Neopanamericanismo y panamericanismo versus latinoamericanismo

Sergio Guerra Vilaboy  (Ver)

Homenaje a José Martí, el Apostol, en el Parque Genovés de Cádiz.

Homenaje a José Martí, el Apostol, en el Parque Genovés de Cádiz.

 

Homenaje a José Martí . Cadiz. Foto: Carolina Crisorio

 

Los pueblos menores, que están aún en los vuelcos de la gestación, no pueden unirse sin peligro con los que buscan un remedio al exceso de productos de una población compacta y agresiva, y un desagüe a sus turbas inquietas, en la unión con los pueblos menores.

José Martí (1891)


Desde las postrimerías del siglo XX se han ido perfilando en este hemisferio dos propuestas contrarias de integración: la neopanamericana y la latinoamericana. La primera, surgida en Estados Unidos como heredera del desgastado panamericanismo, se propone lograr una parcial integración continental, subordinada a los intereses de los monopolios norteamericanos y apoyada en ciertos sectores burgueses neoliberales de los países latinoamericanos, en lo que se ha dado en llamar el “Consenso de Washington”. No se trata de un proyecto parecido al de la Unión Europea, sino del encadenamiento de las economías más atrasadas de América Latina a las nuevas necesidades del capitalismo norteamericano en la época de la globalización; cuando las grandes potencias del llamado Norte tienden a crear bloques económicos con sus vecinos menos desarrollados del Sur. En otras palabras, con esta política Estados Unidos busca articular a las débiles naciones latinoamericanas a su poderosa economía mediante acuerdos bilaterales y asimétricos, aunque limitando la “integración” al libre movimiento del capital, las mercancías y los servicios.

 

Para su incorporación a la propuesta área de libre comercio, que deberá abarcar desde Alaska hasta la Tierra del Fuego, los países de América Latina deben cumplir individualmente una serie de exigencias formales –entre ellas la democracia representativa y elecciones periódicas-, y estar dispuestos a sacrificar sus producciones menos competitivas, abandonar los programas sociales y la defensa de sus valores culturales más autóctonos, así como ceder incluso en vitales cuestiones de soberanía.

El neopanamericanismo, como estrategia de integración regional bajo la hegemonía de Estados Unidos, ha cobrado particular fuerza en los últimos tiempos gracias al avance del Tratado de Libre Comercio de América del Norte(TLCAN) con México y Canadá, y de la apoyatura en otros instrumentos, entre ellas el Area de Libre Comercio para las Américas (ALCA), la Cumbre de las Américas, las cumbres de ministros americanos, así como a través de otros mecanismos y acuerdos parciales (Iniciativa para la Cuenca del Caribe, por ejemplo). En última instancia, el neopanamericanismo es una propuesta de integración continental de todos los sistemas regionales y subregionales existentes con un sistema regional hegemónico mayor, que funcionaría bajo el dominio del imperialismo norteamericano. 1

El desarrollo actual del neopanamericanismo tiene lugar a contrapelo de las tendencias latinoamericanistas que persisten en alcanzar el ideal de una región unida e independiente, expresada sobre la base de una posible convergencia de diversos intentos de regionalización y de subregionalización. Este proceso, que comenzó en los sesenta con los llamados tratados de “primera generación” -Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC), Mercado Común Centroamericano (MCCA), Pacto Andino y Comunidad del Caribe- ha pasado en los ochenta y noventa a una nueva fase o “segunda generación”, de lo que son exponentes el Mercado Unificado del Sur (MERCOSUR), la Asociación de Estados del Caribe, la Comunidad Andina, el Sistema de Integración Centroamericana (SICA), el Mercado Común Caribeño (CARICOM) y el G-3 (México, Venezuela y Colombia). Pero este nuevo auge de los procesos de integración de América Latina y el Caribe –contrapuesto a la tendencia de muchos gobiernos latinoamericanos a negociar su inmediato ingreso individual al ALCA-, pone el acento en el mercado y la libertad de comercio, menospreciando los aspectos políticos, sociales y culturales. Por estos motivos, el latinoamericanismo se expresa hoy, como tendencia más generalizada, en proyectos de integración basados en las reglas del mercado, la desregulación, la privatización y la liberalización comercial, que implícitamente propone una modalidad subordinada a escala continental. No obstante, algunas corrientes y gobiernos contemporáneos –como el de Hugo Chaves Frías en Venezuela- intentan impulsar tendencias integracionistas de matriz bolivariana que aspiran a conformar una confederación política, como manera de preservar la unidad e independencia de los países latinoamericanos y resistir la integración neopanamericana. Prueba de ello son también los esfuerzos como la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI), el Parlamento latinoamericano, el Foro de Sao Paulo y algunos otros cónclaves creados más o menos recientemente.

Sin duda la propuesta neopanamericana es heredera directa de los viejos proyectos panamericanos surgidos en Estados Unidos a fines del siglo XIX. Estos fueron ideados en un contexto continental caracterizado entonces por la preponderancia del capital y las manufacturas británicas, que generó descarnadas contradicciones entre Estados Unidos e Inglaterra por el dominio de América Latina, en correspondencia con esa etapa inicial del capitalismo monopolista. Era la época de emergencia del imperialismo norteamericano, cuando el gobierno de Washington iniciaba una violenta ofensiva expansionista contra la América Latina y el Caribe, combinando los viejos métodos colonialistas con las más modernas formas de penetración del gran capital.

Con el propósito fundamental de contrarrestar la preponderante influencia inglesa en el continente, Estados Unidos concibió el proyecto panamericano –similar al de otras potencias imperialistas que trataban también de crear sus propias zonas de influencia mediante el pangermanismo, el paneslavismo, etc.-, el cual fructificó en 1889 en la primera conferencia de las naciones americanas. Los resultados de esta reunión fundacional celebrada en Washington quedaron por debajo de las expectativas de sus promotores, que pretendían formar bajo su control una unión aduanera, construir un ferrocarril panamericano y establecer una moneda y un banco hemisféricos.

Desde 1889 las conferencias panamericanas se convirtieron en el eje de toda la política exterior de la Casa Blanca, dirigida a alejar de la influencia inglesa a las débiles repúblicas latinoamericanas y lograr su absoluta supremacía económica y política en este continente. De ahí la exhumación de la vieja doctrina Monroe para convertirla en base de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina. Aunque en las primeras reuniones panamericanas se discutieron cuestiones aparentemente de poca monta, como regulaciones comerciales, acuerdos postales, arbitraje internacional y otras por el estilo, y se evitaban los temas que tenían que ver con problemas políticos, en realidad se encubría el objetivo norteamericano de buscar un mecanismo que limitara la penetración inglesa en la región y favoreciera la suya propia. Por ello entre 1889 y 1910 Estados Unidos auspició las primeras cuatro conferencias panamericanas: Washington (1889), ciudad México (1901), Río de Janeiro (1906), y Buenos Aires (1910), lugar este último donde se fundó propiamente la unión panamericana como organismo permanente presidido por el secretario de estado de Estados Unidos. Luego se celebrarían conferencias en Santiago de Chile (1923), La Habana (1928), Montevideo (1933) y Lima (1938), dando paso después al más expedito mecanismo de las reuniones de consulta de cancilleres. Una nueva etapa panamericana surgió al término de la Segunda Guerra Mundial, cuando en 1948 se creó en Bogotá, en plena “guerra fría”, la Organización de Estados Americanos (OEA), enfilada sin tapujos contra la Unión Soviética y los países socialistas; organización que también sería utilizada por el gobierno norteamericano como verdadero “ministerio de colonias” en sus agresiones contra Guatemala (1954) y República Dominicana (1965), así como en sus planes de aislamiento y hostilidad contra la Revolución Cubana.

Desde su aparición en la década del ochenta del siglo XIX José Martí desenmascaró las intenciones de la conferencia de Washington y se opuso frontalmente al panamericanismo, contraponiéndole el viejo ideal de unidad hispanoamericana. En este sentido publicó en La Revista Ilustrada de Nueva York en mayo de 1891, a propósito de los intentos de Estados Unidos para promover entidades panamericanas, la siguiente valoración que parece escrita teniendo en mente el Tratado de Libre Comercio para las Américas:

Cuando un pueblo es invitado a unión por otro, podrá hacerlo con prisa el estadista ignorante y deslumbrado, podrá celebrarlo sin juicio la juventud prendada de las bellas ideas, podrá recibirlo como una merced el político venal o demente, y glorificarlo con palabras serviles; pero el que siente en su corazón la angustia de la patria, el que vigila y prevé, ha de inquirir y ha de decir qué elementos componen el carácter del pueblo que convida y el del convidado, y si están predispuestos a la obra común por antecedentes y hábitos comunes, y si es probable o no que los elementos temibles del pueblo invitante se desarrollen la unión que pretende, con peligro del invitado; ha de inquirir cuáles son las fuerzas políticas del país que le convida, y los intereses de sus partidos, y los intereses de sus hombres, en el momento de la invitación. Y el que resuelva sin investigar, o desee la unión sin conocer, o la recomiende por mera frase y deslumbramiento, o la defienda por la poquedad del alma aldeana, hará mal a América.

Y como conclusión de este razonamiento antipanamericano se pregunta:

¿pueden los Estados Unidos convidar a Hispano América a una unión sincera y útil para Hispano América? ¿Conviene a Hispano América la unión política y económica con los Estados Unidos?. 2

Como Martí muchas otras personalidades latinoamericanas han rechazado al panamericanismo imperialista. Uno de ellos fue el conocido pensador argentino José Ingenieros, quien en un encendido discurso en homenaje a José Vasconcelos, ofrecido en Buenos Aires el 11 de octubre de 1922, advirtió sobre la amenaza que para América Latina se derivaba de la brutal expansión norteamericana encubierta bajo el manto panamericano y para frenarla propuso la creación de una institución exclusivamente latinoamericana:

Creemos que nuestras nacionalidades están frente a un dilema de hierro. O entregarse sumisos y alabar la Unión Panamericana (América para los norteamericanos), o prepararse en común a defender su independencia, echando las bases de una Unión Latino Americana (América Latina para los latinoamericanos). Formada la opinión pública, hecha “la revolución en los espíritus” como suele decirse con frase feliz, sería posible que los pueblos presionaran a los gobiernos y los forzaran a la creación sucesiva de entidades jurídicas, económicas e intelectuales de carácter continental, que sirvieran de sólidos cimientos para una ulterior confederación. 3

José Ingenieros (1877, 1925).  Oriundo de Palermo, Italia, se radicó en la Argentina. Fue entre otras cosas farmaceútico, médico, psicólogo, ensayista y escritor.
José Ingenieros (1877, 1925). Oriundo de Palermo, Italia, se radicó en la Argentina. Fue entre otras cosas farmaceútico, médico, psicólogo, ensayista y escritor.

En realidad la idea de la integración latinoamericana es muy anterior a los proyectos panamericanos de Washington y tiene profundas raíces en la historia de este continente. Nacida al calor de la crisis definitiva del colonialismo español y portugués, a fines del siglo XVIII y principios del XIX, la aspiración de unir a los países de América Latina se desarrolló desde aquella época bajo el signo de los diferentes intereses económicos y comerciales y las presiones externas de las grandes potencias. Surgida de un mismo pasado de explotación colonial y favorecida por la íntima vinculación de los pueblos al sur de Estados Unidos -cimentada, entre otros factores, en amplios nexos socio-culturales, así como por la vecindad geográfica- y en una larga y atribulada historia común, la identidad latinoamericana se fue forjando a lo largo de varios siglos de lucha contra la opresión extranjera.

Un hito importante en la conformación de este ideario fue el pensamiento unionista de Simón Bolívar, compartido por la mayoría de los libertadores de su generación, que surgieron al parecer de sus contactos con Francisco de Miranda en Londres (1810), probablemente el primer criollo que concibió todo un ambicioso proyecto para la liberación e integración hemisférica de las colonias españolas. Desde 1790 Miranda soñaba con una Hispanoamérica emancipada y unida –a la que llamó Colombia-, llegando a proponer en 1801 la creación de una asamblea hemisférica que “se denominará Dieta Imperial, y será la única responsable para legislar para toda la federación americana”. 4

 

Sin duda en los años de la lucha independentista (1808-1826) la conciencia de una identidad hispanoamericana común y de la necesaria unión de las colonias que luchaban contra España estuvo muy extendida entre los patriotas levantados en armas contra la metrópoli. Fue Bolívar quien mas lejos llegó en los planes integracionistas de lo que llamó la América Meridional, para diferenciarla de la del Norte, a los cuales ya aludió en su Manifiesto de Cartagena de 1812 y en la Carta de Jamaica de 1815, así como en diversas misivas, entre ellas las enviadas a Pueyrredón, O’Higgins y San Martín como jefes de los gobiernos del Río de la Plata, Chile y Perú respectivamente, proponiéndoles la asociación de cinco estados de la América Hispana. En particular su estrategia de unidad y del futuro Congreso de Panamá aparece bien perfilada en su Carta de Jamaica:

Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria. Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Mundo Nuevo una sola nación con un sólo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería, por consiguiente, tener un solo gobierno que confederase los diferentes estados que hayan de formarse. ¡Que bello sería que el Istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el Corinto fue para los griegos! Ojalá que algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto congreso (…). 5

 

El clímax de ese proceso de unidad fue el Congreso Anfictiónico de Panamá, reunido en 1826, al que asistieron delegaciones de Perú, Centroamérica, México y Colombia -territorios que actualmente comprenden doce repúblicas latinoamericanas-, así como de Gran Bretaña y Holanda en calidad de observadores. La estrategia de Bolívar para la reunión de Panamá quedó delineada en carta a Santander desde Arequipa (Perú), el 30 de mayo de 1825, donde además manifestó claramente su inconformidad con la invitación cursada a Estados Unidos para participar en la reunión de repúblicas de la América Meridional: “He visto el proyecto de federación general desde los Estados Unidos hasta Haití. Me ha parecido malo en las partes constituyentes, pero bello en las ideas y en el designio. Haití, Buenos Aires y los Estados Unidos tienen cada uno de ellos sus inconvenientes. México, Guatemala, Colombia, el Perú y Chile y el Alto Perú pueden hacer una soberbia federación; la que tiene la ventaja de ser homogénea, compacta y sólida.

 

Los americanos del Norte y los de Haití, por sólo ser extranjeros tienen el carácter de heterogéneos para nosotros. Por lo mismo, jamás seré de opinión que los convidemos para nuestros arreglos americanos. 6

 

Concluido en 1826 el ciclo independentista de principios del siglo XIX, la conciencia “nacional” hispanoamericana, que buscaba la unidad de lo que hoy denominamos América Latina, perdió vigor y consistencia, aunque nunca desapareció totalmente. Eso explica que fracasado el proyecto integrador en el Congreso de Panamá, y de su famélica prolongación en Tacubaya (México), donde los delegados se reunieron por última vez en 1828, las ideas de unidad hispanoamericana solo serían retomadas ocasionalmente a lo largo del siglo XIX, en particular cuando un grave peligro amenazaba la soberanía e independencia de las naciones latinoamericanos. Esto fue precisamente lo que ocurrió, por ejemplo, en las reuniones de Lima (1847), cuando el gobierno peruano convocó al foro alarmado ante la expedición de reconquista que entonces se organizaba con el respaldo de la monarquía española y la complicidad inglesa, y cuyos preparativos coincidieron en tiempo con el desarrollo de la guerra de Estados Unidos contra México. Las continuadas agresiones del expansionismo norteamericano, reveladas en toda su crudeza con el robo a México de más de la mitad de su territorio (Tratado Guadalupe Hidalgo de 1848), y las posteriores actividades bandidéscas de William Walker en Centroamérica a mediados de la década del cincuenta, dieron aliento a nuevos proyectos de integración continental. En esa peligrosa coyuntura para la soberanía e independencia de las naciones latinoamericanas se rubricó un tratado de unión, concretado en Santiago de Chile (1856) entre Chile, Perú y Ecuador, al que se adherirían después los gobiernos de Bolivia, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, México y Paraguay. 7Casi al mismo tiempo se firmaba en Washington otro acuerdo hispanoamericano claramente enfilado contra las pretensiones norteamericanas. El último de estos esfuerzos gubernamentales surgió frente a la oleada recolonizadora que se volcó sobre la América Latina en los años sesenta –intervención francesa en México, restauración colonial de Santo Domingo, agresión española a los países del Pacífico, intento del francés Tounens por establecer una monarquía europea en la Araucania chilena, etc.–, que puso otra vez sobre el tapete la urgencia de la unidad al sur del río Bravo. La iniciativa correspondió al gobierno peruano, que a fines de 1864 y principios de 1865 reunió en Lima a delegados plenipotenciarios de Colombia, Chile, Venezuela y Ecuador.

 

Pero ninguno de los intentos decimonómicos lograron perdurar y plasmarse en realizaciones concretas. El predominio de heterogéneas fuerzas centrífugas (internas y externas) y las dificultades entonces insalvables derivadas de las utópicas aspiraciones de querer imponer grandes unidades estatales sobre estructuras socio-económicas precapitalistas, incapaces de proporcionar las bases objetivas para una sólida unidad hispanoamericana, fueron factores que frustraron todos los esfuerzos en esta dirección.

 

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No obstante, a todo lo largo del siglo XX, surgieron nuevos intentos y proyectos de unidad latinoamericana frente a la brutal acometida del imperialismo norteamericano. Uno de particular significado fue el lanzado desde las Segovias por Augusto César Sandino, en medio de la lucha contra la intervención norteamericana, titulado Plan de realización del supremo sueño de Bolívar (1929), que en uno de sus artículos declaraba:

La Conferencia de Representantes de los veintiun Estados integrantes de la NACIONALIDAD LATINOAMERICANA declara expresamente reconocido el derecho de alianza que asiste a los veintiun Estados de la América Latina Continental e Insular, y, por ende, establecida una sola NACIONALIDAD denominada NACIONALIDAD LATINOAMERICANA, haciéndose de ese modo efectiva la ciudadanía latinoamericana. 8

Desde entonces muchos otros líderes de los movimientos populares y revolucionarios del continente han hecho llamados a la necesaria unión de los países de América Latina frente a las pretensiones panamericanas y neopanamericanas, como puede apreciarse en las siguientes declaraciones del exPresidente mexicano Lázaro Cárdenas cuando intervino en la Conferencia Latinoamericana por la Soberanía, la Emancipación Económica y la Paz, celebrada en México en marzo de 1961:

Rechazamos la Doctrina Monroe y la política de pretendida seguridad y defensa hemisférica que menoscaba nuestra soberanía. Oponemos al panamericanismo opresor un latinoamericanismo que libere nuestra fuerzas productivas, amplíe nuestras posibilidades de desarrollo, fortalezca la solidaridad y la cooperación entre nuestros pueblos y contribuya eficazmente a la paz en el hemisferio y en el mundo.9

Esa misma vocación latinoamericana puede encontrarse en la Revolución Cubana, como ha quedado explícito en múltiples intervenciones y comparecencias públicas del Comandante Fidel Castro. En consecuencia, Cuba socialista ha considerado prioritaria la integración con las demás naciones de América Latina como alternativa al neopanamericanismo imperial y por ello su actual Constitución, aprobada por referendo nacional el 15 de febrero de 1976, establece en el artículo 12 inciso g que

…aspira a integrarse con los países de América Latina y del Caribe, liberados de dominaciones externas y de opresiones internas, en una gran comunidad de pueblos hermanados por la tradición histórica y la lucha común contra el colonialismo, el neocolonialismo y el imperialismo en el mismo empeño de progreso nacional y social. 10

 

A pesar del sin número de proyectos e intentos de unión del subcontinente que se han realizado desde los tiempos de Bolívar hasta la fecha, la realidad es que todavía la integración latinoamericana y caribeña no se ha conseguido en su verdadera dimensión, esto es, entendida como una corriente y una política dirigida a fortalecer la colaboración entre estos países hermanados del río Bravo a la Patagonia, con el propósito de resolver problemas comunes, arreglar por medios pacíficos los conflictos intestinos que puedan surgir, rechazar en forma mancomunada las amenazas y pretensiones de las grandes potencias, en particular del neopanamericanismo imperialista, promover su desarrollo económico y social y una activa participación en el escenario internacional. Pero la integración latinoamericana, en su enorme pluralidad, riqueza y matices, sigue siendo hoy, como ayer, una hermosa utopía, al mismo tiempo que una apremiante necesidad histórica ante los desafíos que impone el neopanamericanismo esgrimido por Estados Unidos. Ahora, más allá de cualquier diferencia secundaria, es la lucha común por la supervivencia, frente a un mundo unipolar cada día más injusto, lo que debe unir a todos los países de América Latina y el Caribe en busca de la total soberanía y su completa independencia. La aspiración de conformar en el subcontinente una sola comunidad económica y política, dando cima al legado que proclamaron y defendieron las más grandes personalidades latinoamericanas desde los tiempos de Miranda y Bolívar, esta en consonancia con el histórico llamado realizado por nuestro Apóstol en 1889 frente a las pretensiones panamericanas de Estados Unidos, antecesora directa del actual proyecto neopanamericano del Area de Libre Comercio de las Américas, cuyas palabras tienen plena vigencia:

Jamás hubo en América, de la independencia a acá, asunto que requiera más sensatez, ni obligue a más vigilancia, ni pida examen más claro y minucioso, que el convite que los Estados Unidos potentes, repletos de productos invendibles, y determinados a extender sus dominios en América hacen a las naciones americanas de menos poder, ligadas por el comercio libre y útil con los pueblos europeos, para ajustar una liga contra Europa, y cerrar tratos con el resto del mundo. De la tiranía de España supo salvarse la América española; y ahora, después de ver con ojos judiciales los antecedentes, causas y factores del convite, urge decir, porque es la verdad, que ha llegado para la América española la hora de declarar su segunda independencia. 11

 

La Habana. 2001.


Notas al pie

  1. Sobre el tema puede verse Alberto Rocha: “Neopanamericanismo y neobolivarismo a fines de siglo”, Revista América Nuestra, Asociación por la Unidad de Nuestra América (AUNA), abril-junio 1999, Nro. 2; ver también Carlos Oliva Campos: Estados Unidos-América Latina y el Caribe: del panamericanismo al neopanamericanismo, La Habana, AUNA-Cuba, (s.f.)
  2. José Martí: “La Conferencia Monetaria de las Repúblicas de América”, Obras Completas, La Habana, Editorial Lex, 1946, t. II, p. 260 y 262. Después precisa “El caso geográfico de vivir juntos en América no obliga, sino en la mente de algún candidato o algún bachiller a unión política”.
  3. José Ingenieros: José Vasconcelos, México, Universidad Macional Autónoma de México, 1979, pp. 14 y 16.
  4. Citado por Ricaurte Soler: Idea y cuestión nacional latinoamericana. De la independencia a la emergencia del imperialismo, México, SIGLO XXI Editores, 1980, p. 44.
  5. Simón Bolívar: Obras Completas, Caracas, Editorial Piñango, (s.f.), t. I, pp. 169-172.
  6. Ibid., t. 2, p. 148. Las cursivas son mías (SGV).
  7. Más detalles en Sergio Guerra Vilaboy y Alejo Maldonado: “Raíces históricas de la integración latinoamericana”, Historia y perspectiva de la integración latinoamericana, México, Asociación por la Unidad de Nuestra América (AUNA)-Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, 2000.
  8. Augusto César Sandino: Realización del sueño de Bolívar, presentado por Jorge Mario García Laguardia, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1979, p. 11.
  9. En A. Glinkin: El latinoamericanismo contra el panamericanismo (Desde Simón Bolívar a nuestros días), Moscú, Editorial Progreso, 1984, p. 5.
  10. Constitución de la República de Cuba. Tesis y resolución, La Habana, Instituto Cubano del Libro, 1976, p. 20. En el pensamiento de Fidel Castro el tema de la unidad continental ha sido una constante. A principios de los años setenta, durante su visita a Chile invitado por el gobierno de Salvador Allende, declaró “por la situación de balcanismo, la debilidad innata de los pueblos que tienen tantas cosas en común, como nuestros pueblos latinoamericanos, y que no tendrán otra condición de supervivencia en el futuro que la unión económica más estrecha y, consecuentemente también en un futuro, la unión política más estrecha, para formar una nueva comunidad que contaría dentro de 30 años con 600 millones de habitantes.” Fidel Castro: “Discurso pronunciado en la sede de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), en Santiago de Chile, 29 de noviembre de 1971″, en Cuba-Chile, encuentro simbólico entre dos procesos históricos, La Habana, Ediciones Políticas, 1972, pp. 404-405. Más recientemente en su discurso de clausura de la VIII Cumbre Iberoamericana celebrada en Oporto, Portugal, el 18 de octubre de 1998, dijo: “Les confieso sinceramente que es difícil resignarse a la idea de la integración circunscrita al MERCOSUR. Aquí se ha hablado de globalización y regionalización, pero estoy convencido de la necesidad, en primer lugar, de nuestra unión, como se están uniendo los europeos. Y debo consignar, incluso, que bajo ningún concepto pueden ser ni deben ser olvidados los caribeños. Tenemos cincuenta elementos de unión que no los ha tenido Europa, y llevamos casi 200 años de independencia.” Granma, La Habana, 23 de octubre de 1998, p. 5.
  11. Publicado en el diario La Nación de Buenos Aires, el 2 de noviembre de 1889, en Obras Completas, loc. cit., t.II, pp. 129-130.

Ariadna Tucma Revista Latinoamericana. Vol. 1 a 4. 2006-2009

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