del secretario de gobernación de su gabinete. Poco después, el propio Carranza designó a Salvador Martínez Alomia como enviado diplomático en Comisión Especial ante el gobierno de Cuba, con el propósito de obtener el reconocimiento de la isla al movimiento constitucionalista.

 

 

Después de la caída de Huerta en julio de 1914 –acontecimiento celebrado por la mayoría de la prensa liberal habanera-, el gobierno cubano, que presidía desde el 20 de mayo de 1913 el general conservador Mario García Menocal, decidió acoger con generosa hospitalidad a los partidarios del régimen tiránico depuesto. Entre los encumbrados exiliados huertistas llegados a La Habana figuraban el controvertido poeta Salvador Díaz Mirón, que había tenido que abandonar la dirección de El Imparcial de México, y el ex diplomático Federico Gamboa, recibido por el subsecretario de Estado de Cuba y varias veces por el propio mandatario cubano. Gamboa vivió cuatro años en Cuba, hasta 1919. Entre los nuevos asilados también figuraban José María Lozano, secretario de Estado de Huerta, el escritor y poeta Luis G. Urbina –que se radicó por unos meses en La Habana (1915-1916) y después fue corresponsal de El Heraldo de Cuba en Madrid-, el compositor Manuel M. Ponce y el médico y periodista Luis Lara Pardo.

 

 

Gamboa fue durante varios meses presidente del Círculo Mexicano de La Habana o Casino Mexicano de La Habana, fundado en 1918 por 84 emigrados, un club aristocrático privado de ricos mexicanos refugiados en la isla. Esta asociación, que se proponía “procurar a los emigrados mexicanos y a sus familiares todas las diversiones sociales que las clases altas y cultas acostumbran,”  tuvo entre sus miembros al ingeniero e historiador revisionista Francisco Bulnes, el ya mencionado José María Lozano, Antonio de la Peña, antiguo secretario de la presidencia mexicana, y el notable orador parlamentario y periodista Francisco M. de Olaguíbel, ex subsecretario de Relaciones Exteriores. Los partidarios de Huerta también fundaron en La Habana un Centro Mexicano de Auxilios Mutuos, del que fue presidente el aristócrata y ex ministro general Carlos Rincón Gallardo.

 

 

Entre los más prominentes exiliados huertistas en Cuba figuraban también los generales Manuel Mondragón –artífice del levantamiento militar contra Madero, llegado a La Habana en 1917- y Aureliano Blanquet, traidor al propio presidente e inspirador de su asesinato. Blanquet, que desembarcó en la capital cubana a mediados de enero de 1919, incluso llegó a organizar una expedición –financiada por el ex gobernador de Veracruz, también refugiado en Cuba, Teodoro Dehesa, y los ricos yucatecos José León del Valle, Luis Rosado Vega y Manuel Iriguyen Lara- para luchar contra los constitucionalistas.  Los complotados, entre los cuales figuraban los generales Juan Montaño y Enrique González y los coroneles Francisco Traslosheros y Luis Acosta, salieron en una embarcación del puerto de Bahía Honda, Pinar del Río, el 16 de marzo de ese mismo año, aventura que costó la vida a Blanquet. El periódico habanero El Mundo había dado a conocer, pocos días antes de su muerte, el manifiesto contrarrevolucionario preparado por este conocido militar huertista.

 

 

En su mayoría, los nuevos recién llegados eran destacados miembros del clero, la política, el ejército o la intelectualidad, comprometidos con la sangrienta dictadura de Huerta, como el poeta y diplomático yucateco Antonio Mediz Bolio y el ex gobernador de esa península coronel Abel Ortíz Argumedo, este último trasladado a la isla en el crucero Cuba en mayo de 1915 con toda su inmensa fortuna, además de fondos estatales, federales y de particulares. El coronel Ortiz Argumedo, con el apoyo de la oligarquía henequera yucateca, había derrocado con anterioridad al gobierno constitucionalista en la península para impedir las reformas sociales, aunque en marzo de 1915 fue derrotado por las fuerzas del general Salvador Alvarado. En la misma embarcación de la marina de guerra cubana –el crucero Cuba-, arribaron a la isla decenas de yucatecos acaudalados y residentes cubanos que huían del avance de las fuerzas carrancistas sobre la península mexicana. Entre los emigrados yucatecos se encontraban también Avelino Montes y Olegario Molina Solís, importantes propietarios del henequén.

 

 

Otros encumbrados yucatecos refugiados en Cuba fueron el arzobispo de Yucatán Martín Tritschler y Córdova, quien arribó a La Habana en el verano de 1914, procedente de Progreso, en el vapor Esperanza, acompañado del obispo Carlos de Jesús Mejía y varios sacerdotes. Vivió en Cuba hasta 1919. También estuvo asilado en la capital cubana el arzobispo de México José Morra y el general Prisciliano Cortés, que había sido gobernador del estado de Yucatán durante el régimen huertista Unos de los partidarios de Ortiz Argumedo, Temístocles Correa, ex jefe político de Tizimín, intento organizar otra expedición armada en Cuba, en un buque adquirido por su antiguo jefe, para regresar a la península a secundar el levantamiento contrarrevolucionario del general Arturo Garcilazo en Quintana Roo.  Entre los involucrados en este grupo de conspiradores yucatecos que actuaba en La Habana estaba también el ex gobernador Eleuterio Ávila.

 

 

Algunos de los exiliados huertistas, enemigos jurados de Carranza, fundaron en La Habana la revista mensual conservadora América española –al parecer solo salió unos meses de 1917- dirigida por el militante católico michoacano Francisco Elguero Iturbide, devenido pronto en colaborador entre 1916 y 1919 del periódico habanero Diario de la Marina, donde publicó más de 300 artículos en su columna Efemérides históricas y apologéticas.  En el mismo diario escribían los emigrados políticos Querido Moheno, abogado chiapaneco y ex ministro de Estado de Huerta, el periodista José Elgueró y los ya mencionados Francisco M. de Olaguíbel, Antonio de la Peña y Reyes y Federico Gamboa, quien también fue subdirector de la revista habanera La reforma social. Esta última publicación, fundada en 1914 por Orestes Ferrara, publicó varios artículos donde se criticaba con dureza la constitución mexicana de 1917.

 

 

Estos años fueron los de mayor entrada de mexicanos a Cuba, que alcanzó su cota máxima entre 1915 y 1917, en correspondencia con la etapa más convulsa de la lucha armada en México. En 1915, ingresaron a la Mayor de las Antillas 714 mexicanos, 662 lo hicieron al año siguiente y 526 en 1917. De ellos, 15 se declaraban militares, 21 ingenieros, 25 abogados, 8 maestros, 12 hacendados henequeneros y más de 400 comerciantes. Para huir de las persecuciones religiosas en Yucatán, viajaron también a Cuba 56 sacerdotes y monjas en 1915.  Según los datos del censo, en Cuba se duplicó la presencia de residentes mexicanos entre 1907 y 1919, año este último en que residían en la isla 3 469 mexicanos.

 

 

Ese fue el contexto en que se publicó en La Habana, en noviembre de 1914, la Carta Pastoral Colectiva, firmada por un nutrido grupo de arzobispos y obispos mexicanos, entre ellos los de México, Oaxaca, Yucatán, Michoacán y Guadalajara. En este texto se pronunciaban contra la actual “persecución religiosa” en México, que impide “el ejercicio de la jurisdicción eclesiástica” y contra los que se apoderan “de los bienes eclesiásticos o de sus rentas.”   Ante el rechazo de una parte de la prensa liberal habanera, que daba a conocer titulares como “Nos invade una ola de clericales”, el Diario de la Marina publicó el 4 de septiembre de 1914 un artículo que llamaba a sus lectores a rechazar esa campaña xenófoba.

 

 

Algunos de los refugiados mexicanos comenzaron a regresar a México desde 1919. La mayoría lo hizo durante el gobierno de Álvaro Obregón, extendido de 1920 a 1924, como fue el caso de Salvador Díaz Mirón y Francisco M. Olaguibel, quien en Cuba trabajaba en un banco y tenía serios problemas de salud. No obstante, durante la rebelión de Adolfo de la Huerta contra el propio Obregón, entre 1923 y 1924, La Habana volvió a recibir a nuevos exiliados y a ser otra vez centro de las actividades de los políticos mexicanos. Por la capital cubana pasó el propio Adolfo de la Huerta, quien dejó al general Juan Barragán como su representante, encargado de adquirir armas y preparar expediciones para enviar a México. También estuvieron el periodista Adolfo León Osorio, Gilberto Bosques –que luego sería embajador en La Habana en los años cincuenta y principios de los sesenta-, el científico y diplomático Luis Enrique Erro, así como el político Froylán C. Manjares, constituyente del ala nacionalista del carrancismo. Entre los opositores que se refugiaron en La Habana en la misma coyuntura pueden citarse a los generales Rafael Cárdenas, Calixto Ramírez Garrido, Alfonso Aguilar y otros altos oficiales mexicanos. Con posteridad, llegó a Cuba Manuel Sánchez Azcona, vicepresidente del Partido Nacional Antirreeleccionista (PNA), quien después del asesinato de Obregón (1928) fundó en La Habana el Club Mexicano, de orientación anticallista, en el que figuraron los conocidos políticos carrancistas José Luis Novelo y Roque Estrada, ex secretarios privados de José María Pino Suárez y de Carranza respectivamente.

 

Tensiones diplomáticas

 

 

La política de sumisión a los dictados de Estados Unidos que caracterizó al gobierno del presidente Menocal, y sus ostensibles simpatías por los exiliados huertistas, determinaron que Martínez Alomia, el enviado de Carranza, no fuera reconocido y tuviera que ser retirado en julio de 1915. Su sustituto, en calidad de cónsul general y luego como encargado de negocios de México en Cuba, fue Antonio Hernández Ferrer, quien fue aceptado por Menocal, en noviembre de ese año, como representante oficial del presidente de facto de México, siguiendo al pie de la letra las indicaciones de Estados Unidos, que solo un mes antes había dado su reconocimiento al gobierno de Carranza.

 

 

A pesar de ello, las relaciones entre Cuba y México continuaron muy tensas, pues el gobierno de la isla, cumpliendo instrucciones de Estados Unidos, fustigó al de Carranza para que rompiera su neutralidad en la Primera Guerra Mundial y declarara la guerra a Alemania. Esa presión –que incluía restricciones a las importaciones mexicanas de azúcar y otros productos, así como campañas de prensa acusando a México de inclinaciones germanófilas- alcanzó su punto culminante en octubre de 1917, cuando el gobierno cubano le comunicó al representante mexicano en La Habana que el presidente Menocal consideraba que la postura de México en el conflicto mundial era “contraria, según creía al restablecimiento de la paz y a la consolidación” del régimen constitucionalista. Pero el gobierno mexicano respondió con dignidad al de Cuba, ratificando la independencia de su política exterior, al considerar que “[...] por acuerdo del C. Presidente de la República, puede Usted participar a ese Gobierno que el Gobierno de México está dispuesto a conservar su neutralidad, en virtud de no haber recibido ningún agravio de ninguno de los Gobiernos de las naciones beligerantes.” Para complicar más las cosas, en abril de 1918 fueron violadas y saqueadas por aduaneros norteamericanos en el puerto de La Habana las valijas de diplomáticos mexicanos en tránsito por Cuba, entre ellos el ex canciller carrancista Isidro Fabela, entonces ministro en Argentina. Ello condujo a la retirada del representante mexicano ante el gobierno cubano, Alberto C. Franco, y a la clausura de su legación en La Habana, según la nota diplomática del 24 de mayo de ese año, aunque no se llegó a la ruptura formal de relaciones.

 

 

 

Derecha: Thomas Woodrow Wilson


Este fue el punto de inflexión en las tirantes relaciones entre los dos gobiernos, pues la llegada a Cuba al año siguiente del antiguo constituyente Heriberto Jara –quien viajó en la cañonera Zaragoza- para hacerse cargo de la representación mexicana, que estaba sin titular desde 1912, significó una cierta distensión. Jara se encontró en Cuba un ambiente oficial muy hostil a México, que en su opinión era resultado de “[...] el esfuerzo de cuatro elementos: la Prensa, los norteamericanos interesados en presentar a México en las condiciones más deplorables, la gran colonia española, mal impresionada por los clérigos españoles expulsados y por los comerciantes y judíos avaros y los mexicanos traidores que por el hecho de que no están en el poder, quisieran, para vengarse, que sobre México cayeran las desventuras más grandes. A esto hay que agregar la circulación clandestina de algunos pasquines que circulan en esta capital, y que injurian al Gobierno de la manera más soéz, como “Revolución”, “Omega”, “El Mañana”, etc.” No obstante la labor desplegada por Jara para mejorar las relaciones con el gobierno cubano, el presidente Menocal, en concordancia con su postura habitual de sumisión a Estados Unidos, no reconoció al de Obregón en 1920, con el pretexto de los sucesos violentos que habían conducido al asesinato del depuesto presidente Carranza ese mismo año. Por ese motivo, las relaciones cubano-mexicanas no se normalizaron hasta 1924, después que Washington reconoció al de México a fines de agosto de 1923, tras la firma de los acuerdos de Bucareli.

 

 

Los sucesivos presidentes cubanos Alfredo Zayas y Gerardo Machado, siguieron manifestando cierta hostilidad al de México durante el resto de la década del veinte, en correspondencia con la política norteamericana que presionaba al nuevo mandatario mexicano Plutarco Elías Callas por su política nacionalista en materia petrolera, las que alcanzaron su momento de mayor tensión entre 1925 y 1927, cuando Estados Unidos estuvo a punto de romper sus relaciones diplomáticas con su vecino. Por eso, en la VI Conferencia Panamericana de La Habana en 1928, la delegación mexicana externó sus protestas por la hostil postura de los anfitriones cubanos.

 

 

Izquierda: Fernando Ortiz

 

 

A contrapelo de las complicaciones diplomáticas y de la postura de Cuba contraria a los sucesivos gobiernos mexicanos del periodo, que desafiaban la hegemonía de Estados Unidos y provocaban la reacción adversa de las autoridades de la isla, varias destacadas figuras de la intelectualidad cubana se opusieron a esa política, como se puso de manifiesto en 1919 cuando México fue excluido de la Liga de las Naciones. Uno de esas voces fue la del sabio polígrafo Fernando Ortiz, quien abogó en La Habana, el 4 de febrero de 1920, en la Cámara de Representantes, por la inclusión del vecino país en el organismo internacional. Otro ejemplo fue el del doctor Teófilo González Radillo, quien en 1922 publicó en La Habana el folleto titulado La exclusión, que criticaba la postura de Estados Unidos dirigida a dejar fuera a México y a otros países de la Liga de las Naciones.

 

 

El imaginario de la Revolución Mexicana

 

Después del derrocamiento de la dictadura de Huerta aparecieron en Cuba diversos libros, folletos y artículos que se referían a los problemas de México y al desarrollo de la revolución. En 1915 se publicó en La Habana el libro Mi viaje a México. A propósito de la Revolución del periodista canario Manuel Fernández Cabrera, con prólogo del Conde Kostia y epílogo de Félix F. Palaviccini –ex secretario de Instrucción del gobierno de Carranza-, quien era corresponsal del periódico Heraldo de Cuba que dirigía Márquez Sterling.  La obra era favorable a los constitucionalistas y muy en particular a Carranza y Obregón. La “expedición punitiva” norteamericana contra México, en 1916, encontró un extendido rechazo en los medios progresistas cubanos. En distintas publicaciones obreras y liberales aparecieron artículos en los cuales se denunciaba la política intervencionista de Estados Unidos. En revistas satíricas, como La política cómica y La metralla, salieron con frecuencia caricaturas en las cuales se criticaba la injerencia norteamericana y se ridiculizaban los intentos por apresar al intrépido Pancho Villa, quien llegó a contar con un representante en La Habana, Agustín Patrón Correa, ciudad donde también residió por un tiempo su hermano Hipólito y una de sus esposas, Luz Corral y su hijo.

 

 

Otros libros que contribuyeron a dar a conocer los logros del proceso mexicano y a difundir su imaginario fueron La revolución y el nacionalismo. Todo para todos (1916) del maderista Carlos Trejo y Lerdo de Tejada, Mi juicio acerca de la Revolución Mexicana (1920) del cónsul Antonio Hernández Ferrer y Episodios deshilvanados de la vida de un caballero sin ventura (1921) de Jorge Useta. También en ese listado debe figurar el libro de Manuel Márquez Sterling –a quien por cierto el gobierno de Obregón rindió sentido homenaje y luego fue de nuevo embajador de Cuba en México, entre 1929 y 1932-  Los últimos días del presidente Madero, editado en La Habana en 1917 y que fueron precedidos por artículos suyos del mismo tema aparecidos entre 1914 y 1915 en el periódico La reforma social. Desde entonces, se hizo también habitual que conocidos escritores y periodistas de México publicaran en diferentes publicaciones periódicas cubanas, contribuyendo a divulgar en Cuba las ideas y sucesos de la Revolución Mexicana, como hicieron, entre otros autores, Alfonso Reyes, Mariano Azuela, Carlos Pellicer, Jorge Cuesta y Genaro Estrada.

 

Un lugar especial en la propaganda de la Revolución Mexicana en Cuba le cupo a Yucatán, territorio muy vinculado a la Mayor de las Antillas. En diciembre de 1915 apareció en el número 50 de la revista habanera El Fígaro un interesante trabajo titulado “La situación en Yucatán: síntesis”, que ofrecía a los lectores un panorama de las realizaciones más importantes emprendidas por el entonces gobernador y comandante militar constitucionalista de esa península, general Salvador Alvarado. Entre las medidas reformistas dictadas por Alvarado se encontraban la expropiación de inmuebles eclesiásticos que fueron convertidos en escuelas, la eliminación de la servidumbre indígena, la expulsión de sacerdotes contrarrevolucionarios y el impulso dado a las organizaciones sociales, en particular de trabajadores y mujeres. El autor, Arturo R. Carricarte, elogiaba en ese trabajo la gestión de Alvarado y se refería a la manumisión del indio por la extinción de la deuda hereditaria, a la nacionalización de los ferrocarriles, a la proliferación de escuelas, etcétera. El articulista advertía que esta experiencia yucateca podía ser un anuncio de lo que iba a suceder en todo México cuando terminara la guerra civil.

 

 

Las tendencias socialistas en Yucatán fueron perseguidas por Carranza, lo que obligó en 1918 al sucesor del general Alvarado en la gobernación de ese estado, Carlos Castro Morales, un líder ferrocarrilero, a buscar refugio en Cuba, hasta que pudo regresar después de la muerte del mandatario mexicano, contexto en que Felipe Carrillo Puerto se hizo cargo del gobierno yucateco (1922). A divulgar en la isla la nueva realidad yucateca contribuyó el novelista y dirigente ferrocarrilero cubano Carlos Loveira, quien había vivido en este territorio desde febrero de 1913, en donde llegó a dirigir la oficina de Información, Propaganda y Trabajo durante el gobierno de Salvador Alvarado. Hacia mediados de 1915, Loveira regresó a Cuba, encargado por el propio general Alvarado, entonces gobernador de Yucatán, para que representara a los trabajadores de ese estado en un viaje de propaganda que incluía a Cuba, América Central y los Estados Unidos. Dicha comisión tenía como finalidad contrarrestar las campañas que se hacían en el extranjero en contra del constitucionalismo mexicano. En carta al general Alvarado, a quien Loveira se refería como “distinguido amigo y respetable jefe”, el escritor cubano le informaba el 18 de septiembre de 1915: “Para entera satisfacción de Ud. [...] empiezo esta carta diciéndole que durante los últimos quince días, la prensa de esta capital ha disminuido, casi hasta terminarlos, sus ataques a la causa constitucionalista. Hasta el Diario de la Marina y El Triunfo, dos de los diarios que más rudamente nos combatían, al referirse al 16 de septiembre, lo han hecho en forma conciliadora, beneficiosa casi, para nosotros. Los artículos doctrinarios que por conducto del señor Cónsul he remitido al Cuba, han quedado casi todos sin publicar. Además, la cuestión obrero-socialista se halla medio muerta en La Habana debido a lo recio de la reacción conservadora imperante hoy en toda la República. A causa de lo anterior, he recibido con agrado su orden de marchar a New York. [...] en mi opinión y en la de la mayoría de las personas con quienes me relaciono, las tan movidas y cacareadas gestiones pacifistas de los Estados Unidos, al fin vendrán a concluir en el reconocimiento del Primer Jefe. Creo que de esto debe Ud. estar más enterado que yo, pero no obstante, estimo que siempre es bueno que conozca Ud. la opinión predominante en esta celebérrima Habana.”

 

 

En La Habana, Loveira ofreció conferencias en distintos centros obreros y publicó artículos acerca de la realidad mexicana en varios órganos de prensa. En 1917,  publicó el libro De los 26 a los 35. Lecciones de la experiencia en la lucha obrera (1908-1917), que contiene un capítulo completo consagrado a la Revolución Mexicana, donde elogia la obra del constitucionalismo en Yucatán. También en su novela Juan Criollo y en su libro Socialismo en Yucatán destaca las experiencias de que fue testigo en México. Entre los artículos de Loveira pueden mencionarse “Un gobierno socialista en América. En la península de Yucatán”, publicado en 1922 en la revista habanera El Fígaro, al que siguió poco después otro trabajo suyo, “El socialismo en Yucatán”, que apareció en Cuba contemporánea en el número correspondiente a enero-febrero de 1923. En este último, se exaltaba el ideario socialista y las transformaciones revolucionarias en ese estado, entre ellas los repartos de tierra entre los campesinos desposeídos, el trabajo voluntario para la construcción de caminos, el impulso a la educación popular, laica y racionalista y la formación de nuevos profesores.

 

 

También el destacado filósofo cubano Enrique José Varona manifestó sus simpatías por la Revolución Mexicana, en respuesta a preguntas formuladas a principios de 1926 por un periodista del El Universal. En esas declaraciones, Varona expresó que el esfuerzo de México era “el primero en la historia de nuestra América, para elevar a todo un pueblo, a los millones de indígenas mexicanos, a un plan verdaderamente superior de civilización en el orden material y moral”. Además,  consideró que “[...] el gran esfuerzo de México para poner a salvo sus derechos de soberanía constituye una clara lección y ha de ser un precedente de inestimable valor para todas las naciones débiles, en la vecindad de estados poderosos y nada escrupulosos.”

 

Zapata en Cuba, Cuba en Zapata

 

El 15 de abril de 1916 el líder agrarista Emiliano Zapata asignó tareas en el exterior a dos jóvenes del Ejército Libertador del Sur, Jenaro Amezcua y Octavio Paz Solórzano, lo que explica la presencia en Cuba del primero entre 1916 y 1920. Como parte de su labor en la Mayor de las Antillas, el general Amezcua divulgó –en El Mundo, La Discusión y Solidaridad – los documentos esenciales de la revolución zapatista, entre ellos el Plan de Ayala, el Acta de Ratificación del Plan de Ayala y el Programa de la Convención Revolucionaria, así como entrevistas y artículos de su autoría o de Antonio Díaz Soto y Gama, tomados del periódico zapatista Sur. Al mismo tiempo, contribuyó a contrarrestar las campañas contra Zapata, presentado por la prensa como el Atila del Sur, al extremo que ya el 14 de enero de 1918 La Discusión se refería al líder agrarista mexicano como “la fuerza moral en la cual confían todos los revolucionarios”.

 

 

En 1918, Amezcua dio a conocer en La Habana el libro México revolucionario: a los pueblos de Europa y América 1910-1918, con una selección de materiales sobre el movimiento zapatista, que incluía el Plan de Ayala y otros documentos de los combatientes de Morelos. También fue el responsable de divulgar en el periódico El Mundo de La Habana el saludo de Zapata a la Revolución Rusa, fechado el 14 de febrero de 1918. Uno de los órganos de prensa cubanos que mayor atención brindó a la causa agrarista mexicano y al zapatismo fue ¡Tierra! –clausurado por el gobierno de Menocal en 1915-, que tenía vínculos con el periódico Regeneración del líder anarquista mexicano Ricardo Flores Magón, cuya causa también difundió en Cuba. La publicación obrera habanera había denunciado los crímenes de la dictadura de Huerta y condenado la intervención de Estados Unidos en Veracruz en abril de 1914. En algunos de los editoriales de ¡Tierra,! se llamaba a la solidaridad del proletario internacional con los trabajadores mexicanos y a rechazar los intentos de la burguesía norteamericana de solicitar la intervención de Estados Unidos en México.

 

 

En las páginas de esta publicación se realizó una sostenida campaña por la liberación de los miembros de la Junta del Partido Liberal Mexicano -Ricardo y Enrique Flores Magón, Librado Rivera y Anselmo Figueroa-, presos en los Estados Unidos.  El mismo periódico cubano, ¡Tierra!, dio a conocer, el 16 de mayo de 1913, el Manifiesto a la Nación de Zapata,  mientras que en un número anterior, del 10 de agosto de 1912, se había dado a conocer el artículo “La revolución social en México”, en donde se señalaba: “Los campos de México son en la actualidad el teatro donde se desarrolla el acontecimiento más trascendental que hayan visto los siglos, el proceso más interesante, más grande, más hermoso que presenciaron los hombres. Las revoluciones habidas hasta la fecha en que los bravos libertarios mexicanos empuñando el pendón rojo y al grito de ¡Tierra y Libertad! se lanzaron al campo de la lucha, las revoluciones todas, repetimos, hasta que no se iniciara el movimiento emancipador de México, solo han resultado en beneficio de las clases parasitarias [...] Tended la vista en los campos donde se lucha por ¡Tierra y Libertad!, anarquistas; pensad un momento en la titánica labor realizada por los gigantes que están en acción en el terreno de la lucha armada”.

 

 

El propio periódico ¡Tierra! , publicó poco antes, el 6 de enero de 1912, una carta fechada en México del cubano Prudencio Casals, quien se incorporaría al Ejército Libertador del Sur de Emiliano Zapata, donde ya alcanzó en diciembre de 1913 el grado de coronel. Según los datos proporcionados por los historiadores mexicanos Rebolledo y Pineda, Casals primero se vinculó al Grupo Luz y a la Casa del Obrero, junto con Antonio Díaz Soto y Gama. Se sabe que en el ejército zapatista lo apodaban “El Mister”, por su dominio del inglés. Además, desempeñaba funciones de médico, lo que explica que estuviera a cargo del “Hospital de las Fuerzas Revolucionarias del Sur, 1ª zona”.

 

 

Casals fue también chofer de Villa y Zapata en la ciudad de México, a finales de 1914, y dos años después, ya con el grado de general, fue designado comandante de la Brigada Roja del Ejército Libertador del Sur. Por orden de Zapata quedó en el campamento el día trágico de la emboscada de Chinameca, el 10 de abril de 1919, lo que le salvó la vida. Su firma estuvo entre la de los generales zapatistas que comunicaron el vil asesinato del líder agrarista al pueblo mexicano. A este cubano se refería el general Amezcua cuando escribió: “La bella patria de Maceo, de Martí y de tantos otros buenos, tiene despierta nuestra simpatía e interés. Máxime cuando en nuestras filas contamos con un buen cubano, que con nosotros ha luchado con lealtad y abnegación. Ha compartido como hermano, nuestras alegrías y penalidades. Por su esfuerzo y adhesión a la causa popular, ha conquistado el afecto del general en jefe y de cuantos le rodeamos.”

Solidaridad cubana con los gobiernos de Calles y Cárdenas

 

El mencionado conflicto abierto desde 1924 entre México y Estados Unidos, durante el gobierno de Calles, generó también manifestaciones de respaldo a los revolucionarios mexicanos en Cuba, entre ellas las de los intelectuales reunidos en el Grupo Minorista –que envió un telegrama de apoyo en mayo de 1927 firmado, entre otros, por Rubén Martínez Villena, Gustavo Aldereguía y José Z. Tallet- y las externadas por Emilio Roig de Leuchsenring, quien condenó la política intervencionista de Estados Unidos en el vecino país. En varios artículos publicados en la revista Carteles, en 1926 y 1927, Roig de Leuchsenring criticó la política norteamericana y las tergiversaciones de la prensa internacional sobre el conflicto, expresando una opinión favorable sobre la constitución mexicana de 1917.

 

 

El conflicto de Calles con la iglesia católica también despertó el interés de diversos sectores cubanos. La revista El anticlerical, órgano oficial de la Federación Anticlerical de Cuba, de la cual fue presidente Julio Antonio Mella, publicó varios editoriales, artículos y reportajes sobre la política callista dirigida a limitar la poderosa influencia de la iglesia católica en México. El propio Mella había enviado el 17 de mayo de 1924 un telegrama al general Calles en respaldo a su campaña presidencial, en nombre de la mencionada federación cubana. En un trabajo de su autoría titulado Desde México. Horizontes de viaje. Modalidades de la campaña anticlerical en México”, aparecido en la revista El anticlerical el 1 de abril de 1926, Mella hizo un entusiasta reportaje desde el hermano país, en el cual manifiesta su satisfacción por las disposiciones anticlericales del gobierno mexicano.

 

 

La radicalización de la reforma agraria y otras medidas revolucionarias decretadas durante el gobierno del general Lázaro Cárdenas, extendido de 1934 a 1940, tuvo también una enorme resonancia en Cuba, como ya lo había tenido la propia fase armada de la Revolución Mexicana de 1910 -y en particular el agrarismo zapatista- y despertó un entusiasta respaldo entre el pueblo cubano, encabezado por las fuerzas más progresistas de la isla.  Ese fue el caso de Juan  Marinello,  quien llegó a escribir: “a mí me satisface mucho que un gobierno como el del general Cárdenas mantenga una ejemplar vigilancia de la garantía democrática y franquee y empuje reales reivindicaciones proletarias. Se sabe lo que es esto cuando se viene de países agobiados por el sable servidor del capitalismo. Cuando se viene de Cuba, por ejemplo.”

 

 

Una de las más sinceras expresiones de la solidaridad cubana con el México de Cárdenas se produjo en 1938 en apoyo de la expropiación petrolera.  El periódico El Pueblo dio a conocer artículos en defensa de la soberanía mexicana, mientras el semanario Mediodía realizó el 13 de junio de ese año una edición especial en homenaje a México y sus conquistas revolucionarias con trabajos de conocidos intelectuales cubanos como Juan Marinello, Salvador Massip, Ángel Augier, Mirta Aguirre, Carlos Rafael Rodríguez y José Luciano Franco, entre otros autores. En su artículo, el historiador cubano Franco escribió: “Lázaro Cárdenas ha roto, en la vida internacional, con el complejo de inferioridad impuesto a los países de la América Nuestra por los financieros, las compañías anónimas y los agentes del fascismo universal.”

 

 

El 12 de junio de 1938 se celebró en La Habana un acto multitudinario –asistieron unas 60 mil personas-, el más importante realizado en el mundo para respaldar esa disposición soberana. En esta oportunidad, Cárdenas habló por radio, desde Tampico, a los cubanos que se habían congregado en el estadio La Polar en solidaridad con el gobierno mexicano, acosado entonces por las amenazas y represalias de Inglaterra y Estados Unidos. Esa ocasión el mandatario dijo: “Mutilada quedaría la autonomía política y espiritual de las Repúblicas Hispanoamericanas de no afirmarse un concepto de solidaridad entre sus pueblos, en la lucha por los ideales de reivindicación social.  A México, nada de lo que sucede a los países americanos en sus ansias legítimas de mejoramiento colectivo, puede serle indiferente. Siempre hemos creído que nuestra revolución tiene un sentido humano, y no local, en cuanto significa, en el devenir histórico, la resolución de los problemas económicos que nos afectan en común a los pueblos de uno y otros continentes.”

 

 

Las medidas radicales del gobierno de Cárdenas, que constituyeron el punto más alto alcanzado por la Revolución Mexicana, terminaron por conformar un imaginario revolucionario para los pueblos de América Latina, que aspiraban a dar solución a sus graves problemas, en particular  los que tenían que ver con el latifundio y la dominación extranjera sobre los recursos nacionales. Para muchos cubanos progresistas y de izquierda, como los de otras partes de este atribulado continente, que siguieron de cerca la evolución de los acontecimientos en el hermano país, México fue considerado desde los años veinte la punta de lanza de la revolución latinoamericana, que liquidaría las ancestrales injusticias sociales y la dependencia neocolonial. A esa imagen cantó la poetisa cubana Mirta Aguirre, en versos inspirados por las transformaciones cardenistas: “¡Ah México, el de la liberación que viene /tiñendo de la luz nueva las albas insurrectas!”

 

 

 

Puebla, México, 13 de noviembre 2014, en el 104 aniversario de la Revolución Mexicana.

 

NOTA

El Dr. Sergio Guerra Vilaboy es Presidente de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe (ADHILAC Internacional)

 

 

Ariadna Tucma Revista Latinoamericana. Nº 9. Marzo 2014 – Febrero 2015. Volumen II

 

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